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El Eco de la Sierra Norte: El Puente de Oro de la Niña Olvidada entre los Bosques de Oaxaca

El Eco de la Sierra Norte: El Puente de Oro de la Niña Olvidada entre los Bosques de Oaxaca

Don Demetrio: Quédate aquí en las ruinas de esta vieja hacienda de grana cochinilla, Elena; el viento húmedo de la Sierra Norte de Oaxaca calmará tu orgullo mientras yo administro las tierras de tu difunto padre.

Elena: Siento muchísimo miedo de la niebla densa que cubre los pinos centenarios, tío Demetrio; no me dejes sola en esta cañada donde los ecos de la montaña parecen lamentos de almas olvidadas al caer la noche.

Don Demetrio: Tu padre ya no está para defender tus caprichos y ahora soy yo quien maneja los títulos de propiedad; aprende a sobrevivir con lo que encuentres en estas habitaciones abandonadas hasta que decida regresar.

Elena: (Viendo alejarse el caballo de su tío entre los senderos de piedra) Madre mía, tú que me cuidas desde los altares dorados del cielo, dale calor a mis manos y no permitas que la soledad destruya mi corazón.

Guela: Tus sollozos interrumpen el canto del jilguero en las ramas altas, pequeña niña de los valles bajos; la tristeza consume la energía que tu cuerpo necesitará para soportar el frío de la madrugada.

Elena: ¡Por favor, no me hagas daño con tu vara de madera, señor de las nubes! Mi tío Demetrio me dijo que los zapotecos eran hombres salvajes que perseguían a los niños extranjeros que cruzaban sus fronteras.

Guela: Las palabras de tu pariente están llenas del fango de la mentira y la ambición; mi nombre es Guela, que significa noche en la lengua de mis abuelos, y vine a ofrecerte un poco de chocolate caliente.

Elena: (Tomando la jícara de barro con sus manos temblorosas) Esta bebida ha devuelto la fuerza a mis piernas y ha calentado mi pecho; gracias por no dejarme desamparada en este suelo cubierto de musgo.

Guela: Esta hacienda perteneció a un anciano sabio que cultivaba las plantas tintóreas con respeto; te enseñaré a encontrar los hongos comestibles y a extraer el agua limpia del manantial oculto en la roca.

Elena: Quiero aprender a caminar sobre las piedras húmedas sin resbalar como lo hace tu gente, Guela; ya no quiero volver al pueblo donde mi tío me golpeaba y ocultaba las cartas de mi herencia legítima.

Guela: La sierra de Oaxaca es una maestra exigente que premia la paciencia y castiga la soberbia; si escuchas el murmullo de los árboles, comprenderás que los Benigulá o ancestros nunca te dejarán sola.

Elena: He memorizado las primeras expresiones de hermandad en la lengua de tus abuelos, Guela; mañana quiero ayudarte a recolectar las hojas del añil para guardarlas en los cestos de mimbre que tejimos.

Don Demetrio: (Regresando tres lunas después con una mirada cargada de avaricia y desprecio) ¡Qué clase de humillación es esta! La heredera de los mayores terrenos comerciales conviviendo con los pastores de la sierra.

Guela: Caballero, su presencia contamina la pureza de este bosque de niebla; usted abandonó a esta pequeña criatura para apoderarse de los bosques que le pertenecen por derecho de sangre y leyes humanas.

Don Demetrio: ¡Cállate, indio de las cumbres! Cuando las autoridades del puerto se enteren de que estás reteniendo a mi sobrina, vendrán con los soldados armados a desalojar todos estos terrenos comunales.

Elena: ¡No permitas que amenace a Guela, tío Demetrio! Él me dio la comida y el poncho que tú me negaste, y todo el pueblo sabrá que falsificaste el testamento original de mi difunto padre antes de desterrarme.

Don Demetrio: (Levantando su fusta de montar con una furia descontrolada) Cállate la boca, niña insolente; pagarás muy caro este atrevimiento y terminarás encerrada en las bodegas oscuras de la villa vieja.

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