El calor en Madrid aquel martes de septiembre no era un calor cualquiera; era una bofetada húmeda que se te pegaba a la nuca nada más salir del metro, una presencia física que convertía el asfalto en una especie de chicle negro y pegajoso. Manolo cruzó el umbral del portal con la corbata ya desanudada, colgando de su cuello como una serpiente moribunda, y el maletín pesándole más de lo habitual, no por los informes de la gestoría, sino por el lastre de la culpabilidad que venía arrastrando desde hacía meses. Subió en el ascensor, ese cubículo de madera que olía a desinfectante barato y a la coliflor que la vecina del tercero insistía en cocinar cada bendito día del año, y se miró en el espejo rayado.
— Tienes cara de buen tipo, Manolo. Un poco cansado, pero buen tipo —se mintió a sí mismo mientras intentaba peinarse con los dedos los cuatro pelos que todavía se resistían a abandonar su coronilla.
Al abrir la puerta de casa, lo primero que le golpeó no fue el aire acondicionado —que Marisa siempre ponía a una temperatura que rozaba la criogenización para ahorrar, según ella, aunque él sospechaba que era para conservar su propia paciencia—, sino un silencio sepulcral. Un silencio de esos que en una casa española con quince años de matrimonio a las espaldas no vaticina nada bueno. No se oía la televisión con el concurso de turno, ni el tintineo de los platos, ni siquiera el zumbido del robot aspirador que solía chocar contra los muebles con la torpeza de un borracho un sábado noche.
Marisa estaba sentada en el sofá de escay, ese que compraron en las rebajas de El Corte Inglés y que ahora parecía un trono de juicio final. Tenía las piernas cruzadas, una copa de vino blanco a medio terminar sobre la mesa de centro y el teléfono móvil descansando sobre sus rodillas con una solemnidad inquietante.
— Hombre, el trabajador del mes. El estajanovista de la calle Goya —dijo ella sin levantar la vista del aparato. Su tono tenía esa sorna madrileña que corta más que un cuchillo de Albacete—. Pasa, pasa, no te quedes ahí en el pasillo que parece que vienes de robar un banco en lugar de estar levantando el país con el sudor de tu frente.
Manolo dejó el maletín en el suelo con un golpe seco y forzó una sonrisa que le salió más bien como una mueca de dolor de muelas.
— Qué graciosa estás hoy, Marisa. Qué humor, de verdad. Vengo muerto, tía. Una reunión tras otra. Que si el cliente de los suministros industriales no quiere pagar el IVA, que si el jefe quiere que le cuadre las cuentas de la delegación de Albacete… No me han dejado ni respirar. He tenido que comer un sándwich de máquina que sabía a cartón piedra mientras repasaba los balances.
Se acercó a ella con la intención de darle un beso en la mejilla, un gesto mecánico, casi administrativo, pero Marisa se apartó con una agilidad que no le conocía desde que hacían gimnasia de mantenimiento en el polideportivo municipal.
— No te acerques mucho, Manolo, que traes un olor a “reunión” que tira para atrás. Aunque fíjate tú, no es olor a oficina. Es más bien un aroma a pino, a ese ambientador de coche que tanto te gusta, el de “Bosque Tropical”, que siempre he dicho yo que huele más a producto de limpieza de baño de gasolinera que a selva amazónica.
Manolo sintió un sudor frío recorriéndole la espalda, bajando vértebra a vértebra. Se aflojó un botón más de la camisa, sintiendo que el cuello se le estrechaba.
— Es que… he tenido que ir a ver a un proveedor a las afueras, ya sabes cómo es la M-30 a las seis de la tarde, un embotellamiento tras otro. Al final uno pasa más tiempo en el coche que en la silla de la oficina. Es agotador, Marisa. De verdad te lo digo, hay días que me gustaría mandarlo todo a paseo y hacerme ermitaño en la sierra.
Marisa finalmente levantó la vista. Sus ojos, habitualmente dulces y algo cansados por las horas frente al ordenador en la biblioteca, ahora brillaban con una lucidez gélida. Dio un sorbo a su vino, saboreando el momento con una parsimonia que a Manolo le pareció sadismo puro.
— Pobre Manolo. Siempre tan sacrificado por el bienestar del hogar. Siempre velando por que no nos falte de nada. ¿Quieres cenar? He hecho tortilla de patatas. Pero de las tuyas, de las de cebolla muy picadita y el huevo poco hecho, para que no digas que no te cuido.
