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El testamento oculto bajo las olivas de Jaén que desató una guerra amarga entre nosotras

El testamento oculto bajo las olivas de Jaén que desató una guerra amarga entre nosotras

PARTE 1: El polvo, el luto y la sombra de Doña Angustias

El entierro fue, como se dice por aquí, de los de “campanillas”. En estos pueblos, si no va medio municipio a verte meter la caja en el nicho, es que no has sido nadie. Y Paco había sido mucho. Dueño de media sierra, un hombre que hablaba poco pero que cuando lo hacía, sentaba cátedra. El problema no era el muerto, pobre hombre, que al menos ya descansaba fresco. El problema era la viva. Doña Angustias, mi suegra, me miraba por encima de sus gafas de sol de marca, de esas que cubren media cara, como si yo fuera la culpable de que el cambio climático hubiera decidido ensañarse con nosotros ese martes de agosto.

—Elena, hija, acércate más al féretro, que parece que estás aquí de visita turística —me soltó con esa voz de lija y seda que tienen las matriarcas andaluzas cuando quieren clavarte una banderilla.

—Angustias, que me va a dar un parraque con el calor —le contesté intentando mantener la compostura—. Manuel ya está ahí delante, ¿no es suficiente?

—Manuel es el hijo. Tú eres la nuera. Y en este pueblo, las formas son el único testamento que importa antes de que abran el de verdad.

Ahí estaba la clave: el testamento. En Jaén, la tierra no es solo tierra; es sangre, es orgullo y, sobre todo, es dinero líquido en forma de aceite de oliva virgen extra. Paco tenía fincas que daban vértigo de solo mirarlas en el mapa de catastro. Y Angustias, que siempre había llevado los pantalones de pana en esa casa, no pensaba soltar ni un “chaparrón” de tierra sin pelear.

Cuando volvimos a la casa solariega, una mole de piedra con olor a naftalina y a cera de vela, el ambiente estaba más tenso que la cuerda de un violín. Manuel, mi santo marido, que es más bueno que el pan pero tiene la sangre un poco horchata cuando su madre está delante, intentaba mediar sin éxito. Las tías de Manuel, Paquita y Virtudes, estaban ya apostadas en el salón, vigilando los muebles de caoba como si fueran a salir corriendo.

—Que dice el notario que hasta el lunes nada —soltó Manuel, quitándose la corbata con un suspiro que le salió del alma.

—¿El lunes? —saltó Paquita—. Pero si tu padre dejó dicho que todo estaba “atado y bien atado”. ¿Qué misterios son estos?

Angustias se sentó en su sillón de orejas, ese que parece un trono de Juego de Tronos pero con ganchillo. Se abanicaba con una furia rítmica que daba miedo.

—Vuestro padre era un hombre de sorpresas —dijo ella, mirándome fijamente—. Y algunas sorpresas no vienen en papel timbrado, sino enterradas donde solo los que saben mirar encuentran.

Yo me quedé helada, a pesar del calor. Esa frase no era casual. Durante años, Manuel me había contado historias de un supuesto “tesoro” o un papel secreto que su padre mencionaba cuando bebía una copa de más de anís Machaquito. Decía que el verdadero valor de la familia no estaba en las escrituras que tenía el banco, sino bajo “la oliva del tuerto”, un árbol milenario que estaba en el límite de la finca principal.

Esa noche, mientras Manuel roncaba ajeno a la tormenta que se avecinaba, yo no podía pegar ojo. Me asomé a la ventana y vi a Angustias en el patio, con una linterna y una pala de mano. La tía estaba escarbando entre los macetones de geranios. Aquello era el pistoletazo de salida. Si ella buscaba, es que había algo que buscar. Y si yo quería que Manuel no acabara desplumado por su propia madre y sus tías buitres, tenía que moverme.

Bajé descalza, sorteando los crujidos del suelo de madera. Me escondí tras las cortinas del porche. Angustias murmuraba cosas para sus adentros, algo sobre “la forastera” (o sea, yo) y “las tierras del arroyo”.

—No te lo vas a llevar, Paco. No se lo vas a dar a ella —decía la vieja, jadeando por el esfuerzo.

¿A quién se refería con “ella”? ¿A mí? ¿A una amante secreta? ¿A una hija ilegítima de esas que aparecen en las novelas de la tarde? El misterio me quemaba por dentro. Al día siguiente, el pueblo era un hervidero. En la panadería, en el casino, en la plaza… no se hablaba de otra cosa que de la herencia de los Olivares. Porque claro, mi apellido político no podía ser otro.

—Elena, bonica, ¿cómo está tu suegra? —me preguntó la Mari, la del puesto de los encurtidos, con una sonrisa más falsa que un billete de seis euros.

—Llevándolo, Mari. Ya sabes que Angustias es de hierro.

—Sí, de hierro y de puño cerrado. Dicen por ahí que Paco le dejó un recado a alguien que no es de la familia… ¿Tú sabes algo?

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