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La aritmética del cansancio y el baile de los billetes sucios

Parte 1: La aritmética del cansancio y el baile de los billetes sucios

Mira que yo no soy de las que se quejan por vicio. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid —que eso es como intentar meter el Museo del Prado en un brik de leche mientras un taxista te pita porque estás bloqueando un carril bus en la calle Pez—, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome por qué el grafeno va a salvar el mundo mientras se le cae el langostino en el regazo y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónoma en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ya la quisieran los espartanos. Pero lo de hoy… lo de hoy es una liga distinta.

Conté dinero toda la madrugada.

Eran las cinco y media de la mañana cuando tiré el bolso sobre la mesa de la cocina. El ruido que hizo fue un “pum” sordo, cargado de monedas, de billetes arrugados que huelen a tabaco ajeno, a ginebra barata y a esa desesperación que se te queda pegada a la ropa cuando trabajas de noche. El salón de mi piso en Chamberí, que por el día parece un lugar decente, a estas horas tiene una luz mortecina, una penumbra de esas que te sacan todas las ojeras y te recuerdan que ya no tienes veinte años para estos trotes.

Me senté en la silla de madera, la que cojea un poco, y empecé la liturgia. Encendí un cigarrillo —el último, me prometo siempre, y siempre miento— y vacié el bolso. La mesa se llenó de un tesoro que no brilla. Billetes de diez, de veinte, algún cincuenta que parece que te mira con superioridad, y una montaña de monedas de euro que ruedan como si quisieran escaparse por las rendijas del parqué.

—Vaya tela, Marta… —me susurré a mí misma, con la voz más ronca que un motor de un Seat Ibiza del noventa—. Ni que fueras el Tío Gilito de la calle Fuencarral.

Empecé a alisar los billetes. Es una tarea hipnótica. Uno a uno, quitándoles las arrugas, poniéndolos todos mirando para el mismo lado, como si el orden del dinero pudiera poner orden en mi vida. Los billetes de cinco euros son los peores; están siempre tan sobados que parecen de papel de fumar. Los de veinte, en cambio, tienen esa textura de “aquí hay algo de sustancia”. Mientras los contaba, el silencio de Madrid se filtraba por la ventana. A estas horas, la ciudad no ruge, solo suspira. Se oye el camión de la basura al fondo, el silbido de algún loco que vuelve de fiesta y el latido de mi propio corazón, que va a un ritmo que no me gusta nada.

—Diez, veinte, cuarenta, sesenta… —iba murmurando.

Hacer cuentas es el deporte nacional del que no tiene un duro. Es una aritmética del hambre, una suma de supervivencias. Cada billete que alisaba era una pequeña victoria contra el abismo. Pero es una victoria que sabe a ceniza. Porque este dinero no es para irme de rebajas al Corte Inglés, ni para pegarme una cena de esas con estrellas Michelin donde te sirven espuma de algo y te cobran el aire que respiras. No. Este dinero tiene nombres de laboratorios farmacéuticos y sellos de farmacias de guardia.

Me acordé de Soraya, mi compañera de barra. Soraya siempre me dice: “Marta, nena, tú cuentas el dinero como si estuvieras rezando el rosario”. Y tiene razón. Hay algo de religioso en el acto de contar lo que te ha costado la dignidad conseguir. Es un recuento de bajas, un inventario de horas perdidas en un local donde el aire acondicionado siempre está demasiado fuerte y las intenciones de los clientes siempre demasiado bajas.

—Ochenta, cien, ciento diez… —seguía.

Me dolían los dedos. El dinero es sucio, de verdad. Te deja un rastro grisáceo en la piel, un olor metálico que no se quita ni con todo el gel de ducha del mundo. Es un rastro que te recuerda de dónde vienes. Mi madre siempre decía que el dinero no da la felicidad, pero yo siempre le contestaba que la falta de dinero te da una infelicidad de las que no se quitan ni con Prozac.

Mientras terminaba de apilar los billetes de diez, un pensamiento me asaltó, uno de esos que se te clavan como una astilla: “¿Cuántas sonrisas vale este fajo?”. Hice el cálculo mental. A diez euros la copa, a veinte la propina por aguantar el chiste malo de un ejecutivo que se cree el rey de la Castellana… El resultado era una barbaridad. He sonreído tanto esta noche que me tiemblan los músculos de la cara. Es una fatiga muscular que no sale en las revistas de fitness.

De repente, el móvil vibró sobre la mesa. Un mensaje. No tuve que mirarlo para saber qué era. Una notificación del banco, o quizá un aviso de que el pedido de la farmacia online ya estaba en camino. El dinero sobre la mesa me miraba, desafiante. Era un fajo de papel que representaba mi noche, mi cansancio y mi única esperanza.

—Casi está, mamá —dije en voz alta, aunque ella dormía en la habitación de al lado, conectada a su máquina de oxígeno—. Casi tenemos el mes cubierto.

Me quedé mirando el montón de billetes. Si los miras fijamente, parece que respiran. Tienen una energía propia, una fuerza que te empuja a seguir, aunque solo quieras cerrar los ojos y no despertar hasta que Madrid sea una ciudad amable. Pero Madrid nunca es amable con los que cuentan dinero de madrugada. Madrid es una jueza implacable que te cobra peaje por cada hora de sueño que intentas recuperar.

Apagué el cigarrillo en el cenicero de cristal y me froté los ojos. El maquillaje se me debía de haber corrido hasta la barbilla, dejándome cara de oso panda en decadencia. Pero me daba igual. En la aritmética del cansancio, la estética es el primer lujo que se recorta. Lo único que importaba era que la suma cuadrara. Y cuadraba. Por los pelos, como siempre, pero cuadraba.

Me quedé allí, con las manos apoyadas en el borde de la mesa, mirando mi tesoro de billetes sucios. El amanecer empezaba a teñir el cielo de un azul grisáceo, de ese color que tiene Madrid cuando se quita la careta de la fiesta y se pone la de ir a trabajar. Yo estaba en el limbo, en ese espacio entre el “trabajo” y la “vida”, preguntándome cuánto tiempo más podría aguantar este baile de cifras antes de que la música se detuviera de golpe.


Parte 2: El armadura de guerra: Tacones, maquillaje y el teatro de la alegría

Si te digo que bajarme de los tacones ha sido el momento más erótico de mi semana, no te estoy mintiendo. Hay un placer casi místico en el instante en que liberas los pies de esos estiletes de doce centímetros que parecen diseñados por un inquisidor con un mal día. Es como si el alma te volviera al cuerpo por las plantas de los pies. Llevo ocho horas subida a ellos, paseando por la moqueta del “Gota Ámbar” como si fuera una sílfide, cuando en realidad me sentía más como un elefante haciendo equilibrismo sobre chinchetas.

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