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Lo que María Félix dijo antes de subir al avión estremeció a todo México

Recordó su primera película, Las luces cegadoras, El miedo, la certeza absoluta de que había nacido para esto. ¿Quién dijo eso exactamente?, preguntó sin volverse. María, no importa quién, claro que importa. Quiero nombres. Gregorio Suspiro. Ernesto Solano fue quien más habló. Dijo que invertir en una película tuya hoy es tirar dinero a la basura.

Que el público mexicano ya te superó, que lo que necesitan son actrices de 25 años que atraigan al público joven. María volteó lentamente. Sus ojos eran dos brasas. Ernesto Solano. El mismo Ernesto Solano que en 1952 me robó de rodillas que hiciera su película porque ninguna otra actriz quería trabajar con él. El mismo que me debe su carrera porque yo acepté un papel que seis actrices habían rechazado.

El mismo María y ahora dice que soy vieja, que no soy rentable. No uso esa palabra exacta. ¿Qué palabra usó? María. Dejémoslo así. ¿Qué palabra usó Gregorio? Acabara, dijo que estás acabada. El silencio de la oficina fue absoluto. María respiró profundo. Sus manos temblaban ligeramente, pero su voz cuando habló era de acero.

¿Quién más? ¿Quién más? ¿Qué? ¿Quién más estaba en esa reunión? ¿Quién más asintió cuando Solano dijo que estoy acabada? Gregorio nombró seis personas más. Directores que María había convertido en estrellas, productores que habían hecho fortunas con sus películas. ejecutivos que la habían cortejado durante años, invitándola a cenas, enviándole flores, llamándola la más grande del cine mexicano.

Todos habían asentido, todos habían estado de acuerdo. María Félix estaba acabada. ¿Y tú?, preguntó María mirando a Gregorio directamente. ¿Tú qué dijiste? Gregorio bajó la mirada. Su silencio fue la respuesta. María asintió lentamente. Entiendo. Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. María, espera. Yo intenté defenderte, pero eran demasiados.

El sindicato también presiona. Quieren darle oportunidades a las nuevas generaciones. No te están vetando oficialmente, solo están cortando el financiamiento para proyectos contigo. María se detuvo en la puerta, no se dio vuelta. ¿Sabes qué es lo peor, Gregorio? No es que piensen que estoy acabada. Lo peor es que ninguno tuvo el valor de decírmelo a la cara.

Tuvieron que hacerlo en una reunión a mis espaldas como cobardes, como siempre han sido. Y salió. Esa noche María no durmió. se sentó en la sala de su casa en Polanco, rodeada de los retratos que Diego Rivera había pintado de ella, de las joyas que Cartier había diseñado para ella, de los premios, las fotografías, los recuerdos de una vida vivida a una intensidad que pocos seres humanos conocen.

Lupita, su asistente fiel de más de 15 años, la encontró a las 3 de la mañana sentada en la oscuridad. Doña María, ¿está bien? María no respondió de inmediato. Cuando habló, su voz sonaba como no la había escuchado nunca, cansada, no del cuerpo, sino del alma. ¿Sabes lo que se siente, Lupita? Dar todo por un lugar y que ese lugar te diga que ya no te quiere.

Lupita se sentó a su lado. ¿De qué habla? De México, Lupita, de esta industria, de esta gente. Les dios de mi vida. Rechawood cuando Samuel Goldwin me ofreció un contrato millonario. Me quedé aquí porque creía que mi lugar era México, que México era mi casa. Hizo una pausa larga y ahora me dicen que estoy acabada, que soy vieja, que ya nadie me quiere ver. María, eso no es cierto.

El público la adora. El público sí, pero el público no decide qué películas se hacen. Eso lo deciden hombres como Solano, hombres que me deben todo y que ahora me desechan como se desecha un vestido pasado de moda. Los días siguientes fueron los más oscuros en la vida de María Félix. No porque llorara, porque María rara vez lloraba, sino porque pensaba.

Pensaba con esa intensidad feroz que había aplicado a cada decisión de su vida. repasó cada momento, cada sacrificio, cada vez que había elegido México sobre cualquier otra opción. Recordó 1949 cuando Jan Renoir la invitó a quedarse en Francia permanentemente. “Te haré la actriz más grande de Europa”, le dijo. María rechazó.

“Mi lugar es México”, respondió. Recordó 1953 cuando el mismísimo John Huston le ofreció protagonizar tres películas en Hollywood. Una fortuna, fama mundial, la oportunidad de competir con Aba Garner y Elizabeth Tylor. María rechazó. México me necesita, dijo. Y ahora México le decía que ya no la necesitaba, que estaba acabada, que era vieja.

Una semana después de la reunión con Gregorio, María hizo algo que nadie esperaba. Llamó a Alexander Verger, su esposo, que estaba en París atendiendo negocios. Alexander, prepara la casa. Me voy a Francia de vacaciones. No, para siempre. Alexander guardó silencio un momento. ¿Estás segura? Nunca he estado más segura de algo en mi vida.

Esa misma tarde, María llamó a su abogado. Quiero vender la casa de Polanco. María, esa casa vale una fortuna. Es un patrimonio. Es una casa. No es un patrimonio. Venderla. También quiero liquidar todos mis contratos pendientes en México. No voy a filmar nada más aquí. El abogado intentó disuadirla. María, piénsalo. Puede ser una reacción emocional.

Dale tiempo. Ya le di 23 años. Es suficiente tiempo. La noticia se filtró como se filtraban todas las noticias en el mundo del espectáculo mexicano. Rápido y sin piedad. María Félix vende su casa. María Félix cancela contratos. María Félix se va de México. Los periódicos enloquecieron. Los programas de radio no hablaban de otra cosa.

En los mercados, en las peluquerías, en las cantinas, en los hogares de todo el país. La gente discutía, “¿Es verdad? ¿Se va María? No puede ser. Debe ser un berrinche. Va a regresar.” Pero María no tenía intención de regresar. Cada día que pasaba, su decisión se endurecía más. No era un berrinche.

Era la consecuencia lógica de una traición que había tardado años en gestarse, pero que había explotado en una sola reunión a sus espaldas. Dos semanas después sucedió algo que aceleró todo. María recibió una invitación para una cena en casa de Ernesto Solano, el mismo hombre que la había llamado Acabada. La invitación era formal, elegante, escrita en papel italiano.

Estimada María, sería un honor contar con tu presencia en nuestra escena anual de la industria cinematográfica. Tu legado es parte fundamental de nuestro cine. María leyó la invitación tres veces. Legato. La palabra le quemaba. No le decían estrella, ni actriz ni compañera. Luducion Lugedu, como si ya estuviera muerta, como si fuera una pieza de museo que se exhibe con respeto, pero que ya no sirve para nada.

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