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El día que Raúl Velazco se burló de una anciana en público – Pedro Infante dejó a todos helados

 La voz de Pedro cantando amorcito corazón la había hecho sentir viva. Ahora, 13 años después, solo quería estar en el mismo edificio que él. Pero el guardia no la había dejado pasar y Raúl Velasco había decidido que era divertido burlarse de ella. Raúl Velasco tenía 23 [música] años, hijo de familia de clase media de Celaya.

 Había llegado a la ciudad de México [música] 3 años atrás con sueños de grandeza. Había empezado como reportero. Luego consiguió trabajo en Ikilo gracias a un amigo de su padre. Ahora era asistente de [música] producción y Raúl era ambicioso o muy ambicioso. Había aprendido rápido que en este negocio había que hacer ruido para ser notado.

 Esta noche con Pedro Infante como invitado estrella, Raúl [música] había decidido que era su oportunidad. si podía demostrar que era moderno, que [música] no tenía miedo de cuestionar incluso a los grandes. Tal vez finalmente le darían su propio programa, hacer que [música] Pedro Infante se viera anticuado, demostrar que la era de la ranchera estaba terminando, que [música] México necesitaba algo nuevo, alguien como Raúl Velasco.

 Pedro vio todo. Vio como Raúl extendió el pie. Vio como la anciana tropezó. Vio como el vaso se hizo pedazos y vio como Raúl se ríó. Algo dentro de Pedro se quebró. Esta mujer podía haber sido su madre que le [música] había enseñado que la verdadera fuerza estaba en defender a los humillados. Pedro dejó su guitarra en la pared, dejó su casco en [música] el suelo, caminó hacia doña refugio.

 Sus pasos eran lentos, medidos, silenciosos. Nadie más se movía. Raúl seguía riendo. [música] Pedro se arrodilló junto a doña Refugio, le ofreció su mano. La anciana lo miró y sus ojos se llenaron de lágrimas de reconocimiento. Era él, Pedro infante. Pedro la ayudó a levantarse con cuidado, recogió su reboso y se lo colocó sobre los hombros.

Le sacudió el polvo del vestido con ternura. Le dijo que todo estaría bien, que él se encargaría de todo, que ella era su invitada. Esta noche, doña refugio no podía hablar, solo lloraba. Pedro la llevó una silla en el pasillo, le pidió a un técnico que le trajera agua. Luego se volvió hacia Raúl. El silencio que siguió fue absoluto.

 Raúl había dejado de reír. Su sonrisa se congelaba mientras veía a Pedro caminar hacia él. No había prisa en los pasos de Pedro. No había ira visible, pero había algo en sus ojos que hizo que Raúl retrocediera. Pedro se detuvo a un metro de distancia, lo miró fijamente y cuando habló, su voz era tan baja que Raúl tuvo que esforzarse para escucharla.

 Le dijo que esa señora había viajado 200 km para estar aquí, que había gastado su pensión, que lo único que quería era escuchar música y que Raúl había decidido que era divertido hacerla tropezar. Raúl abrió la boca, pero Pedro levantó una mano. Le dijo que don Emilio estaba esperándolo en el estudio, que el programa comenzaba en 15 minutos y que Raúl estaría en ese programa porque Pedro había pedido que Raúl fuera quien lo entrevistara.

 Raúl parpadeó confundido. Él solo era asistente, pero Pedro ya caminaba hacia el estudio y Raúl lo siguió. El estudio principal de Isudo era un espacio grande con techo alto con cinco micrófonos colgaban del techo como arañas de metal. Las luces eran brillantes, casi segadoras, el público unas 50 personas y estaba en su lugar.

 Don Emilio Azcárraga observaba desde el cuarto de control. Los músicos afinaban sus instrumentos. Todo estaba listo. El programa saldría al aire en exactamente 7 minutos. El presentador principal, Alfonso Torres, estaba revisando sus notas [música] cuando vio a Pedro entrar seguido por Raúl Velasco. Alfonso frunció el seño, le preguntó a Pedro qué hacía Raúl ahí.

 Pedro respondió con calma que Raúl haría la entrevista esa noche. Alfonso intentó protestar. Raúl no tenía experiencia, pero Pedro fue firme. O este Raúl hacía la entrevista o Pedro se iba. Alfonso miró hacia el cuarto [música] de control. Don Emilio asintió. Así se haría. 5 minutos antes del aire, Raúl estaba sudando.

 Sus manos temblaban mientras revisaba las tarjetas que Alfonso le había dado. Eran preguntas simples, seguras, sobre películas, canciones, planes futuros, pero Raúl sentía que algo estaba mal. Pedro lo miraba con una expresión que no podía descifrar, algo que lo hacía sentir profundamente incómodo. El director levantó tres dedos. 3 minutos. Dos, un.

La luz roja se encendió. Estaban en vivo 2,illones y medio de mexicanos. Acababan de sintonizar sus radios. Alfonso Torres abrió el programa con entusiasmo, dio la bienvenida a los oyentes, presentó a la orquesta, mencionó a los patrocinadores y luego presentó a Raúl Velasco como el joven periodista que entrevistaría al gran Pedro [música] Infante. Hubo aplausos.

Raúl se aclaró la garganta. Empezó con la primera pregunta sobre la última película de Pedro. [música] Pedro respondió brevemente, “Eduado, profesional.” Raúl hizo la segunda pregunta. Pedro respondió igual, breve, cortés. La entrevista se sentía forzada, incómoda. El público empezaba inquietarse.

 Don Emilio fruncía el seño desde el cuarto de control y entonces Raúl, cometió su error. Decidió improvisar. Raúl se aclaró la garganta de nuevo. Su voz intentaba sonar casual, amigable, pero había un filo debajo. Le dijo a Pedro que muchos decían que la música ranchera estaba pasando de moda, que los jóvenes ahora preferían el jazz, que la música moderna venía de Estados Unidos, que tal vez [música] era tiempo de que artistas como Pedro consideraran evolucionar.

 El estudio se silenció, los músicos dejaron de afinar, el público dejó de moverse. Todos miraban a Pedro esperando su reacción. Pedro sonrió. Fue una sonrisa pequeña, casi triste. Le preguntó a Raúl si era lo que él creía. Raúl, sintiéndose más confiado ahora que había logrado provocar una respuesta, asintió.

 Dijo que don Emilio mismo había mencionado que Xedro necesitaba modernizarse, que había que atraer audiencias jóvenes, que el pasado era el pasado. Pedro asintió lentamente. Le dijo que era interesante que Raúl mencionara a don Emilio, porque don Emilio y Pedro eran viejos amigos y don Emilio nunca había dicho eso, al menos no en esos términos.

 La sonrisa de Raúl vaciló. En el cuarto de control, don Emilio se inclinó hacia delante. Pedro continuó hablando. Su voz suave, pero firme, se escuchaba clara en cada radio sintonizada. Dijo que conocía a Raúl, no personalmente, pero conocía a su tip, jóvenes ambiciosos que creían que para subir había que empujar a otros hacia abajo, que para brillar había que apagar otras luces.

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