La nostalgia es un arma de doble filo. A menudo, nos invita a mirar el pasado a través de un cristal teñido de tonos cálidos, recordando los momentos de gloria, las risas compartidas y las épocas doradas donde todo parecía más simple. Sin embargo, cuando se raspa un poco esa superficie idealizada, los cimientos de esos recuerdos pueden revelar grietas profundas, secretos celosamente guardados y dinámicas de poder que, vistas a la luz del presente, resultan francamente perturbadoras. Esto es exactamente lo que acaba de ocurrir en el seno de lo que alguna vez fue la familia televisiva más exitosa y hermética de la República Argentina. Lo que arrancó como una charla distendida, nostálgica y llena de anécdotas entre excompañeros que recordaban los años dorados de VideoMatch, se transformó en cuestión de horas en una bomba de tiempo que terminó explotando y dejando expuesta una interna feroz que nadie, absolutamente nadie, esperaba ver en los titulares.
La historia de la televisión argentina no se puede escribir sin dedicarle capítulos enteros a Marcelo Tinelli y su legendario programa. Durante la década de los noventa y principios de los dos mil, VideoMatch no era simplemente un ciclo de humor; era un fenómeno sociológico, una maquinaria perfecta de generar rating, tendencias y, sobre todo, estrellas. Los rostros que aparecían junto a Tinelli se convertían de la noche a la mañana en las personas más famosas del país. Pero, ¿cuál era el precio real de esa fama estratosférica? Esta es la pregunta que José María Listorti y Pachu Peña, dos de los pilares fundamentales de aquel imperio, respondieron sin medir las consecuencias, abriendo una caja de Pandora que desató el enojo, la indignación y la tristeza del hombre que los llevó a la cima.

El epicentro de este terremoto mediático se sitúa en una entrevista reciente donde José María Listorti, asumiendo el rol de entrevistador, y Pachu Peña, en el papel de entrevistado, comenzaron a desandar los pasillos de la memoria. La charla fluía con la camaradería de dos hombres que han compartido trincheras, éxitos abrumadores y giras interminables. Sin embargo, la conversación tomó un desvío inesperado y oscuro cuando abordaron las políticas de exclusividad y las reglas no escritas que dictaban la vida de los integrantes del programa. El tema pasó rápidamente de ser una anécdota televisiva de color a un escándalo de pasillo con proporciones épicas.
Según el crudo relato que emergió de esta charla, durante los años de mayor efervescencia de VideoMatch y posteriormente ShowMatch, el elenco de humoristas no operaba como un grupo de artistas independientes bajo un contrato, sino que prácticamente orbitaban alrededor de la figura de Marcelo Tinelli como si este fuera un astro rey. La metáfora utilizada durante la entrevista fue tan gráfica como contundente: estaban bajo “el sol de Tinelli”. Eran los “Tinelli Boys”. Esta denominación, que en su momento sonaba a un sello de prestigio y pertenencia a una élite intocable, escondía una realidad mucho más restrictiva. El éxito del programa radicaba en que la atención se centraba de manera absoluta y total en el conductor. A la maquinaria, según deslizaron los propios protagonistas de esta historia, no le importaba la vida individual del elenco; el foco único y exclusivo debía ser la vida y la figura de Tinelli.
Las limitaciones impuestas para sostener este monopolio de la imagen eran, a la luz de los estándares actuales, asfixiantes. Listorti y Pachu revelaron que existía una prohibición tácita, pero rigurosamente vigilada, para aparecer en otros programas de televisión o conceder entrevistas libremente a otros medios. El cerco mediático era absoluto. La etapa de mayor éxito a nivel de rating, el momento de mayor popularidad donde sus rostros eran conocidos por cada habitante del país, coincidió paradójicamente con una ausencia total de notas periodísticas individuales. Eran las estrellas más grandes del momento, pero no tenían voz propia fuera del set de grabación de Telefe.
Para ilustrar la magnitud de esta censura interna, Listorti apeló a ejemplos concretos y nombres de peso pesado. Mencionó que jamás, en todos esos años de gloria ininterrumpida, pudieron sentarse en el icónico living de Susana Giménez. No importaba que ambos programas pertenecieran al mismo canal; la orden era clara. Tampoco había margen para visitar los emblemáticos almuerzos de Mirtha Legrand, ni mucho menos participar en ciclos que representaran otro tipo de televisión, como los producidos por Mario Pergolini o Villarruel. Listorti recordó con asombro cómo, habiendo comenzado a trabajar en VideoMatch en el año 1993, recién pudo conceder una entrevista en el programa de Mirtha Legrand en el año 2002. Nueve años de silencio absoluto. Nueve años de ser el rostro más visto del país sin poder emitir una palabra fuera de libreto en otro canal.
