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JULIO CÉSAR CHÁVEZ : La TRAGEDIA Que Acabó Con Su Carrera

“Pégale”, le dijeron. Julio le pegó al saco una vez, dos veces, 10 veces, 20. No podía parar. El entrenador lo miraba. Ese niño tiene hambre, no hambre de comida, hambre de algo más. Julio entrenaba todos los días, 6 de la mañana, 2 horas antes de ir a lustrar zapatos y después del trabajo, otras dos horas. No tenía guantes, usaba trapos enrollados en las manos, no tenía tenis, entrenaba descalzo, no tenía shorts de boxeo, usaba unos pantalones cortados, pero tenía rabia y la rabia lo hacía invencible.

A los 16 años, Julio tuvo su primera pelea Mateur, un torneo local en Ciudad Obregón contra un muchacho de 20 años que ya tenía 15 peleas. Primer round, Julio lo atacó como animal. No había técnica, solo golpes, uno tras otro, sin parar, el muchacho cayó en el segundo round. Knockout técnico. Los jueces no podían creerlo.

¿Quién es ese niño? Se llama Julio César Chávez. Es lustrador de zapatos. Entre los 16 y los 17 años, Julio peleó 30 veces como Amateur. Ganó 28. Las dos que perdió fueron por decisiones que los periodistas locales llamaron robo evidente. Julio peleaba como si le debieran algo. Dijo uno de sus primeros entrenadores. Como si cada pelea fuera venganza.

Y lo era. Venganza contra cada día sin comer. Venganza contra cada noche durmiendo cinco hermanos en una cama. Venganza contra un mundo que lo había ignorado. En 1980 con 17 años, Julio tuvo su primera pelea profesional. Le pagaron $20. $20 más de lo que ganaba zapatos en una semana.

noqueó a su rival en el segundo round. “Dame otra pelea”, le dijo al promotor. “Cuando sea, descansa, muchacho. No necesito descansar, necesito dinero.” Dos semanas después peleó de nuevo y ganó  de nuevo. Los promotores empezaron a notarlo. Este niño es diferente.  No le importa contra quién pelear, solo quiere pelear. Entre 1980 y 1984, Julio peleó 44 veces.

44 peleas en 4 años. Ganó todas, 37 por  knockout. No era el boxeador más técnico, no era el más rápido, no era el más fuerte, pero era el más implacable. “Julio no te dejaba respirar”, dijo uno de sus rivales años después. Te atacaba desde el primer segundo hasta que caías.

No había descanso, no había tregua. O lo noqueabas a él o él te noqueaba a ti y nadie lo noqueaba a él. La prensa mexicana empezó a llamarlo el César de Culiacán. Aunque era de Sonora, se había mudado a Culiacán, Sinaloa, donde entrenaba con mejores entrenadores. Culiacán, guarda ese nombre. Va a volver. En 1984 con 22 años, Julio peleó por su primer título mundial, peso super pluma, contra Mario Azabache Martínez.

Ocho rounds de tortura. Julio recibió más golpes de los que había recibido en toda su carrera, pero no cayó. Nunca cayó. Round 8. Julio conectó una serie de ganchos al hígado que dejó a Martínez retorciéndose en la lona. Knockout técnico. Nuevo campeón mundial. Julio levantó los brazos. No sonreía. Tenía la cara destrozada.

Sangre en la nariz, ojo izquierdo cerrado, pero levantó los brazos. Y entonces hizo algo que nadie esperaba. Saltó las cuerdas, salió del ring, corrió hacia las gradas donde estaba su madre, la abrazó llorando. Ya no vas a sufrir más, mamá, te lo prometo. Isabel Chávez, su madre, lloraba también.

Ya ganaste, mi hijo, ya ganaste. Pero Julio no había ganado todavía. Apenas estaba empezando.  Entre 1984 y 1990, Julio defendió su título 11 veces. 11 veces. Todas por knockout o knockout técnico. No perdió un solo round en 6 años. Piensa en eso un momento. 6 años siendo campeón mundial, cientos de rounds peleados y no perdió ni uno solo en las tarjetas de los jueces.

No era humano, era una máquina de destrucción. Pelear contra Chávez era como pelear contra una pared que te devolvía los golpes”, dijo Roger Mayweather, uno de sus rivales. No importaba cuánto le pegaras, no se cansaba, no se detenía, solo seguía viniendo. Los promotores norteamericanos empezaron a Julio firmó sin leer, sin abogados.

solo firmó. Su manager le dijo, “Julio, deberías revisar esto. Tom King sabe. Él me va a cuidar. Guarda ese momento. Vas a necesitarlo después. 1990, Las Vegas, Nevada. El Hilton Center, Julio César Chávez contra Meldrich Taylor, título mundial de superligero. Taylor era el prospecto dorado del boxeo estadounidense, medalla de oro olímpica.

Invicto en 24 peleas, rápido como un rayo, técnico perfecto. Los expertos decían que Taylor era demasiado rápido para Julio, demasiado técnico, demasiado inteligente. “Chávez solo sabe pelear hacia adelante”, decían. Taylor lo va a destrozar. La pelea empezó y tenían razón. Taylor dominó los primeros 10 rounds. Golpeaba y se movía.

golpeaba y se movía. Julio lo perseguía, pero no podía alcanzarlo. Round one. Round 12. Taylor seguía adelante en las tarjetas. La cara de Julio era un desastre. Cortes en ambas cejas, nariz rota, boca sangrando. En la esquina su entrenador le gritaba, “Tienes que noquearlo. Es la única forma. Vas perdiendo.” Julio escupió sangre. Lo voy a noquear.

Solo quedan 2 segundos. Suficiente. Round 12. Faltan 18 segundos para que termine la pelea. Julio conectó un gancho al hígado. Taylor se dobló. Julio lo remató con una derecha a la mandíbula. Taylor cayó contra las cuerdas. Se levantó tambaleándose, los ojos perdidos. El referee Richard Steel lo miró.

¿Estás bien? ¿Puedes seguir? Taylor no respondía, solo se tambaleaba. Steel detuvo la pelea. Knockout técnico. Faltaban 2 segundos. 2 segundos para que Taylor ganara. Pero Julio había ganado. El Hilton Center explotó. La gente gritaba. Los comentaristas no podían creerlo. La remontada más dramática en la historia del boxeo.

Julio levantó los brazos. Esta vez sí sonreía con la cara destrozada, sangrando por todos lados, pero sonreía. 89 peleas, 89 victorias, cero derrotas. El mejor récord en la historia del boxeo profesional en ese momento. Julio César Chávez era invencible. Y esa misma noche, en el hotel de Las Vegas, después de la pelea, alguien tocó la puerta de su habitación.

un amigo,  un conocido de Culiacán, alguien en quien confiaba. Tengo algo para ti, campeón, para celebrar. Julio abrió la puerta y su vida cambió para siempre. Esta es la primera revelación que te prometí al principio, la noche donde Julio probó la cocaína por primera vez. El principio del fin.

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