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El Guardián de los Alerzales: El Secreto del Molino de Agua y el Pacto del Bosque Valdiviano

El Guardián de los Alerzales: El Secreto del Molino de Agua y el Pacto del Bosque Valdiviano

Don Lindorfo: Quédate aquí en las ruinas de este viejo molino de agua, Clara; el aire helado de la selva valdiviana calmará tu absurda rebeldía de heredera mientras yo me encargo de registrar ante los tribunales de la provincia los títulos de explotación de los bosques de alerce y las ricas tierras madereras que tu difunto padre te dejó en su testamento legal.

Clara: Tengo muchísimo miedo del rugido sordo de los ríos subterráneos y de la niebla densa que cubre las copas de los árboles centenarios, tío Lindorfo; por favor, no me dejes sola en esta estructura abandonada donde el viento del sur silba como un lamento constante entre las piedras del canal y las sombras de los helechos gigantes parecen cobrar vida propia al caer la tarde.

Don Lindorfo: Tu padre confió ciegamente en mi honestidad antes de su fatídico accidente en los desfiladeros del río Bueno y ahora soy el único administrador absoluto de todos los bienes e intereses de la familia; aprende a sobrevivir con el agua de la vertiente y los pocos granos de trigo seco que te dejo en este rincón hasta que decida si vale la pena regresar por ti con mis capataces.

Clara: (Viendo la silueta de la carreta de su tío desaparecer por completo entre los troncos musgosos y el denso barro del sendero) Madre mía, tú que habitas en los altares celestiales y velas siempre por los huérfanos desamparados, dale templanza a mi mente atribulada y no permitas que la soledad absoluta destruya mi pequeño corazón en este laberinto de hojas húmedas y olvido.

Lien: Tus sollozos profundos interrumpen el canto sagrado del chucao que descansa en las ramas bajas de los coigües centenarios, pequeña criatura de los valles bajos; el llanto consume innecesariamente el aliento y la energía vital que tu cuerpo necesitará para resistir las lluvias inclementes de la madrugada en este inframundo de madera y agua.

Clara: ¡Por favor, no me hagas ningún daño con tu vara de madera, señor de los bosques sombríos! Mi tío Lindorfo me aseguró repetidamente que los huilliches eran hombres salvajes y despiadados que destruían los campamentos madereros y no tenían ninguna clase de piedad con los extranjeros que cruzaban sus fronteras sagradas.

Lien: Las palabras de tu ambicioso pariente están profundamente manchadas con el lodo de la mentira y el hollín de la codicia forestal; mi nombre es Lien, que significa plata en la lengua antigua de mis abuelos, y he venido desde la cumbre para ofrecerte un trozo de catuto fresco y un poco de agua limpia de la cascada escondida.

Clara: (Tomando el alimento de trigo molido con sus manos temblorosas por el frío y el susto) Esta comida tradicional tiene un aroma reconfortante y ha devuelto de inmediato la fuerza a mi cuerpo fatigado; gracias por tener compasión de mí y no dejarme morir abandonada en este abismo rodeado de alerces que tocan el cielo.

Lien: Este viejo molino de agua fue construido erróneamente sobre un territorio ancestral donde mis antepasados realizaban sus rogativas para agradecer los dones de la lluvia; te enseñaré a recolectar los frutos del bosque, a descifrar los senderos ocultos de la neblina y a proteger los manantiales de la ambición humana.

Clara: Quiero aprender con paciencia todos los secretos de las cumbres y de la naturaleza como lo hace tu comunidad, Lien; ya no deseo regresar jamás al pueblo grande donde mi tío me maltrataba psicológicamente y ocultaba con recelo los diarios científicos de botánica y geografía que mi querido padre me dejó como única herencia.

Lien: La selva fría de Chile es una maestra severa pero justa que premia la observación constante y castiga con dureza la soberbia de los hombres de las ciudades; si escuchas el susurro del viento entre las ramas de los alerces, comprenderás que las fuerzas de la vida nunca te dejarán en la soledad absoluta si tienes el alma limpia.

Clara: He copiado con sumo cuidado los primeros diagramas de altitud y humedad en mi cuaderno de cuero, Lien; mañana mismo quiero ayudarte a buscar las raíces medicinales a través de los desfiladeros de la montaña alta antes de que el sol de la tarde evapore la poca humedad que alimenta las plantas sagradas de la ladera.

Don Lindorfo: (Regresando tres lunas después con una enorme hacha de acero y una mirada llena de profunda avaricia) ¡Qué clase de humillación y traición es esta! Mi legítima sobrina y heredera de las mayores estancias de la provincia viviendo como una paria descalza junto a los pastores nómadas de las cumbres altas y los protectores del bosque.

Lien: Caballero de la ciudad, su ruidosa presencia rompe la armonía espiritual de esta cuenca sagrada; usted desterró con crueldad a esta pequeña criatura para robarle los planos de los alerzales y las zonas de conservación que pertenecen legítimamente a los pueblos de la sierra por derecho ancestral.

Don Lindorfo: ¡Cállate, indio de los riachuelos! Cuando los representantes del consorcio maderero internacional se enteren de que están ocultando los yacimientos de madera preciosa de la nación, vendrán con los soldados del gobierno a despejar estas tierras comunales y destruir todas sus chozas de una vez por todas.

Clara: ¡No voy a permitir que amenace a Lien, tío Lindorfo! Él me dio la protección, el alimento y el abrigo que tú me negaste deliberadamente, y todo el tribunal de tierras del estado sabrá que falsificaste el testamento original de mi padre para apoderarte de sus valiosas patentes de conservación ecológica.

Don Lindorfo: (Levantando su fusta de montar con una soberbia incontenible y apuntando con rabia al rostro de la niña) Cállate la boca, mocosa insolente y malagradecida; pagarás verdaderamente muy caro este atrevimiento y terminarás tus días encerrada en los calabozos oscuros de la bodega vieja del puerto marítimo.

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