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Salvador Cabañas y la verdad prohibida: la ejecución por apuestas y la traición del amigo que lo entregó al JJ

El mito del pleito de borrachos que ocultó una ejecución

La madrugada del 25 de enero de 2010 quedó marcada como el día en que el fútbol mexicano perdió a su figura más brillante de la época. Salvador Cabañas, el “Mariscal” del Club América, el hombre que hacía temblar las redes del Estadio Azteca, caía desplomado en el baño de un exclusivo club nocturno con una bala incrustada en el cráneo. Durante quince años, la narrativa oficial en México sostuvo que se trató de un altercado fortuito entre hombres alcoholizados a las cinco de la mañana. Sin embargo, los expedientes judiciales y las confesiones posteriores pintan un cuadro mucho más siniestro: a Cabañas no lo atacaron por accidente, lo entregaron.

El hombre que apretó el gatillo fue José Jorge Balderas Garza, conocido como el JJ, un operador de alto nivel del cártel de los Beltrán Leyva. Pero el JJ no actuó por un impulso momentáneo de ira en el baño. Detrás de ese disparo había una cuenta pendiente que se había gestado ocho días antes en los palcos del Estadio Azteca, motivada por el orgullo herido de un narcotraficante que perdió una fortuna en apuestas deportivas por culpa de los goles del paraguayo.

La apuesta maldita del Estadio Azteca

Todo comenzó el 16 de enero, cuando el América venció 5 a 1 al San Luis. Esa noche, Cabañas anotó dos goles espectaculares. Mientras la afición celebraba, en un palco privado, el JJ observaba con la mandíbula apretada. Según investigaciones posteriores, el operador del cártel había apostado una cifra que oscilaba entre los 200,000 y 400,000 dólares a que el América perdía. Cada grito de gol de la grada era un clavo más en el ataúd de su paciencia.

Para un hombre acostumbrado a ejercer el poder absoluto como brazo derecho de “La Barbie”, la derrota no era solo económica, era una humillación personal. Durante la semana siguiente, el JJ cargó una pistola Beretta 9mm corta en su cinturón, un arma que usualmente dejaba en su vehículo. No buscaba a cualquiera; buscaba al hombre que le había costado su dinero.

El Bar Bar: la boca del lobo

El “Bar Bar” no era una cantina de barrio. Era un club de membresía exclusiva en la colonia Nápoles donde convergían actrices de Televisa, futbolistas estrella y figuras del crimen organizado que pagaban cuentas de 50,000 pesos en efectivo. Esa noche, Cabañas llegó al lugar cansado tras una derrota contra Morelia. No quería salir, pero fue persuadido por alguien de su total confianza: un hombre al que llamaremos “El Asesor”.

Este personaje, un mexicano que se había infiltrado en el círculo íntimo del futbolista, conocía perfectamente los movimientos del JJ y sabía que el narco era cliente regular del bar. A pesar de saber que la tensión estaba al límite, el asesor insistió en llevar a Cabañas precisamente a ese lugar, reservando una mesa estratégica cerca del pasillo de los baños.

Noventa segundos en el baño

A las 5:20 de la madrugada, Cabañas se levantó para ir al baño. Treinta segundos después, el JJ lo siguió, acompañado por su escolta conocido como “El Contador”. Adentro, el escenario era pequeño: tres metros por dos, lavabos de mármol y un empleado del bar que presenció el horror desde una esquina.

El JJ no inició una pelea. Se acercó al oído del ídolo paraguayo y le lanzó una sentencia fría: “Tú no me vas a servir para nada. Además, nos estás robando a todos los mexicanos. Este es tu último día de vida”. Le puso el arma en la frente. En un acto de orgullo deportivo o quizás de desconocimiento total del peligro, Cabañas no suplicó. Lo retó: “Jálale, jálale a ver si es cierto”. Y el JJ jaló.

La segunda bala: el saqueo durante el coma

Mientras Cabañas luchaba por su vida en el Hospital Ángeles del Pedregal con una bala alojada en la nuca, comenzó una traición aún más asquerosa. El futbolista, que venía de una infancia de pobreza en Itauguá y no tenía formación financiera, había otorgado firmas autorizadas en sus cuentas bancarias al asesor para facilitar trámites administrativos.

Durante los catorce días que el “Mariscal” estuvo en coma, su “amigo” realizó movimientos sistemáticos. Transferencias de 12,000, 22,000 y hasta 30,000 dólares salieron hacia cuentas de proveedores inexistentes y empresas fantasma. Cuando la esposa de Cabañas, María Lorgia, intentó revisar las finanzas, el dinero ya se había esfumado. Se estima que más de 600,000 dólares fueron sustraídos mientras el ídolo estaba conectado a un respirador.

La libreta del hospital y el mensaje silenciado

Salvador Cabañas despertó, milagrosamente, el 8 de febrero. Pero antes de sumergirse en la oscuridad del coma profundo en sus primeras horas en el hospital, tuvo un momento de lucidez que nadie valoró en su momento. Pidió papel y lápiz a una enfermera y escribió tres líneas temblorosas en una libreta de notas.

María Lorgia encontró la libreta días después. En ella se leían los nombres del JJ y del asesor, seguidos de una advertencia desgarradora: “Los dos sabían. No firmes”. Cabañas sabía quién lo había entregado. Sabía que la mano que lo llevó al bar era la misma que ahora estaba vaciando su patrimonio. Lamentablemente, para cuando María entendió el mensaje, el asesor ya había blindado legalmente sus movimientos con recibos falsos y el apoyo de sombras poderosas.

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