— Pues sí, un trozo de tortilla me vendría de perlas. Me voy a duchar primero, que me siento como si me hubiera rebozado en ceniza.
— No, no. Siéntate un momento —ordenó ella, señalando el sillón de orejas—. La ducha puede esperar. La tortilla también. Lo que no puede esperar es que escuchemos una cosita. Una especie de… podcast local, muy interesante, que he descubierto hoy por casualidad.
Manolo se sentó, porque las piernas le empezaron a temblar como si fueran de gelatina. Intentó poner cara de curiosidad inocente, la misma cara que ponía cuando le preguntaban por qué faltaba dinero del bote de las vacaciones y él decía que se lo había gastado en arreglar la caldera, aunque en realidad se lo había pulido en una mariscada con los de la peña del Real Madrid.
— ¿Un podcast? ¿Ahora te ha dado por eso? —preguntó él con voz quebrada—. ¿De qué va? ¿De crímenes sin resolver? ¿De historia de España?
Marisa esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Era la sonrisa de quien tiene un as bajo la manga y el resto de la baraja en el bolsillo.
— Es de crímenes, sí. Pero de crímenes domésticos. De esos que se cometen entre semáforo y semáforo. Verás, resulta que el otro día, cuando me dejaste el coche para ir a buscar a mi madre al podólogo, me di cuenta de que el manos libres tiene una función muy curiosa. Graba las notas de voz que se dictan, pero también, si te dejas el botón del comando de voz enganchado con esa pinza que usas para el GPS, graba trozos enteros de ambiente. Una maravilla de la tecnología alemana, Manolo.
El hombre abrió la boca para decir algo, pero no salió sonido. Se sentía como un pez fuera del agua, boqueando en mitad del salón de su casa.
— ¿De qué hablas, Marisa? No te entiendo. ¿Qué notas de voz ni qué niño muerto? Estarás confundida. El coche tiene más años que el hilo negro, eso no graba nada.
— Oh, no te subestimes, Manolo. Eres un hacha de la informática cuando quieres. Sobre todo cuando quieres ocultar cosas. Pero esta vez, la tecnología te ha traicionado. O quizá ha sido el destino, que es muy puñetero y le gusta que la verdad salga a flote justo antes de la cena —Marisa desbloqueó el teléfono con un movimiento fluido—. Pon la oreja, Manolo. Pon la oreja y dime si te suena el protagonista.
En el salón, el silencio se volvió denso, casi sólido. Marisa pulsó el botón de “play”. Al principio solo se oía el ruido del motor, ese traqueteo característico del diésel que Manolo se negaba a cambiar porque decía que “aún aguantaba otros cien mil kilómetros”. Luego, el sonido del intermitente. Tic-tac, tic-tac. Y finalmente, una voz. Una voz que Manolo reconoció al instante porque era la suya, pero con un tono que nunca usaba en casa. Era un tono meloso, de galán de telenovela de sobremesa, mezclado con una arrogancia que le hizo revolverse en el asiento.
— “No te preocupes, Leti, si está todo pensado” —decía el Manolo del audio—. “Marisa no se entera de nada. Vive en su mundo de libros y fichas de biblioteca. Se cree que las horas extra son de verdad. En cuanto liquide lo del fondo de inversión, lo pongo todo a nombre de mi hermana y a ella la dejo con lo puesto. Que se quede con el piso de la playa si quiere, que total tiene más humedades que una cueva, yo me quedo con el efectivo y nos largamos a la casa nueva”.
La grabación se detuvo. Marisa bloqueó el teléfono y lo dejó de nuevo sobre sus rodillas. Miró a su marido, que ahora tenía el color de una pared de yeso recién lucida.
— Dijiste que estabas trabajando, Manolo —dijo ella con una calma que resultaba mucho más aterradora que cualquier grito—. Dijiste que esas reuniones hasta las diez de la noche eran para que pudiéramos jubilarnos tranquilos.
Manolo tragó saliva, o lo intentó, porque tenía la boca seca como un polvorón en agosto.
— Marisa… escucha… eso está sacado de contexto. De verdad. Es… es una broma. Estaba ensayando una… una escena de teatro. Sí, eso es. Sabes que me he apuntado al grupo de teatro de la asociación de vecinos y…
— ¿De dónde sacaste eso, Manolo? —le interrumpió ella, ignorando su patética excusa—. ¿De dónde sacaste la sangre fría para decir eso de la mujer con la que llevas compartiendo cama quince años?