La justificación que se intentó esbozar durante la charla para comprender esta dinámica fue la intensa competencia de la época. Se mencionó que Marcelo Tinelli y Susana Giménez, a pesar de compartir la pantalla de Telefe, mantenían una fuerte rivalidad, una “pica” por el trono del rating. Sin embargo, las restricciones iban mucho más allá de las rivalidades estelares. Listorti y Pachu revelaron que el control se extendía hasta las esferas más insólitas de su economía y desarrollo profesional. No se les permitía hacer publicidades independientes. La marca registrada de su imagen pertenecía de facto al programa. La tensión llegaba a un nivel tan extremo que, según recordaron entre risas nerviosas, si las autoridades del programa se llegaban a enterar de que alguno de ellos imprimía el logo de VideoMatch en una tarjeta de presentación personal para conseguir presencias en boliches o eventos, se desataba un “quilombo” de proporciones bíblicas.
Pero la revelación más picante, el detalle que verdaderamente transformó esta charla en un escándalo de características insospechadas, fue la descripción del sistema de vigilancia y control que operaba sobre ellos. Mientras la conversación avanzaba, admitieron abiertamente: “Estamos hablando mal de Tinelli”. Y, acto seguido, destaparon la existencia de lo que parecía ser un verdadero servicio de inteligencia interno. Según relataron, Tinelli poseía un nivel de información sobre sus empleados que rozaba lo inverosímil en una era pre-digital, donde no existían los teléfonos celulares inteligentes ni las redes sociales.
La anécdota que cristalizó esta paranoia se centró en los viajes al interior del país. Pachu y Listorti explicaron que, si un fin de semana viajaban a la provincia del Chaco para realizar un evento privado y, en medio de la informalidad, concedían una pequeña nota a un medio local donde esbozaban alguna mínima crítica constructiva o dejaban entrever un anhelo de independencia —frases inocentes como “Tinelli es un genio, pero va a llegar un momento en que nos vamos a tener que ir”—, el lunes siguiente, al llegar al canal, el escenario era aterrador. Tinelli ya estaba al tanto de cada palabra pronunciada a mil kilómetros de distancia. “Tenía gente que le llegaba esa nota, tenía una empresa que te llegaba todo”, afirmaron. El conductor los interceptaba y les reclamaba la falta de lealtad, dejándolos en una posición de absoluta vulnerabilidad y obligándolos a justificarse: “No, yo no dije nada”.
El clima descrito en la entrevista fue rápidamente asociado por los seguidores de la transmisión con lógicas de poder que exceden lo puramente televisivo. En el chat en vivo de YouTube donde se emitía la entrevista, un usuario resumió el sentimiento general con una comparación brillante y devastadora: “Medio El Padrino, eran el Carlos Villagrán de Chespirito”. Esta referencia a la histórica y conflictiva relación entre Roberto Gómez Bolaños y su elenco de El Chavo del 8 ilustró a la perfección la percepción de un líder absoluto que fagocita a sus talentos secundarios, impidiéndoles volar con alas propias por miedo a perder el control sobre su propia creación.
Como era de esperarse en la era de la hipercomunicación, aunque el comentario de los humoristas parecía más una descripción catártica del clima televisivo de esos años que un ataque directo y premeditado, el tema pegó fuerte y empezó a crecer como una bola de nieve imparable. Los fragmentos de la entrevista fueron recortados, viralizados y analizados cuadro por cuadro en las redes sociales y en todos los programas de espectáculos de la tarde. El público, siempre dispuesto al debate apasionado, se dividió drásticamente en dos bandos irreconciliables. Por un lado, se erigieron los defensores acérrimos del histórico conductor, aquellos que comprenden la presión de sostener el programa más exitoso del país y justifican sus métodos de liderazgo. Por el otro, aparecieron quienes creen que, finalmente, las máscaras han caído y se están diciendo las verdades incómodas que durante décadas nadie se animó a contar por miedo a represalias y a la cancelación en el medio artístico.
