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Un joven TAQUERO sacó a ‘EL MENCHO’ de un retén sin saber quién era… Luego el CJNG volvió por él.

 

Son las 2:37 de la madrugada del 15 de marzo de 2016. Daniel Vargas conduce su camioneta Nissan 1998 por la carretera Guadalajara Zapopan. El motor hace un ruido extraño que debió arreglar hace 3 meses, pero no tiene dinero. En la parte trasera lleva su equipo completo, comal portátil, cilindro de gas, hielera con carne marinada, cajas con tortillas, recipientes de salsa.

 Es su negocio ambulante, su única fuente de ingreso. Su vida entera cabe en 4 m² de lámina oxidada. Daniel tiene 28 años. Rostro delgado, manos callosas, ojos cansados de alguien que trabaja 16 horas diarias. Lleva una gorra de los Chivas de esteñida y una playera con manchas de grasa que ya no salen ni con cloro. Acaba de terminar su turno en la zona industrial. Vendió 47 tacos.

 ganó 680 pesos. De esos 200 son para la gasolina, 150 para reponer ingredientes, 100 para el préstamo que le debe a don Ramiro, el prestamista de la colonia. Le quedan 230 pesos. Con eso tiene que comer él, su madre, y pagar la luz que vence mañana. La carretera está vacía, solo el zumbido del motor y las luces amarillas de los postes que parpadean cada 50 m.

 Daniel enciende el radio, pura estática, lo apaga. Prefiere el silencio. Piensa en su madre, Rosa María, 63 años, diabetes avanzada. Necesita insulina que cuesta 890 pesos cada semana. Piensa en como hace 10 años su padre les prometió un futuro mejor y luego desapareció una noche sin explicaciones. Piensa en su hermana menor, Camila, quien dejó de hablarle cuando se fue a vivir a Tijuana con un novio que prometió sacarla de la pobreza.

 Daniel está solo, completamente solo. De repente, 400 m adelante, ve luces. Muchas luces rojas, azules, blancas. Su estómago se contrae. Reconoce inmediatamente lo que es un retén militar. Tres camiones del ejército bloqueando ambos carriles. Soldados con rifles de asalto, perros. Reflectores potentes iluminando cada vehículo que pasa.

 Daniel siente el impulso de dar la vuelta, pero ya es demasiado tarde. Los soldados lo vieron. Si huye, disparan. En Jalisco, huir de un retén es sentencia de muerte. Respira profundo. Revisa mentalmente, licencia vigente, tarjeta de circulación. Sus papeles están en orden. No trae nada ilegal. Solo tacos. Solo su vida miserable, pero honesta.

 Reduce la velocidad. Un soldado de no más de 22 años le hace señas para que se detenga. Daniel baja la ventanilla. El aire frío de marzo entra como cuchillos. Buenas noches. Documentos dice el soldado sin inflexión emocional. Es un procedimiento. Lo ha hecho mil veces esta noche. Daniel le entrega su licencia y la tarjeta de circulación con manos que tiemblan ligeramente.

 El soldado las revisa con una linterna. Otro soldado camina alrededor de la camioneta inspeccionando las llantas, mirando debajo del chasís con un espejo. Un tercer soldado, el de mayor rango por las insignias en su uniforme, se acerca. ¿Qué lleva atrás? Pregunta con voz grave. Mi puesto de tacos, mi teniente.

Trabajo vendiendo comida. Responde Daniel tratando de sonar tranquilo. El teniente hace una seña. Dos soldados se acercan a la parte trasera de la camioneta. Daniel escucha como abren las puertas. Escucha como mueven las cajas, las hieleras, el cilindro de gas. Está limpio, grita uno de los soldados desde atrás.

 El teniente le devuelve sus documentos. Puede seguir. Daniel está a punto de arrancar cuando escucha gritos 50 m adelante. Voltea. Hay un hombre corriendo entre los matorrales del lado derecho de la carretera. Cinco soldados corren tras él con las armas en alto. Los perros ladran frenéticamente. Alto, alto o disparamos.

 El hombre corre más rápido. Es de complexión robusta. Lleva ropa oscura, botas de trabajo. Corre con la desesperación de alguien que sabe que si lo atrapan no verá el amanecer. Los soldados disparan al aire. Una, dos, tres ráfagas. El sonido rompe la noche como cristales. El hombre cambia de dirección. Corre directamente hacia la camioneta de Daniel.

 Sus ojos se encuentran por una fracción de segundo. Daniel ve terror puro en esos ojos. terror y súplica. Y entonces, sin pensarlo, sin calcular las consecuencias, sin entender por qué lo hace, Daniel abre la puerta del copiloto. Sube rápido. El hombre no duda. Salta dentro de la camioneta con una agilidad que contradice su peso.

Daniel cierra la puerta de un golpe. Los soldados están a 30 m. Sus linternas barren el área como rayos láser buscando un objetivo. Métete atrás. Debajo de las cajas, susurra Daniel con urgencia. El hombre se desliza entre los asientos hacia la parte trasera. Daniel escucha como se mete entre el equipo, como mueve las cajas de tortillas, como se arrastra debajo de la lona que cubre el comal.

Todo sucede en 8 segundos. Daniel arranca el motor. Sus manos tiemblan tanto que casi no puede sostener el volante. Avanza despacio, muy despacio, tratando de parecer normal, tratando de parecer aburrido, tratando de parecer invisible. Un soldado corre hacia él con el rifle apuntando. Deténgase. Daniel frena, baja la ventanilla de nuevo.

 Su corazón late tan fuerte que está seguro de que el soldado puede escucharlo. ¿Vio a alguien corriendo por aquí?, pregunta el soldado. Está jadeando. Su rostro brilla de sudor a pesar del frío. Daniel niega con la cabeza. No, señor, solo vi las luces y escuché los disparos. ¿Qué pasó? El soldado no responde. Ilumina el interior de la cabina con su linterna.

 El asiento del copiloto está vacío. El piso está limpio. No hay nada sospechoso. Camina hacia atrás y alumbra a través de las ventanas traseras. Ve cajas, hieleras, equipo de cocina, nada más. Está buscando a un hombre de complexión robusta, ropa oscura, botas cafés. Si lo ve en el camino, no se detenga. Llame al 911 inmediatamente.

 Es extremadamente peligroso. ¿Entendido? Daniel asiente. Sí, señor, lo haré. El soldado le hace una seña para que continúe. Daniel acelera suavemente. No muy rápido, no muy lento. Mantiene la velocidad exacta de alguien que solo quiere llegar a casa después de un turno agotador. Pasa el retén. Los reflectores lo iluminan, los perros ladran, los soldados hablan por radio, pero nadie lo detiene. 200 m, 500 m, 1 km.

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