— ¡No es lo que parece! —exclamó él, levantándose del sillón como si le hubiera dado un calambre—. ¿De dónde sacaste esa grabación? ¡Eso es ilegal! ¡Es una invasión de la privacidad! ¡Me estás espiando!
Marisa se levantó también, pero lo hizo con una elegancia que contrastaba con la desesperación de él. Se acercó a la mesa, cogió su copa de vino y terminó el líquido de un trago.
— La saqué del coche, Manolo. Del mismo coche donde le decías a esa tal “Leti” que ibas a dejarme sin nada. El mismo coche que yo ayudé a pagar con mi herencia de la tía abuela Segunda. El mismo coche que ahora mismo tiene una maleta en el maletero, pero no es la tuya para irte con ella. Es la tuya para que te vayas ahora mismo de aquí.
Parte 2: La dialéctica del “donde dije digo, digo Diego”
Manolo se quedó paralizado en mitad del salón, con los brazos colgando y una expresión de estupefacción que habría resultado cómica de no ser porque su vida se estaba desintegrando más rápido que una galleta María en un café hirviendo. La mención a la tía abuela Segunda fue como un golpe bajo, un recordatorio de que, efectivamente, la mayor parte de lo que consideraba “su” patrimonio tenía un origen que no le pertenecía.
— A ver, Marisa, vamos a calmarnos. Vamos a sentarnos y a hablar como personas civilizadas —dijo Manolo, intentando recuperar un mínimo de dignidad mientras se recolocaba la camisa que se le había salido por un lado del pantalón—. Lo de Leticia… Leticia es una… es una consultora financiera. ¡Eso es! Es una consultora externa que ha contratado la empresa. Es una mujer muy agresiva en los negocios, usa ese lenguaje de “dejar a la gente sin nada” porque es… es terminología de mercado. Hablábamos de una empresa de la competencia, no de ti. ¡Por Dios, Marisa! ¿Cómo voy a hablar así de ti?
Marisa soltó una carcajada que resonó en las paredes de gotelé del salón. Era una risa seca, sin rastro de alegría, la risa de alguien que acaba de ver a un mago fallar el truco más tonto de su repertorio.
— ¿Consultora financiera? —repitió ella, acercándose a la estantería donde guardaba sus ediciones de clásicos castellanos—. Vaya, Manolo. No sabía que las consultoras financieras ahora daban los servicios en el asiento de atrás del coche con el motor en marcha en el parking de un descampado de Villaverde. Porque el audio sigue, ¿sabes? Dura casi veinte minutos. Y te aseguro que la terminología que usa ella no tiene nada que ver con el IBEX 35, a menos que el IBEX haya empezado a cotizar en “ay, Manolito, qué fuerte eres” y en “cuándo le vas a decir a la pesada de tu mujer que nos vamos a Benidorm”.
Manolo sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El detalle del descampado de Villaverde era demasiado preciso. Maldijo para sus adentros su tacañería; si hubiera pagado una habitación de hostal como Dios manda en lugar de intentar ahorrar para ese supuesto “fondo de inversión”, ahora no estaría en este aprieto.
— Escucha, tía, de verdad… Lo de Benidorm era… era un viaje de incentivos —balbuceó—. Y Leticia es… es muy efusiva. Es de estas personas que tienen mucha confianza en seguida. Es… es el estilo moderno de hacer negocios, Marisa. Tú es que estás muy desconectada en la biblioteca, con tus libros viejos y tus ficheros. El mundo real es… es agresivo. Hay que fingir, hay que entrar en el juego.
— El mundo real es agresivo, sí —asintió Marisa, volviendo a sentarse, pero esta vez en el borde de la mesa de centro, invadiendo el espacio vital de su marido—. Especialmente cuando descubres que el hombre con el que has cenado tortilla durante quince años es un estafador de medio pelo que planea robarte hasta los empastes de las muelas. ¿De qué fondo de inversión hablabas en el audio, Manolo? ¿De ese que dijiste que habías abierto para nuestra jubilación pero que en realidad está a nombre de tu hermana, la “Vane”?
La “Vane”. Su hermana Vanessa, una mujer que trabajaba en una peluquería en Fuenlabrada y que tenía la capacidad intelectual de una maceta, pero que era leal a su hermano hasta la médula. Ella había sido el cómplice necesario, la tapadera perfecta para mover el dinero que Manolo había ido desviando de la cuenta común mediante facturas falsas de “reparaciones domésticas” que nunca ocurrieron.
