El calor en Madrid aquel martes de julio no era un calor cualquiera; era una entidad física, una manta de lana empapada en plomo que se te pegaba a las pestañas y te hacía cuestionar cada decisión vital que te había llevado a no instalar el aire acondicionado en el salón cuando todavía no costaba un riñón y medio pulmón. Manolo entró en el piso arrastrando los pies, con la camisa de lino —que según la etiqueta no necesitaba plancha, pero que en su cuerpo parecía un mapa topográfico de las Azores— pegada a la espalda. Soltó las llaves en el cuenco de cerámica de Talavera, ese que Conchi insistía en mantener en la entrada aunque ya tuviera más muescas que el revólver de un forajido, y dejó escapar un suspiro que sonó a neumático pinchado.
— ¡Madre mía, Conchi! —gritó hacia el fondo del pasillo, donde se intuía el movimiento de las persianas bajadas a cal y canto para mantener ese microclima de “cueva sombría” que tanto gusta en las castas castellanas—. En la calle no se puede ni respirar. He pasado por la Puerta del Sol y juraría que he visto a un camello pidiendo una sombra. Menuda solanera, tía. Ni en el desierto de Almería grabaron los spaguetti western con este bochorno.
No hubo respuesta inmediata. Manolo se descalzó, dejando los zapatos de ante —que ya pedían una jubilación anticipada— en el rincón, y avanzó por el pasillo hacia el salón. El silencio de la casa le resultó extraño. Normalmente, a esa hora, la televisión estaría escupiendo algún concurso de preguntas y respuestas donde gente con mucho tiempo libre intentaba adivinar el nombre del tercer primo de Cervantes, o bien se oiría el trajín de Conchi en la cocina, peleándose con el extractor de humos que hacía más ruido que un Boeing 747 al despegar.
Pero aquel silencio era distinto. Era un silencio con textura, denso, casi sólido.
Al entrar en el salón, se encontró a Conchi sentada en el sofá de “skay” granate, ese que compraron en las rebajas de El Corte Inglés de los años noventa y que, milagrosamente, aún resistía los envites de la vida moderna. Tenía las piernas cruzadas y una expresión que Manolo no supo catalogar: no era enfado, no era alegría, era una especie de serenidad casi mística, como la de un pescador que sabe que el pez ya ha mordido el anzuelo y solo queda recoger sedal.
— Hombre, Manolo. El trabajador del mes —dijo ella, con una voz tan suave que a Manolo se le erizaron los pelitos de la nuca—. Pasa, pasa. No te quedes ahí en el umbral que parece que vienes de robar un banco en lugar de estar levantando el país en la oficina.
— No digas tonterías, Conchi. Qué ganas de pitorreo tienes siempre —replicó él, intentando forzar una sonrisa mientras se aflojaba el nudo de la corbata, que ya le apretaba más que la hipoteca—. He tenido una tarde de perros. Que si el cliente de suministros industriales no quería pagar el IVA, que si el jefe se ha empeñado en que hagamos el inventario antes de agosto… Estoy molido. Siento llegar tarde, pero ya sabes cómo se pone la M-30 en cuanto un camión de fruta pierde una caja de nísperos.
Conchi no se movió. Siguió mirándolo con esa calma gélida que resultaba más aterradora que un grito. En la mesa de centro, una pieza de madera de pino con el barniz algo saltado, había una caja. No era una caja cualquiera. Estaba envuelta en un papel de regalo azul marino, satinado, con un lazo de seda plateado que parecía hecho por las manos de una monja de clausura especializada en alta costura.
Manolo se quedó mirando la caja como si fuera un artefacto de una civilización perdida. Su mente empezó a trabajar a mil por hora. ¿Era su cumpleaños? No, eso fue en marzo. ¿Su santo? San Manuel era el 1 de enero, y aquel día se lo pasó durmiendo la resaca de Nochevieja. ¿El aniversario? No, el aniversario era en septiembre, y él ya tenía apuntado en el móvil “comprar flores y no de las del gasolinera” para evitar el drama del año pasado.
— ¿Y esa caja, Conchi? —preguntó, intentando que su voz no delatara el temblor que empezaba a sentir en las rodillas—. ¿Ha venido alguien? ¿Es un paquete para la vecina del quinto que lo ha dejado aquí el cartero porque ella nunca está?
Conchi esbozó una sonrisa de medio lado, una de esas sonrisas que en los bajos fondos llamarían “de navaja automática”.
— No, Manolo. No es para la vecina. Es para ti.
Manolo parpadeó, confundido. El cansancio de la jornada pareció evaporarse, sustituido por una punzada de sospecha. En sus veinte años de matrimonio, los regalos de Conchi solían ser cosas prácticas: un pijama de franela porque el anterior tenía tomates en los codos, una maquinilla de afeitar porque él siempre se dejaba trasquilones, o calcetines, muchos calcetines. Aquel envoltorio gritaba “lujo” de una manera que no encajaba en el presupuesto doméstico de los últimos meses, especialmente con lo mucho que él se había quejado de la subida del precio del gasoil.
