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El hombre más vigilado del país se sentó frente a quien vivía sin muros… y terminó enfrentando la pregunta que más temen los poderosos: “¿Soy feliz?”

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II.

Tras un breve silencio, Mujica respondió:

—Dígale que lo recibiré aquí, en mi casa, esta tarde. Sin protocolos ni formalidades. Si quiere hablar conmigo, tendrá que ser en mis términos.

Cuando Elena colgó, Mujica se quedó contemplando el horizonte. No era la primera vez que mandatarios extranjeros solicitaban su consejo. Desde que había dejado la presidencia en 2015, su figura se había convertido en una especie de referente moral para muchos, un símbolo de austeridad y honestidad en un mundo político cada vez más alejado de los ciudadanos comunes.

Lucía apareció en el porche envuelta en una bata desgastada, pero impecablemente limpia.

—¿Quién llamaba tan temprano? —preguntó mientras se servía mate en su propia calabaza.

—El presidente salvadoreño quiere verme hoy.

—¿Bukele? ¿El de las criptomonedas y la guerra contra las pandillas?

Mujica asintió.

—El mismo.

—¿Y qué vas a decirle?

—Lo que siempre digo: la verdad como la veo. Aunque dudo que sea lo que quiera escuchar.

A las 4 de la tarde, una caravana de vehículos negros de alta gama se detuvo frente a la modesta chacra de Mujica. El contraste no podía ser más evidente: la opulencia de los blindados contra el fondo de una casa sencilla, casi humilde, donde vivía quien alguna vez fue considerado el presidente más pobre del mundo.

Del vehículo principal descendió Nayib Bukele, vestido con su característico traje oscuro y gafas de sol. A pesar de estar en una zona rural, su apariencia era impecablemente urbana. Lo acompañaban cuatro guardaespaldas y un asistente que llevaba una tableta electrónica.

Mujica los esperaba en el porche, vestido con la misma ropa de trabajo que usaba para atender su huerta: pantalones gastados, camisa a cuadros y alpargatas. A su lado, Manuela observaba con curiosidad a los recién llegados.

—Bienvenido a mi hogar, presidente Bukele —saludó Mujica, extendiendo la mano.

Bukele pareció momentáneamente desconcertado por la informalidad del recibimiento, pero rápidamente recuperó la compostura.

—Es un honor conocerlo en persona, presidente Mujica. He seguido su trayectoria con gran interés.

—Ya no soy presidente, solo Pepe. Y, si no le molesta, preferiría que habláramos sin tanta compañía —dijo Mujica, señalando a los guardaespaldas.

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