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El bochorno y la calma chicha

Parte 1: El bochorno y la calma chicha

El calor en Madrid aquel martes de julio no era un calor cualquiera; era una entidad física, una manta de lana empapada en plomo que se te pegaba a las pestañas y te hacía cuestionar cada decisión vital que te había llevado a no instalar el aire acondicionado en el salón cuando todavía no costaba un riñón y medio pulmón. Manolo entró en el piso arrastrando los pies, con la camisa de lino —que según la etiqueta no necesitaba plancha, pero que en su cuerpo parecía un mapa topográfico de las Azores— pegada a la espalda. Soltó las llaves en el cuenco de cerámica de Talavera, ese que Conchi insistía en mantener en la entrada aunque ya tuviera más muescas que el revólver de un forajido, y dejó escapar un suspiro que sonó a neumático pinchado.

— ¡Madre mía, Conchi! —gritó hacia el fondo del pasillo, donde se intuía el movimiento de las persianas bajadas a cal y canto para mantener ese microclima de “cueva sombría” que tanto gusta en las castas castellanas—. En la calle no se puede ni respirar. He pasado por la Puerta del Sol y juraría que he visto a un camello pidiendo una sombra. Menuda solanera, tía. Ni en el desierto de Almería grabaron los spaguetti western con este bochorno.

No hubo respuesta inmediata. Manolo se descalzó, dejando los zapatos de ante —que ya pedían una jubilación anticipada— en el rincón, y avanzó por el pasillo hacia el salón. El silencio de la casa le resultó extraño. Normalmente, a esa hora, la televisión estaría escupiendo algún concurso de preguntas y respuestas donde gente con mucho tiempo libre intentaba adivinar el nombre del tercer primo de Cervantes, o bien se oiría el trajín de Conchi en la cocina, peleándose con el extractor de humos que hacía más ruido que un Boeing 747 al despegar.

Pero aquel silencio era distinto. Era un silencio con textura, denso, casi sólido.

Al entrar en el salón, se encontró a Conchi sentada en el sofá de “skay” granate, ese que compraron en las rebajas de El Corte Inglés de los años noventa y que, milagrosamente, aún resistía los envites de la vida moderna. Tenía las piernas cruzadas y una expresión que Manolo no supo catalogar: no era enfado, no era alegría, era una especie de serenidad casi mística, como la de un pescador que sabe que el pez ya ha mordido el anzuelo y solo queda recoger sedal.

— Hombre, Manolo. El trabajador del mes —dijo ella, con una voz tan suave que a Manolo se le erizaron los pelitos de la nuca—. Pasa, pasa. No te quedes ahí en el umbral que parece que vienes de robar un banco en lugar de estar levantando el país en la oficina.

— No digas tonterías, Conchi. Qué ganas de pitorreo tienes siempre —replicó él, intentando forzar una sonrisa mientras se aflojaba el nudo de la corbata, que ya le apretaba más que la hipoteca—. He tenido una tarde de perros. Que si el cliente de suministros industriales no quería pagar el IVA, que si el jefe se ha empeñado en que hagamos el inventario antes de agosto… Estoy molido. Siento llegar tarde, pero ya sabes cómo se pone la M-30 en cuanto un camión de fruta pierde una caja de nísperos.

Conchi no se movió. Siguió mirándolo con esa calma gélida que resultaba más aterradora que un grito. En la mesa de centro, una pieza de madera de pino con el barniz algo saltado, había una caja. No era una caja cualquiera. Estaba envuelta en un papel de regalo azul marino, satinado, con un lazo de seda plateado que parecía hecho por las manos de una monja de clausura especializada en alta costura.

Manolo se quedó mirando la caja como si fuera un artefacto de una civilización perdida. Su mente empezó a trabajar a mil por hora. ¿Era su cumpleaños? No, eso fue en marzo. ¿Su santo? San Manuel era el 1 de enero, y aquel día se lo pasó durmiendo la resaca de Nochevieja. ¿El aniversario? No, el aniversario era en septiembre, y él ya tenía apuntado en el móvil “comprar flores y no de las del gasolinera” para evitar el drama del año pasado.

— ¿Y esa caja, Conchi? —preguntó, intentando que su voz no delatara el temblor que empezaba a sentir en las rodillas—. ¿Ha venido alguien? ¿Es un paquete para la vecina del quinto que lo ha dejado aquí el cartero porque ella nunca está?

Conchi esbozó una sonrisa de medio lado, una de esas sonrisas que en los bajos fondos llamarían “de navaja automática”.

— No, Manolo. No es para la vecina. Es para ti.

Manolo parpadeó, confundido. El cansancio de la jornada pareció evaporarse, sustituido por una punzada de sospecha. En sus veinte años de matrimonio, los regalos de Conchi solían ser cosas prácticas: un pijama de franela porque el anterior tenía tomates en los codos, una maquinilla de afeitar porque él siempre se dejaba trasquilones, o calcetines, muchos calcetines. Aquel envoltorio gritaba “lujo” de una manera que no encajaba en el presupuesto doméstico de los últimos meses, especialmente con lo mucho que él se había quejado de la subida del precio del gasoil.

— ¿Un regalo? —balbuceó él, acercándose a la mesa con la cautela de un artificiero—. ¿Pero a santo de qué? Si hoy no es ningún día especial. Bueno, para mí todos los días son especiales contigo, ya sabes…

— Venga, Manolo. No te pongas poético que te sale fatal y parece que te has tragado un libro de autoayuda de esos que venden en la caja del supermercado —lo cortó ella, haciendo un gesto con la mano para que se sentara en el sillón de orejas—. Siéntate. Te lo mereces. Después de tanto esfuerzo, de tantas “horas extra” en la oficina, de tanto sacrificio por esta familia… he pensado que necesitabas un detalle. Algo que estuviera a la altura de tu nivel de vida actual.

Manolo se sentó, sintiendo que el sillón le tragaba más de lo habitual. La palabra “horas extra” resonó en su cabeza con el eco de una campana de iglesia en mitad de un entierro. En las últimas semanas, esas horas extra habían sido su salvoconducto para escaparse a ese bar discreto de las afueras con Vanesa, la chica que conoció en el gimnasio y que, según él, le hacía sentir “como si tuviera veinte años otra vez”, aunque su lumbago le recordara constantemente que estaba más cerca de los sesenta.

— Conchi, tía, no hacía falta. De verdad —dijo él, frotándose las manos sobre los muslos—. Sabes que yo con que me tengas un poco de gazpacho frío en la nevera ya soy el hombre más feliz de Carabanchel. No tienes que gastarte los cuartos en estas cosas, que la vida está muy achuchada.

— Ábrelo —ordenó ella, ignorando su falsa modestia—. Quiero ver la cara que pones. Estoy segura de que es exactamente lo que te hace falta para que no se te olvide el tiempo. Especialmente ese tiempo que pasas fuera de casa, que yo sé que se te pasa volando entre facturas y… compromisos.

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