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El regreso que destruyó todas mis ilusiones

El regreso que destruyó todas mis ilusiones

Me llamo Matthew Collins y durante cinco años viví en el desierto de Arabia Saudita trabajando como ingeniero senior para una compañía petrolera internacional. Había aceptado aquel contrato porque quería darle a mi familia una vida que yo nunca tuve. Crecí en una casa pequeña, con un padre alcohólico y una madre obsesionada con las apariencias. Desde niño juré que, cuando tuviera una esposa y un hijo, ellos jamás conocerían el hambre ni la humillación.

Cuando me casé con Lily, sentí que la vida por fin me había regalado algo puro. Ella era amable, sencilla y tenía una sonrisa capaz de calmar cualquier tormenta. Nuestro hijo Leo nació un año después del matrimonio, y desde el instante en que lo sostuve en mis brazos entendí que haría cualquier sacrificio por él.

Por eso acepté irme al extranjero.

La oferta económica era imposible de rechazar. Ganaría más en un mes de lo que antes ganaba en medio año en Texas. El problema era la distancia.

La noche antes de partir, Lily lloró abrazada a mí.

—No quiero que te vayas.

—Solo serán unos años —le prometí acariciando su cabello—. Cuando vuelva, tendremos una vida perfecta.

Leo apenas tenía un año y dormía en su cuna sin saber que su padre estaba a punto de perderse gran parte de su infancia.

Como la salida fue apresurada, nunca abrimos una cuenta conjunta. Mi madre, Martha, insistió en ayudarnos.

—Yo administrar é el dinero —dijo con voz firme—. Tú concéntrate en trabajar. Lily es muy joven y no sabe manejar grandes cantidades.

Mi hermana Valerie apoyó la idea inmediatamente.

—Mamá tiene experiencia. No te preocupes.

Confié en ellas.

Cada mes enviaba cinco mil dólares completos a la cuenta de mi madre. Ni un solo mes fallé. Trabajaba bajo temperaturas infernales, dormía apenas cuatro horas y soportaba jornadas agotadoras, pero todo valía la pena porque imaginaba a mi esposa viviendo cómoda y feliz.

Siempre repetía lo mismo durante las llamadas.

—Asegúrense de que Lily y Leo tengan todo lo que necesiten.

Mi madre respondía riendo.

—Tu esposa vive como una reina.

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