— Lo de la Vane es por el tema del IVA, Marisa. De verdad, es una estrategia de ingeniería fiscal que me recomendó un compañero del gimnasio. Para que no nos cruja Hacienda cuando rescatemos el capital. Lo puse a su nombre porque ella tiene una base imponible más baja. ¡Es por nuestro bien! ¡Es para que tengamos más dinero para el futuro!
Marisa suspiró, una exhalación larga que parecía sacar todo el aire de la habitación. Se levantó de nuevo, caminó hacia la ventana y corrió un poco la cortina, mirando hacia la calle donde el camión de la basura empezaba su ronda nocturna con su habitual estrépito metálico.
— ¿Sabes qué es lo más gracioso de todo esto, Manolo? —preguntó ella sin girarse—. Que mientras tú estabas en el coche con la “consultora Leti” planeando mi ruina financiera y personal, yo estaba aquí, en esta misma casa, ordenando los papeles de la tía Segunda. Y resulta que encontré algo. Un pequeño descuadre en los extractos de la cuenta de ahorros que me hizo pensar: “Qué raro, Manolo ha pagado tres veces el arreglo de la lavadora este año, y la condenada sigue haciendo un ruido de avión al despegar cada vez que centrifuga”.
Manolo se hundió un poco más en el sillón de orejas. Los informes del fontanero inexistente. Otra genialidad de su “ingeniería fiscal”.
— Así que me dio por investigar —continuó Marisa, girándose ahora con una serenidad que a Manolo le pareció más peligrosa que un campo de minas—. Fui al banco. Hablé con don Julián, el director de la sucursal, ese hombre tan amable que siempre me pregunta por mi madre. Y don Julián, que es muy cumplidor pero también un poco cotilla, me dijo: “Ay, doña Marisa, qué bien que el señor Manuel esté invirtiendo tanto en ese plan de pensiones privado”. Y yo le dije: “¿Qué plan de pensiones, don Julián?”. Y él me enseñó la cuenta. La cuenta a nombre de Vanessa García Ruiz. Esa cuenta donde han ido a parar, céntimo a céntimo, los ahorros que íbamos a usar para reformar la cocina.
— ¡Eso tiene una explicación, Marisa! ¡Te juro que la tiene! —gritó Manolo, gesticulando con las manos como si estuviera intentando atrapar mariposas invisibles—. ¡Don Julián es un viejo chocho que no sabe lo que dice! ¡Me odia porque una vez le dije que su banco era una cueva de ladrones! ¡Está intentando malmeter!
— Don Julián podrá ser un chocho, Manolo, pero los extractos bancarios no tienen demencia senil —replicó ella, cruzando los brazos—. Como tampoco la tiene el micrófono del coche. ¿Por qué dijiste que me ibas a dejar “sin nada”, Manolo? Esa parte me interesa especialmente. ¿Qué soy para ti? ¿Un obstáculo en tu carrera hacia el éxito con una peluquera de extrarradio que se llama Leticia?
Manolo se quedó en silencio. El tic-tac del reloj de cuco de la entrada, ese que Marisa se empeñaba en mantener a pesar de que el pájaro salía con la voz ronca, parecía marcar el ritmo de su propia ejecución.
— Fue un calentón, Marisa. Estábamos… estábamos discutiendo. Leticia es muy… muy competitiva. Me picó. Me dijo que yo era un calzonazos, que nunca me atrevería a tomar las riendas de mi vida. Y yo, por no quedar mal, por demostrar que soy el que manda… pues dije esa tontería. ¡Pero es mentira! ¡Es fanfarronería! Sabes cómo somos los hombres cuando queremos impresionar a alguien. Hablamos más de la cuenta. Es… es testosterona mal gestionada.
— Testosterona mal gestionada —repitió ella con desprecio—. Qué frase más moderna te ha quedado. Casi parece una disculpa de político pillado con las manos en la caja. Pero verás, Manolo, hay un pequeño problema con tu teoría de la “fanfarronería”. Y es que el audio no termina ahí.
Marisa volvió a coger el teléfono. Sus dedos volaron sobre la pantalla con una destreza que a Manolo le pareció diabólica.
