Posted in

La Rechazaban por No Tener Hijos… Hasta que Llegó un Viudo Rico con una Promesa Inesperada

La humillaban por no poder tener hijos, hasta que un acendado viudo le prometió darle una familia. Había un comentario que Aurora Saldaña nunca olvidaría. No fue dicho en voz alta, no fue una acusación directa, fue algo peor. Fue dicho en voz baja, justo cuando ella todavía podía escucharlo. Pobrecita, una mujer que no puede dar hijos no sirve ni para esposa ni para nada.

Eso dijo Remedios Canales, la mujer del carnicero. Una mañana de martes, mientras Aurora pasaba frente a la tienda con su canasto de ropa ajena sobre la  cadera, lo dijo mirando hacia otro lado, como si hablara del clima, como si Aurora no fuera una persona, sino un paisaje que  simplemente estaba ahí.

Aurora no se detuvo, siguió caminando, pero sus dedos apretaron el borde del canasto con  tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Eso era río de ceniza, un pueblo del interior de México enclavado entre cerros secos y milpas  polvorientas, donde los secretos vivían poco tiempo y los juicios duraban toda la vida.

Un lugar  donde la gente no necesitaba razones para hablar, solo necesitaba tiempo libre. y vecinos cerca. Y Aurora Saldaña les había dado algo de qué hablar desde el día en que su matrimonio con Gilberto Fuentes se deshizo como papel mojado después de 3 años sin que ella pudiera quedar embarazada. Gilberto se fue sin escándalo.

Eso fue lo más cruel de todo. No hubo peleas en la calle, no hubo portazos, no hubo drama que la gente pudiera ver y comprender. Solo una mañana en que él no estaba y una tarde en que alguien ya lo había visto en el pueblo vecino con otra mujer. Una mujer que, según todos se apresuraron a contarle a Aurora, ya cargaba su vientre con evidente orgullo.

Desde entonces, Aurora lavaba ropa ajena a la orilla del  río. Era el trabajo que le quedaba, no porque no pudiera hacer otra cosa, sino porque era lo que el pueblo le permitía hacer sin que nadie se sintiera incómodo. Era un trabajo silencioso, solitario, que no requería que ella interactuara demasiado con nadie.

El río no la juzgaba, el río simplemente corría. Esa mañana, como todas las mañanas, Aurora llegó al punto donde el río hacía una curva ancha y las piedras  planas asomaban sobre el agua. Dejó el canasto en el suelo, se arremangó hasta los codos y comenzó. Primero las sábanas grandes, que pesaban más cuando estaban mojadas y que había que frotar contra la piedra con los dos brazos hasta que la espalda dolía.

Luego las prendas pequeñas, los delantales, las camisas de trabajo, la ropa de los niños de otras mujeres, siempre la ropa de los niños de otras mujeres. Ella lo había dejado de notar hacía tiempo, o eso se decía a sí misma, porque si se ponía a pensar en eso, en los pequeños pantalones llenos de lodo y en las blusitas bordadas que lavaba con cuidado y doblaba con delicadeza, algo en el centro del pecho, empezaba a moverse de una manera que no tenía nombre, pero que dolía igual.

El sol ya estaba alto cuando escuchó pasos sobre la tierra seca detrás de ella. No se volteó de inmediato. Conocía los pasos de casi todos en Río de Ceniza. Los de don Aurelio, el viejo que pescaba río arriba, los de las muchachas que a veces venían a lavar y aprovechaban para chismear, los de los niños que corrían sin destino.

Estos pasos no los conocía, eran lentos, deliberados, y se detuvieron. Aurora siguió lavando. Pasaron varios minutos. Ella no escuchó nada más. No hubo voz, no hubo saludo, no hubo el ruido de alguien buscando algo o siguiendo su camino. Solo ese silencio que llegó después de  los pasos y que se quedó instalado detrás de ella como una presencia.

Cuando finalmente se volteó, no había nadie, solo los  árboles, la sombra de las ramas moviéndose con el viento y más allá entre  los mezquites, algo que podría haber sido una figura o podría haber sido simplemente la manera en que la luz del mediodía jugaba con las sombras. Aurora frunció el ceño, miró durante un momento más, luego se volvió hacia el río.

No dijo nada, no había nadie a quien decirle nada. Esa noche, en la casa pequeña que rentaba al fondo de la calle Hidalgo, Aurora calentó frijoles y comió sola frente a la ventana. Por la ventana se veía el patio de los vecinos, donde doña Esperanza  mecía a su nieto más pequeño, cantándole algo que Aurora no podía escuchar, pero que podía imaginar sin esfuerzo.

Había aprendido a no mirar demasiado tiempo esas  escenas, no porque le produjeran envidia, al menos no del tipo que la gente hubiera esperado. Era algo más complicado  que eso. Era la sensación de estar mirando una vida desde afuera de un vidrio, sabiendo que la puerta existe, pero que a ti nunca te van a abrir. Se fue a dormir temprano.

A la mañana siguiente, mientras cruzaba la plaza para ir al mercado a buscar jabón, se encontró de frente con Leticia Fuentes,  la hermana de su exmarido. Leticia no era mala mujer, ese era el problema. Era de esas personas que hacen daño con la mejor de las intenciones, que hiereren con palabras amables dichas en el tono equivocado.

Aurora dijo deteniéndose con su bolsa de mercado en la mano. ¿Cómo estás? Bien, respondió Aurora. Con permiso. Espera, espera. Dijo Leticia y sonrió con esa sonrisa que Aurora había aprendido a detectar, la que significaba que venía algo que no iba a gustarle.  ¿Ya supiste que Gilberto ya tiene otro bebé? El segundo, una niña. Dicen que está muy guapo el bebé.

Aurora sintió el golpe, lo absorbió. Qué bueno por él. Dijo,  “Ay, Aurora, no te me pongas así. Solo te cuento porque en este pueblo todos se enteran de todo y mejor que lo sepas por mí que por otra.” Gracias, Leticia. Con permiso. Esta vez caminó sin esperar respuesta. compró el jabón, caminó de regreso, entró a su casa, cerró la puerta y solo ahí,  sola, sin que nadie pudiera verla, se sentó en la silla junto a la ventana y se quedó mirando la pared durante un largo rato, con las manos quietas sobre las rodillas y la

mandíbula apretada. No lloró. Hacía mucho que había decidido no gastar lágrimas en cosas que no podía cambiar, pero el silencio de esa habitación era del tipo que pesa. Fue tres días después  cuando volvió a sentir los pasos. Esta vez estaba lavando por la tarde cuando la luz ya se ponía anaranjada y el río sonaba diferente, más lento, más grave.

Las demás lavanderas ya se habían ido. Aurora siempre era la última en irse porque siempre tenía más ropa que las demás, porque aceptaba los encargos que otras rechazaban, los que quedaban lejos del pueblo o los que eran más trabajosos. Los pasos llegaron desde la misma dirección que la vez anterior y de nuevo  se detuvieron.

Read More