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La Segunda Carta

Mi nombre es Lucy Barragán.

Tenía dieciocho años el día que entendí que algunas familias no destruyen a sus hijos por necesidad, sino por miedo.

Miedo a que alguien salga adelante.
Miedo a quedarse atrás.
Miedo a perder el control sobre la persona que siempre aprendió a agachar la cabeza.

La mujer que estaba frente a nuestra puerta aquella noche no parecía impresionada por el tono seco de mi madre.

—Buenas noches —repitió con calma—. Busco a Lucy Barragán.

Mi madre cruzó los brazos.

—Ya le dije que no está.

La mujer sacó una carpeta negra y miró unos papeles.

—Curioso. Porque esta es la dirección oficial registrada en su solicitud universitaria.

Desde el pasillo, mi corazón comenzó a golpearme el pecho.

Mi madre intentó cerrar la puerta.

—Pues actualice sus papeles.

Entonces la mujer apoyó la mano contra la puerta antes de que pudiera cerrarse.

—Señora, soy la doctora Ellen Whitmore, representante del programa estatal de excelencia académica. Llevo tres días intentando localizar a Lucy.

Mi madre palideció apenas un segundo.

Solo un segundo.

Pero yo lo vi.

—Debe haber un error.

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