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EL SAQUEO A SONIA INFANTE: La Echaron de su Propio IMPERIO

EL SAQUEO A SONIA INFANTE: La Echaron de su Propio IMPERIO

50 películas. Un edificio entero en una de las colonias más caras de México. Dos matrimonios con hombres poderosos. Actuó con Cantinflas, financió al hombre más rico del cine mexicano y aún así terminó cambiando su teléfono siete veces para huír de su propio hijo. El abogado que ella pagaba fue quien orquestó el robo.

En 2011, parada frente a las cámaras, acusó a su propia sangre de quitarle su fortuna completa con una simple carta. Nadie de la industria apareció a su lado ese día. Absolutamente nadie. Así termina la historia de una mujer que financió a todos y a quien todos abandonaron. Nació el 2 de febrero de 1943 en Morelia, Michoacán.

 Llevaba en la sangre el peso absoluto de una dinastía. Era hija de Ángel Infante y sobrina directa del ídolo Máximo de México, Pedro Infante, creció bajo la inmensa sombra de un mito nacional insuperable. Desde niña asimiló una dura lección de supervivencia. Para lograr ser vista y respetada en esa familia, tendría que brillar el doble.

 Su apellido era un pasaporte dorado, pero también una condena que le exigía la perfección total. Desde su primer suspiro, su padre, Ángel Infante, vivió toda su vida eclipsado por la aplastante fama y fortuna de su hermano Pedro. Sonia heredó de inmediato esa profunda carencia. Tenía una urgencia desesperada por existir, por ser reconocida con un nombre propio y facturar por su cuenta.

Para ella, el dinero en grandes cantidades y la fama desmedida nunca fueron simples caprichos. eran la prueba tangible y contundente de que ella también valía oro puro. Para el año 1960 hizo su imponente debut cinematográfico guiada por el experimentado cineasta Fernando Cortés. La película fue Dormitorio para señoritas.

 No entró por la puerta trasera de la industria. Compartió créditos estelares con titanes del negocio como Manolo Fábregas, Mapita Cortés, Lorena Velázquez y Manuel el Loco Valdés. Fue un lanzamiento millonario de golpe y porrazo. No hubo tiempo para ensayos de principiante. Hubo una explosión mediática inmediata. El éxito comercial le llegó de forma fulminante y arrolladora.

 Tan solo en la prolífica década de los 60, Sonia participó en más de 50 películas. Títulos extremadamente taquilleros como Las Leandras, Juanago, Cazadores de Cabezas y Hay Jalisco no terrajes. Llenaron sus cuentas bancarias. mantuvo un ritmo de trabajo que hoy sería humanamente impensable. Grababa un filme tras otro sin detenerse a respirar, capitalizando cada minuto frente a la cámara.

 En 1966 llegó el proyecto que la consagró definitivamente en la cima financiera. Compartió el set de grabación con el mismísimo Mario Moreno Cantinflas en la exitosa cinta Su excelencia. Esa película la catapultó sin frenos al primer nivel del estrellato. El cheque que cobró por ese papel fue muy diferente a todos los anteriores.

 Eso ya era dinero de una verdadera estrella, dejando muy atrás el salario de cualquier actriz debutante. A finales de la década de los 60, Sonia Infante era una de las actrices más contratadas y rentables de todo el cine nacional. acumuló 50 créditos sin la intervención de ninguna gente que se quedara con comisiones abusivas documentadas.

 Sus millonarios ingresos eran directamente proporcionales a su frenético ritmo de rodaje. La industria del entretenimiento la necesitaba para vender boletos y ella sabía perfectamente cómo cobrar en efectivo esa necesidad imperiosa. En 1967 dio un salto patrimonial sin precedentes. Se retiró temporalmente de los escenarios tras contraer nupsias con el productor y empresario Gustavo Ala Triste.

 Él era uno de los hombres más ricos y poderosos de todo el cine mexicano, el mismo magnate que financió las películas del genio Luis Buñuel. Ese controvertido matrimonio no fue solamente un asunto de amor, fue la fusión estratégica de dos fortunas colosales que pronto revelaría un lado sumamente oscuro que nadie esperaba presenciar. Mientras estaba casada con el codiciado galán Andrés García, Sonia mantenía un lujoso penthouse al sur de la Ciudad de México.

 Por su parte, él conservaba su propia residencia exclusiva con todos los lujos imaginables. Eran dos propiedades simultáneas de alto nivel, operando al mismo tiempo. Llevaban dos estilos de vida independientes y sumamente costosos. Había un doble gasto corriente imparable y un doble ego que alimentara diario. La factura, por mantener las residencias separadas, consumía enormes cantidades de capital.

La actriz no solo habitaba un departamento de lujo extremo. Sonia era la dueña absoluta del edificio completo donde estaba su vivienda, el complejo conocido como Condominios Plaza Condesa. Además, poseía otros pisos comerciales repletos de negocios que le generaban jugosos ingresos mensuales. No solo era una actriz cobrando sueldos, era una propietaria implacable, una empresaria astuta y la socia mayoritaria de un imperio de ladrillo.

 Su deslumbrante glamur tenía sólidos cimientos de concreto en una de las zonas más caras. Su séquito durante los 80 y 90 era inmenso porque ella abría la chequera sin dudarlo. Colegas aparecían mágicamente cuando había una producción millonaria. Asesores financieros rondaban cuando había jugosos contratos sobre la mesa.

 Gustavo Ala triste no era el marido más cariñoso ni atento. Por ello, Sonia financiaba sus propias películas y pagaba de su bolsillo para seguir siendo protagonista absoluta. El dinero contante y sonante era su único boleto de entrada al afecto ajeno. Sonia jamás separó el millonario lujo de la pantalla de su vida real. En los años 80, tras su esperado regreso al cine, protagonizó cintas como Historia de una mujer escandalosa, Toña Machetes, The Treasure of the Amazon y por tu maldito amor.

 En todas estas producciones, su impecable imagen física era la pieza central del lucrativo producto. Mantener ese costoso estilo de vida lleno de joyas de diseñador era literalmente su exigente trabajo de tiempo completo. Conocer a Andrés García en el año 1984 le costó una verdadera fortuna a nivel emocional y literal.

 Se casaron por todo lo alto en Los Ángeles, California. Esta fastuosa boda en el extranjero implicó costosos traslados internacionales, múltiples ceremonias privadas y el gigantesco peso económico de mantener una relación binacional con el galán del momento. Los vuelos constantes y las facturas de hoteles exclusivos drenaban las cuentas a una velocidad alarmante y constante.

 Gustavo Ala triste llegó al extremo de usar su chequera personal para que la actriz Felicia Mercado fuera de compras a una exclusiva tienda de alto nivel. El dinero de Sonia, que al final del día era el patrimonio del matrimonio, se gastaba descaradamente en financiar las infidelidades de su propio esposo. El derroche más cruel y desastroso de esta historia no fue cometido por ella.

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