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El Último Mensaje de Ariel Camacho: Su Novia Lo Envió a las 2AM y Él Nunca Lo Leyó | La Verdad

Pero no solo música, también creció rodeado de trabajo duro. Desde muy pequeño ayudaba a sus abuelos maternos en la agricultura. Se levantaba antes del amanecer para trabajar en el campo. Las manos callosas, el sol quemando la piel, el sudor empapando la camisa. Así creció Ariel Camacho. Le gustaba pasearse por el municipio de Angostura cuando podía.

Según sus compañeros de infancia, Ariel siempre andaba de un lado a otro en su camioneta, inquieto, curioso, con ganas de conocer más, con ganas de ser más. Había algo en Ariel desde muy niño, una chispa, una ambición, un fuego interno que no cabía en Guamuchil. Sus maestros lo notaban, sus padres lo notaban.

El niño soñaba en grande, demasiado grande para un pueblo pequeño. Un día, cuando Ariel era apenas un niño pequeño de unos 7 u 8 años, su abuelo materno llegó a la casa con un regalo envuelto en papel periódico. Era algo grande. Ariel lo desenvolvió con emoción y dentro encontró una guitarra. Pero no era una guitarra de juguete.

No era una guitarra pequeña para niños. Era una guitarra de adulto, grande, pesada, del tamaño de Ariel o incluso más grande que él. El niño la miró con ojos enormes. Era hermosa. Las cuerdas brillaban. La madera olía a nuevo. A Ariel la agarró y casi se cae porque pesaba demasiado. ¿Es mía, abuelito?, preguntó Ariel con una voz llena de ilusión.

El abuelo sonrió. Es tuya, hijo, respondió. Pero como estás muy chiquillo, es tuía. Era un juego de palabras tuya, pero pronunciado como tuía porque Ariel era pequeño. El niño, siendo inocente, no entendió completamente la broma. Pensó que Tullía era el nombre de la guitarra. La Tullía. Gracias, abuelito.

Voy a cuidar mucho a la tullía. Y así nació el apodo que lo acompañaría el resto de su vida. Desde ese día, en todo el rancho, en todo Guamuchil, sus amigos y su familia le decían la tullía a Ariel, el chamaco de la guitarra grande, el niño que cargaba un instrumento que casi no podía levantar. Guarda ese apodo, la tuya, porque años después, cuando Ariel ya esté muerto, cuando sea una leyenda, cuando su música siga sonando en millones de dispositivos, sus fans más fieles seguirán usando ese nombre con lágrimas en los ojos.

Pero en ese momento Ariel era solo un niño con una guitarra demasiado grande y lo que hizo después sorprendió a todos. Ariel no soltó esa guitarra, la cargaba a todos lados, dormía con ella al lado de su cama, la llevaba al campo cuando iba a trabajar con sus abuelos. Practicaba todos los días, todas las noches, sin parar.

Los dedos le sangraban al principio, las cuerdas le lastimaban porque sus manos eran pequeñas y suaves, no estaban acostumbradas a la presión, pero Ariel no se rendía, vendaba sus dedos y seguía practicando. Su padre Benito, lo veía y se emocionaba. Este niño tiene talento, le decía a Reinalda. Tiene oído natural, tiene ritmo.

Si sigue así, puede llegar a ser alguien en la música. Reinalda era más escéptica, conocía el ambiente musical. Sabía que miles de niños tocaban guitarra en Sinaloa, que muy pocos llegaban a vivir de ello. No quería que Ariel se hiciera ilusiones, pero Ariel no necesitaba que nadie le dijera que podía lograrlo.

Él ya lo sabía. Tenía una certeza interna, una confianza que sorprendía en un niño tan pequeño. A los 8 años, Ariel empezó a tomar clases formales de guitarra. No porque sus padres tuvieran dinero para pagarle a maestros caros, sino porque el deseo era tan fuerte que Ariel encontró la manera. Le pedía a músicos locales que le enseñaran.

Trabajaba haciendo mandados para pagarles. Hacía lo que fuera necesario. Practicaba mínimo 4 horas diarias, a veces seis, a veces ocho. Mientras otros niños de su edad jugaban fútbol en la calle o andaban en bicicleta, Ariel estaba encerrado en su cuarto con su guitarra, tocando escalas, aprendiendo acordes, componiendo melodías.

A los 10 años ya tocaba canciones completas. A los 12 tocaba mejor que muchos adultos que llevaban años en la música. Durante sus primeros años de estudio, Ariel participaba en carnavales locales. Eran presentaciones muy humildes, escenarios improvisados en plazas de pueblo. 50 personas si había suerte, a veces menos, sin paga.

o si pagaban eran 200 o 300 pesos que apenas alcanzaban para la gasolina. Pero Ariel no iba por el dinero, iba por la experiencia. Cada presentación era práctica. Cada canción frente al público era entrenamiento. Cada aplauso, por pequeño que fuera, era gasolina que alimentaba su motor interno. En la secundaria, Ariel participó en un grupo de música cristiana.

Sí, música cristiana, alabanzas, canciones de iglesia. Puede parecer irónico, considerando que años después se haría famoso cantando corridos y rancheras sobre amores rotos y traiciones. Pero en ese grupo cristiano de la secundaria, Ariel conoció a alguien que cambiaría su vida para siempre. Un joven que tocaba el bajo y que compartía el mismo sueño loco.

Su nombre era César Sánchez. Después sería conocido como el tigre. César y Ariel conectaron instantáneamente. Tenían la misma edad, la misma pasión desmedida por la música, la misma hambre de algo más grande que Huamuchil. Pasaban horas después de los ensayos de la iglesia hablando de sus sueños. “Un día vamos a tener nuestro propio grupo”, decía Ariel.

“y vamos a tocar en todas partes”, agregaba César. Vamos a revolucionar el regional mexicano, soñaba Ariel. Vamos a crear algo que nadie ha escuchado antes. Eran sueños de adolescentes, sueños que parecían imposibles para dos chavos de un pueblo de Sinaloa. Pero esos sueños los mantenían vivos, los mantenían practicando cuando estaban cansados, los mantenían escribiendo canciones cuando deberían estar estudiando.

Cuando Ariel cursaba la preparatoria, sus padres tenían un sueño muy diferente para él. Querían que estudiara medicina, querían que fuera doctor, un título universitario, estabilidad económica, respeto social, un futuro seguro. “Hijo, tienes que estudiar para doctor”, le decía su madre.

“La música está bien como hobby, pero no te va a dar de comer. Mira a tu padre. ha tocado toda su vida en grupos y apenas nos alcanza para vivir. Benito, aunque le dolía admitirlo, o estaba de acuerdo. Tu madre tiene razón, mi hijo. Yo he vivido de la música, pero es una vida difícil, mucho sacrificio, poco dinero. Estudia una carrera seria.

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