— ¿Un regalo? —balbuceó él, acercándose a la mesa con la cautela de un artificiero—. ¿Pero a santo de qué? Si hoy no es ningún día especial. Bueno, para mí todos los días son especiales contigo, ya sabes…
— Venga, Manolo. No te pongas poético que te sale fatal y parece que te has tragado un libro de autoayuda de esos que venden en la caja del supermercado —lo cortó ella, haciendo un gesto con la mano para que se sentara en el sillón de orejas—. Siéntate. Te lo mereces. Después de tanto esfuerzo, de tantas “horas extra” en la oficina, de tanto sacrificio por esta familia… he pensado que necesitabas un detalle. Algo que estuviera a la altura de tu nivel de vida actual.
Manolo se sentó, sintiendo que el sillón le tragaba más de lo habitual. La palabra “horas extra” resonó en su cabeza con el eco de una campana de iglesia en mitad de un entierro. En las últimas semanas, esas horas extra habían sido su salvoconducto para escaparse a ese bar discreto de las afueras con Vanesa, la chica que conoció en el gimnasio y que, según él, le hacía sentir “como si tuviera veinte años otra vez”, aunque su lumbago le recordara constantemente que estaba más cerca de los sesenta.
— Conchi, tía, no hacía falta. De verdad —dijo él, frotándose las manos sobre los muslos—. Sabes que yo con que me tengas un poco de gazpacho frío en la nevera ya soy el hombre más feliz de Carabanchel. No tienes que gastarte los cuartos en estas cosas, que la vida está muy achuchada.
— Ábrelo —ordenó ella, ignorando su falsa modestia—. Quiero ver la cara que pones. Estoy segura de que es exactamente lo que te hace falta para que no se te olvide el tiempo. Especialmente ese tiempo que pasas fuera de casa, que yo sé que se te pasa volando entre facturas y… compromisos.
Manolo alargó la mano. El papel de regalo crujió bajo sus dedos. Tenía un peso ligero, demasiado ligero para ser una botella de vino caro o uno de esos sets de perfume que vienen con un neceser de regalo. Quizás era una corbata de seda. O una cartera de piel.
Empezó a rasgar el papel con cuidado, intentando ganar tiempo. Su cerebro intentaba desesperadamente recordar si había dejado algún rastro. ¿Había borrado el historial del ordenador? Sí. ¿Había guardado el ticket de la mariscada del sábado pasado en el compartimento secreto del coche, ese donde guarda el manual del usuario que nunca ha leído? Sí. ¿Había cambiado el nombre de Vanesa en la agenda del móvil por “Pepe Fontanero”? Por supuesto. Él era un profesional. O eso creía.
— ¡Huy! —exclamó Conchi, fingiendo entusiasmo—. ¡Qué emoción! Mira que le di vueltas al modelo, Manolo. Porque tú para estas cosas eres muy especial. Te gustan las marcas, lo bueno, lo que brilla…
Manolo terminó de quitar el papel. Debajo había una caja de cartón negro, rígida, con un logotipo dorado que él reconoció al instante. Era la marca de relojes suizos de la que siempre hablaba cuando pasaban por delante de la joyería del centro. Esos relojes que cuestan lo que un coche de segunda mano y que él siempre decía que “algún día, cuando la empresa me dé el plus de productividad, me compraré uno para que se mueran de envidia en el bar de la esquina”.
Sintió un nudo en la garganta. ¿Cómo lo había pagado Conchi? ¿Había vaciado el fondo de pensiones? ¿Había vendido las joyas de la abuela? Un sentimiento de culpa, fugaz pero agudo, le atravesó el pecho. Él gastándose el dinero en cenas con una rubia que le pedía un bolso de marca cada quince días, y su pobre mujer ahorrando céntimo a céntimo para cumplirle el capricho de su vida.
— Conchi… —susurró, con los ojos casi empañados—. Esto es demasiado. De verdad. No sé qué decir. Me dejas de piedra.
— No digas nada, Manolo. Las palabras se las lleva el viento, igual que los ahorros —dijo ella, cruzando los brazos y apoyándose en el respaldo del sofá—. Ábrelo ya, hombre. No me tengas en ascuas.
Manolo levantó la tapa de la caja negra. El movimiento fue lento, solemne, casi religioso. Esperaba encontrar el brillo del acero pulido, la esfera de zafiro, las manecillas moviéndose con esa precisión milimétrica que solo los suizos y las personas con mucho rencor saben manejar.
Pero al levantar la tapa, lo que vio le dejó mudo.
Dentro de la caja, sobre el lecho de terciopelo azul donde debería estar el cronógrafo de sus sueños, no había nada. Solo aire. Y una pequeña mota de polvo que bailaba bajo la luz de la lámpara del salón.
