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El Asesinato que Fracturó a México: La Verdad Oculta, el Mito de Colosio y la Eterna Sed de Justicia

El aire era pesado, denso, cargado con esa sofocante mezcla de euforia popular y desesperación que solo se respira en los mítines políticos de las zonas más marginadas. Luis Donaldo Colosio baja lentamente del templete tras haber entregado sus promesas a la multitud. Rodeado por un equipo de seguridad que rápidamente se ve superado por la marea humana, comienza a caminar hacia su camioneta para abandonar el lugar. En Lomas Taurinas, un barrio popular de Tijuana, las cosas empiezan a salirse de control a una velocidad aterradora. Los cuerpos se aprietan, empujan, y el candidato avanza a duras penas, abriéndose paso en un mar de manos que buscan tocar al hombre que representa la esperanza de un país entero. Está a pocos metros de la salida, pero la muerte camina mucho más rápido. En una fracción de segundo, el cañón frío de un revólver Taurus calibre 38 se posa deliberadamente sobre su sien derecha y detona. El estruendo no solo acabó con la vida de un hombre; fracturó para siempre la historia moderna de México.

Colosio no era un candidato cualquiera. Se presentaba ante las masas como el político disruptivo que cambiaría absolutamente todo, el líder que pondría fin a décadas de corrupción sistémica y levantaría la dignidad de “todos los Méxicos”. Sin embargo, en los oscuros y fríos pasillos de la política, se murmura que hubo una decisión en particular que le costó la vida. Un discurso histórico, pronunciado en el Monumento a la Revolución, donde se atrevió a marcar una línea de separación insalvable con su propio partido, haciéndolo ver mal frente a millones de ciudadanos. Este acto de valentía y desafío chocó de frente con los intereses creados de hombres inmensamente poderosos, aquellos que operan en la penumbra del Estado. Aunque la versión oficial impuesta por las autoridades se empeñó en convencer al mundo de que el tirador, Mario Aburto, fue simplemente un “lobo solitario” movido por delirios personales, las innumerables inconsistencias en la investigación, las pruebas perdidas y los testigos silenciados llevaron a la población a una conclusión ineludible: el asesinato de Colosio fue un magnicidio orquestado desde las más altas esferas del poder.

Para entender verdaderamente la magnitud de esta tragedia y responder a la pregunta de quién acabó con Colosio, es imperativo retroceder en el tiempo y desentrañar los orígenes del hombre detrás del mito. Luis Donaldo Colosio Murrieta nació el 10 de febrero de 1950 en la aridez esperanzadora de un pequeño pueblo sonorense llamado Magdalena de Kino. No creció rodeado de lujos desmedidos ni en cuna de oro, pero disfrutó de una vida digna donde lo esencial nunca faltó. Su padre, Luis Colosio Fernández, forjó su carácter trabajando primero en las minas y luego en una empacadora de carnes tras graduarse como contador. Fue allí donde el patriarca de la familia aprendió el arte del liderazgo, escalando en el sindicato de obreros hasta convertirse en secretario del Ayuntamiento, un cargo desde el cual dedicó sus esfuerzos a mejorar las condiciones de vida de sus vecinos. Este ejemplo de servicio público se tatuó de manera indeleble en el alma del joven Luis Donaldo.

Desde su infancia, Colosio demostró ser un estudiante excepcionalmente brillante. Su despertar a la realidad social ocurrió en 1967, cuando comenzó a involucrarse activamente en movimientos estudiantiles que alzaban la voz y protestaban contra la represión y la intervención militar en las universidades autónomas estatales. Fueron las calles y las asambleas estudiantiles las que sembraron en su mente las inquebrantables ideas sobre la justicia, la libertad y el verdadero significado del liderazgo. Preocupado por la seguridad de su hijo en un clima político de alta tensión, su padre le exigió que abandonara el movimiento y lo envió a la ciudad de Culiacán. Pero las convicciones profundas no se borran con un cambio de código postal; por el contrario, estas ideas se arraigaron aún más en su filosofía de vida, moldeando de manera definitiva la brújula moral con la que guiaría sus futuros pasos.

La sed de conocimiento lo llevó a la ciudad de Monterrey, donde ingresó al prestigioso Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (Tec de Monterrey) para estudiar la licenciatura en Economía. El sacrificio familiar cubrió su primer semestre, pero su brillantez académica le garantizó una beca para el resto de la carrera. Para costear sus alimentos y alojamiento, Colosio no dudó en trabajar como prefecto dentro de la misma institución, demostrando una disciplina férrea. Su incansable búsqueda de preparación lo llevó a cruzar fronteras: fue aceptado en la Universidad de Pensilvania, en la ciudad de Filadelfia, para cursar una maestría en desarrollo urbano, y posteriormente realizó un prestigioso internado en el Instituto Internacional de Análisis de Sistemas Aplicados en Austria. Regresó a México en 1979, dotado de una visión global y académica envidiable.

