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El inventario de las penas y la cartera de cuero viejo

Parte 1: El inventario de las penas y la cartera de cuero viejo

Mira que yo no soy de las que se quejan por vicio. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid —que eso es como intentar meter un piano de cola en un brik de leche mientras un taxista te pita porque estás bloqueando un carril bus en la calle Fuencarral—, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome por qué el grafeno va a salvar el mundo mientras se le cae el langostino en el regazo y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónoma en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ya la quisieran los espartanos. Pero lo que me pasó el martes pasado en el “Gota Ámbar” no fue una cuestión de resistencia física, sino de esas que te desajustan el motor del pecho sin previo aviso.

Trabajo en este garito de Chamberí desde que las pesetas pasaron a mejor vida, o casi. Es un local de media luz, mucho terciopelo que ha visto tiempos mejores y una barra de mármol que, si hablara, pondría en un compromiso a medio ayuntamiento. Mi función es sencilla: servir copas, aguantar chapas y sonreír como si no me dolieran los juanetes. La gente viene aquí a esconderse de Madrid, o a buscar un Madrid que ya no existe, y yo soy la guardiana de sus secretos líquidos.

A eso de las dos de la mañana, cuando el humo ya se puede cortar con un cuchillo de postre y la música jazz parece que se arrastra por el suelo, el local se quedó a medio gas. Solo quedaban un par de mesas con gente que no quería volver a sus casas vacías y él.

Le llamábamos “el señor de los silencios”, aunque Borja, mi compañero de barra que es más espabilado que un hambre de tres días, decía que tenía pinta de registrador de la propiedad o de alguien que sabe demasiado sobre leyes aburridas. Era un hombre de unos cincuenta, con un traje de esos que no gritan “tengo dinero” pero que te lo susurran al oído por la calidad de la costura. Venía cada martes, se sentaba en el mismo taburete de la esquina —el que está un poco cojo— y se pedía un whisky de malta, solo, sin hielo, como quien se toma una medicina amarga pero necesaria.

—¿Otra ronda, caballero? —le pregunté, disparando mi sonrisa número cuatro, la de “estoy encantada de la vida”, mientras le pasaba la bayeta al mármol frente a él.

Él levantó la vista. Tenía unos ojos cansados, de esos que han mirado mucho horizonte y se han quedado con la vista cansada de no encontrar nada. Me miró un segundo de más, de esa forma que no es babosa, sino casi clínica, como si estuviera intentando recordar dónde me había visto antes de que yo naciera.

—No, gracias, Lucía. Hoy ya he tenido suficiente Madrid por una noche —respondió con una voz que sonaba a madera vieja y a chimenea apagada.

Pagó con un billete de veinte, me dejó una propina generosa de esas que te apañan el desayuno del día siguiente y se marchó con ese paso lento de quien no tiene ninguna prisa por llegar a ninguna parte. Vi cómo cerraba la puerta con un cuidado exquisito, como si no quisiera despertar a la ciudad, y me quedé mirando el reflejo de las botellas en la barra.

—Vaya tela con el pibe —soltó Borja, recogiendo el vaso vacío—. Parece que lleva el peso del Escorial en los hombros. ¿Te ha dicho algo interesante hoy?

—Nada. Lo de siempre. Que Madrid es muy grande y el whisky está muy solo —contesté, encogiéndome de hombros.

Me puse a recoger la mesa de la esquina, donde él había estado. Y fue entonces cuando la vi. Justo en el hueco entre el taburete y la pared, descansaba una cartera de cuero marrón, desgastada por los bordes y con ese brillo que solo da el uso continuado durante décadas.

Un cliente olvidó su cartera.

La recogí sintiendo un peso extraño, una responsabilidad que no me correspondía. En este oficio, las carteras perdidas son el pan nuestro de cada día. Normalmente las abres, buscas el DNI, rezas para que no le falte el efectivo y la guardas en el cajón de “objetos que nadie reclama hasta que ya no les sirven”. Pero algo en el cuero de esa cartera me dio un escalofrío. Estaba caliente, como si todavía conservara el calor corporal de aquel hombre.

—¡Borja! ¡El del malta se ha dejado la documentación! —grité hacia la barra.

—Pues guárdala en la caja, nene. Ya vendrá mañana con la resaca a pedirla.

—No sé… ha salido hace menos de un minuto. Igual todavía anda por la esquina buscando un taxi —dije, sintiendo un impulso repentino de salir corriendo detrás de él.

Madrid a esas horas es un escenario de sombras largas. Me quité el delantal, me puse la chaqueta de lana y salí a la calle sin pensarlo dos veces. La noche estaba fresca, de esas que te cortan la cara en cuanto doblas la esquina de Santa Engracia.


Parte 2: La carrera por Chamberí y el hallazgo inesperado

Salí a la calle con la cartera apretada contra el pecho como si fuera un trofeo. El aire frío de Madrid me golpeó la cara y me despejó de golpe el embotamiento de las últimas seis horas de humos y risas fingidas. Miré hacia la izquierda, hacia la zona de Cuatro Caminos, y luego hacia la derecha, buscando la silueta de aquel hombre en mitad de la penumbra de las farolas que parpadean con esa desgana tan nuestra.

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