— “Y lo mejor es que ya he hablado con el abogado” —decía la voz de Manolo en la nueva reproducción—. “Me ha dicho que si alegamos abandono de hogar o alguna movida de esas de que ella está mal de la cabeza, el piso de Madrid me lo quedo yo por el usufructo. Ella que se vaya con su madre a Carabanchel, que allí estará muy bien cuidada entre tanto libro viejo”.
Marisa detuvo la grabación. La temperatura del salón pareció bajar diez grados de golpe.
— ¿Mal de la cabeza, Manolo? ¿Abandono de hogar? —preguntó ella con una voz susurrante, casi un silbido—. ¿De verdad creías que podías usar mi profesión y mi amor por la lectura para hacerme pasar por una loca frente a un juez? ¿A mí? ¿A la mujer que te recordaba dónde dejabas las llaves, la que te pedía cita en el médico porque tú no sabías ni cómo se llama el ambulatorio, la que te ha aguantado los ronquidos y las manías durante década y media?
Manolo sintió que se le humedecían los ojos. No de arrepentimiento, sino de pánico puro. La imagen de verse viviendo en un estudio de treinta metros cuadrados con Leticia, mientras tenía que pagarle una pensión a Marisa y enfrentarse a un juicio por estafa, empezó a cobrar una nitidez aterradora.
— Marisa, perdóname… No sabía lo que decía… Estaba borracho. Sí, eso es. Ese día Leticia trajo una botella de orujo de hierbas y se me fue la pinza. No era yo, te lo juro por lo más sagrado. Yo te quiero, Marisa. Eres el pilar de mi vida. Sin ti soy… soy un despojo.
— Oh, no te preocupes por eso, Manolo —dijo ella, dándole una palmadita en la mejilla que sonó como un latigazo—. Porque tienes razón en una cosa: eres un despojo. Pero un despojo con maleta. ¿Te acuerdas de que te dije que el coche tenía una maleta en el maletero? Pues resulta que no solo tiene tu ropa interior y tus camisas de cuadros. También tiene todos los extractos que don Julián me dio muy amablemente esta tarde. Y mañana, a primera hora, esos extractos van a estar en la mesa de un abogado. Pero no en el tuyo, Manolo. En el mío.
Parte 3: La conjura de los necios y el jamón de la discordia
Manolo se hundió tanto en el sillón de orejas que casi parecía formar parte del tapizado. El pánico inicial había dejado paso a una especie de estupor resignado, el mismo que siente un náufrago cuando ve alejarse el último bote salvavidas mientras suena música de violines de fondo. Miró a Marisa, que ahora estaba de pie junto al aparador, reorganizando unas figuritas de porcelana que les regalaron en la boda y que él siempre había odiado secretamente porque le recordaban a las tías solteras de su mujer.
— Pero Marisa… —intentó él con un hilo de voz que apenas superaba el zumbido de la nevera—. Piensa en lo que estás diciendo. Un abogado. Un divorcio. Eso es carísimo, tía. Nos vamos a arruinar los dos. Las minutas de esos tíos son una sangría. ¿Por qué no lo arreglamos nosotros? Yo devuelvo el dinero de la cuenta de la Vane, le digo a Leticia que se busque a otro tonto al que sacarle los cuartos y empezamos de cero. Podemos irnos de viaje, a un sitio de esos con todo incluido, para reconectar. A Punta Cana, o a la Gomera, que siempre has dicho que te gusta el silbo gomero.
Marisa se giró lentamente, sosteniendo en la mano un pastorcillo de porcelana al que le faltaba una oreja por un accidente doméstico que Manolo juró que fue culpa del gato, aunque ellos nunca tuvieron gato.
— ¿De cero, Manolo? —preguntó ella con una curiosidad casi científica—. ¿Tú crees que se puede volver a cero después de escuchar a tu marido planear tu internamiento psiquiátrico en un descampado de Villaverde? Es que eres de un optimismo que roza la estupidez. O quizá es que me tomas por tan tonta que crees que con una pulsera de “todo incluido” y un buffet de ensaladilla rusa tibia vas a borrar dos años de mentiras.
— ¡No fueron dos años! —saltó él, agarrándose a un clavo ardiendo—. ¡Fueron dieciocho meses, como mucho! Y lo de Leticia… si la vieras, Marisa… es una mujer muy manipuladora. Ella me envolvía con sus historias de que la vida es corta, de que hay que vivir con intensidad. Me hizo un lío, de verdad. Yo soy una víctima, en cierto modo. Una víctima de la crisis de los cincuenta.
