En el vasto universo de la música en español, pocos nombres evocan tanta paz, nostalgia y romanticismo como el de José Luis Perales. Con una trayectoria que abarca más de cinco décadas y miles de composiciones que han dado la vuelta al mundo, el oriundo de Castejón se ha ganado el título de “el poeta de la sencillez”. Sin embargo, al alcanzar la venerable edad de 80 años, Perales parece haber decidido que ya no es tiempo de callar. En una revelación que ha sacudido los cimientos de la industria, el legendario cantautor ha señalado a cinco figuras de la música por las cuales siente un rechazo profundo, rompiendo así con la imagen de eterna calma que lo ha acompañado desde los años setenta.
Para entender el peso de estas declaraciones, debemos primero comprender quién es José Luis Perales. No es un hombre dado a los escándalos ni a las portadas de revistas de chismes. Su vida ha sido una oda a la discreción, al amor por su familia y a la artesanía de escribir canciones que parecen susurros al alma. Por eso, cuando alguien de su calibre utiliza la palabra “odio” o manifiesta un desprecio abierto hacia colegas del gremio, el impacto es sísmico. No se trata de un arre
bato de juventud, sino del juicio meditado de un hombre que ha visto nacer y morir modas, y que hoy, en el invierno de su vida, se siente con la autoridad moral de separar el trigo de la paja.

El rechazo de Perales no nace de una envidia mezquina. Sería absurdo pensar que un hombre que ha vendido más de 50 millones de discos y cuyas canciones han sido interpretadas por Julio Iglesias, Rocío Jurado y Marc Anthony, tenga algo que envidiarle a las nuevas generaciones. Su desprecio, según se desprende de sus reflexiones, tiene una raíz mucho más ética y artística. Para Perales, la música es un vehículo de sentimientos puros, una forma de comunicación sagrada que requiere respeto, estudio y, sobre todo, verdad. Lo que él cuestiona en estos cinco artistas es la ausencia de esos valores, la mercantilización extrema del arte y la desfachatez de priorizar la imagen sobre la sustancia.
A lo largo de los años, hemos visto cómo la industria musical se ha transformado en una máquina de producir éxitos efímeros. En este contexto, José Luis Perales se erige como el último guardián de una estirpe de creadores que se tomaban días, incluso meses, para encontrar la palabra exacta en un verso. Ver cómo ciertos cantantes —algunos de ellos con una fama desproporcionada en comparación con su talento vocal— manipulan la tecnología para ocultar sus carencias, es algo que al maestro le genera una repulsión física. Para él, la honestidad sobre el escenario no es negociable, y aquellos que engañan al público con autotune y coreografías vacías representan todo lo que él considera el declive de la cultura.
Pero las razones de este “odio” declarado no se limitan únicamente a lo técnico. Hay un componente de personalidad y actitud que Perales no perdona: la arrogancia. En sus encuentros en grandes galas de premios o en los pasillos de las discográficas, José Luis ha sido testigo de cómo la humildad ha sido reemplazada por un ego desmedido. El cantautor siempre ha sostenido que el artista es un servidor del público, no un ser superior. Al encontrarse con figuras que desprecian a sus fans, que exigen lujos ridículos o que tratan con inferioridad a los trabajadores de la industria, Perales ha marcado una distancia insalvable. Esos cinco nombres que ahora salen a la luz son, precisamente, aquellos que más han abusado de su posición de poder.
La lista negra de Perales es, en realidad, un manifiesto en defensa de la canción de autor. Es un grito de protesta contra la vulgaridad que a menudo se disfraza de “modernidad”. El maestro ha observado con tristeza cómo las letras que hoy dominan las radios carecen de poesía, de metáforas y de ese respeto por la mujer y el amor que él siempre pregonó. Al señalar a estos cinco cantantes, está señalando una forma de hacer música que él considera tóxica. Es una advertencia para las nuevas generaciones: el éxito sin contenido es una cáscara vacía que el tiempo se encargará de pulverizar.
Muchos se preguntarán por qué esperar a los 80 años para hacer tales revelaciones. La respuesta reside en la libertad. José Luis Perales ya no tiene que rendir cuentas a ninguna multinacional, ya no teme que sus declaraciones afecten la venta de una entrada o la promoción de un sencillo. Está en esa etapa de la vida donde la verdad es el único equipaje que vale la pena cargar. Nombrar a estos artistas es un acto de depuración personal, una forma de dejar claro qué legado quiere defender y de qué tipo de espectáculo prefiere alejarse.

La reacción entre sus colegas ha sido de absoluto estupor. Algunos de los señalados han intentado minimizar las palabras del maestro, atribuyéndolas a una supuesta brecha generacional. Sin embargo, el público ha reaccionado de manera distinta. En las redes sociales, miles de seguidores han respaldado la postura de Perales, viendo en sus palabras la valentía que le falta a muchos otros para criticar la baja calidad de la oferta musical actual. La autoridad de José Luis es incuestionable; si él dice que algo carece de valor artístico, la gente escucha.
Es fascinante analizar la psicología de esta rivalidad. Mientras que los cinco artistas mencionados basan su poder en el ruido, los números de streaming y la presencia constante en redes sociales, Perales basa su fuerza en el silencio y en la permanencia. Sus canciones, como “¿Y cómo es él?” o “Que canten los niños”, siguen vigentes décadas después de ser escritas, mientras que los éxitos de sus detractores suelen ser olvidados en cuestión de meses. Esta diferencia de durabilidad es, quizás, la mayor fuente de fricción. Perales representa la historia viva, y su rechazo es una mancha que ningún equipo de marketing puede borrar fácilmente.
En conclusión, este capítulo inesperado en la vida de José Luis Perales nos invita a reflexionar sobre el estado del arte en el siglo XXI. No se trata simplemente de un hombre mayor quejándose de la juventud, sino de un artista íntegro denunciando la pérdida de la esencia humana en la música. Al nombrar a los cinco cantantes que más odia, Perales nos está obligando a elegir: ¿queremos una música que sea puro artificio y consumo, o queremos volver a la honestidad de la palabra y la melodía? A sus 80 años, el maestro ha soltado una verdad incómoda, y el eco de sus palabras resonará mucho después de que la música de sus enemigos deje de sonar. El Rey de la Canción ha hablado, y su juicio es tan implacable como su poesía es eterna.