— Está vacío —dijo Manolo, parpadeando varias veces, como si su cerebro necesitara reiniciar el sistema operativo—. Conchi, aquí no hay nada. Se les ha debido de olvidar meter el reloj en la tienda. Mañana mismo vamos y les montamos un pollo que se enteran. ¡Menuda estafa! Con lo que habrán costado estos trastos…
Se volvió hacia ella, esperando ver la misma indignación, el mismo ímpetu guerrero que Conchi mostraba cuando le cobraban dos euros de más en el recibo de la luz. Pero lo que encontró fue otra cosa.
Conchi se levantó del sofá con una parsimonia aterradora. Se acercó a él, se inclinó sobre la mesa de centro y lo miró directamente a los ojos. Ya no había rastro de la serenidad mística. Solo quedaba la frialdad del que ha hecho las cuentas y sabe que el resultado es cero.
— Está vacío, Manolo —repitió ella, con una voz que cortaba más que una sierra de calar—. Vacío. Como nuestra cuenta después de tus regalos para ella.
El mundo de Manolo se detuvo. El calor del salón, el zumbido del ventilador, la mota de polvo… todo se congeló en un instante eterno de pura y absoluta realización. El “pequeño rastro” que él creía haber borrado no era un rastro; era una autopista de seis carriles iluminada con luces de neón.
— ¿De qué hablas, Conchi? —intentó balbucear, pero la lengua le pesaba como si fuera de mármol—. ¿Qué cuenta? ¿Qué ella? Te estás montando una película, tía. Estás viendo mucho Canal Crimen de ese…
— No me vengas con películas, Manolo. Que para guionista de ficción ya te tenemos a ti —sentenció ella, dándole un golpecito con el dedo en la caja vacía—. Vamos a hablar. Y esta vez, las horas extra las vas a echar conmigo.
Parte 2: La contabilidad de la infidelidad
Manolo sintió que el sillón de orejas se convertía en un potro de tortura de la Inquisición española. El sudor, que antes era por el bochorno de Madrid, ahora era un sudor frío, de ese que te baja por la columna vertebral y te avisa de que tu vida tal y como la conoces está a punto de desintegrarse más rápido que un azucarillo en un café hirviendo. Intentó cerrar la caja de regalo, como si al tapar el vacío pudiera tapar también el abismo que se acababa de abrir entre él y su mujer, pero sus manos temblaban de una forma que ni con tres copas de coñac hubiera podido disimular.
— Conchi, cariño, vamos a calmarnos —logró decir, con una voz que sonó como si estuviera hablando dentro de un túnel—. No sé qué te han contado, o qué has creído ver, pero de verdad que hay una explicación para todo. Sabes que en la oficina hay mucha envidia, la gente habla por hablar, y a lo mejor algún compañero te ha soltado alguna pulla para malmeter…
Conchi soltó una carcajada seca, de esas que no tienen ni pizca de gracia y que te avisan de que el enemigo tiene el póker de ases y tú solo una pareja de dos sietes.
— ¡Venga ya, Manolo! ¡No me seas cuñao! —exclamó ella, paseándose por el salón con los brazos en jarras—. No me ha contado nada ningún compañero, ni he tenido que contratar a un detective privado de esos que salen en las novelas. Me ha bastado con abrir el buzón y ver que el banco te ha mandado una carta de esas que no se pueden esconder debajo del mueble de la entrada. Una “notificación de descubierto”, Manolo. ¿Te suena?
Manolo tragó saliva. Lo del descubierto se lo esperaba, pero pensaba que le daría tiempo a taparlo con la paga extra antes de que Conchi se diera cuenta. Él siempre había llevado las cuentas, o eso creía él, olvidando que Conchi era la que cuadraba los céntimos para que llegaran a fin de mes mientras él se creía el lobo de Wall Street de Carabanchel.
— Eso es un error del banco, Conchi —intentó desesperadamente—. Ya sabes cómo es el BBVA, que te cobran una comisión por respirar y te lían los saldos que da gusto. Mañana mismo bajo a la sucursal y pongo a don Julián de vuelta y media. Les voy a montar un pollo que van a tener que cerrar la oficina.
— Don Julián no tiene la culpa de que te hayas gastado mil quinientos euros en una joyería de la calle Preciados el sábado pasado, Manolo —replicó ella, plantándose frente a él—. Mil quinientos euros. ¿Y sabes qué es lo mejor? Que el ticket no decía “reloj de caballero”. Decía “pulsera de oro de 18 quilates con charms de corazoncitos”.
Manolo abrió la boca y la cerró como un pez fuera del agua. El golpe de la pulsera dolió más que si le hubieran dado con un martillo en la espinilla. Vanesa se había encaprichado de esa pulsera después de verla en el escaparate mientras iban a tomarse unos gin-tonics “de autor” —que a Manolo le sabían a colonia, pero que ella decía que eran lo más—. Él, en un arrebato de hombría mal entendida y creyéndose un galán de los de antes, sacó la tarjeta de crédito común, la de la cuenta donde pagaban el alquiler y el seguro del coche, convencido de que tendría tiempo de reponer el dinero.
