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Iván Archivaldo amenaza a Harfuch desde Sinaloa… ¡y el secretario responde con un golpe brut4l!

En las próximas horas, un video grabado en lo más profundo de la sierra sinaloense iba a aterrizar en manos del secretario de seguridad. Parecía una brabata más del crimen organizado. No lo era. Para cuando amaneciera en la Ciudad de México, alguien ya estaría muerto. Y Omar García Harfuch sabría con esa certeza fría que se le metió en los huesos desde 2020, que esta vez no podía fallar.

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Llevaba puesto el mismo traje oscuro de la mañana, la corbata flojita, la camisa con los puños levemente arrugados después de 14 horas continuas de reuniones, la ciudad respiraba con ese ruido sordo que solo escuchan los que se quedan en sus oficinas hasta tarde. El zumbido de los aires acondicionados, el tecleo de algún subalterno terminando informes, la sirena de una patrulla allá lejos en reforma.

 Sobre su escritorio, tres pantallas mostraban en simultáneo el mapa operativo del país. Sinaloa estaba encendida en rojo, como llevaba meses. Cinco municipios pintados con la intensidad de una herida abierta. Culiacán, Nabolato, Badiraguato, Mocorito, Salvador, Alvarado. Cada punto representaba un cuerpo tirado en la última semana.

 Cada línea, una refriega entre los chapitos y la maliza. Harfug había aprendido a leer ese mapa como un cardiólogo lee un electrocardiograma. Lo veía sin verlo. Sabía dónde dolía sin tocarlo. Tocaron a la puerta. Dos golpes secos, profesionales. Adelante. Entró el comandante Ulises Lara, su jefe de gabinete operativo, hombre de mediana edad, calvo, con una cicatriz vieja en la ceja izquierda que se había hecho en una persecución hacía más de una década.

Traía un sobre cerrado, sin sellos, sin marcas, solo una memoria USB negra adentro y un papel doblado. Secretario, esto llegó a través de la oficina de prensa hace 40 minutos. El mensajero lo dejó en la recepción y se fue. La cámara del estacionamiento captó la moto, pero la placa está pintada con chapopote.

 Ya rastreamos lo que se pudo. Llegó hasta periférico y ahí se perdió. ¿Lo revisaron? Harfuch tomó el sobre sin urgencia, con la misma calma con la que examinaba todos los expedientes que pasaban por sus manos. Pasó por escaneo y por explosivos. Limpio. El contenido del USB es un video, solo eso. Lo abrimos en una máquina aislada.

 Harfuch lo miró. Lara no necesitaba decir más. La cara del comandante decía todo lo que faltaba. Era serio. Era para él y no le iba a gustar. Ciérrame la puerta y siéntate, Ulises. El comandante obedeció. Harfuch metió la memoria en la laptop blindada que reservaba para este tipo de cosas. La pantalla se puso negra. 2 segundos. Parpadeó.

 y arrancó el video. La imagen tenía esa textura granulada de cámara de celular cara, grabado de noche con iluminación tipo profesional, foco amarillento, paredes de adobe blanqueado al fondo, una bandera de México colgando torcida. En el centro del cuadro había siete hombres formados en línea, vestidos de táctico negro, capuchas pasamontañas, chalecos antibalas con placas, fusiles tipo AR15 y Barret calibre50 atravesados en el pecho.

 Atrás de ellos, sentado en una silla de madera rústica, con las piernas abiertas, un hombre que no traía pasamontañas. Harfuch lo reconoció de inmediato. 42 años, complexión robusta, mediana estatura. barba bien recortada, lentes oscuros, aunque era de noche, cachucha negra con las iniciales bordadas en oro, camisa estampada, jeans de marca, botas vaqueras de avestruz, Iván Archivaldo Guzmán Salazar, el Chapito, el hijo mayor del Chapo, el hombre al que la DEA le ponía precio de 10 millones de dólares.

El gobierno mexicano 'no ha podido esclarecer si atrapó, o si estuvo a punto, o si hirió' a Iván Archivaldo | Aristegui Noticias

 El video empezó sin saludo. Una voz grave, con el acento sinaloense marcado, comenzó a hablar mientras el de la cachucha se mantenía inmóvil, mascando chicle, mirando directo a la cámara. Compa Harfuch, le habla la sierra, le habla Sinaloa. Jarfuch no movió un músculo. Hace meses que anda usted con sus operativos de apeso.

 Que si tumbó al compa Mencho en Jalisco, que si trae movido al gobierno gringo, que si en sus mañaneras presume cifras. Aplausos para usted, secretario. De adeveras, pero le voy a decir una cosa, así de hombre a hombre. Usted ya cruzó una línea que no se cruza. Usted está tocando lo que no se toca. La cámara hizo un acercamiento lento al rostro de Iván Archivaldo.

 Sus lentes oscuros reflejaron por un instante la luz del foco. Movió la cabeza apenas, como quien se acomoda en la silla. ¿Sabe usted que yo no soy hombre de hablar mucho? Mi jefe, el señor, mi apá. me enseñó que las cosas se hacen, no se dicen, pero hoy hago una excepción, secretario. Hoy le aviso, porque cuando le pase lo que le va a pasar, no quiero que diga que no le advertimos.

 La voz fuera de cámara siguió. El compa Iván le manda este recadito a usted, a su jefa, la presidenta, y a todos los de su equipo. La sierra tiene memoria, secretario, y la sierra tiene paciencia. Pero la paciencia se acaba. Detrás de los sicarios apareció algo que la cámara no había mostrado hasta ese momento.

 Una pared con fotografías pegadas, alineadas. Harfuch sintió el aire enfriarse adentro de la oficina. Eran fotos de él, de su casa tomadas desde lejos, de su camioneta, de su esposa entrando a un café, de la escuela donde estudia un sobrino suyo, de los escoltas que le acompañaron esa mañana. una foto de su mamá, doña María, saliendo de un consultorio médico en Polanco.

 Le tenemos todo, secretario, todo. Sus rutas, sus horarios, sus cariños, la gente que más quiere, la que cree que está a salvo. ¿Se acuerda del 2020, secretario? Cuando lo agarraron en Reforma. Sí, se acuerda. Tres balazos. Esa vez no fuimos nosotros. Eso ya quedó claro. Pero la próxima vez sí. y la próxima vez no va a sobrevivir.

 Iván Archivaldo levantó una mano, la voz se cayó. Habló él mismo por primera vez. Tenía un tono nasal, casi infantil que no cuadraba con el contenido. Bájale, compa. Bájale a los operativos. Bájale a las extradicciones. Bájale a los chismes con los gringos o bájale tú mismo a tu carrera porque te la voy a pagar.

 Tú decides. Tienes 14 días. Después de eso, ya nadie decide nada. El video cortó en negro. Quedó solo el zumbido del foco fluorescente del techo, el aire acondicionado y la respiración pausada de Harfuch, que no se había alterado. Ulises Lara sí estaba alterado. Tenía los puños sobre las rodillas, los nudillos blancos.

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