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Embarazada y sola en Madrid descubrí que la mujer de rojo en las fotos era la protegida de mi propia suegra

Embarazada y sola en Madrid descubrí que la mujer de rojo en las fotos era la protegida de mi propia suegra

Parte 1: El calor de Madrid no perdona, y mi suegra tampoco

Mira, te lo digo de entrada: estar embarazada de siete meses en Madrid durante una ola de calor es lo más parecido a vivir dentro de un tostador que se ha olvidado de saltar. No es solo el sudor, que también, es esa sensación de que el asfalto de la calle Velázquez te quiere devorar los tobillos, que ahora tienen el diámetro de un árbol centenario. Y ahí estaba yo, Elena, gallega de nacimiento y sufridora por elección, arrastrando mi barriga y mis dudas por un piso de techos altos que se me caía encima.

Javi, mi marido, estaba en “un viaje de negocios crucial”. Esa es la frase que usa siempre que tiene que irse a Dusseldorf o a saber dónde a cerrar contratos que, según él, nos van a pagar la universidad de la niña. Pero claro, el contrato lo cierra él con una cerveza alemana en la mano y yo me quedo aquí, en este Madrid desierto de agosto, hablando con las plantas y controlando que el aire acondicionado no explote.

— “Hija, es que te ahogas en un vaso de agua”, me decía mi suegra, Doña Purificación, por teléfono.

Puri es de esas mujeres que llevan el collar de perlas incluso para dormir y que consideran que el sufrimiento es una virtud cristiana. Para ella, que yo esté cansada es una falta de carácter.

— “Puri, que hace cuarenta grados a la sombra y parece que llevo un horno de leña en el vientre”, le respondí aquel martes, mientras intentaba abrir un bote de pepinillos con una técnica que incluía un trapo de cocina y mucha fe.

— “Exagerada. En mis tiempos paríamos en el campo y a la hora estábamos segando. Pero claro, vosotras las de ahora sois de cristal. Escucha, voy para allá. He pensado que, ya que Javi no está, te vendrá bien que te ayude a organizar el cuarto de la criatura. Y de paso, sacamos las cajas que tienes en el trastero, que eso parece el rastro”.

Casi se me cae el bote de pepinillos. Lo que menos necesitaba yo en mi estado era a la Generalísima de Chamberí pasando revista a mi desorden. Pero Puri no pregunta, Puri informa. A la hora exacta, sonó el timbre. Ahí estaba ella: ni una gota de sudor, el pelo cardado impecable y un abanico que movía con la precisión de un ninja.

— “Madre mía, Elena, qué cara me traes. ¿No te estarás echando la crema esa hidratante que te dije? Tienes la piel como un cartón”, soltó nada más entrar, dándome dos besos que sonaron a sentencia judicial.

— “Hola a ti también, Puri. Pasa, que el aire está puesto”.

— “Puesto y gastando, como si fuéramos los Rockefeller. En fin, trae las llaves del trastero. He subido a una vecina para que nos ayude, pero se ha quedado hablando con el portero. Vamos bajando nosotras”.

Bajamos al sótano. El trastero de nuestra casa es un agujero negro donde conviven bicicletas estáticas que nunca se usaron, libros de derecho de Javi y cajas de cartón que contenían la vida anterior de mi marido antes de conocerme. Puri se puso a dirigir la operación como si fuera el desembarco de Normandía.

— “Esto fuera. Esto a la basura. Esto para Cáritas”, iba diciendo mientras lanzaba trastos.

De repente, de una caja que ponía “Recuerdos Colegio”, se escurrió un álbum de fotos antiguo, de esos que tienen las hojas pegajosas y un olor a humedad que te transporta a 1998. Se abrió por la mitad al caer al suelo. Yo me agaché, crujiendo como un mueble viejo, para recogerlo.

— “Déjalo, Elena, que te va a dar un parraque si te agachas tanto”, dijo Puri, intentando quitármelo de las manos con una rapidez que me pareció sospechosa.

Pero yo ya lo había visto. Era una foto de grupo, una cena de esas de verano en la Sierra. En el centro, un Javi mucho más joven y mucho más delgado sonreía a la cámara. Y a su lado, pegada a él como si fuera su sombra, había una mujer vestida íntegramente de rojo. Un rojo chillón, de esos que te queman las retinas. Tenía una mano apoyada en el hombro de mi marido con una confianza que no me gustó ni un pelo.

— “¿Quién es esta, Puri? La del vestido rojo”, pregunté, fingiendo una curiosidad casual.

Puri se quedó rígida un segundo. Solo un segundo. Luego recuperó su rictus de hierro y cerró el álbum de un manotazo.

— “Nadie, una conocida de la familia. Una chica que pasó por nuestras vidas hace mil años. Anda, subamos esto, que aquí abajo no se puede respirar”.

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