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Cena de traición en la Gran Vía: el heredero que cerró la puerta a su madre tras la última mentira de su mujer

Cena de traición en la Gran Vía: el heredero que cerró la puerta a su madre tras la última mentira de su mujer

Parte 1

El timbre del piso de la Gran Vía no sonaba como el de una casa normal; tenía un zumbido estridente, metálico, que competía directamente con el rugido de los autobuses de la Empresa Municipal de Transportes y el murmullo incesante de la marea de turistas que ascendía desde la Plaza de Callao. Javier se quedó estático en mitad del pasillo, con un trapo de cocina colgado del hombro y una botella de Ribera del Duero a medio descorchar en la mano derecha. Sintió una punzada fría en el estómago, ese presentimiento sutil pero inequívoco de que su vida estaba a punto de convertirse en un sainete de proporciones épicas. A sus treinta y cinco años, Javier creía haber aprendido a capear los temporales familiares, pero el ambiente de aquella noche estaba cargado de una electricidad estática que amenazaba con chamuscar las molduras decimonónicas del salón.

—¡Javi, por lo que más quieras, dime que has escondido las revistas de la mesa baja! —gritó Macarena desde el baño, con esa voz de soprano ligera que adoptaba cuando el estrés amenazaba con desbordar su paciencia—. Y recuerda que el queso de cabra no es comprado, que lo ha traído mi tía de la sierra. Si tu madre pregunta, di que estuvimos el sábado en el mercado ecológico de San Antón. No soporto que me mire con esa cara de estar tasando mis habilidades como ama de casa del siglo diecinueve.

Javier suspiró, dejando la botella sobre la consola de la entrada, un mueble de caoba heredado que desentonaba flagrantemente con las sillas de diseño nórdico e industrial que Macarena había impuesto tras la última reforma. Miró de reojo las revistas de diseño de interiores que su mujer consideraba vital ocultar y, en un acto de cobardía preventiva, las empujó con el pie debajo del sofá. Su madre, Doña Purificación, no necesitaba ver revistas para criticar; le bastaba con pasar el dedo índice por el marco de cualquier cuadro para dictar sentencia sobre la higiene, la moral y el futuro financiero del matrimonio.

Abrió la puerta de madera maciza, esa joya de la arquitectura madrileña que aislaba el piso del bullicio de los teatros y los carteles de neón del Rey León, para encontrarse con la imponente figura de su madre. Purificación no entraba a los sitios; tomaba posesión de ellos. Vestía un abrigo de paño tres cuartos color camel que desafiaba el amago de primavera madrileña, un pañuelo de seda anudado al cuello con precisión quirúrgica y arrastraba una maleta de cabina con ruedas que sonaba como un carro de combate sobre el parqué.

—Hijo mío, qué delgadez, qué mala cara, por Dios —fue lo primero que soltó Purificación antes siquiera de darle dos besos reglamentarios que sonaron a bofetada afectuosa—. Menuda odisea para aparcar. Madrid está insufrible, Javier. Todo lleno de zanjas, de patinetes de esos que van como locos y de gente que parece que va disfrazada. He tenido que dejar el coche en el aparcamiento de Tudescos y casi tengo que hipotecar la pensión de tu padre para pagar las dos horas. ¿Es que no podéis vivir en un sitio normal, como Pozuelo o Majadahonda, donde la gente respira aire limpio y hay árboles en vez de tanto asfalto y tanta tienda de ropa moderna?

—Hola, mamá. Buenas noches a ti también —dijo Javier, resignado, mientras le quitaba el abrigo, que pesaba como si llevara piedras en los bolsillos—. Ya te dije que vinieras en metro, que te deja en la misma puerta. Y no estoy delgado, estoy en mi peso. Hago carrera continua tres días a la semana.

—Carrera continua, dice. Correr es de cobardes o de gente que huye de la justicia, Javier. En mis tiempos se andaba a buen paso para ir a los recados y nadie tenía que ponerse unas zapatillas fluorescentes para demostrar nada. ¿Y tu mujer? ¿Sigue haciendo esa gimnasia rara que parece que se va a romper la crisma?

Macarena apareció en ese preciso instante por el pasillo, ejecutando una sonrisa perfectamente ensayada en sus años de carrera en marketing y relaciones públicas. Llevaba un vestido de lino que gritaba sofisticación casual y unos pendientes que tintineaban a cada paso. Javier contuvo el aliento; conocía ese lenguaje corporal. Era el de un púgil que sube al ring sabiendo que el árbitro está comprado.

