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Cuando Tenía Siete Años Juré Casarme Con Mi Vecino

Cuando tenía siete años, todo el vecindario sabía que yo era la niña más terca de la calle. Tan terca que una tarde de domingo, en medio de aquel pequeño barrio donde todos conocían la vida de todos, me planté en el patio de mi casa llorando desconsoladamente mientras señalaba al muchacho que vivía frente a nosotros.

—¡Cuando sea grande me voy a casar con Gabriel! ¡No me voy a casar con nadie más!

Los adultos estallaron en carcajadas.

Mi madre casi se murió de vergüenza. Corrió hasta mí, me tomó de la oreja y trató de arrastrarme al interior de la casa mientras repetía disculpas a todo el mundo.

—Perdónenla, está loca esta niña.

Pero yo seguía llorando y resistiéndome.

Gabriel, que entonces tenía diecisiete años y era diez años mayor que yo, estaba completamente rojo. Nunca había visto a alguien ponerse tan colorado.

—Es solo una niña —dijo una vecina entre risas—. Ni siquiera entiende lo que dice.

Yo sí entendía.

O al menos, en mi pequeño corazón infantil, sentía que entendía perfectamente.

Gabriel era mi persona favorita en el mundo.

Recuerdo claramente lo que ocurrió después. Él caminó hasta donde yo estaba, se arrodilló frente a mí y me acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

Tenía esa manera tranquila de hablar que hacía desaparecer cualquier miedo.

—Cuando crezcas hablaremos otra vez, ¿sí? Pero primero tienes que estudiar mucho.

Lo miré con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Entonces sí te casarás conmigo?

Él soltó una pequeña risa.

—Primero conviértete en una mujer inteligente.

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