Ante la magnitud del incendio mediático que acababan de provocar, la maquinaria del arrepentimiento se puso en marcha. Pachu Peña, conocido por su perfil bajo y conciliador, intentó bajar un cambio rápidamente. Salió a los medios a aclarar, con evidente incomodidad, que jamás existió la intención de pegarle a Marcelo Tinelli. Argumentó que simplemente estaban recordando cómo funcionaba la industria en otro momento histórico de la televisión argentina, un momento de reglas más salvajes y monopolios más marcados. Intentó suavizar el impacto de sus propias palabras explicando que el grupo vivía una experiencia laboral extremadamente intensa, sometidos a una exposición brutal y a un ritmo de trabajo frenético que exigía, de manera natural, ciertas reglas estrictas de convivencia y un manejo mediático centralizado para proteger el producto.
Sin embargo, el daño ya estaba hecho y era irreversible. Las explicaciones de Pachu llegaron tarde. El tema había explotado en todas las plataformas y las interpretaciones empezaron a multiplicarse exponencialmente. Y, como suele ser norma y costumbre en el ecosistema del mundo del espectáculo argentino, cuando aparece olor a sangre y conflicto, siempre hay figuras dispuestas a meterse a opinar para capitalizar la polémica o defender intereses creados. Fue en este escenario de caos donde hizo su entrada triunfal Ángel de Brito.
El conductor de LAM, lejos de quedarse callado o adoptar una postura neutral, decidió salir públicamente a respaldar a Marcelo Tinelli, aportando una mirada corporativa y contextualizadora al debate. Según la vehemente explicación de De Brito, en aquellos años de la década de los noventa, las reglas de exclusividad no eran un capricho dictatorial de Tinelli, sino una práctica comercial bastante habitual y estandarizada en la industria de la televisión. Argumentó que los canales protegían a sus figuras invirtiendo fortunas en ellas y, por ende, exigían lealtad absoluta y exclusividad de pantalla, una práctica que no tenía absolutamente nada de extraordinario para la época.

De Brito incluso fue un paso más allá en su defensa, dejando entrever que muchas otras figuras importantes y productoras de la época manejaban dinámicas idénticas o incluso peores. Su crítica se centró en el anacronismo del juicio que se estaba realizando. Afirmó que hoy se están juzgando situaciones, contratos y modalidades de trabajo de otra época con la moral y la mirada actual, lo cual constituye un clásico de los debates mediáticos argentinos: revisar el pasado con “el diario del lunes en la mano”. Para el periodista, escandalizarse hoy por los contratos de exclusividad de los noventa es una hipocresía que ignora cómo se construían los grandes éxitos de la televisión de aire antes de la fragmentación de las audiencias provocada por internet.
Pero más allá del debate sociológico y mediático sobre la evolución de los derechos laborales en la televisión, la verdadera tragedia de esta historia se estaba gestando en el plano humano y personal. Trascendió, y luego fue confirmado por el propio Pachu Peña, que Marcelo Tinelli no habría tomado nada bien los comentarios de sus exhumoristas. La reacción inicial de sorpresa dio paso a un dolor profundo. Tinelli se sintió traicionado por la forma en que se interpretó todo públicamente, sintiendo que un legado de décadas de oportunidades brindadas y éxitos compartidos estaba siendo manchado por anécdotas contadas fuera de contexto.
En ese punto preciso, el asunto cambió drásticamente de tono. La controversia dejó de ser solamente una discusión teórica sobre cómo funcionaba la televisión hace veinte o treinta años, para transformarse en una herida emocional sangrante entre personas que compartieron la vida entera. Estamos hablando de hombres que atravesaron juntos décadas de trabajo extenuante, que celebraron éxitos gigantescos que rompieron todas las métricas de audiencia, que compartieron nacimientos, casamientos y duelos, y que forjaron una parte enorme de la historia cultural de la televisión argentina. Que esos vínculos se estuvieran deshilachando en vivo y en directo por un podcast era una tragedia íntima expuesta al morbo público.
José María Listorti, consciente del tsunami que había desencadenado su rol de entrevistador incisivo, también se vio forzado a salir a aclarar el panorama. Cuando observó con terror la magnitud destructiva que había tomado la polémica que él mismo originó, intentó por todos los medios explicar que la experiencia en VideoMatch fue, en el balance general, extremadamente positiva y transformadora para todos los que tuvieron el privilegio de participar. Quiso remarcar que la intención no era escupir el plato del que comieron durante años, sino relatar las exigencias de pertenecer a la primera línea del espectáculo nacional.