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Un albañil pobre levantó una casa en secreto sin saber que era para “El Chapo” Guzmán

 

Cuando Martín Ochoa aceptó el trabajo de construir una casa en medio de la nada por el doble de lo que normalmente cobraba, pensó que finalmente la suerte le estaba sonriendo. Cuando terminó la obra 6 meses después y el cliente le pagó en efectivo sin regatear ni un peso, creyó que ese era el mejor trabajo de su vida.

 Lo que este albañil de 35 años no podía imaginar es que acababa de construir el refugio secreto del hombre más buscado del mundo. Y lo que menos podía sospechar es que 11 años después ese mismo hombre tocaría su puerta para cobrar una deuda que Martín nunca supo que tenía. Y antes de continuar, me gustaría saber desde dónde nos están viendo.

 México, Estados Unidos, Colombia, España, déjenlo en los comentarios. Era marzo del 2008 cuando Martín Ochoa recibió la llamada que cambiaría su vida para siempre. Tenía 35 años, la piel quemada por el sol de Sinaloa, manos callosas de mezclar cemento desde los 14 y una espalda que crujía cada mañana por cargar blocs y varillas durante más de 20 años.

 Martín era albañil, no tenía estudios, no tenía empresa, no tenía camioneta, solo tenía sus manos, su conocimiento del oficio que su padre le enseñó y una reputación de ser trabajador, cumplido y honesto. Vivía en las afueras de Culiacán con su esposa Patricia, de 33 años, y sus tres hijos, Daniel de 12, Sofía de 9 y el pequeño Javier de 6.

 Su casa era modesta, dos cuartos de blog sin terminar, techo de lámina, piso de cemento pulido. No tenían carro, no tenían lujos, pero tampoco les faltaba para comer. Martín trabajaba en lo que saliera. A veces construía cuartos, a veces levantaba bardas, a veces hacía remodelaciones. Ganaba entre 200 y 300 pesos al día cuando había trabajo.

Patricia lavaba ropa ajena y vendía tamales los fines de semana. Vivían al día como millones de familias mexicanas. Esa tarde de marzo, Martín estaba terminando de levantar una barda en casa de don Refugio cuando su celular viejo sonó. Era un número desconocido. Bueno, Martín Ochoa. Sí. ¿Quién habla? Me recomendaron con usted para un trabajo.

Un trabajo grande. Martín se enderezó interesado. ¿Qué tipo de trabajo? Una casa. Una casa completa. ¿Dónde? En la sierra, como a 2 horas de Culiacán. Un lugar retirado. Martín dudó un segundo. En Sinaloa, en el 2008, trabajos en lugares retirados de la sierra podían significar muchas cosas, no todas buenas.

 ¿Qué tan grande es la casa? Dos plantas, cuatro recámaras, dos baños, cocina integral, sala, comedor, construcción sólida, nada corriente. Necesito que quede bien hecha. Martín hizo cálculos mentales rápidos. Un trabajo así le tomaría entre cuo y 6 meses, dependiendo de cuántos ayudantes tuviera. ¿Cuánto paga? La voz del otro lado no dudó. 150.000 1000 pesos.

 Todo incluido, materiales, mano de obra, ayudantes, todo. Martín casi deja caer el teléfono. 150,000 pesos era una fortuna, era más de lo que ganaba en un año completo. Pero había algo raro. ¿Por qué tanto? La voz del otro lado se endureció levemente, porque necesito que empiece mañana y que termine rápido. Porque el lugar está retirado y va a ser difícil.

 Y porque necesito discreción total. Usted hace su trabajo, cobra su dinero y se olvida de que esa casa existe. Ahí estaba la verdadera razón. Martín tragó saliva. Señor, con todo respeto, ¿para qué es esa casa? Para lo que yo necesite. ¿Le interesa el trabajo o no? Martín pensó en Patricia, en sus hijos, en las deudas que tenía, en el techo de lámina que goteaba cada temporada de lluvias, en los zapatos rotos de Daniel, en que Sofía necesitaba lentes y no tenía dinero para comprárselos.

 150,000 pesos podían cambiar su vida, podían darle a su familia lo que nunca habían tenido. ¿Cuándo quiere que empiece? Mañana a las 7 de la mañana. Le mando la ubicación por mensaje. Lleve lo que necesite para quedarse allá toda la semana. va a trabajar de lunes a sábado. Los domingos puede regresar con su familia. La llamada se cortó.

 Martín se quedó mirando su teléfono, sintiendo que acababa de cruzar una línea invisible. Esa noche, cuando le contó a Patricia sobre el trabajo, ella lo miró con miedo en los ojos. 150,000 pesos es demasiado dinero, Martín. Nadie paga eso por una casa normal. Lo sé. Entonces, ¿por qué vas a aceptar? Patricia se sentó en la cama que compartían.

 Sus manos temblaban ligeramente porque necesitamos el dinero. Porque con eso podemos arreglar nuestra casa, comprarles ropa y útiles a los niños, tener un colchón para emergencias, porque trabajos así no llegan todos los días. Y si es peligroso y si esa casa es para algo malo? Martín se sentó junto a ella. Yo solo voy a construir una casa, Patricia, nada más.

No voy a preguntar para qué es. No voy a meterme en nada. Hago mi trabajo, cobro mi dinero y me olvido. Patricia lo miró largamente. Conocía a su esposo. Sabía que era un hombre bueno, honesto, trabajador, pero también sabía que la necesidad hace que la gente buena tome decisiones que nunca imaginarían. Prométeme que vas a tener cuidado.

 Te lo prometo. A la mañana siguiente, Martín tomó el camión que lo llevaría al punto de encuentro. Llevaba su caja de herramientas, ropa para una semana y un nudo en el estómago que no se iba. La ubicación que le habían mandado era un rancho abandonado en la carretera a Badirahuato. Cuando llegó, había una camioneta Ram negra esperando.

 Bajó un hombre de unos 40 años, complexión fuerte, lentes oscuros, ropa cara. Buenos días. ¿Usted es Martín? Sí, señor. Yo soy Rodrigo. Voy a hacer su contacto durante toda la obra. Si necesita algo, me habla a mí. Si tiene dudas, me pregunta a mí. ¿Entendido? ¿Entendido? Súbase. Vamos para allá. El viaje duró 2 horas y media por caminos de terracería, cada vez más cerrados, más empinados, más alejados de la civilización.

 Subieron la sierra por veredas que apenas se veían. Pasaron ranchos donde hombres armados los miraban pasar sin saludar. Martín sintió el estómago revolverse varias veces. Finalmente llegaron a un claro en medio de pinos y robles. Había un terreno plano de unos 500 m²ad, completamente limpio, con estacas marcando donde iría la construcción.

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