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DENTRO de la HUMILDE VIDA de LALO el MIMO a sus 90 AÑOS

Hoy vamos a conocer cómo vive actualmente Eduardo Mesa de la Peña, Lalo el mimo, uno de los actores cómicos más prolíficos que ha dado este país, el que participó en más de 120 películas, el que pisó más de 60 escenarios en obras teatrales, el que hizo reír a varias generaciones de espectadores en el cine de ficheras, en los cabarets y en los centros nocturnos, que fueron el corazón del entretenimiento popular mexicano entre los años 70 y 80.

 Porque detrás de la imagen pública, hoy vive una etapa muy distinta a los años de mayor actividad. pero igualmente digna de ser conocida. Acompáñanos a descubrir el patrimonio, el estilo de vida, los momentos difíciles y el legado real del alo el mismo. Comencemos. Eduardo Mesa de la Peña nació el 26 de agosto de 1936 en Morelia, la capital del estado de Michoacán, una ciudad de raíces coloniales profundas y de una vida cultural que siempre estuvo por encima de lo que su tamaño podría sugerir.

 Una ciudad que a lo largo del siglo XX fue cuna de políticos, intelectuales y artistas que dejaron una marca considerable en la historia del país. Crecer en el Morelia de los años 40 significaba crecer en una ciudad que vivía su propia versión de la transformación que el México postrevolucionario experimentaba en todos sus rincones.

 Urbanización creciente, expansión de la educación pública, llegada de los medios masivos de comunicación que iban construyendo una cultura popular compartida por todos los mexicanos sin importar el estado en que vivieran. Su familia era de clase trabajadora, con un pequeño negocio familiar que les proporcionaba una vida modesta pero estable.

 El tipo de hogar en el que el trabajo se entendía como el valor central de la existencia y en el que las ambiciones artísticas no eran exactamente el camino que los padres imaginaban para sus hijos. No había en su entorno familiar ninguna conexión directa con el mundo del espectáculo, ningún pariente actor o cantante que le abriera puertas o le mostrara el camino, lo que hace aún más notable la trayectoria que Lalo el Mimo construyó.

Fue alguien que llegó al espectáculo desde afuera, desde un origen completamente ajeno a la industria y que se ganó su lugar a pura fuerza de talento y de determinación. El contexto histórico de Morelia en los años 40 y 50 también importa para entender la formación de quién sería Lalo o el Mimo.

 Michoacán era un estado con una tradición cultural fuerte y con una historia política que lo conectaba con algunas de las figuras más importantes de la postrevolución mexicana. Y esa atmósfera de conciencia cultural y de orgullo regional dejó una marca en la manera en que Eduardo Mesa entendió su propio trabajo artístico a lo largo de toda su vida.

Lalo “El Mimo” reaparece en silla de ruedas y pide trabajo | Fonógrafo 690 AM

 No era el tipo de actor que se avergonzaba de sus orígenes provincianos, ni que buscaba esconder la huella del interior del país detrás de una afectación capitalina. Era alguien que llevaba con naturalidad la combinación de sus raíces michoacanas y de su formación en la gran ciudad y que encontraba en esa doble pertenencia una fuente de riqueza personal que se traducía en una conectividad genuina con públicos de orígenes muy distintos.

 El México en el que creció Eduardo Mesa era un país que vivía la expansión cultural de la posguerra con una industria cinematográfica que estaba en el pico de su época de oro y que producía películas que llegaban a toda América Latina con una potencia cultural impresionante, con una industria radiofónica que conectaba a los mexicanos de norte a sur y con los primeros pasos de la televisión que muy pronto cambiaría para siempre el paisaje del entretenimiento nacional.

 Era un momento en que el espectáculo era una fuerza cultural real y no solo un negocio, en que los artistas tenían un peso social genuino y en que la comedia en particular cumplía una función social que iba más allá del simple entretenimiento. Era el espejo en que la sociedad mexicana se miraba y reía de sí misma.

 La comedia tiene México una tradición popular muy profunda que va mucho más allá del mundo del espectáculo profesional y que vive en los mercados, en los barrios, en los patios de las escuelas y en la manera cotidiana en que los mexicanos procesan la realidad con humor. Eduardo Mesa creció en esa tradición, la absorbió desde niño como parte del ambiente cultural que lo rodeaba y cuando encontró en el Teatro Universitario la manera de convertirla en arte escénico, fue porque ya tenía dentro de sí un archivo muy rico de observaciones sobre cómo funciona el

humor en la vida real de la gente común. Eso es lo que le daba su comedia esa autenticidad que el público percibía de inmediato y que lo separaba de los cómicos que hacen humor aprendido de otros cómicos en lugar de humor que sale de la vida misma. Desde joven, Eduardo Mesa mostró esa inclinación natural hacia el humor y la actuación que es imposible de fabricar y que cuando existe es visible para todos los que rodean a una persona desde temprana edad.

 Sus compañeros lo recordaban como alguien con una facilidad extraordinaria para improvisar situaciones cómicas, para leer el estado de ánimo de un grupo y decir o hacer exactamente lo que necesitaba para provocar la carcajada. Es un talento que no se aprende en ninguna escuela, pero que puede perfeccionarse con disciplina y con trabajo.

 Y ese es exactamente el camino que Eduardo eligió cuando llegó el momento de tomar la decisión más importante de su vida. La decisión que lo cambió todo de laboratorio al escenario. La historia del joven Eduardo Mesa de la Peña, estudiando ingeniería química en la Universidad Nacional Autónoma de México, es una de esas historias que ilustran perfectamente la diferencia entre el camino que la lógica y la familia trazan para una persona y el camino que el talento y la vocación terminan por imponerse.

 La UNAM de finales de los años 50 era un hervidero cultural extraordinario, una institución que no solo formaba profesionistas, sino que producía artistas, intelectuales y activistas que moldeaban la cultura del país y que tenía en su teatro universitario uno de los espacios más vivos y más estimulantes del espectáculo mexicano de la época.

 Fue precisamente en ese teatro universitario donde Eduardo descubrió su verdadera vocación artística, donde la sensación de estar en un escenario frente a un público que respondía a lo que hacía resultó ser incomparablemente más poderosa que cualquier atracción que la ingeniería química pudiera ofrecerle. Esa revelación, que muchos artistas describen como un momento de claridad absoluta en el que todo lo demás deja de tener sentido, fue la que determinó el rumbo del resto de su vida.

 Abandonar una carrera universitaria en la UNAM para dedicarse al teatro era en los años 50 una decisión que sus contemporáneos miraban con una mezcla de admiración y de incredulidad, pero Eduardo la tomó con la convicción de quien sabe exactamente lo que quiere y está dispuesto a pagar el precio que eso cuesta.

 El Teatro Universitario de la UNAM en aquella época era un espacio que producía artistas con una seriedad y una ambición artística que estaba muy por encima de lo que cabría esperar de una actividad extracurricular. Directores como Héctor Mendoza y actores que después se convertirían en figuras centrales del teatro y del cine mexicano, pasaron por esas tablas universitarias y el ambiente que generaban era de una exigencia y de un compromiso que funcionaban como un filtro natural.

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