Marisa dejó el pastorcillo sobre la mesa con un golpe seco.
— ¡La crisis de los cincuenta! —exclamó ella, soltando una carcajada sonora que se oyó hasta en el descansillo—. Mira, Manolo, no me vengas con excusas de manual de autoayuda barato. La crisis de los cincuenta te da por comprarte una bicicleta de tres mil euros y vestirte de licra como un salchichón, o por apuntarte a clases de cocina japonesa. Pero lo tuyo no es una crisis, es una vocación. Tienes vocación de mangante.
Manolo agachó la cabeza, mirando sus zapatos. Estaban sucios. Siempre estaban sucios. Marisa siempre le decía que un hombre se viste por los pies, pero él prefería gastarse el dinero en el bar de abajo, invitando a rondas de cañas mientras se quejaba de lo mucho que trabajaba.
— Y por cierto —continuó ella, caminando hacia la cocina—, no te molestes en buscar el jamón. Ese que compraste para “celebrar el éxito de la auditoría” y que tenías escondido en el falso techo del lavadero.
Manolo dio un respingo. ¿Cómo demonios sabía lo del jamón? Era un cinco jotas, una pieza de coleccionista que había conseguido a mitad de precio gracias a un contacto de la gestoría que se dedicaba al estraperlo de productos ibéricos.
— ¿El jamón? —preguntó con voz trémula—. ¿Qué jamón?
— No te hagas el sueco, Manolo. El jamón que pesaba ocho kilos y que olía a gloria bendita. Lo encontré ayer cuando fui a buscar la escalera para cambiar la bombilla de la cocina, esa que tú llevas “viendo a ver si tienes un hueco” para cambiar desde julio. Me pareció un sitio muy curioso para guardar un embutido, la verdad. ¿Qué pensabas? ¿Comértelo a escondidas como un ratón mientras yo cenaba sopa de sobre? ¿O era para llevártelo a la “casa nueva” con Leticia?
— Era… era una sorpresa para tu cumpleaños, Marisa —mintió él con una desesperación ya patética—. Quería que fuera una sorpresa total. Por eso lo escondí allí. ¡Te juro que era para ti! ¡Para que te dieras un festín!
Marisa apareció en el umbral de la cocina con un cuchillo jamonero en una mano y un plato de loza en la otra.
— Pues fíjate qué coincidencia, que me he adelantado al cumpleaños. Me he cortado unas lonchas esta tarde mientras escuchaba la parte del audio donde decías que mi madre huele a naftalina. Y te digo una cosa, Manolo: el jamón está exquisito. Pero lo que mejor sabe es la satisfacción de saber que te lo has pagado tú con el dinero que le sisaste a la Vane de los gastos de la peluquería.
Manolo sintió que la humillación era ya completa. Su dinero, su jamón, su amante, su coche… todo se estaba volviendo en su contra como un bumerán oxidado.
— Escúchame bien —dijo Marisa, bajando el tono y acercándose a él hasta que Manolo pudo oler el aroma del vino y del jamón en su aliento—. He hablado con Vanessa.
Manolo palideció. Si Marisa había hablado con su hermana, estaba muerto. Vanessa era leal, pero era más miedosa que un conejo en temporada de caza.
— ¿Con la Vane? —preguntó él casi sin aire—. ¿Qué le has dicho?
— No mucho. Solo le dije que o me daba las claves de la cuenta y firmaba una confesión de que el dinero era mío, o mañana mismo se presentaba una patrulla de la Guardia Civil en su peluquería para preguntar por ciertos tintes que entran de contrabando desde Andorra. ¿Y sabes qué hizo tu hermanita, Manolo?
— ¿Qué? —susurró él.
— Cantó. Cantó más que la Caballé en sus mejores tiempos. Me lo contó todo. Lo del fondo, lo de la casa en la sierra que estabas mirando, y hasta lo de que Leticia tiene un marido que trabaja en la brigada de estupefacientes y que no tiene ni idea de que su mujer se dedica a la “consultoría financiera” en descampados.
Manolo sintió que el corazón le daba un vuelco. ¿El marido de Leticia era policía? Eso ella no se lo había dicho. Ella le había dicho que estaba soltera y que vivía con dos gatos y una tía enferma.
