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Alejandro Fernández: Lo que Vicente Ocultó de él hasta Morir!

Hay una madrugada en particular que Guadalajara no olvidó fácilmente. Son las 5 de la mañana del 2 de septiembre de 2015 en la avenida Patria, cerca del bosque de los colomos en Zapopán, Jalisco. La lluvia cae sobre el asfalto y una camioneta negra aparece volcada, completamente destrozada, con los vidrios reventados y el techo aplastado contra el suelo, como si un puño enorme la hubiera aplastado desde arriba.

Un taxista que pasa por ahí detiene su vehículo y escucha algo que le hace olvidarse del frío y de la hora. Desde adentro de ese amasijo de metal, alguien llora. No es el llanto discreto de alguien que intenta controlarse, es el llanto abierto, viceral de alguien que acaba de entender que podría haber muerto.

El taxista y quienes lo acompañan se acercan, intentan abrir las puertas, logran sacar una pierna, después la otra. Cuando finalmente extraen al hombre del interior de la camioneta, todo cambia. Los guardaespaldas que aparecen de la nada ya no son amables, ya no dicen gracias. La orden es otra. Cállate, no es, no lo veas, no lo mires.

Una ambulancia llega, una patrulla aparece y luego desaparece. El hombre es trasladado al hospital San Javier y al día siguiente el equipo de relaciones públicas del cantante más famoso de México emite un comunicado diciendo que en la camioneta no iba nadie importante, que era un empleado, que todo estaba bien, que no había nada que ver.

Fuentes del Hospital San Javier contarían después otra versión. El hombre llegó con intoxicación alcohólica. Con él venía una mujer joven. Ninguno de los dos podía explicar bien qué había pasado en esa carretera a las 5 de la madrugada. Semanas después, el propio Alejandro Fernández admitiría que sí iba en esa camioneta, que el cinturón de seguridad le había salvado la vida, que también le había roto una costilla, que había sido el susto de su vida.

Guarda ese accidente, esa madrugada, ese llanto en el interior del metal retorcido. Lo necesitarás para entender lo que este hombre ha cargado durante décadas sin que nadie se lo vea en el rostro cuando canta. Lo que estás a punto de escuchar son cuatro cosas que casi nadie se ha atrevido a contar de manera completa sobre Alejandro Fernández, el potrillo.

La primera te va a revelar algo sobre la relación más importante de su vida. Una relación que lo formó y lo destruyó al mismo tiempo y que él mismo describió en una sola frase que dejó sin palabras. Si te gusta este contenido, suscríbete para no perderte ninguna historia oculta. A todos los que la escucharon.

La segunda es sobre las mujeres que amó y las que pagaron el precio de ese amor. Una historia que involucra embarazos abandonados, promesas rotas y un patrón que se repitió no una sino dos veces. La tercera, la más oscura de las cuatro, es la que tiene que ver con el alcohol, con un avión, con un festival internacional, con un cuerpo que ya no obedece igual que antes y con una confesión que hizo en un podcast y que nadie esperaba escuchar.

Y la cuarta, la más perturbadora de todas, es la que tiene que ver con un testamento que se reescribió en secreto, con un padre que le suplicó y no fue escuchado, y con una madre enferma que no podía ni ver la televisión por miedo a lo que diría el nombre de su hijo. Si abandonas este video antes del final, te perderás lo que realmente ocurrió entre don Vicente Fernández y el potrillo en los últimos años de vida del charro de Wentitán.

Una historia que ni el dinero, ni el éxito, ni las canciones pudieron resolver. Te avisaré cuando llegue cada revelación. El 24 de abril de 1971 en Guadalajara, Jalisco, nació el cuarto hijo de Vicente Fernández y María del Refugio Abarca Villaseñor. La mujer a quien todos en México conocen como doña Cuquita. Sus hermanos mayores ya existían: Alejandra, Gerardo y Vicente Junior.

El recién nacido se llamó Alejandro. Un nombre común, un nombre de millones de niños mexicanos. Pero este niño no era como los demás niños mexicanos, porque en el momento en que nació ya cargaba algo que muy pocos mortales cargan desde el primer llanto. Un apellido que en México no es solo un apellido, es una forma de ser. Es una bandera.

Es un rancho llamado Los tres potrillos, construido en las afueras de Guadalajara con el dinero de canciones que hacían llorar a todo el continente. Guarda ese rancho, guarda ese nombre. Lo necesitarás para entender por qué en esta historia todo pesa el doble de lo que debería. Imagina cómo es crecer en ese lugar.

Los caballos. La tierra roja de Jalisco. El olor del campo a las 6 de la mañana cuando el aire todavía es frío y la niebla se aferra a los árboles antes de que el sol la disuelva. Imagina crecer rodeado de charros, de mariachis que ensayan en el patio, de mujeres que vienen a visitar a tu madre con tamales y con noticias del mundo del espectáculo.

Imagina que tu padre sale de viaje el lunes y no regresa hasta el jueves y que cuando regresa no es para descansar, sino para levantarte de la cama a las 6 de la mañana, porque así es como se forma a los hombres. El propio Alejandro lo contó en una entrevista con Jordi Rosado con esa honestidad que solo se tiene cuando ya han pasado suficientes años para poder hablar sin que duela tanto.

Su padre no estaba los fines de semana y cuando estaba llegaba a patear la cama, a preguntar qué hacías ahí dormido, a recordarte que esas horas eran para trabajar. Vicente Fernández era un hombre estricto, no con crueldad, sino con la convicción de alguien que había construido todo lo que tenía con sus propias manos y no entendía por qué sus hijos podían darse el lujo de no hacer lo mismo.

La primera aparición pública de Alejandro Fernández frente a un micrófono ocurrió cuando tenía 5 años. Don Vicente lo llevó al programa Siempre en domingo, conducido por Raúl Velasco, uno de los programas de televisión más vistos en la historia de México. El padre y el hijo iban a cantar juntos. Alejandro se había preparado. Se sabía la canción con su arreglo, con sus notas, con sus entradas.

Pero en el último momento, antes de salir al escenario, don Vicente decidió cambiar la introducción, cambiar algo en las armonías, algo que el niño no esperaba. Y entonces el pequeño Alejandro salió al escenario, vio al público, vio las luces, vio las cámaras y su mente quedó en blanco. No pudo moverse, no pudo cantar.

El pánico escénico lo paralizó frente a más de 10,000 personas. Su padre salió al escenario, lo acompañó, lo sostuvo y la canción se cantó, aunque el niño de 5 años lloraba por dentro. Alejandro diría décadas después que esa presentación le causó un trauma que tardó en sanar, pero también diría que su padre le enseñó algo esa noche, que las cosas, por muy mal que vayan, hay que terminarlas.

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