— Es… era un compromiso —balbuceó—. Un regalo para la hija del jefe. Sí, eso es. Se casaba la niña de don Ernesto y entre todos los de la oficina pusimos un bote. Me tocó a mí ir a comprarlo porque soy el que tiene mejor gusto, ya sabes…
— ¡Pero qué pedazo de caradura tienes, Manolo! —gritó Conchi, y esta vez el tono subió tres octavas, haciendo que el canario de la vecina de al lado empezara a piar como un loco—. ¡Si don Ernesto no tiene hijas, tiene dos hijos que son más feos que un pie y que no se casan ni aunque les toque la lotería! Me tomas por tonta, Manolo. Me tomas por la misma mujer que hace veinte años se creía que llegabas tarde porque te habías quedado ayudando a un compañero a cambiar una rueda. Pero la tonta se ha jubilado hoy, ¿sabes?
Se acercó a la mesa de centro y, de un cajón, sacó un fajo de papeles impresos. Eran los movimientos de la cuenta de los últimos tres meses. Tenían anotaciones en fluorescente amarillo, como si fuera el examen final de una opositora a notarías.
— Mira esto, Manolo. Mira la “ingeniería fiscal” que te has montado. “Restaurante El Pescador”, ochenta euros. “Hotel Dulce Estancia”, ciento veinte euros un martes a las cuatro de la tarde. “Lencería Sexy-Gisela”, sesenta pavos. ¿Qué pasa, Manolo? ¿También era para don Ernesto? ¿Le gusta al jefe ponerse tangas de encaje rojo para despachar los albaranes?
Manolo se hundió más en el sillón. Las anotaciones en fluorescente brillaban ante sus ojos como luces de neón acusadoras. Cada gasto era un recuerdo, una mentira, una excusa que ahora se desmoronaba en el aire caliente del salón. Se sentía pequeño, patético, como un niño pillado con las manos en la masa intentando explicar que el chocolate se ha saltado solo a su boca.
— Conchi, escucha… —intentó, usando un tono que pretendía ser conciliador pero que solo sonaba a derrota—. Me he sentido solo. Tú siempre con tus cosas, con tus clases de yoga, con tus amigas… Y apareció esta chica, Vanesa, y me hizo sentir que todavía podía gustar, que no era solo un mueble más de la casa. Fue una tontería, una debilidad. Pero a ella no le importa nada de mí, solo quería los regalos. Me he dado cuenta tarde, Conchi. Ella es una lagarta, una interesada. No significa nada para mí.
Conchi soltó una carcajada amarga, una de esas que te cortan el aire.
— ¡Ah, ahora es una lagarta! ¡Ahora resulta que tú eres la víctima del sistema! —dijo ella, con un desprecio que le dolió a Manolo más que cualquier bofetón—. No me vengas con esas, Manolo. A ella le importaba tu dinero, pero a ti te importaba tu ego. Te encantaba pavonearte, creerte el rey del mambo mientras pagabas cenas que no te podías permitir con el dinero que yo ahorraba quitándome de comprarme ropa buena o yendo a la peluquería del barrio en vez de a la del centro.
Manolo intentó levantarse, pero Conchi le puso una mano en el hombro, obligándolo a quedarse sentado. Tenía una fuerza que él no recordaba, la fuerza de la indignación pura.
— Quédate ahí, que no he terminado. ¿Sabes qué es lo que más me duele de todo esto? No es que te hayas ido con una pelandrusca a un hotel de carretera. Es que me has robado el futuro. Ese dinero era para el viaje a Galicia que íbamos a hacer en agosto. Para las vacaciones que llevamos dos años planeando, esas que tú decías que “había que apretarse el cinturón” para poder disfrutar. Te has comido nuestro viaje en gambas y habitaciones con espejos en el techo, Manolo.
— Lo devolveré, Conchi. Te juro que pediré un préstamo, haré horas de verdad, dejaré de fumar… Lo que sea. Pero no me hables así, que parece que he matado a alguien.
— Has matado lo que nos quedaba, Manolo. Que es peor —replicó ella, volviendo a señalar la caja vacía—. Por eso te he traído este regalo. Para que veas lo que te queda a ti ahora. Aire. Nada. Un vacío del tamaño de la cuenta naranja.
Manolo miró la caja. El terciopelo azul parecía burlarse de él. La marca suiza, el lujo, el estatus… todo era una cáscara vacía, igual que sus excusas. Se dio cuenta de que Conchi no estaba allí para escuchar explicaciones, sino para ejecutar una sentencia que llevaba gestándose meses.
— ¿Y ahora qué? —preguntó él, con un hilo de voz—. ¿Me vas a echar? ¿Vamos a ir a un abogado? Piensa en lo que dirá tu madre, o mi hermano… Podemos arreglarlo, tía. Una terapia de esas de pareja, o nos vamos unos días fuera a desconectar…
— ¿Con qué dinero, Manolo? ¿Con los tres euros y cincuenta céntimos que quedan en la cuenta corriente? —preguntó ella, cruzando los brazos—. No, Manolo. Yo ya he desconectado. Y por lo que digan los demás, no te preocupes. Ya me he encargado yo de que lo sepan. He mandado un mensaje al grupo de WhatsApp de la familia esta tarde. Una foto de la pulsera de charms y un resumen de tus mejores éxitos en el “Hotel Dulce Estancia”.