— ¿Un policía? —repitió él, sintiendo que las paredes del salón se le echaban encima—. No puede ser. Ella me dijo… ella me juró…
— Ella te juró lo mismo que tú me juraste a mí frente al altar de la parroquia de San Ginés, Manolo —dijo Marisa con un desprecio infinito—. Mentiras. Sois iguales. Dos gotas de agua sucia. Ella quería tu dinero, y tú querías… bueno, tú querías sentirte joven a costa de mi vida. Pero te ha salido el tiro por la culata. Porque resulta que el policía también ha recibido un pequeño paquete anónimo hoy. Un CD con los mejores momentos de vuestro podcast.
— ¡Marisa, por Dios! ¡Eso es sentenciarme a muerte! —gritó Manolo, levantándose de golpe—. ¡Ese tío me va a buscar y me va a reventar la cabeza! ¡Me has echado a los leones!
— No, Manolo. Solo he puesto las cosas en su sitio —dijo ella con una calma aterradora—. He nivelado el campo de juego. Tú querías dejarme sin nada, y yo simplemente te he dejado con la realidad. Y la realidad es que ahora mismo eres un hombre sin cuenta bancaria, sin jamón, con un policía muy enfadado buscándote y con una maleta en el pasillo que pesa exactamente lo que vale tu honestidad: nada.
Manolo se dejó caer de nuevo en el sillón, cubriéndose la cara con las manos. Empezó a sollozar, unos ruidos secos y patéticos que a Marisa no le provocaron ni la más mínima pizca de compasión.
— Y ahora —dijo ella, dándole la vuelta al plato de jamón para que él viera las lonchas brillantes y veteadas—, te voy a pedir un último favor. Sal de esta casa. Sal antes de que termine de comerme este plato. Porque si cuando llegue a la última loncha sigues aquí, voy a llamar al número de teléfono del policía que Leticia tiene guardado como “Mamá” en su agenda, y le voy a decir exactamente dónde estás escondido.
Parte 4: La última loncha y el destierro del cuñado
Manolo levantó la mirada, con los ojos enrojecidos y la nariz goteando de manera poco glamurosa. Miró el plato de jamón, miró el cuchillo en la mano de Marisa y luego miró hacia la puerta, donde su maleta aguardaba como un centinela mudo. El tic-tac del reloj de cuco parecía ahora el segundero de una bomba de relojería.
— ¿De verdad vas a hacerme esto, Marisa? —preguntó él con una voz que era una mezcla de súplica y reproche—. Después de quince años. ¿Me vas a echar a la calle a que me cace un policía enfadado? Soy tu marido, tía. Hemos pasado por muchas cosas. Cuando se inundó el sótano, cuando tu madre tuvo aquel susto con la tensión… yo estuve ahí.
Marisa se metió una loncha de jamón en la boca y la masticó con una lentitud deliberada, cerrando los ojos como si estuviera en un restaurante con tres estrellas Michelin.
— Estuviste ahí, sí —dijo ella tras tragar—. Pero el problema es que mientras estabas ahí, estabas pensando en cómo estar en otro sitio. Estuviste ahí de cuerpo presente, pero de espíritu ausente y de bolsillo furtivo. Esos quince años que mencionas ahora como un escudo, para mí se han convertido en una condena de estafa continuada. ¿Sabes lo que duele, Manolo? No es que te fueras con otra. Es que fueras tan cutre de hacerlo con mi dinero y planeando hacerme pasar por loca. Eso no es una crisis, es una infamia.
Se acercó a la maleta y le dio una patada suave, desplazándola unos centímetros hacia el umbral de la puerta.
— Venga, muévete. El tiempo vuela y el policía de Leticia, según me ha dicho un pajarito, termina su turno a las diez. Son las nueve y cuarto. Si te das prisa, quizá puedas llegar a la estación de autobuses antes de que empiece a patrullar por este barrio.
Manolo se levantó, arrastrando los pies como un condenado a galeras. Se acercó a la mesa de centro y cogió su reloj, un Casio plateado que siempre decía que era su amuleto de la suerte.
— ¿Puedo llevarme el coche? —preguntó con una esperanza desesperada—. Al menos para dormir en él esta noche.
Marisa soltó una carcajada que le salió del alma.
— ¿El coche? ¿Ese que grabó tu confesión de villano de opereta? Ni hablar, Manolo. El coche se queda aquí. Primero, porque está a mi nombre —cosa que olvidaste en tu delirio de grandeza— y segundo, porque he decidido venderlo. Me han dado un precio excelente en un concesionario de segunda mano. Dicen que está muy bien cuidado, a pesar del olor a pino barato del interior. Con ese dinero me voy a pagar un crucero por los fiordos noruegos. Sola. Sin podcasts, sin jamones ocultos y sin consultoras financieras.