Fue en ese mismo año que Colosio dio el paso definitivo hacia la arena política al afiliarse formalmente al Partido Revolucionario Institucional (PRI). Para muchos, esta decisión podría parecer contradictoria con sus ideales de justicia juvenil, pero obedecía a dos razones profundamente pragmáticas. En primer lugar, la innegable influencia de su padre, un hombre de partido. En segundo lugar, y quizás la razón de mayor peso, la aplastante realidad política del México de finales de los setenta: el PRI no era simplemente un partido, era el Estado mismo. Era la única maquinaria política a la que valía la pena unirse si genuinamente deseabas implementar cambios estructurales desde el gobierno, pues era la única organización que ostentaba el poder y ganaba absolutamente todas las elecciones.

Dentro de las filas del partido tricolor, Colosio inició su carrera trabajando arduamente en comités y comisiones enfocadas en el desarrollo y la administración presupuestal. Sin embargo, su verdadero talento oculto comenzó a brillar con luz propia: demostró ser un mediador excepcional. Su capacidad para resolver disputas, calmar los ánimos y alcanzar acuerdos entre los miembros más beligerantes del partido lo hizo destacar rápidamente. Esta habilidad diplomática, forjada muy probablemente durante sus años en los conflictivos movimientos estudiantiles, hizo que su nombre comenzara a resonar con fuerza en los círculos de poder.

Pero el verdadero catalizador de su vertiginoso ascenso fue una conexión que cambiaría su vida para siempre. A través de amigos y colegas conocidos durante sus años universitarios en Filadelfia, Colosio fue presentado a un joven y ambicioso tecnócrata: Carlos Salinas de Gortari. En aquel entonces, Salinas aún no despachaba desde la silla presidencial; fungía como director general en la Secretaría de Hacienda bajo el mandato del presidente José López Portillo. Colosio y Salinas forjaron una alianza inmediata y una estrecha amistad. No solo compartían la misma militancia partidista y la formación como economistas, sino que ambos estaban convencidos de una visión neoliberal y modernizadora para el futuro de la economía mexicana.

Durante estos intensos años de formación política, Colosio combinó sus responsabilidades gubernamentales con la docencia, impartiendo clases de economía en la Universidad Anáhuac. Fue en las aulas de esta institución donde el destino le tenía preparada otra sorpresa: conoció a Diana Laura Riojas, una mujer brillante y profundamente solidaria con la que contraería matrimonio en el año 1982. Ese mismo año, el mapa político de México sufrió una sacudida. Miguel de la Madrid, quien había sido el jefe directo de Carlos Salinas en la Secretaría de Hacienda, ascendió a la Presidencia de la República. Con la llegada de un nuevo gabinete presidencial, se requería sangre nueva y mentes afiladas al mando de las instituciones. Impulsado muy probablemente por la fuerte recomendación de su amigo Salinas, Colosio fue llamado para integrar las filas de la poderosa Secretaría de Programación y Presupuesto.

La vida personal de Luis Donaldo florecía a la par de su carrera política. El 31 de julio de 1985, él y Diana Laura celebraron el nacimiento de su primer hijo, Luis Donaldo Colosio Riojas. Sin embargo, la inmensa alegría de la paternidad se vio brutalmente opacada apenas dos meses después. En septiembre de 1985, un devastador terremoto partió en dos a la Ciudad de México, dejando a su paso muerte, escombros y desolación. Pero el sismo no solo derrumbó edificios; también hizo colapsar la ya frágil imagen del gobierno priista. La administración federal exhibió una gestión pasmosa, lenta y plagada de negligencia al momento de auxiliar a la ciudadanía, provocando que la sociedad civil tuviera que organizarse por sí misma para rescatar a las víctimas.

Fue en medio de este clima de insatisfacción social y crisis de legitimidad que Colosio dio un paso firme hacia adelante, postulándose como candidato a diputado federal por su estado natal, Sonora. Tras ganar la elección con facilidad, su carisma y efectividad lo catapultaron rápidamente al Senado de la República apenas un par de años después. Para entonces, su amigo Carlos Salinas de Gortari también había escalado a pasos agigantados en la jerarquía gubernamental y se preparaba para la batalla más grande de su vida. Reconociendo la lealtad y la brillantez estratégica de Colosio, Salinas lo eligió personalmente como el coordinador general de su campaña presidencial. Este nombramiento no era un asunto menor en la política priista: el propio Salinas había sido el coordinador de campaña de Miguel de la Madrid. En la tradición no escrita del PRI, seguir este patrón auguraba que Colosio estaba siendo perfilado y entrenado para, eventualmente, convertirse él mismo en el candidato a la presidencia. A partir de este momento, Luis Donaldo dejó de ser un operador de escritorio para transformarse en una figura altamente mediática y visible a nivel nacional.

Los meses de ardua campaña desembocaron en el tenso y fatídico día de las elecciones de 1988. Hasta ese preciso momento en la historia moderna de México, el Partido Revolucionario Institucional jamás había conocido la derrota en una elección presidencial. Ganaban con un dominio absoluto y, a menudo, cuestionable. Pero el panorama de 1988 era diferente. Las grietas generadas por años de negligencia gubernamental, las severas crisis económicas, la terrible gestión del terremoto y un despertar cívico sin precedentes amenazaban seriamente la hegemonía del partido de Estado. Ni Gortari ni la cúpula del PRI tenían garantizada la victoria. La oposición se presentó formidable y articulada, liderada por Manuel Clouthier del Partido Acción Nacional (PAN) y Cuauhtémoc Cárdenas, quien encabezó el Frente Democrático Nacional (la semilla del futuro PRD), arrastrando consigo a inmensas multitudes hartas del sistema.

