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La SORPRENDENTE VIDA de SARA GARCÍA y su CASA | Desgracias, Secretos, Riqueza

En la calle Enrique Revamen, [música] en la colonia Narbarte de la Ciudad de México, existe una casa que hoy sigue en pie exactamente como la dejó ella, Muros Blancos, una puerta roja que resalta entre las fachadas del vecindario, como si se negara a pasar desapercibida. Un muro cubierto de enredaderas verdes bien cuidadas que en su época le daban a la fachada ese aire de hogar de verdad del lugar [música] habitado con afecto.

Es una casa de tamaño modesto para alguien de su estatura artística. Sin la ostentación que el México de los años 50 le hubiera perdonado a la actriz más querida del país, era una casa de barrio y ella la eligió así porque era exactamente el tipo de mujer que elegiría una casa de barrio. A escasos 200 m de esa puerta roja, de la misma calle, vivía Pedro Infante, el ídolo de México, el cantante más amado de su generación.

Y cada 10 de mayo, día de las madres, el sinaloense se vestía de charro, montaba su caballo y recorría esa cuadra para plantarse frente a la puerta roja de su vecina. Los vecinos salían a sus ventanas, los niños corrían a la banqueta y Pedro Infante, con toda la potencia de esa voz que hacía llorar a estadios enteros, le cantaba mi cariñito a la mujer que consideraba su segunda madre.

Sara García asomaba al balcón. Los aplausos llenaban la calle Enrique Revamen y por unos minutos ese vecindario de clase media de la Narbarte se convertía en el lugar más feliz de la ciudad de México. Esa era Sara García en su casa, la abuelita de México recibiendo serenata de quien ella consideraba su nieto de corazón, la mujer más querida del cine mexicano, viviendo con una normalidad que ninguna otra estrella de su calibre se habría permitido.

En esa casa vivió con Rosario González Cuenca, su compañera de toda la vida. La mujer que fue presentada públicamente como su secretaria, su asistente, su administradora, su ama de llaves, la mujer que en realidad era mucho más que todo eso. Rosario y Sara compartieron esa casa de puerta roja durante décadas. Compartieron trabajo, decisiones, tristezas y alegrías.

Y cuando Sara García murió el 21 de noviembre de 1980, dejó todos sus bienes a una sola persona, no a un familiar de sangre, no a una institución, a Rosario González Cuenca, su herederá universal, la única persona que nunca se fue. Pero antes de hablar de esa casa y de esa vida compartida, antes de hablar de cómo fueron los últimos días de Sara García y quien estuvo a su lado, antes de hablar de la fortuna que acumuló y de los secretos que guardó durante décadas, necesitamos hacer algo que es absolutamente indispensable. Necesitamos

conocer la historia completa de esta mujer, porque detrás de la abuelita bondadosa que hacía llorar a México entero en las salas de cine, hay una historia que fue todo menos tierna. Hay orfandad a los 12 años. Hay matrimonio traicionado. Hay una hija que murió a los 20 años. Hay un amor que nunca pudo decir su nombre en público.

Hay una mujer de hierro que cada vez que la vida la tiró se levantó, se sacudió el polvo y regresó a trabajar. Esta es la historia de Sara García. Empecemos desde el principio. Sara Rita de la Luz García Hidalgo llegó al mundo de una manera que ya de entrada parece sacada de una novela.

Sus padres, Isidoro García Ruiz, [música] arquitecto originario de Córdoba, España, y Felipa Hidalgo Rodríguez, originaria de Andalucía, habían perdido a 10 hijos antes de que ella naciera. 10 embarazos que no llegaron a término o que terminaron en muertes en los primeros meses de vida. Para cuando Felipa quedó embarazada por undécima vez, la familia García Hidalgo llevaba años cargando el peso de una tragedia que se repetía sin que nadie pudiera explicarla ni detenerla.

Los padres venían de Cuba, donde habían vivido varios años rumbo a México. El padre había aceptado un contrato profesional para restaurar una catedral en el norte del país, en Nuevo León. Viajaban en barco hacia el puerto de Veracruz cuando Felipa comenzó a sentir que el parto se adelantaba. El barco estaba todavía navegando en aguas nacionales cuando el 8 de septiembre de 1895 nació Sara García, la undécima hija, la única que viviría.

Nació literalmente en el mar antes de llegar a Tierra Firme, asistida por otro matrimonio español que viajaba en el mismo barco, una familia de apellido González Cuenca, originaria de Cádiz. Y la mujer de esa familia, [música] Francisca Cuenca, que acababa de dar a luz a su propia hija en mayo de ese mismo año, amamantó a la recién nacida Sara porque Felipa estaba demasiado débil para hacerlo.

Ese detalle que parece un dato menor es en realidad el origen de la historia más importante de la vida de Sara García, porque la hija pequeña de esa familia gaditana que le dio leche materna a Sara se llamaba Rosario González Cuenca. La misma Rosario que décadas después viviría con Sara en la casa de Puerta Roja de la Narbarte, la misma Rosario que sería su herederá universal.

El destino de Sara García y el de Rosario González quedaron entrelazados desde antes de que ninguna de las dos tuviera conciencia de estar vivas. La familia llegó finalmente a la ciudad de México. El padre Isidoro comenzó a trabajar, pero en el año 1900 el hombre sufrió un derrame cerebral que lo dejó incapacitado.

Tuvo que ser internado en la casa de beneficencia española. Felipa, que había llegado de Andalucía con la esperanza de construir una vida estable, se vio de pronto sola con una niña pequeña en una ciudad que no era la suya, sin ingresos, sin red de apoyo familiar. Comenzó a trabajar como ama de llaves.

Internó a Sara en el colegio de las Viscaínas, una institución de principios religiosos católicos en el centro de la ciudad que admitía a niñas que necesitaban apoyo. Ahí, en ese colegio, Sara reencontró a Rosario González Cuenca, la niña gaditana, cuya madre le había dado el pecho al nacer. Las dos se hicieron inseparables. Mientras tanto, el padre de Sara murió en fecha que no quedó registrada, pocos años después de haber sido internado.

Y entonces llegó la segunda gran tragedia. Sara, con aproximadamente 9 años se contagió de Tifus. La enfermedad se la transmitió a su madre y Felipa Hidalgo, que había sobrevivido 10 pérdidas de hijos, que había cruzado el Atlántico y luego el Golfo de México, que había trabajado como ama de llaves para mantener a su única hija viva, murió a causa del tifus que le contagió Sara.

Quédate con eso un momento. Una niña de 9 años que sobrevive una enfermedad y en el proceso, sin quererlo, mata a su propia madre. El peso de eso no tiene nombre. El dolor de eso no se procesa en semanas ni en meses. Sara García cargó esa historia toda su vida y cuando décadas después interpretaba en la pantalla grande a madres que sufrían por sus hijos, la gente lloraba porque lo que veía no era actuación.

Era la memoria de una niña que quedó huérfana a los 9 años en un colegio del centro de la ciudad de México con [música] la culpa de haber sobrevivido. La familia González Cuenca, los mismos que habían amamantado a Sara al nacer, los fines de semana la llevaban a su casa para que compartiera la infancia con las hijas del matrimonio, especialmente con Rosario.

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