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Gringa Vino a Robarle el Cinturón a México y Terminó BESANDO la Lona en Juárez

No entrenaba para perder peso, no entrenaba para tener buen físico, no entrenaba como hobby. Entrenaba como si en cada saco de arena estuviera la cara de quienes habían humillado a su ciudad, de quienes habían lastimado a su gente, de quienes habían dicho que en Juárez no podían hacer nada bueno. Y así con esa furia disciplinada fue trepando peldaño tras peldaño en el escalafón profesional.

Para principios de 2018, Diana ya había peleado 17 veces como profesional y había ganado 17 combates. Solo había caído una vez y esa caída no había sido en cualquier pelea. había sido en disputa por un título mundial supermosca de la Federación Internacional de Boxeo contra una de las mejores boxeadoras argentinas de la historia, Débora Gurisa Dionicius, en pleno territorio enemigo.

En Buenos Aires, en agosto de 2017, Diana había ido a la Argentina sola, casi sin equipo, casi sin promotor, a meterle pelea a una campeona mundial en su propia casa. Y aunque perdió esa noche, perdió con la frente en alto, perdió peleando hasta el último segundo, perdió como pierden las grandes guerreras. Esa derrota no la quebró, al contrario, la hizo más fuerte.

Regresó a Juárez con la promesa silenciosa de que la próxima vez que tuviera enfrente un cinturón importante, no iba a haber poder humano que se lo arrancara de las manos. Y entonces 6 meses después le llegó la oportunidad que estaba esperando, una pelea en su propia casa, una pelea por el cinturón latino del Consejo Mundial de Boxeo en Peso Supermosca, una pelea contra una rival peligrosísima, venida directamente del país que tantas veces nos ha mirado por encima del hombro, los Estados Unidos.

Y aquí es donde entra el otro personaje de esta historia, porque toda gran épica necesita una antagonista a la altura. Y Diana Fernández no iba a enfrentarse a una principiante, no iba a enfrentarse a una novata que viniera a hacer turismo. Diana iba a enfrentarse a una boxeadora de carrera larga, de oficio comprobado, de récord lleno de batallas internacionales.

Una mujer que se había forjado en el durísimo circuito profesional estadounidense y que había peleado prácticamente en todos los rincones del planeta. Su nombre era Noemí Bosquez. La conocían en los gimnasios de Florida como Nono No Bosques y también como La Rebelde. Tenía 34 años, 11 más que Diana. Era de St. Petersburg, Florida, de raíces puertorriqueñas y se había construido una reputación particular en el boxeo femenil mundial.

No era una campeona unificada, no era la número uno del mundo, pero era algo quizás más peligroso. Era una boxeadora curtida que se manejaba a sí misma, que aceptaba peleas en cualquier país, contra cualquier rival, en cualquier estadio y que tenía la astucia de la veterana que ya lo había visto todo. Bosque se había enfrentado a nombres temibles.

Había peleado contra la estadounidense Heeder Hardy. Había peleado contra la propia Mariana Barbie Juárez en territorio mexicano. Había peleado contra Kali Reace, contra Sus Ramadán, contra Yasmín Rivas. Había viajado hasta Nueva Zelanda, hasta Europa, hasta donde fuera necesario para mantenerse activa en el ring.

Su récord podría no impresionar a primera vista porque tenía más derrotas de las que tiene la clásica campeona invicta. Pero ese récord engañaba. Cada una de sus derrotas había sido contra peleadoras de élite mundial y cada una de sus victorias estaba ahí para recordarle al mundo que con bosques nadie podía confiarse. Era el tipo de rival más peligrosa que existe en el boxeo.

La boxeadora que llega a tu casa a quitarte lo que es tuyo, sin presión, sin miedo, sin nada que perder, porque ya estuvo en escenarios mucho más adversos que el tuyo. Y por si fuera poco, en sus propias palabras, en una entrevista que dio en 2016, Vosque se describía como una guerrera independiente, como una mujer que se promovía a sí misma, que conseguía sus propias peleas, que aceptaba los desafíos que ningún otro promotor quería darle.

En sus palabras, ella tomaba todas las grandes oportunidades, aunque no todas terminaran en victoria, porque al menos así peleaba en los grandes escenarios. Y eso, amigo mío, eso es exactamente el perfil más peligroso que un boxeador puede enfrentar. Porque cuando una rival no le tiene miedo a perder, está dispuesta a hacer cualquier cosa para ganar.

Bosquez venía a Juárez sin presión. Venía sabiendo que si caía no le iban a quitar nada porque no llegaba como campeona, llegaba como retadora extranjera y venía con una idea muy clara metida en la cabeza. Arruinarle la noche a la juense, aguarle el regreso a casa, robarle frente a su propia gente el cinturón que le habían prometido a Diana como redención por la derrota argentina.

La estadounidense llegó al pesaje con esa sonrisa serena que tienen las que ya pelearon 1000 batallas. Llegó con esa mirada de quien no le tiene miedo a nada. llegó hablando con la prensa local con la confianza de quien sabe que en el boxeo todo puede pasar y de que un golpe certero en el momento certero puede silenciar a 9,000 personas.

Bosques venía a hacerle daño a Diana y Diana lo sabía. Pero lo que Bosques no terminaba de entender, lo que las extranjeras nunca terminan de entender cuando vienen a pelear a México, es que aquí no se pelea solo contra una boxeadora, aquí se pelea contra una nación entera. Cuando una mexicana sube al ring en su propia tierra, no sube sola, suben con ella todos los héroes y heroínas del boxeo nacional.

Suben con ella las generaciones de mujeres que durante décadas fueron menospreciadas en este deporte. Suben con ella los entrenadores que la formaron. Suben con ella su familia, su barrio, su ciudad, su frontera. Suben con ella los miles que se quedaron viendo el combate por televisión en sus casas, comiendo tacos al pastor, gritándole a la pantalla.

rezándole a la Virgen de Guadalupe para que esa muchacha les dé una alegría. Y todo ese peso colectivo se convierte en una fuerza espiritual que muchas veces en el momento decisivo marca la diferencia entre ganar y perder. Bosquez no entendía eso. Pensaba que iba a pelear contra una sola mujer. Estaba equivocada.

Iba a pelear contra todo un país y México esa noche no estaba dispuesto a perdonar. El combate estaba pactado en una de las carteleras más esperadas del año en el norte de México. La función llevaba por nombre Mickey versus Aristides en honor al pleito estelar que iba a protagonizar el ídolo local Miguel Mickey Román frente al venezolano Aristides Pérez.

Pero todo Juárez sabía que la pelea de Diana era, en términos emocionales, la pelea más importante de la noche. Era la oportunidad de su vida. Era la oportunidad de coronarse en casa frente a su gente, frente al gimnasio que la había visto crecer. La cartelera estaba sancionada por el Consejo Mundial de Boxeo.

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