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Periodista Más Temida de España Quiso Destruir a Camilo Sesto — Las Cámaras Captaron la Verdad

 2 millones de españoles la veían cada martes por la noche, algunos porque la admiraban, muchos porque querían ver quién caía esta semana. Esa noche el objetivo era Camilo VI. Si Camilo fue parte de tu vida, suscríbete. Aquí contamos lo que nunca se contó de él. Elena Vidal había llegado a la televisión desde el periodismo escrito, licenciada en comunicación, máster en Londres, dos años en la redacción de un periódico nacional antes de que una cadena de televisión viera lo que tenía y le ofreciera su propio programa.

 Lo que tenía era esto, la capacidad de encontrar el punto débil de cualquier persona y presionar exactamente ahí con elegancia, con una sonrisa, con el tono educado de alguien que no está siendo cruel, sino simplemente haciendo preguntas necesarias. Había hecho llorar a políticos, había destrozado carreras con 20 minutos de preguntas, había obligado a ministros a dimitir al día siguiente de una entrevista, pero su objetivo favorito no eran los políticos, era la cultura popular, era todo lo que Elena consideraba que estaba

adormeciendo a España, los cantantes sentimentales, las baladas, la música que llegaba al corazón de la gente sin pasar por la cabeza para Elena, ese era el enemigo real, no la política, la melancolía organizada, el negocio de hacer llorar a la gente y llamarlo arte. Camilo lleva una década convirtiendo la tristeza en producto.

 Dijo en un programa anterior. Eso no es música, es anestesia. Cuando decidió invitarlo al programa, sus productores sabían lo que venía. No era una entrevista, era una ejecución pública. Lo que Elena no le contó a su equipo era el verdadero motivo por el que odiaba esa música. En 1980 el matrimonio de Elena Vidal se rompió, no de manera dramática, de la manera más dolorosa que existe, despacio, con educación, con la frialdad específica de dos personas que ya no saben cómo quererse, pero todavía recuerdan cómo hacerlo daño. El divorcio se resolvió

con acuerdos que parecían justos en papel, pero hay cosas que los acuerdos no pueden repartir de manera justa. Su hijo Miguel tenía 16 años. Miguel eligió vivir con su padre, no porque Elena fuera mala madre o porque su padre fuera mejor, sino porque en los años del deterioro del matrimonio, Elena había estado muy ocupada construyendo su carrera y el padre había estado muy presente en los silencios que ella dejaba.

 La relación entre Elena y Miguel no se rompió de golpe, se fue enfriando. Como se enfría el té que nadie bebe, sin drama. sin un momento claro donde todo cambia, solo la temperatura bajando despacio hasta que un día pones la mano sobre la taza y ya no hay calor. Las llamadas telefónicas más cortas, las visitas más espaciadas, los silencios más largos.

 Lo que Elena no sabía porque Miguel no se lo dijo, era qué hacían él y su padre juntos en esos años, que escuchaban, que compartían. Un día de 1981, Elena estaba en el coche camino al trabajo y la radio puso algo de mí. Tuvo que parar, no porque la canción le gustara, sino porque de repente estaba llorando sin entender exactamente por qué. Y luego lo entendió.

 Miguel le había cantado esa canción cuando tenía 12 años en la cocina. Un domingo por la mañana, cuando todavía eran una familia. Desde ese día, Elena Vidal no podía escuchar a Camilo Sexo sin pensar en lo que había perdido. Y cuando algo nos duele de esa manera, hay dos caminos. Aceptar el dolor o atacar su origen.

 Por eso atacaba esa música, no porque fuera mala, sino porque dolía demasiado escucharla. La preparación de Elena para la entrevista fue meticulosa. Dos semanas estudiando cada declaración pública de Camilo, cada entrevista, cada contradicción posible. Construyó una estrategia en tres fases. Primero, cuestionar la autenticidad.

 Luego, atacar el impacto cultural. Finalmente, el golpe final. Demostrar que lo que Camilo vendía como emoción genuina era en realidad manipulación calculada. le dijo a su jefe de producción, “Esta entrevista va a durar 20 minutos. Para el minuto 10 ya habremos terminado. Lo que no sabía era que Camilo también se había preparado.

 Nu para atacar, para entender. Su equipo le había aconsejado que no fuera, que Lena Vidal no era una entrevistadora, sino una trampa, que el programa no era un espacio de conversación, sino un escenario diseñado para hacer quedar mal al invitado de la manera más pública posible. Habían conseguido la lista de preguntas que Elena pensaba hacer.

 Eran 23 preguntas, cada una diseñada para llevar la conversación a un lugar donde Camilo quedara mal de alguna manera. O como un cantante superficial, o como alguien que explotaba las emociones del público, o como un hombre que había construido una imagen falsa. 23 preguntas para demoler una carrera.

 Camilo los escuchó y luego dijo que iba de todas formas porque había algo en Elena Vidal que le llamaba la atención, no su hostilidad, su consistencia, la intensidad específica con que atacaba siempre los mismos temas, los mismos tipos de música, las mismas emociones, como alguien que regresa una y otra vez al mismo lugar porque hay algo ahí que no ha terminado.

Llevaba semanas viendo el programa, estudiando a Elena, no sus argumentos, sino ella misma, la manera en que se movía cuando tocaba ciertos temas, el tono específico que usaba cuando algo le molestaba de verdad versus cuando simplemente estaba ejecutando una estrategia. Camilo había aprendido a leer a la gente en 20 años de escenarios, a ver lo que había detrás de lo que la gente mostraba.

 Había cantado para millones de personas en teatros y estadios y plazas de España y de América. latina y en todos esos años había aprendido a reconocer una cosa, que las personas que se resisten más a la música que habla de sentimientos son casi siempre las que más sentimientos están guardando. Que detrás de quien ataca con más fuerza hay siempre algo que espera ser visto.

 No era un principio que Camilo hubiera formulado. Era algo que había aprendido canción por canción, noche por noche, mirando las caras del público desde el escenario. Lo que vio en Elena Vidal no era hostilidad, era dolor. El programa comenzó a las 9 de la noche. Elena Vidal apareció en pantalla con su elegancia habitual, traje oscuro, pelo recogido, esa sonrisa que prometía sangre con cortesía.

 Camilo entró al estudio con ropa sencilla, calmado, como alguien que viene a una conversación, no a una batalla. El ataque comenzó antes de que Camilo terminara de sentarse. Elena no perdió tiempo con preámbulos. Su primera pregunta fue directa al centro de lo que quería destruir. Señor sexo, usted ha construido una carrera enorme vendiendo a los españoles la idea de que sufrir de amor es bello.

 ¿No le parece que eso es, en el mejor de los casos, una estafa emocional? El estudio se quedó en silencio. Camilo la miró sin alterarse. ¿Por qué le parece una estafa que alguien ponga palabras a lo que otros sienten? Elena no esperaba eso. Esperaba defensa o confusión. Continuó. Su música hace llorar a la gente. Eso es arte o es manipulación.

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