El 6 de julio de 1988, millones de mexicanos salieron a las urnas impulsados por una esperanza tangible de cambio democrático. El esfuerzo colectivo parecía estar dando frutos históricos, pues los primeros conteos mostraban un escenario sumamente reñido, con la oposición tomando una ventaja que parecía irreversible. La expectativa en las calles era eléctrica; la gente sentía que estaban acariciando la hazaña de derrocar al dinosaurio político. Pero justo a la mitad del escrutinio, ocurrió uno de los eventos más oscuros y cínicos de la historia de México. El sistema de cómputo nacional encargado de registrar y totalizar los votos dejó de funcionar abruptamente. Los resultados dejaron de fluir en vivo hacia las pantallas de todo el país. La infame excusa oficial fue que “se cayó el sistema”. Horas de silencio, tensión e incertidumbre envolvieron a la nación. Y de manera casi milagrosa, cuando los servidores informáticos finalmente se restablecieron, la tendencia se había invertido por completo: Carlos Salinas de Gortari aparecía cómodamente a la cabeza de las preferencias, arrebatándole la victoria a la oposición y asegurando su llegada a la presidencia bajo una densa, inmensa e imborrable nube de sospecha de fraude electoral masivo.

Colosio, a pesar de estar inmerso en la maquinaria de un gobierno cuya legitimidad estaba profundamente cuestionada, continuó su ascenso. Se consolidó como el candidato oficial para suceder a Salinas, presentándose ante el pueblo como la encarnación de la modernidad y la reforma dentro de un partido avejentado. Sin embargo, su fatal error —si es que puede llamarse error a un acto de honestidad brutal— ocurrió el 6 de marzo de 1994, al pie del Monumento a la Revolución. En un discurso que resonaría para la eternidad, Colosio miró fijamente a la nación y pronunció las palabras que marcarían su destino: “Veo un México con hambre y con sed de justicia. Un México de gente agraviada por las distorsiones que imponen a la ley quienes deberían de servirla”.

Con esas palabras, Luis Donaldo no solo estaba reconociendo los dolores más profundos del pueblo; estaba admitiendo públicamente que su propio partido, la misma institución que lo cobijaba, era responsable de esos males. Se separó del lastre del presidencialismo autoritario, intentando conciliar a una nación dividida. Este acto de rebeldía política, este distanciamiento del gobierno salinista que exigía sumisión absoluta, es lo que muchos analistas y gran parte de la sociedad civil consideran el verdadero motivo de su asesinato en Lomas Taurinas apenas unas semanas después.

Pero más allá de la conspiración y la sangre derramada en la tierra polvorienta de Tijuana, surge una interrogante aún más profunda, una duda existencial que persigue a los historiadores y sociólogos mexicanos: ¿Realmente hubiera podido Luis Donaldo Colosio cambiar a México de la manera radical que todos anhelaban? La respuesta, analizada con la frialdad que otorga el tiempo, es amargamente compleja. Si bien es innegable que su gobierno habría intentado implementar reformas sociales importantes y habría gobernado con un estilo más empático, la dura realidad es que en el gran esquema de las cosas, la estructura monolítica del país probablemente no habría sufrido una transformación mágica.

La historia reciente de México nos ofrece un crudo espejo donde mirarnos. Tan solo unos años después del magnicidio, en el año 2000, el país entero se vistió de esperanza y acudió a las urnas para lograr la anhelada alternancia política con Vicente Fox. Después de 70 años ininterrumpidos de dominio priista, la sociedad creyó ciegamente que un nuevo líder, proveniente de un partido diferente, borraría de un plumazo décadas de injusticias, corrupción y pobreza. Y aunque se lograron avances democráticos innegables y estabilidad macroeconómica, la realidad chocó violentamente con las expectativas. Para millones de personas, el resultado de aquel “gobierno del cambio” estuvo dolorosamente lejos de la inmensa esperanza depositada en él. Los escándalos de corrupción no desaparecieron; simplemente cambiaron de color y de protagonistas, manchando irremediablemente la imagen de salvación que el pueblo había construido en su imaginario.

Sin embargo, con Colosio el fenómeno sociológico operó de manera radicalmente distinta. Al ser asesinado en el clímax de su popularidad, en el preciso instante en que encarnaba el símbolo absoluto de la esperanza y la redención nacional, su figura se cristalizó en el tiempo. La muerte le arrebató la oportunidad de gobernar, y con ello, lo salvó de la inevitable carga del desgaste político, de los errores gubernamentales y de la decepción que conlleva el ejercicio del poder. Solo la cruda experiencia de su mandato habría podido alterar o humanizar el significado de su figura, pero esa experiencia fue robada a punta de pistola.

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