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Un alcalde prohibió una procesión dedicada a Carlo… y el cielo respondió con un signo luminoso

II.

Padres de familia nos escribían diciendo que sus hijos adolescentes, generalmente apáticos hacia la religión, se mostraban interesados en aquel joven santo que amaba la tecnología y los videojuegos tanto como amaba a Jesús en la Eucaristía. El comité de logística, coordinado por don Jacinto, nuestro diácono permanente, se ocupó de los permisos y la seguridad.

Presentamos la solicitud formal en el Ayuntamiento a principios de julio. Era un trámite rutinario. Nuestra ciudad siempre había sido respetuosa con las manifestaciones religiosas. La procesión de Semana Santa, la fiesta patronal de San Miguel en septiembre, la procesión de la Virgen del Rosario en octubre, todas transcurrían sin inconvenientes.

Las autoridades municipales siempre habían colaborado proporcionando apoyo policial para controlar el tráfico y garantizar la seguridad de los participantes. Por eso no me preocupé cuando presentamos los documentos. Don Jacinto me aseguró que era un simple formalismo. En dos o tres semanas tendríamos la autorización.

Continué con los preparativos. Encargamos velas especiales con la imagen de Carlo Acutis impresa. Coordinamos con el coro parroquial la selección de cantos. Planeamos un momento especial. Cuando la procesión llegara frente a la plaza del Ayuntamiento, haríamos una pausa para una adoración eucarística de 15 minutos.

El padre Rodrigo llevaría el santísimo sacramento en custodia y todos guardaríamos silencio en plena calle, en el corazón de la ciudad, adorando a Jesús presente en la Eucaristía, tal como Carlos lo había hecho durante su corta vida. Julio pasó, agosto llegó con su calor sofocante. A mediados de agosto, don Jacinto me llamó preocupado.

El Ayuntamiento aún no había respondido a nuestra solicitud. Esto era inusual. Decidí acompañarlo para hacer seguimiento. Fuimos juntos a la oficina de eventos y actividades públicas. La funcionaria que nos atendió, una mujer de mediana edad que conocía de vista, revisó el sistema informático con expresión incómoda.

Después de varios minutos nos dijo que nuestra solicitud había sido derivada directamente al despacho del alcalde y que debíamos esperar su decisión personal. Aquello me extrañó. El alcalde, un hombre llamado Federico Maldonado, había asumido el cargo apenas 8 meses antes. Era del Partido Progresista y había ganado las elecciones con un discurso modernizador.

No lo conocía personalmente, aunque había visto sus intervenciones en los medios locales. Parecía un hombre pragmático, centrado en temas de desarrollo urbano e infraestructura. No recordaba que hubiera mostrado hostilidad hacia la iglesia, pero tampoco se le conocía por ser especialmente religioso.

Volví a casa con una inquietud que no podía definir. Aquella noche, mientras preparaba la cena, le comenté a mi esposo Rafael sobre la situación. Él, siempre más escéptico que yo respecto a las instituciones, me dijo que no me preocupara demasiado, pero que estuviera preparada para cualquier cosa. Los tiempos estaban cambiando, comentó, y no todos los políticos veían con buenos ojos las manifestaciones públicas de fe.

Los días siguientes los dediqué a intensificar la oración. Cada mañana, después de comulgar, me quedaba unos minutos extra ante el sagrario, pidiéndole a Dios que todo saliera bien. Le pedía también la intersión de Carlo Acutis. Me imaginaba aquel joven en el cielo sonriendo, comprendiendo nuestros esfuerzos por honrarlo.

A veces sentía una paz inexplicable, como si supiera que todo estaría bien. Otras veces, la angustia me apretaba el pecho. El 28 de agosto, un miércoles por la tarde, recibí la llamada que temía. Era don Jacinto. Su voz sonaba tensa, contenida. Me pidió que fuera inmediatamente a la parroquia, que el padre Rodrigo necesitaba hablar conmigo con urgencia.

Dejé todo y salí prácticamente corriendo. El camino hasta San Miguel nunca me había parecido tan largo. Cuando llegué, encontré al padre Rodrigo en su despacho con el rostro de mudado. Sobre su escritorio había un documento oficial del Ayuntamiento. Con manos temblorosas me lo entregó. Era una resolución firmada por el alcalde Federico Maldonado.

Decía en un lenguaje administrativo frío y burocrático que la solicitud de procesión religiosa en honor al beato Carlos Acutis había sido denegada. Los fundamentos citaban razones de orden público, seguridad vial y laicidad del espacio público. Argumentaban que el recorrido propuesto interferiría excesivamente con el tráfico en una fecha próxima al inicio del ciclo escolar.

Mencionaban también que el Ayuntamiento debía mantener una estricta neutralidad respecto a eventos de carácter religioso en espacios públicos centrales. No podía creerlo. Leí el documento una, dos, tres veces. Las palabras me parecían incomprensibles. Orden público. Nuestras procesiones siempre habían sido pacíficas y ordenadas. Seguridad vial.

Siempre coordinábamos con la policía municipal. Laicidad del espacio público. Desde cuando una procesión religiosa violaba la laicidad. La Semana Santa transcurría por esas mismas calles cada año sin ningún problema. El padre Rodrigo me miró con tristeza. Don Jacinto, sentado en una silla del rincón tenía los ojos humedecidos.

Sentí una mezcla de emociones que no sabría describir con precisión, incredulidad, indignación, tristeza, impotencia. Pensé en todos los meses de preparación, en los jóvenes que se habían ilusionado con la procesión, en las familias que esperaban participar, en la hermosa imagen de Carlo que esperaba en la sacristía.

Aquella noche reunimos de emergencia al consejo parroquial. La noticia había comenzado a circular y la sala estaba llena. Más de 50 personas se presentaron, muchas de ellas con expresiones de enojo y frustración. Algunos pedían que organizáramos protestas frente al ayuntamiento. Otros sugerían recurrir a medios de comunicación para denunciar públicamente la decisión.

Hubo quien propuso desobedecer la orden y realizar la procesión de todos modos. El padre Rodrigo pidió calma. Con su voz serena pero firme, nos recordó que debíamos actuar como cristianos con prudencia y caridad. propuso que primero intentáramos dialogar con el alcalde, exponerle nuestras razones, buscar un entendimiento.

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