Manolo sintió que el techo se le caía encima. El grupo de WhatsApp de la familia. Sus hermanas, sus cuñados, su suegra… Todos sabiendo que era un adúltero de medio pelo que se gastaba el dinero del alquiler en lencería de encaje. La humillación social era el golpe de gracia.
— ¡Conchi! ¡Eso no se hace! ¡Esas cosas se quedan en casa! —exclamó, indignado—. ¡Me has dejado por los suelos delante de todo el mundo! ¿Cómo voy a ir yo a la cena de los domingos ahora?
— No vas a ir, Manolo. Porque ya no estás invitado —dijo ella, con una calma aterradora—. Y ahora, hazme un favor. Coge la caja vacía. Guárdala bien. Va a ser el único objeto de lujo que vas a tener en la habitación de alquiler que te vas a buscar esta noche. Porque en esta casa no duermes ni un minuto más.
Parte 3: La auditoría del corazón y el equipaje de mano
El silencio que siguió a la sentencia de Conchi fue más ensordecedor que si hubiera estallado una mascletá en mitad del salón. Manolo se quedó mirando sus propios pies, que de repente le parecían los pies de un extraño, de alguien que no sabía cómo había llegado a esa situación. La caja vacía seguía sobre la mesa, abierta como una boca que se reía de su desgracia. Intentó pensar en una réplica, en un contraataque, en alguna de esas frases de “cuñao” que siempre le servían para salir del paso en las discusiones del bar, pero el depósito de excusas estaba en reserva y la aguja marcaba cero.
— Conchi, por favor… —empezó a decir, pero su voz era un susurro patético—. Que son las diez de la noche. ¿A dónde quieres que vaya ahora? No me puedes dejar así en la calle, que parece que soy un perro. Al menos déjame dormir en el sofá hoy, y mañana ya vemos con calma qué hacemos.
— En el sofá no duermes tú ni aunque te pagues la estancia con billetes de quinientos, Manolo —respondió ella, sin moverse un milímetro de su posición—. Ya te he dicho que las horas extra las vas a echar fuera. Y no te preocupes por el equipaje, que ya me he tomado la libertad de adelantarte el trabajo.
Conchi hizo un gesto hacia el pasillo. Manolo se levantó, con las piernas pesándole como si fueran de hormigón armado, y asomó la cabeza. Allí, junto a la puerta de entrada, estaban dos bolsas de basura industriales, de esas grandes y negras que se usan para los restos de obra o para las limpiezas generales de primavera. Estaban llenas hasta los topes, con bultos amorfos que Manolo reconoció con una punzada en el estómago: su ropa.
— ¿En bolsas de basura, Conchi? —preguntó él, herido en su orgullo de caballero de la clase media—. ¿Es que no me podías haber dejado la maleta de ruedas, esa que compramos en el outlet el año pasado? ¿Tengo que salir del barrio como si fuera un chatarrero?
— La maleta de ruedas me la quedo yo, Manolo —replicó ella, volviendo a sentarse en el sofá y cogiendo el mando de la tele con una naturalidad que le puso los pelos de punta—. Primero, porque la pagué yo con el bono de Navidad. Y segundo, porque pienso usarla para irme a Galicia en agosto. Sola. O a lo mejor con mi hermana Mari Puri, que siempre ha dicho que eres un jeta y ahora tiene ganas de celebrarlo conmigo.
Manolo entró de nuevo en el salón, sintiendo que la rabia empezaba a sustituir al miedo. No podía ser. Él era Manuel García, el que siempre tenía una solución para todo, el que sabía cómo arreglar un router y cómo engañar a Hacienda con los tickets de la gasolina. No podía terminar así, derrotado por una mujer que hasta hace dos días se preocupaba por si él tenía suficiente suavizante en las camisas.
— ¡Esto es un atropello! —gritó, gesticulando con los brazos—. ¡Es mi casa también! ¡Yo pago la mitad de la hipoteca, o casi la mitad cuando no hay gastos imprevistos! No me puedes echar así por las buenas. Tengo derechos legales. Mañana mismo hablo con un abogado y vas a ver tú quién se ríe de quién. ¡Me vas a tener que dar hasta el último céntimo de mi parte del piso!
Conchi no se inmutó. Cambió de canal, se detuvo en un programa de cocina donde estaban haciendo una tortilla de patatas con cebolla y lo miró de reojo.
