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Pastor adventista convierte toda su congregación al catolicismo tras leer a los PADRES DE LA IGLESIA

Esta no era simplemente doctrina para mí, era el aire que respiraba, el lente a través del cual veía toda la realidad. Me casé con Rebeca Saldaña cuando ambos teníamos 21 años. Ella también era adventista de cuna, hija de uno de los ancianos más respetados de la iglesia en Querétaro. Nuestra boda fue un evento comunitario.

Nada de cerveza, nada de baile, nada de música mundana. Himnos del José Antia. Himnario Adventista. Un sermón de 40 minutos sobre el matrimonio según Elena White y un ágape vegetariano que mi suegra organizó con precisión militar. Éramos la pareja perfecta para el sistema. Jóvenes dedicados con un futuro brillante en la obra del Señor.

 Cuando nació nuestro primer hijo Isaías, apenas un año después de casarnos, yo ya estaba dando estudios bíblicos en tres hogares diferentes y predicando ocasionalmente en congregaciones pequeñas de la zona. Tenía 22 años y un hambre insaciable por conocer más, por argumentar mejor, por demostrar que nosotros, los adventistas, teníamos las respuestas que el cristianismo tradicional había perdido hacía siglos.

 Dos años después llegó Noemí, nuestra hija. Rebeca se dedicó completamente a criarlos en el camino del Señor. Como ella decía. Yo me sumergí cada vez más profundamente en los estudios teológicos. No me bastaba con predicar. Necesitaba ser un erudito. Necesitaba poder debatir con cualquier católico, evangélico o testigo de Jehová y salir victorioso.

 Mi ego disfrazado de celo evangelístico no conocía límites. En el año 2003, a mis 24 años, fui ordenado como pastor. La ceremonia fue solemne. Rodeado de veteranos del ministerio que imponían sus manos sobre mi cabeza mientras el pastor de distrito leía las exhortaciones pastorales. Recuerdo que lloré. Pensaba que eran lágrimas de consagración genuina al Señor.

 Ahora sé que eran lágrimas de orgullo espiritual. Me sentía especial, elegido, parte de una élite espiritual que tenía acceso a verdades que el resto del cristianismo había perdido. Mi primera asignación pastoral fue como asistente en una congregación de 100 miembros en el marqués, un municipio cercano a Querétaro.

 El pastor titular Ezequiel Vilchis era un hombre mayor, tradicional que predicaba sermones sencillos y se enfocaba más en la piedad práctica que en la polémica doctrinal. Yo, en cambio, veía cada sermón como una oportunidad para educar, para elevar el nivel teológico de los hermanos, para demostrar la superioridad intelectual del adventismo.

 Mis mensajes del sábado por la mañana eran auténticas clases magistrales. Llevaba mi proyector, mis presentaciones en PowerPoint llenas de versículos, citas de Elena White, referencias históricas. Comparaba el papado con el cuerno pequeño de Daniel. Explicaba cómo la observancia del domingo era la marca de la bestia que vendría en el tiempo del fin.

 Demostraba con tablas cronológicas como las profecías de Daniel y Apocalipsis señalaban inequívocamente a la Iglesia Católica como el sistema apóstata. La gente me amaba. Los jóvenes especialmente decían que mis predicaciones los fortalecían en la fe, que salían cada sábado con argumentos sólidos para defender el adventismo ante sus familiares católicos.

 Los ancianos, en cambio, comenzaron a preocuparse. El pastor Vilchis me llamó a su oficina tres meses después de mi mod llegada. “Hermano Heriberto”, me dijo con esa paciencia que solo dan los años. Sus predicaciones son muy instructivas, muy bien preparadas, pero noto algo. Hay más crítica a otras denominaciones que amor por las almas, más orgullo por nuestras doctrinas que humildad ante la gracia de Dios.

 Sus palabras me ofendieron profundamente, aunque no lo demostré. Le sonreí, asentí, le aseguré que tomaría en cuenta su consejo, pero por dentro pensaba que él era de la vieja guardia, que no entendía los tiempos actuales, que la iglesia necesitaba pastores con fuego apologético como yo, no tibios administradores de la tradición. Seis meses después, cuando se abrió la oportunidad de plantar una nueva congregación en Querétaro, específicamente en el barrio de la Cruz, yo fui el candidato natural.

 Tenía 25 años, estaba casado con dos hijos pequeños y desbordaba confianza en mi capacidad para edificar una iglesia desde cero. La asociación me dio luz verde, un presupuesto modesto y 6 meses para demostrar que podía reunir al menos 50 personas para el culto sabático. Empecé con reuniones en la sala de mi casa.

 Rebeca preparaba té de hierbas y galletas integrales mientras yo exponía las profecías de Daniel a cualquiera que quisiera escuchar. Mi cuñado Tobías Zúñiga, que era arquitecto y también adventista, me ayudó a diseñar volantes que repartíamos por todo el barrio. ¿Quiere conocer la verdad sobre el sábado? Decían. Le gustaría entender las profecías bíblicas, estudios gratuitos sin compromiso.

En tr meses teníamos 30 personas asistiendo regularmente, en 6 meses 60. Para el primer aniversario habíamos alquilado un local comercial adaptado como templo y teníamos 90 miembros bautizados. La asociación estaba encantada. Yo era el pastor joven exitoso, el plantador de iglesias modelo, el ejemplo para otros ministros que querían hacer crecer sus congregaciones, pero mi método tenía un denominador común muy claro.

 Yo no solo predicaba el mensaje adventista, predicaba contra el catolicismo. Cada sermón incluía al menos 10 minutos de exposición sobre los errores de Roma. la idolatría mariana, la blasfemia de la misa, la herejía de la confesión auricular, la invención del purgatorio, la adoración de santos muertos. Mi congregación crecía porque muchos de los que llegaban eran católicos desilusionados, gente que había abandonado la iglesia de su niñez y buscaba algo diferente, algo que sonara más bíblico, más puro.

 Recuerdo especialmente a una familia, los Estrada. Don Melquiades Estrada era un hombre de 60 años. ranchero retirado, católico de toda la vida, que había dejado de ir a misa porque según él los curas solo pedían dinero y no enseñaban la Biblia. Su esposa, doña Guadalupe, lo había seguido a regañadientes.

 Tenían una hija de 30 años, Minerva, divorciada y con dos niños. Llegaron a mi iglesia un sábado por la mañana porque un vecino los había invitado. Esa mañana providencialmente o no, mi sermón se titulaba Los 10 mandamientos versus las tradiciones de Roma. Durante 90 minutos desmantelé sistemáticamente las prácticas católicas.

 Mostré como el segundo mandamiento que prohíbe las imágenes talladas había sido eliminado del Catecismo católico. Expliqué como el cuarto mandamiento, la observancia del sábado, había sido cambiado arbitrariamente por la autoridad papal. Cité a Elena White y sus visiones sobre el papado como el anticristo. Cuando terminé, don Melquiades tenía lágrimas en los ojos.

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