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CANELO ÁLVAREZ : La CONFESIÓN Que Nunca CONTÓ

Cuatro cinturones mundiales, 63 victorias, el boxeador mejor pagado del planeta. Pero eso no fue lo peor. Lo peor es que tuvo que negociar por teléfono durante 3 días el secuestro de su hermano, mientras el mundo lo miraba prepararse para una pelea en Nueva York sin que nadie supiera nada.

 Y eso tampoco fue lo peor. Lo peor es que un socio suyo, dueño de sus gasolineras, fue acusado de lavar dinero para el cártel Jalisco Nueva Generación. Y cuando todo parecía controlado, perdió todos sus títulos en una sola noche. 36 minutos que borraron años de gloria. Su nombre  es Saúl Álvarez. Le dicen Canelo por el color  de su pelo y lo que realmente pasó con él nunca se contó completo.

 Hasta hoy, en los próximos 70 minutos, vas a conocer cuatro cosas que nunca te contaron sobre Canelo Álvarez. Primera, el secuestro que lo obligó a abandonar México para siempre. ¿Cómo negoció con criminales mientras daba entrevistas en Nueva York? ¿Y por qué no confió en la policía de su propio país? Segunda, el escándalo del clen buterol.

16 veces más concentración que un ciclista suspendido 2 años. ¿Por qué Golovkin lo acusó de hacer trampa y cómo esta mancha nunca se borró de su carrera? Tercera, el socio que lo conectó con el crimen organizado. Eric Zamora Delgadillo, dueño de gasolineras con Canelo, acusado de robo de combustible en México y lavado de dinero para el CJNG  en Estados Unidos.

 Y la cuarta, la noche del  13 de septiembre de 2025, 36 minutos contra Terence Crawford, 70,000 personas en el Alleant Stadium. Y el fin de una era que nadie esperaba. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Si te vas antes del final,  te pierdes como un hombre que lo tuvo todo. Terminó peleando no  contra rivales, sino contra su propio país, su reputación y las decisiones que tomó  fuera del ring.

Cuando tenía 6 años corriendo hacia un policía porque una mujer lo quería secuestrar. Llegaremos a esa foto, pero primero tienes que entender de dónde viene. Juana Catlán, Jalisco, 1991. Un pueblo de menos de 5000 personas a 40 minutos de Guadalajara. Casas de adobe con techos de  lámina, calles sin pavimentar.

El polvo se levantaba con cada  auto que pasaba y entraba por las ventanas. Una iglesia católica en el centro, tres tiendas de abarrotes, un mercado los domingos. La familia Álvarez Barragán vivía en una casa de dos cuartos al final de una calle sin nombre. Ocho hijos, Santos Álvarez y Ana María Barragán, Rigoberto el Mayor.

Saúl "Canelo" Álvarez no volverá a enfrentar boxeadores mexicanos por esta razón - Infobae

Después Ramón, Gonzalo, Ricardo, Víctor, Saúl, Joel  y la única mujer, Ana Helda. Saúl nació el 18 de julio de 1990, el séptimo de ocho, el más gero de todos, pelo rojizo, piel clara, pecas en la cara. Por eso le  pusieron Canelo por el color canela de su pelo. En una familia de morenos, Canelo parecía de otro lugar.

 Sus hermanos se burlaban, el gero, el gringo, el pelirrojo. Pero él no se quejaba porque en esa casa burlarse era una forma de cariño. Lo peor era el silencio. El silencio significaba que no había dinero para comer. Santos Álvarez se levantaba a las 5 de la mañana. preparaba su carrito de paletas,  hielo, palas de madera, sabores de limón, fresa, mango, coco.

 A las 6  ya estaba en la calle. Paletas, paletas de hielo. Gritaba durante  12 horas. Caminaba 20 km al día empujando el carrito bajo  el sol de Jalisco. 35 gr en primavera, 40 gr en verano. Santos volvía a casa a las 7 de la noche, las manos agrietadas por el hielo,  la piel quemada por el sol, 100 pesos en el bolsillo  si era un buen día, 50 si era malo.

 Con eso tenían que comer  10 personas. Ana María, la mamá, lavaba ropa ajena. Tres cargas al día,  20 pesos por carga, 60 pesos extra para la familia. Los niños ayudaban en lo que podían. Los más grandes trabajaban en la construcción. Los medianos vendían dulces en la escuela.  Los chicos como Saúl ayudaban a su papá los fines de semana.

Canelo tenía 5 años la primera vez que salió a vender paletas. Su papá le puso una hielera pequeña, le enseñó a gritar, le enseñó a caminar despacio para que la gente lo escuchara, le enseñó a cobrar, a dar cambio,  a no aceptar billetes grandes porque no tenían para dar el vuelto. “Si alguien te quiere robar, suelta la hielera y corre”, le dijo Santos.

Las paletas se pueden reponer, tú no. Canelo caminaba con su papá. Las piernas le dolían después de dos horas, pero no se quejaba. Su papá nunca se quejaba, entonces él tampoco. Una tarde vendieron todas  las paletas en 4 horas. Santos le dio 10 pesos a Canelo. Cómprate algo. Canelo  se compró un refresco.

 Lo compartió con su papá. fue el mejor  refresco de su vida. Pero Juan Acatlán no era solo pobreza, era también peligro. México,  finales de los 90. El narcotráfico empezaba a crecer como una plaga. Los cárteles se expandían por Jalisco. Guadalajara era territorio en  disputa. Juana Catlán estaba en medio.

 Los secuestros se volvieron comunes, no de millonarios,  de gente normal, comerciantes, dueños de tiendas, familias que tenían algo que robar. Los Álvares  no tenían nada, pero eso no los hacía seguros. Porque en México de los 90 no necesitabas tener dinero para ser secuestrado,  solo necesitabas tener familia que pudiera conseguirlo.

 Y la familia Álvarez tenía ocho hijos,  ocho posibles víctimas. Un día, cuando Canelo tenía 6  años, su mamá le pidió que le llevara el almuerzo a su papá. Va a estar en la esquina  de la farmacia. Llévale estos tacos. Canelo agarró los tacos envueltos en papel periódico. Salió de  la casa, caminó tres cuadras. La calle estaba tranquila.

Mediodía  el sol aplastaba el pueblo. La gente se escondía en  sus casas. Canelo iba silvando pensando en los tacos, preguntándose si su papá le daría uno. En la segunda cuadra, una mujer se  le acercó. Canelo la había visto antes, no en el pueblo, en otro lado. No recordaba dónde.

 La mujer era alta,  pelo negro, vestido floreado, sonrisa grande. Hola, mi amor. Canelo la saludó con la mano. Siguió caminando. La mujer se puso frente a él. Tú eres mi hijo. Te perdí hace años en Estados Unidos. Por fin te encontré. Canelo frunció el seño. No, señora, mi mamá está en mi casa. La mujer se agachó, puso sus manos en los hombros de Canelo.

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