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Pedro Infante ABANDONÓ el Set de Grabación Cuando Vio al Anciano que lo Cuidó Cuando era Niño

Era una escena que habían ensayado  la tarde anterior. Simple, directa, lista para filmarse en una sola toma.  si todo salía bien. Pero Pedro no cruzó el salón, se quedó quieto en  la entrada del set con el sombrero charro en la mano, mirando hacia el fondo donde los extras esperaban sentados en sillas de madera.

El asistente de producción  le tocó el brazo preguntándole si estaba listo. Pedro no respondió. Ismael levantó la vista del monitor y  vio a su estrella inmóvil con la mirada fija en algún punto del fondo del estudio. Nadie entendió lo que pasaba. Nadie,  excepto Pedro, porque ese anciano de cabello completamente blanco, de  manos gruesas y espalda encorbada era Don Refugio.

 Y don Refugio había sido,  en los años más oscuros de la infancia de Pedro Infante, la única razón por la que ese niño  no se había muerto de hambre en las calles de Sinaloa. Para entender lo que Pedro sintió aquella mañana en los estudios  Churubusco, hay que regresar a Guamuchil en 1925. Pedro Infante Cruz nació el 18 de noviembre  de 1917 en Mazatlán, pero creció en Huamuchil, un pueblo polvoriento del norte de Sinaloa,  donde el calor aplastaba los techos de lámina y la pobreza no era una

condición, sino el aire mismo que se respiraba. Su padre, Delfino Infante,  era músico de banda, hombre de talento, pero de recursos escasos, que mantenía a una familia numerosa con lo que alcanzaba y muchas veces  con lo que no alcanzaba. La infancia de Pedro no fue de miseria absoluta, pero tampoco fue de tranquilidad.

Había días con comida y días sin ella. Había semanas en que Delfino  conseguía trabajo tocando en fiestas y semanas en que no había nada. Cuando Pedro tenía 7 años, su padre atravesó uno de esos periodos largos sin trabajo.  La familia estaba en su momento más difícil y el pequeño Pedro, que ya mostraba una energía imposible de contener, pasaba los  días en la calle porque en casa el ambiente era tenso y el hambre se sentía en el silencio de todos.

 Fue en esas calles  donde conoció a don Refugio Andiano. Don Refugio tenía entonces unos 45 años y era carpintero.  Tenía un taller pequeño sobre la calle Zaragoza. con olor a madera recién cortada y viruta en el piso, donde reparaba muebles, fabricaba puertas y hacía los encargos que los vecinos del  pueblo podían pagar.

No era rico, nunca lo fue, pero era un hombre de esos que parecen haber nacido con la generosidad cocida al pecho  sin que nadie se los pidiera. Un martes de agosto, Pedro pasó frente al taller con los  pies llenos de tierra y una expresión que don Refugio reconoció de inmediato porque la había visto muchas veces en los niños del pueblo. No era tristeza, era hambre.

Esa cara específica que  tienen los niños cuando llevan horas sin comer y ya ni siquiera piden porque aprendieron que pedir no sirve de nada. Don Refugio salió al  umbral del taller y le preguntó al niño cómo se llamaba. Pedro respondió con esa voz chillona que tendría  hasta que la pubertad la transformó en el instrumento que después enamoraría a México entero.

 Don Refugio le preguntó si había comido. Pedro dijo que sí, pero lo dijo mirando al suelo y don Refugio supo perfectamente que estaba mintiendo. Le dijo que entrara. En el fondo del taller había una pequeña  hornilla donde don Refugio calentaba su comida durante el día. Ese martes había frijoles  con chile y tortillas que su esposa Consuelo le había preparado esa mañana.

 Le sirvió  un plato al niño sin hacer preguntas, sin sermones, sin condiciones. Pedro comió en silencio, sentado en un banco de madera entre herramientas y tablas apiladas, mientras  don Refugio seguía trabajando como si nada extraordinario estuviera ocurriendo. Eso se repitió durante meses. Pedro volvió al taller casi todos  los días de ese verano y del otoño que siguió.

Don Refugio nunca le cobró nada. Nunca fue a hablar con Delfino para reclamar  reconocimiento ni para presumir su caridad. Simplemente dejó que ese niño  entrara, comiera y se sentara a ver como la madera se convertía en algo útil entre las manos de un hombre paciente. A veces don Refugio le enseñaba cosas: sostener un formón, cómo medir antes de cortar, cómo lijar a favor de la beta para que la madera quedara  suave.

 Pedro aprendía rápido y preguntaba todo porque era un niño al que el mundo le parecía enormemente interesante. Pero lo que más recuerda Pedro de esos meses no son las herramientas ni la madera. Es el silencio generoso de ese hombre que nunca  lo hizo sentir una carga. Hubo una noche que Pedro Infante no contó en entrevistas, no la mencionó en los programas de radio donde lo entrevistaban sobre  su infancia.

No la incluyó en las versiones romantizadas de su historia que los periodistas  repetían en las revistas de espectáculos. Era una noche de diciembre de 1925  y hacía un frío inusual para Huamuchil, ese frío seco del norte que se mete por  las rendijas de las paredes de adobe y no deja dormir.

 Pedro había salido de su casa después de una pelea entre sus padres. No era la primera  vez que pasaba y probablemente no sería la última, pero esa noche algo lo hizo salir  corriendo sin rumbo, con una camisa delgada y sin guaraches, porque los había dejado junto a la puerta y no quiso detenerse  a ponérselos.

 Caminó varias calles sin saber exactamente hacia dónde iba, hasta que sin pensarlo terminó frente al taller de don Refugio. El taller estaba cerrado, pero había luz adentro. Pedro tocó  la puerta de madera con los nudillos. Don Refugio abrió con cara de sorpresa al ver al niño  parado en el umbral temblando de frío con los pies descalzos sobre la tierra helada.

 No le preguntó qué había pasado, no le pidió explicaciones, lo metió adentro, lo arropó con una cobija gruesa que tenía doblada sobre una silla y le calentó una tole  en la hornilla sin decir una sola palabra. Su esposa Consuelo estaba cociendo en el cuarto de atrás y cuando escuchó voz salió a ver qué pasaba.

 Al ver al niño arropado y temblando junto a la hornilla, no preguntó nada tampoco, simplemente trajo otra cobija y la puso sobre la primera. Pedro se quedó dormido esa noche en el taller de don Refugio. Cuando despertó al amanecer, don Refugio  ya estaba trabajando. Había café de olla en la hornilla y tortillas envueltas en un trapo para que conservaran el calor.

 Pedro comió en silencio, dobló  las cobijas con cuidado, como si intuitivamente supiera que ese gesto era importante, y se fue sin que nadie le dijera nada sobre lo que había pasado la noche anterior. Esa escena se repitió dos veces más antes de que terminara el invierno. Don Refugio nunca fue a hablar con los padres de Pedro.

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