— Adelante, Manolo. Llama al abogado. Llama a quien quieras. Pero asegúrate de que el abogado trabaje gratis, porque como ya te he dicho, en la cuenta corriente quedan tres euros con cincuenta. Y en cuanto a la casa… —hizo una pausa dramática—, te recuerdo que el contrato de alquiler está a mi nombre porque tú tenías aquel lío de los embargos por la multa de tráfico que no pagaste en su día. Así que, legalmente, aquí el único que sobra es el inquilino que no paga su parte porque se la gasta en lencería de corazones.
Manolo se quedó mudo. Se le había olvidado ese “pequeño detalle”. Aquella jugada legal que en su momento le pareció una genialidad para proteger su patrimonio de las garras del Estado, se había convertido ahora en el lazo que le apretaba el cuello.
— Eres… eres una víbora, Conchi —susurró, con un odio que le salía de las entrañas—. Lo tenías todo planeado. Me has estado espiando, me has estado controlando cada céntimo para darme el hachazo hoy. No te importa nuestro matrimonio, solo te importa el dinero y dejarme en la calle como a un perro.
— Lo que me importa es la dignidad, Manolo. Algo que tú perdiste en el momento en que decidiste que yo era una tonta que no sabía distinguir un extracto bancario de una receta de bizcocho —sentenció ella, levantándose de nuevo—. Y ahora, haz el favor de coger tus bolsas de basura y salir por esa puerta. No me obligues a llamar a la policía, que sería una pena que los vecinos del tercero, esos que tanto te respetan porque dices que eres un ejecutivo importante, te vieran salir esposado por un tema de orden público.
Manolo miró a su alrededor. El salón, con sus muebles de madera de pino, sus cuadros de paisajes comprados en una feria de arte barato y su lámpara de pie que siempre daba una luz demasiado amarillenta, le pareció de repente un paraíso perdido. Todo lo que había construido, o lo que creía haber construido, se reducía ahora a dos bolsas negras de basura y una caja de reloj vacía.
Se acercó a la mesa, cogió la caja negra —que seguía allí, abierta, como un recordatorio de su estupidez— y la cerró con un golpe seco. La metió en el bolsillo de su chaqueta de lino arrugada.
— Me voy —dijo, intentando recuperar un tono de dignidad que ya no tenía—. Pero que sepas que te vas a arrepentir. Cuando te veas sola en esta casa, sin nadie que te arregle las cosas, sin nadie que te saque a cenar… Bueno, sin nadie que te saque a cenar ya estás, porque no hay un duro. Pero ya me entiendes. Me vas a echar de menos, Conchi. Y ese día, yo ya estaré muy lejos.
— No lo dudo, Manolo. Estarás en una habitación de pensión comiendo chopped del barato porque Vanesa no te va a coger el teléfono en cuanto sepa que no tienes ni para invitarla a una caña —replicó ella, abriendo la puerta de entrada—. Venga, circula. Que se me va a enfriar el gazpacho y no quiero que me amargues la cena.
Manolo caminó por el pasillo, arrastrando los pies. Al llegar a la puerta, cogió las dos bolsas de basura. Pesaban. Pesaban como sus mentiras, como sus deudas, como los veinte años de una vida que se resumía en ropa mal doblada y calcetines desparejados. Salió al rellano y se detuvo un momento, esperando una última palabra, un gesto de arrepentimiento, un “venga, Manolo, no seas tonto y entra”.
Pero lo único que oyó fue el sonido seco de la puerta al cerrarse y el clic de la llave dando dos vueltas.
Se quedó allí, solo en el rellano, con el olor a lejía de la vecina de enfrente y el zumbido del ascensor subiendo. Se miró en el espejo del pasillo: un hombre de cincuenta y tantos, con la camisa sudada, dos bolsas de basura a los pies y una caja de reloj vacía en el bolsillo.
— ¡Pues ahora verás! —gritó al aire, aunque nadie le escuchaba—. ¡Ahora me voy a un hotel de los buenos! ¡A uno de cinco estrellas! ¡Y me voy a pedir un whisky de los de veinte años!
Metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó su cartera. La abrió. Solo había un billete de diez euros arrugado y unas cuantas monedas de cobre.
El silencio del rellano fue su única respuesta. Manolo suspiró, cogió las bolsas y pulsó el botón del ascensor. Al bajar, el portero, don Paco, lo vio pasar con las bolsas negras y puso una cara de circunstancias.
— ¿Limpieza general, don Manuel? —preguntó el hombre, con una sonrisilla que a Manolo le pareció de lo más sospechosa—. Mire que hoy no toca recogida de muebles viejos, ¿eh?
— ¡Váyase usted a la porra, don Paco! —le soltó Manolo, saliendo a la calle con la furia de un volcán en erupción.
Madrid seguía ardiendo a las diez y media de la noche. El calor del asfalto le subía por las piernas. Caminó hasta la esquina, dejó las bolsas de basura en el suelo y sacó el móvil. Tenía que llamar a alguien. Alguien que le ayudara.
Marcó el número de Vanesa. “El número marcado no existe o no está disponible en este momento”, dijo una voz metálica. Probó otra vez. Nada. Don Julián del banco no le había mentido: el mundo de Manolo se había quedado sin saldo.
