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Entre sombras y castañuelas, la traición familiar estalla cuando una visión mística exige el fin de la descendencia directa

Entre sombras y castañuelas, la traición familiar estalla cuando una visión mística exige el fin de la descendencia directa

Parte 1: El presagio del tío Paco y el drama de las croquetas

Mira, te lo digo yo, que de esto entiendo un rato largo: en esta familia no cabe un tonto más porque ya estamos todos apretados. Todo empezó un martes de esos que no sirven ni para que te toque la primitiva, un día gris en Madrid que parecía que el cielo se había quedado sin tóner. Estábamos todos en el salón de la tía Encarna, ese museo de figuritas de Lladró y tapetes de ganchillo donde el aire huele a alcanfor y a un ambientador de pino que te perfora los pulmones.

La reunión era la de siempre: el “cónclave de las croquetas”. Pero ese día, la atmósfera estaba más tensa que la cuerda de un violín en manos de un mono. El tío Paco, que es un hombre que ha vivido más de lo que le tocaba y que tiene la mirada de quien ha visto el final del mundo y no le ha impresionado, estaba sentado en su sillón de orejas, ese que tiene más historia que el Alcázar de Toledo.

— Encarna, ponme otra cerveza, que me estoy quedando seco como la mojama —soltó Paco, mientras se rascaba la barba de tres días que parecía papel de lija.

— Paco, por Dios, que estamos aquí para hablar de la herencia del abuelo, no para que te pongas como una cuba antes del telediario —respondió la tía Encarna, apareciendo desde la cocina con una bandeja que pesaba más que su conciencia.

Ahí estábamos todos. Mi primo Borja, que viste como si fuera a jugar al golf aunque no sepa distinguir un palo de una escoba; la prima Vane, que no suelta el móvil ni para respirar y tiene las uñas tan largas que no sé cómo no se saca un ojo; y yo, que simplemente intentaba sobrevivir al espectáculo.

— Escuchadme bien —dijo Paco de repente, bajando la voz de una manera que hasta el reloj de pared pareció dejar de hacer tictac—. Anoche tuve una visión. Y no fue por el orujo de hierbas, que os veo venir.

Borja soltó una risita de esas de “yo voy a Esade y tú eres un paleto”.

— Tío, por favor, estamos en el siglo XXI. Las visiones son para los que no se toman la medicación o para los que quieren salir en Cuarto Milenio.

Paco se levantó, o mejor dicho, se desplegó como una navaja multiusos vieja. Se acercó a la chimenea apagada y señaló una foto del bisabuelo Genaro, un hombre que en la foto salía con una cara de mala leche que traspasaba el cristal.

— El bisabuelo se me apareció. En mitad del pasillo, cuando iba yo al baño a las tres de la mañana. Estaba rodeado de una luz azulada, como la de las cocinas de gas, y sonaban castañuelas. Unas castañuelas que no eran de este mundo, rítmicas, secas… clack, clack, clack. Me miró a los ojos, que eran dos pozos de sombra, y me dijo: “Paco, el linaje se acaba. Se acabó el cuento. No puede quedar ni uno de los descendientes directos si queréis que la maldición de la bodega de los Quiroga no os trague a todos”.

Silencio sepulcral. Solo se oía a la Vane tecleando un mensaje de WhatsApp, probablemente contándole a alguna amiga que el tío se había vuelto loco del todo.

— ¿Qué maldición ni qué niño muerto, Paco? —saltó Encarna, dejando la bandeja sobre la mesa con un golpe que hizo temblar hasta a las figuritas de los pastores—. El abuelo Genaro lo único que dejó fue una deuda con la Seguridad Social y tres hectáreas de viñedo seco en Tomelloso.

— No es por el dinero, Encarna, que eres una materialista y así te va el pelo —replicó Paco con una dignidad que no le pegaba nada con la camiseta imperio que llevaba debajo de la camisa—. Es por el alma. El bisabuelo dice que la sangre se ha corrompido. Mirad a Borja, que parece un anuncio de colonia barata. Mirad a la Vane, que si le quitas el Instagram se queda en nada. El mensaje fue claro: la descendencia directa debe terminar. Ahora.

Yo me quedé mirando mi croqueta. Estaba fría, pero de repente me dio un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura del bechamel.

— ¿Y qué significa eso de que “debe terminar”? —pregunté yo, intentando poner un poco de cordura—. ¿Que nos tenemos que hacer todos la vasectomía o que vas a sacar la escopeta de perdigones?

Paco me miró con una tristeza infinita.

— Significa, sobrino, que la sombra de las castañuelas ya está aquí. Y que uno de nosotros ya ha empezado a traicionar al resto. El bisabuelo no solo dio un aviso, dio una orden. Y en esta casa, cuando el linaje se pudre, la tierra reclama su parte.

Borja se levantó, ajustándose el polo de marca.

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