—¡Puri, qué alegría verte! Pasa, pasa, por favor. Estábamos deseando que llegaras. Qué viaje habrás tenido con el tráfico que hay siempre a estas horas por la entrada de la A-6 —dijo Macarena, estirando los brazos para un abrazo que se quedó en un cruce sutil de mejillas en el aire.

—No me hables del tráfico, Macarena. Una ratonera. Pero en fin, todo sea por ver a mi hijo, que desde que heredó este piso parece que se ha mudado a la Luna. Menos mal que las escrituras quedaron a su nombre, porque tal y como está la vida, tener un piso en la Gran Vía es como tener un trozo del palacio de Oriente. Mi pobre difunto marido siempre decía: “Puri, el ladrillo en el centro de Madrid nunca baja”. Y qué razón tenía el santo. Aunque claro, para mantener esto hay que tener la cabeza muy fría y los pies muy en el suelo.

La alusión a la herencia no era casual. El piso había pertenecido a la abuela paterna de Javier, y tras su fallecimiento, se convirtió en el epicentro de sutiles disputas familiares hasta que Javier, como único heredero directo de esa rama, tomó posesión de él. Sin embargo, Doña Puri consideraba que el inmueble era una suerte de embajada de su propio feudo, un territorio donde su palabra debía tener el peso de un decreto ley. Macarena, por su parte, consideraba que la Gran Vía era el escenario perfecto para su ascenso social y profesional, un lienzo en blanco que había redecorado eliminando cualquier vestigio del pasado rancio que tanto veneraba su suegra.

—Bueno, acomódate, Puri. Hemos preparado una cena ligera, muy de mercado, todo producto fresco y de la tierra —comentó Macarena, guiñando un ojo imperceptible a Javier—. Unas croquetas caseras que he preparado esta tarde y un bacalao al horno que está en su punto.

Purificación arqueó una ceja con la maestría de una actriz de teatro clásico. Miró hacia la cocina, de donde emanaba un olor ciertamente apetitoso, pero su instinto de madre periférica detectó algo extraño en la atmósfera. Caminó hacia el salón con paso firme, evaluando cada rincón con la mirada de un perito judicial.

—Croquetas caseras, qué bien —murmuró Puri, sentándose en el sofá de diseño que, según ella, era demasiado bajo para unas rodillas de setenta años—. Espero que no tengan de eso que le ponéis ahora a todo… ¿cómo lo llamáis? ¿Gusanos de esos de la India o quinoa? A mí me das una croqueta de jamón de toda la vida, con su buena bechamel ligada con paciencia, y me haces feliz. Que ahora vais a los restaurantes modernos y os ponen una pizarra con cuatro flores pintadas y tres gotas de salsa y os cobran como si fuera una mariscada en Galicia.

Javier sirvió las copas de vino con un pulso sospechosamente tembloroso. Sabía que la cena iba a ser un campo de minas. Lo que no sospechaba era que Macarena ya había colocado los primeros artefactos explosivos bajo la alfombra. Mientras su madre se acomodaba y sacaba del bolso un pañuelo de hilo para limpiarse unas gafas imaginarias, Javier siguió a su mujer hasta la cocina bajo el pretexto de revisar el horno.

—¿Se puede saber qué ha sido ese comentario sobre el mercado de San Antón? —susurró Javier, arrinconando a Macarena junto a la nevera americana de acero inoxidable—. Sabes perfectamente que el queso lo compramos en el supermercado de la esquina porque no nos daba la vida para más. Como mi madre descubra el plástico del envoltorio en la basura, tenemos crisis diplomática antes del primer plato.

—Cállate y disimula, Javi —respondió Macarena en un susurro sibilante, mientras colocaba las croquetas (que efectivamente eran de una tienda de platos preparados de alta gama, pero convenientemente rebozadas de nuevo en casa para darles un aspecto rústico) en una fuente de cerámica—. Tu madre ha venido hoy con el colmillo afilado. He visto cómo miraba el suelo del pasillo. Está buscando cualquier excusa para decir que no sabemos gestionar el patrimonio. Y ni se te ocurra mencionar lo del proyecto de la terraza de la azotea. Si se entera de que estamos pidiendo un crédito para reformar el estudio y montar el negocio de asesoría, le da un síncope aquí mismo y dice que estamos dilapidando la herencia de tu abuela.

—¿Un crédito? Macarena, dijimos que esperaríamos a ver las condiciones del banco —dijo Javier, abriendo los ojos de par en par—. No me digas que ya has firmado algo.

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