Parte 4: El naufragio del “cuñao” y la última pulla
Manolo se sentó en un banco de madera de la plaza, justo enfrente de la administración de lotería donde cada Navidad compraba el número de la oficina “por si las moscas”. A su lado, las dos bolsas de basura parecían dos enormes cuervos negros observando su caída. El frescor de la noche en Madrid era una leyenda urbana; el aire seguía siendo una sopa espesa de humo de escape y asfalto recalentado que no dejaba tregua a los pulmones.
Sacó el móvil otra vez. Sus dedos, gruesos y algo torpes, temblaban sobre la pantalla táctil. Intentó entrar en Instagram para ver si Vanesa había colgado algo, alguna señal de vida, algún “ay, qué pena me das, Manolito”, pero se encontró con que su perfil ya no aparecía. “Usuario no encontrado”. Ella no solo le había borrado de su vida, le había borrado de la red, como si nunca hubiera existido más allá de los tickets de la joyería y las cenas a base de gambas rojas.
— Lagarta… —murmuró, sintiendo un nudo en la garganta que no se iba ni con agua bendita—. Si es que Conchi tenía razón. Al final, las mujeres se huelen el miedo a kilómetros.
Abrió el grupo de WhatsApp de la familia, ese que antes era un hervidero de chistes malos sobre suegras y fotos de paellas domingueras. Lo que encontró fue un desierto de desprecio.
Su hermana Mari Loli: “Manolo, de verdad, no tengo palabras. Conchi es una santa. No te acerques a casa de mi madre en una temporada, que tiene la tensión alta y como te vea le da un parraque”. Su cuñado Roberto: “Tío, lo de la lencería de corazones… ¡qué nivel! Por lo menos podrías haber tenido más clase. Me has dejado el pabellón de los cuñados por los suelos. No me llames para ir al fútbol, que mi mujer me ha prohibido juntarme contigo por si se me pega lo jeta”.
Manolo bloqueó el móvil y lo guardó en el bolsillo, junto a la caja vacía del reloj suizo. Se sintió como el protagonista de una de esas películas de náufragos, pero sin isla desierta y con el agravante de estar en el barrio donde todo el mundo sabía que se había quedado sin blanca.
— ¿Y ahora qué, Manolo? —se preguntó a sí mismo, mirando hacia el estanco que ya estaba cerrando—. ¿A dónde vas con este mercadillo a cuestas?
Pensó en su madre, pero la advertencia de Mari Loli resonó en su cabeza. Su madre, que siempre le había defendido, no le perdonaría que hubiera vaciado la cuenta de los ahorros comunes. En su familia, el dinero era sagrado, casi tanto como la Virgen de la Paloma, y robarle a la propia mujer era el pecado capital que no tenía absolución ni con diez padrenuestros.
Se levantó del banco, cargó con las dos bolsas —que ahora parecían pesar el doble— y empezó a caminar hacia la parada de taxis. Tenía diez euros. No le daba ni para llegar al extrarradio, pero necesitaba moverse, sentir que no estaba derrotado del todo.
Un taxi blanco con la franja roja se detuvo. El conductor, un hombre canoso con cara de haber escuchado todas las tragedias de Madrid desde la muerte de Franco, le miró las bolsas con escepticismo.
— ¿A dónde vamos, jefe? —preguntó el taxista—. ¿Mudanza sorpresa o es que te han echado de casa con lo puesto?
Manolo intentó poner su mejor cara de ejecutivo, esa que usaba cuando quería que le sirvieran primero en el bar de la esquina.
— A un hostal, a uno bueno —dijo, intentando que su voz no flaqueara—. Por la zona de Argüelles. He tenido un problema con la caldera de casa y mi mujer dice que no puede dormir con el olor a gas. Ya sabe cómo son las mujeres, unas exageradas.
El taxista le miró por el retrovisor, deteniéndose en la chaqueta de lino que parecía un acordeón y en las bolsas de basura que ocupaban medio asiento trasero.
— Ya, ya… la caldera —replicó el conductor, con una sonrisilla cargada de ironía—. Mire, caballero, por diez euros, que es lo que ha sacado usted de la cartera hace un momento, lo máximo que puedo hacer es acercarle al hostal “La Paz”, que está aquí a cuatro manzanas. No es el Ritz, pero tienen techo y no hacen preguntas sobre calderas ni sobre lencería de corazones.
Manolo se quedó de piedra. ¿Es que todo Madrid se había enterado de su desgracia en menos de una hora?
— ¿Cómo sabe lo de la lencería? —preguntó, con un hilo de voz.
— ¡Hombre! —exclamó el taxista—. Si ha salido en el grupo de WhatsApp de la Asociación de Taxistas Autónomos de Madrid. Su cuñado, el Roberto, es compañero mío del gremio y ha colgado la foto de la cuenta bancaria para que todos estemos prevenidos. Dice que si le vemos, le cobremos por adelantado, que usted tiene más peligro que un mono con dos pistolas.
