Caminar por las calles del propio barrio debería ser un acto cotidiano, tranquilo y libre de peligros. Sin embargo, para los habitantes del suroccidente de Bogotá, y muy especialmente para los adultos mayores, una simple salida al parque o a la tienda de la esquina se ha convertido en una auténtica ruleta rusa. En el sector de Ciudad Alsacia, ubicado en la localidad de Kennedy, el miedo ha comenzado a reemplazar la tranquilidad. Una red criminal altamente organizada, conformada exclusivamente por mujeres, está utilizando tácticas escalofriantes para drogar, manipular y despojar de todos sus bienes a los ciudadanos más vulnerables. Su arma principal no es un cuchillo ni un revólver, sino algo mucho más silencioso y perturbador: la manipulación química que anula por completo la voluntad humana.
El Cuento de la Lotería: La Pesadilla de Jenny Osorio
El calvario de Jenny Osorio, una ciudadana que experimentó en carne propia el terror de esta banda, es el reflejo perfecto de cómo operan estas delincuentes. Todo comenzó en una calle cualquiera de Ciudad Alsacia. Dos mujeres, cuyas edades oscilan entre los 20 y los 40 años —una de ellas con un marcado acento ecuatoriano—, se acercaron a Jenny con una actitud inofensiva y suplicante. Su pretexto era tan antiguo como efectivo: necesitaban ayuda con unos documentos para poder cobrar un supuesto billete de lotería ganador.
Por naturaleza, los seres humanos tendemos a ser solidarios, y las criminales lo saben perfectamente. “Por querer ayudar y pedir ayuda como cualquiera de nosotros hemos pedido, se aprovecharon de eso”, relata Jenny, aún con el eco de la angustia en su voz. Le mostraron el billete de lotería, y es en ese preciso instante donde comienza el horror. El papel estaba impregnado con una sustancia que Jenny sospecha era escopolamina o alguna variante potente. En cuestión de segundos, la voluntad de Jenny se desmoronó. Ella estaba consciente, sabía que algo andaba terriblemente mal, pero su cuerpo y sus decisiones ya no le pertenecían. “Entendía que algo no estaba bien, pero de alguna forma no podía tomar la decisión de decir: hasta aquí llego yo”, confiesa la víctima.
Convertida en una especie de rehén dentro de su propia mente, Jenny guio a las dos desconocidas hasta su apartamento, sorteando la seguridad de su conjunto residencial sin levantar sospechas. La confianza inducida químicamente era tan perfecta que nadie notó la coacción. Del interior de su hogar, las mujeres sustrajeron una caja que contenía un valioso equipo industrial avaluado en aproximadamente seis millones de pesos.
Pero la ambición de las asaltantes no terminó ahí. Como si de un paseo macabro se tratara, se dirigieron junto con su víctima a un centro comercial en el sur de Bogotá, bajo la falsa promesa de ir a cobrar el premio de lotería. Allí, Jenny tenía pendiente el cobro de una deuda personal de cinco millones de pesos en efectivo. Recibió el dinero, lista para entregárselo a sus captoras invisibles. Fue en ese último segundo, en un destello de lucidez y desesperación que rompió el cerco químico, cuando Jenny logró soltar un grito desgarrador. El pánico se apoderó de las ladronas, quienes emprendieron la huida despavoridas, abandonando incluso la caja con el equipo industrial que ya habían robado. Jenny se salvó de perder sus ahorros de milagro, pero las secuelas psicológicas y físicas —temblores, vómitos y náuseas— la acompañaron por días.
El Blanco Perfecto: La Cacería de Adultos Mayores
Si bien el caso de Jenny es alarmante, revela una verdad aún más dolorosa: ella no es el objetivo principal de esta banda. La población más atacada y perseguida por este grupo delincuencial son los abuelos. Hombres y mujeres de la tercera edad que, confiados en la buena fe de antaño, se convierten en presas fáciles.
Visualmente se ha logrado identificar al menos a cuatro mujeres operando bajo esta modalidad en el sector. Lo más indignante e insólito es que una de las integrantes de esta banda criminal es, también, una mujer de la tercera edad. Utilizan esta figura maternal e inofensiva para generar una empatía inmediata con los abuelos que encuentran caminando solos por los parques o las calles del barrio. “Un adulto mayor se presta mucho para la charla”, explican los vecinos de la zona. Es precisamente esa necesidad de interacción, esa soledad de los parques bogotanos, la grieta por donde se cuelan las criminales.