Manolo agarró el asa de su maleta. Pesaba horrores. Se dio cuenta de que Marisa probablemente había metido ahí dentro todas sus cosas inservibles: la colección de revistas de coches de hace diez años, los trofeos de fútbol siete de la oficina que nadie quería y los jerséis de lana que le picaban y que ella insistía en que se pusiera en Navidad.
— Marisa… —dijo él antes de salir, deteniéndose en el marco de la puerta—. Algún día te darás cuenta de que te has pasado. Algún día me echarás de menos. ¿Quién te va a arreglar el router cuando se cuelgue? ¿Quién va a bajar la basura los días de lluvia?
— Me compraré un router nuevo, Manolo. Y para la basura, créeme, después de haber convivido contigo estos últimos meses, bajar una bolsa de plástico bajo la lluvia me va a parecer un paseo por el retiro —respondió ella con una frialdad que le heló la sangre—. Adiós, Manuel. Que te sea leve con el policía. Y un consejo: búscate a alguien que no tenga manos libres en el coche.
La puerta se cerró con un chasquido definitivo. Manolo se quedó solo en el descansillo, escuchando el eco de sus propios pasos y el sonido amortiguado de la cerradura al echarse por dentro. Doble vuelta. Marisa no se andaba con chiquitas.
Bajó las escaleras —el ascensor estaba estropeado de nuevo, como si el edificio también quisiera castigarle— y salió a la calle. El aire de Madrid seguía siendo cálido, pero ahora le parecía hostil. Caminó hacia la esquina, arrastrando la maleta que hacía un ruido infernal sobre las baldosas sueltas. “Clac-clac, clac-clac”, parecía decir el equipaje, burlándose de su desgracia.
Se detuvo frente al bar “El Brillante”, donde solía tomarse las cañas con los amigos. A través del cristal vio a los de siempre: a Paco, que seguía hablando de lo mismo; a Pepe, que no soltaba el palillo de la boca. Sintió una tentación momentánea de entrar, contarles su drama y pedir asilo político en el almacén entre cajas de cerveza. Pero luego recordó al marido de Leticia. Un policía de estupefacientes. Miró hacia ambos lados de la calle, esperando ver aparecer un coche patrulla en cualquier momento.
Metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó lo único que le quedaba de efectivo: un billete de veinte euros que Marisa se había olvidado de quitarle. Con eso no llegaba ni a la vuelta de la esquina.
Mientras tanto, en el cuarto piso, Marisa se terminó la última loncha de jamón. Se levantó, fue a la cocina y tiró el plato de loza a la basura. No quería lavar nada que le recordara a la cena de hoy. Se sirvió otra copa de vino, esta vez un poco más generosa, y se sentó de nuevo en el sofá.
Cogió el mando de la televisión y puso un canal de documentales sobre la naturaleza. Unos leones estaban cazando a una cebra que se había despistado del grupo.
— Pobre bicha —murmuró Marisa, saboreando el vino—. Pero es lo que tiene no mirar por dónde vas.
Se sentía extrañamente ligera. Como si se hubiera quitado una mochila llena de piedras que ni siquiera sabía que llevaba. Mañana sería un día largo: el abogado, el banco, la venta del coche, el cambio de cerradura. Pero esta noche, por primera vez en quince años, el silencio de la casa no era un vacío, sino una banda sonora de libertad.
Apagó la luz del salón, dejando que la claridad de las farolas de la calle entrara por la ventana. En la distancia, se oyó una sirena de policía. Marisa sonrió en la oscuridad y brindó al aire con su copa vacía.
— Salud, Manolo. Que el podcast te acompañe —dijo antes de irse a dormir al lado de la cama que, por fin, era solo suya.
Afuera, en la parada del autobús, un hombre con una maleta de ruedas y una corbata mal puesta intentaba explicarle a un joven que escuchaba música a todo volumen que él era una víctima del sistema y que las mujeres, en el fondo, son todas unas filósofas del resentimiento. El joven ni siquiera se quitó los cascos. Manolo suspiró, se sentó sobre su maleta y miró hacia el cielo contaminado de Madrid, preguntándose si en los fiordos noruegos también habría buena tortilla de patatas. Probablemente no, pensó con amargura. Pero al menos allí nadie le grabaría los pensamientos.