Manolo cerró los ojos y se hundió en el asiento. La red de su humillación era total, absoluta, una tela de araña que cubría cada rincón de la ciudad. Se sentía como un proscrito, como un fugitivo de la moralidad del barrio.
Llegaron al hostal “La Paz”. Era un edificio desconchado, con un cartel de neón que parpadeaba con un ruidito eléctrico molesto: “HOS-AL LA P-Z”. Manolo pagó sus últimos diez euros, cogió sus bolsas y bajó del taxi con la sensación de estar entrando en la última etapa de su vida.
— ¡Suerte con la “caldera”, don Manuel! —le gritó el taxista mientras se alejaba—. ¡Y la próxima vez, compre el reloj de verdad, que el aire no da la hora!
Manolo entró en el hostal. La recepción olía a una mezcla de tabaco rubio, ambientador de pino barato y desesperación acumulada. Un hombre calvo, que leía un periódico deportivo de hacía tres días, le miró sin mucho interés.
— Habitación individual, siete euros la noche —dijo el hombre, sin saludar—. Baño compartido al fondo del pasillo y nada de visitas después de las doce. ¿Paga por adelantado?
Manolo sacó las monedas de cobre que le quedaban en el bolsillo. Las contó una a una sobre el mostrador de madera rayada. Seis euros con ochenta céntimos. El recepcionista le miró con una ceja levantada.
— Me faltan veinte céntimos, jefe —dijo el hombre.
Manolo rebuscó en sus bolsillos. Nada. Solo la caja de regalo vacía. La sacó y la dejó sobre el mostrador.
— Mire, esta caja es de una marca suiza de las buenas —dijo, en un último intento de usar su Labia de “cuñao”—. Solo el cartón y el terciopelo valen más que todo este edificio. Quédesela usted por los veinte céntimos y déjeme dormir hoy, que estoy molido.
El recepcionista cogió la caja, la miró por todos lados, vio el logotipo dorado y se encogió de hombros. La tiró a la papelera que tenía debajo del mostrador con un gesto de desdén.
— Venga, pase. Habitación 4. Pero no me monte jaleo, que tengo a un comercial de seguros en la 5 que tiene el sueño muy fino.
Manolo subió las escaleras, que crujían como si se fueran a romper en cualquier momento. La habitación 4 era un zulo con una cama individual de muelles que chirriaban, una mesilla con una mancha de café y una ventana que daba a un patio interior donde se oía el motor de un extractor de humos.
Dejó las bolsas de basura en un rincón y se sentó en el borde de la cama. El colchón se hundió tanto que sus rodillas casi le tocaron la barbilla. Sacó el móvil. Seguía sin tener mensajes de Vanesa. Solo una notificación de Facebook: “Conchi García ha cambiado su estado sentimental a: Soltera”.
Suspiró. Se quitó la chaqueta de lino y la tiró sobre la mesilla. Al hacerlo, algo cayó al suelo. Era una pequeña nota que no había visto antes, una tarjeta que Conchi había metido en la bolsa de basura de su ropa interior.
La recogió. En el reverso de una factura de la joyería, Conchi había escrito con su letra clara y redonda: “Manolo, espero que disfrutes de tu nueva vida. Te he dejado el reloj en la cuenta de ahorros… ah no, que eso también te lo has comido tú. Buena suerte encontrando a alguien que te quiera gratis, porque para lo demás, ya sabes que MasterCard no te va a dar ni un respiro”.
Manolo se tumbó en la cama, mirando al techo donde una mancha de humedad parecía dibujar la forma de una pulsera de corazones. El ruido del extractor de humos del patio le recordó al ruido que hacía Conchi cuando se enfadaba, un zumbido constante que le avisaba de que algo iba mal.
— ¡Pues ahora verás, Conchi! —murmuró, mientras intentaba acomodar su lumbago en el colchón de muelles—. ¡Mañana me busco un trabajo de los de verdad! ¡De director general! ¡Y me voy a comprar tres relojes suizos!
Pero en la oscuridad de la habitación 4 del hostal “La Paz”, lo único que se oía era su propio suspiro, un sonido vacío, ligero y sin saldo, exactamente igual que la caja de regalo que ahora descansaba en la basura de la recepción.
Madrid seguía ardiendo ahí fuera, pero para Manolo García, el invierno del alma acababa de empezar en pleno julio, y no había lencería de corazones que pudiera calentarle el frío que sentía en los huesos. Se quedó dormido soñando con gambas rojas que le perseguían por la M-30 gritándole: “¡Paga la cuenta, Manolo, paga la cuenta!”.
Y en el silencio de la noche, lo único que quedó de su gloria fue una caja negra vacía, perdida entre restos de periódicos viejos y pelusas, esperando a que el camión de la basura hiciera su ronda matutina para borrar el último rastro del hombre que quiso tener el tiempo en sus manos y acabó perdiéndolo por no saber leer el saldo de su propia vida.