Las tácticas son tan variadas como aterradoras. A veces es el falso billete de lotería; otras veces, el simple roce de una mano con un polvo extraño. Se acercan, les pasan la mano por el cabello fingiendo quitarles una pelusa, les tocan la cara suavemente o les ofrecen probar un producto de maquillaje. En el momento en que la piel de la víctima entra en contacto con la sustancia, o sus vías respiratorias la inhalan, el secuestro químico se consuma. Los ancianos han sido sometidos a lo que popularmente se conoce como “paseo millonario”, siendo subidos a vehículos donde los pasean por toda la ciudad, forzándolos a vaciar sus cuentas bancarias antes de dejarlos tirados, desorientados y abandonados a su suerte en calles desconocidas. Un caso reciente documentó cómo dos de estas mujeres llevaron a una abuela a un cajero automático, obligándola a retirar la exorbitante suma de 17 millones de pesos. Los ahorros de toda una vida, borrados en un parpadeo.
Armas Químicas en las Calles: El Negocio de Robar Voluntades
La sofisticación de estas bandas ha llegado a un nivel que desafía a las autoridades sanitarias y de seguridad. Ya no solo utilizan la tradicional escopolamina (burundanga), sino cócteles de fármacos mucho más peligrosos, como las benzodiacepinas. Estos medicamentos, diseñados originalmente para tratar trastornos graves de ansiedad, insomnio, convulsiones y espasmos musculares severos, actúan directamente desacelerando el sistema nervioso central.
El gran interrogante que aterra a la comunidad y a los expertos es evidente: ¿Cómo es posible que estas organizaciones criminales consigan a manos llenas sustancias que exigen recetas médicas estrictamente controladas? La respuesta apunta a un mercado negro próspero y a una alarmante falta de control estatal.
El uso de estos inhibidores del sistema nervioso convierte el robo en un atentado directo contra la vida. Como advierten los expertos médicos, no se trata simplemente de un hurto donde a la persona le quitan la cartera o una cadena de oro. La administración descontrolada de un alcaloide de esta potencia puede causar desde daños neurológicos irreversibles hasta un fallo cardíaco fatal, especialmente en organismos fragilizados como los de la tercera edad. Se están metiendo con la salud y con la vida misma de los bogotanos.
Un Grito de Auxilio Ante el Abandono Institucional
La situación en Ciudad Alsacia, un complejo habitacional de clase media-alta considerado en su momento como uno de los más modernos de Kennedy, refleja una crisis generalizada en la capital colombiana. Diana Diago, concejal de Bogotá, ha alzado la voz para denunciar que la inseguridad está absolutamente desbordada y que el crimen parece haber tomado control total de los territorios. Las cifras que comparte son escalofriantes: más de 580 casos de abordaje con escopolamina en un año reciente, y decenas de víctimas sumándose mes a mes en lo corrido del presente año.
“¿Cuántos abuelitos han denunciado que van al cajero, les ponen un papel, huelen una sustancia y empiezan a entregar sus claves?”, cuestiona la concejal, apuntando directamente a la inoperancia del Estado y del Poder Judicial. En medio de esta ola de violencia, los habitantes claman por auxilio. Ciudad Alsacia no solo sufre de robos con escopolamina; los secuestros exprés, la presencia de motoladrones, los asaltos a viviendas, locales comerciales y hasta a niños en edad escolar son el pan de cada día.
La comunidad, desesperada, hace un llamado directo a los altos mandos policiales, implorando al general brigadier Giovanni Cristancho el envío urgente de más pie de fuerza al CAI Marsella. Sin embargo, el problema es tan profundo que requiere una intervención integral. Como bien señala la concejal Diago, se necesita una articulación urgente e interinstitucional. La Secretaría de Seguridad, la Secretaría de Salud y hasta Movilidad deben sentarse a diseñar planes concretos para desarticular estas bandas desde la raíz y cortarles el suministro de la “materia prima” química con la que operan.