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El bochorno de las tres de la tarde se colaba sin pedir permiso por la persiana a medio bajar del salón.n

Parte 1

El bochorno de las tres de la tarde se colaba sin pedir permiso por la persiana a medio bajar del salón.

Los restos del arroz con costra languidecían en la paellera de acero inoxidable, que descansaba sobre un salvamanteles de corcho ya bastante gastado.

El ambiente estaba cargado de ese olor tan nuestro, una mezcla flotante de sofrito de cebolla, café recién salido de la cafetera Oroley y el aroma dulzón de las rosquillas de vino que Conchi siempre compraba en el supermercado de la esquina.

Don Arturo, sentado en la cabecera de la mesa con la camisa de lino desabrochada hasta el segundo botón, observaba el panorama familiar con la mirada fija de un general romano que vigila sus posesiones desde una colina.

A su derecha, su hijo Javi lidiaba en silencio con una digestión pesada, manteniendo los ojos entreabiertos mientras sostenía un palillo entre los labios con un equilibrio casi milagroso.

Frente a él estaba Marta, su nuera, una mujer que no entendía de silencios estratégicos ni de sutilezas castellanas.

Marta miraba la pantalla de su teléfono móvil con una sonrisa de absoluta satisfacción, ajena por completo a la tensión invisible que siempre se generaba en las sobremesas de aquella casa.

Conchi, la matriarca indiscutible, entró desde la cocina arrastrando las zapatillas de andar por casa con ese ritmo acompasado que predecía la llegada del postre.

Traía una bandeja de plástico con flores estampadas que ya había visto pasar tres mudanzas y cuatro crisis económicas.

Sobre la bandeja, las tazas de loza blanca chocaban entre sí con un tintineo sordo, rompiendo momentáneamente el zumbido del viejo ventilador de pie que giraba de izquierda a derecha en una esquina del salón.

—A ver quién quiere café, que se enfría en un suspiro —anunció Conchi, dejando la bandeja en el único hueco libre de la mesa hule.

Javi ni siquiera se movió, limitándose a emitir un gruñido sordo que su madre interpretó perfectamente como un “a mí ponme mitad y mitad, mamá”.

Arturo, en cambio, carraspeó con solemnidad, colocándose bien los puños de la camisa como si estuviera a punto de firmar un tratado internacional en lugar de tomarse un espresso corto de café de marca blanca.

Marta levantó la vista del móvil, bloqueó la pantalla con un chasquido seco y miró fijamente a su suegro.

—Pues no os lo vais a creer, pero me acaban de mandar un correo de recursos humanos —soltó Marta en mitad de la calma chicha de la tarde.

Conchi se detuvo a mitad de servir la taza de Arturo, dejando caer un hilo oscuro de café que salpicó ligeramente el borde del plato.

—¿Te han echado, hija? —preguntó la mujer con ese alarmismo innato que caracteriza a las madres cuando oyen la palabra “recursos humanos”.

—No, mamá, al contrario, qué manía con ponerse en lo peor —intervino Javi desde su letargo dominical, sin llegar a escupir el palillo.

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