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El estallido entre tazas de cerámica

Parte 1: El estallido entre tazas de cerámica

La cocina de aquel piso en el barrio de Sanchinarro olía a una mezcla densa de limpiasuelos con aroma a pino y a la humedad típica de los trapos que se quedan olvidados junto al fregadero.

Elena estaba empeñada en arrancar la tapa de una lata metálica de té negro que se había quedado atascada por culpa del óxido de los bordes.

Sus nudillos se habían vuelto de un color blanco nuclear debido a la fuerza que estaba ejerciendo contra el metal rebelde.

Carlos, sentado en la banqueta de madera coja que crujía con el más mínimo pestañeo, miraba fijamente la pantalla de su teléfono móvil.

El reflejo azulado de la pantalla de cristal líquido iluminaba la punta de su nariz, dándole un aire de conspirador de oficina en plena noche.

El agua en el hervidor eléctrico de la marca Tefal empezaba a emitir un zumbido creciente, similar al de un avión comercial a punto de despegar desde la pista de Barajas.

Ninguno de los dos hablaba, pero la tensión se palpaba en el aire de la estancia de la misma manera que se palpa la grasa en los azulejos detrás de la freidora.

Carlos carraspeó, un sonido seco que interrumpió el ritmo ascendente del agua hirviendo.

Elena no se dio la vuelta, pero sus hombros se tensaron un milímetro más bajo la camiseta de algodón gris.

—Le voy a dejar cinco mil euros a mi primo Moncho para la reforma de su local, que está bastante apurado —soltó Carlos con una ligereza impostada.

La frase cayó sobre el mármol de la encimera como un filete de ternera congelado que se desploma desde el congelador.

La lata de té negro se le resbaló a Elena de las manos, golpeando contra el borde de la pila antes de rodar por el suelo y esparcir un rastro de hojas secas por las baldosas.

Ella se quedó estática, con las manos aún en el aire, manteniendo la forma cilíndrica de la lata ausente.

El silencio que siguió a la declaración fue absoluto, solo quebrado por el estallido final del hervidor, que saltó con un clic metálico y rotundo.

Elena respiró hondo, llenando sus pulmones del aire recalentado de la cocina antes de girarse sobre sus talones con una lentitud de película del oeste.

Sus ojos, normalmente pacíficos, se habían transformado en dos rendijas cargadas de un arsenal reglamentario de reproches acumulados durante quince años de convivencia.

—¿Cinco mil euros? —preguntó ella, con una voz tan baja y afilada que habría podido cortar el pan de molde sin hacer migas.

—Sí, mujer, tampoco te pongas así, que es solo un préstamo temporal para que pueda levantar el cierre del negocio —intentó matizar Carlos, guardándose el móvil en el bolsillo del pantalón con un movimiento rápido.

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