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El teatro del cansancio y la tortilla deconstruida

Parte 1: El teatro del cansancio y la tortilla deconstruida

El calor en Madrid aquel martes de septiembre no era un calor cualquiera; era una bofetada húmeda que se te pegaba a la nuca nada más salir del metro, una presencia física que convertía el asfalto en una especie de chicle negro y pegajoso. Manolo cruzó el umbral del portal con la corbata ya desanudada, colgando de su cuello como una serpiente moribunda, y el maletín pesándole más de lo habitual, no por los informes de la gestoría, sino por el lastre de la culpabilidad que venía arrastrando desde hacía meses. Subió en el ascensor, ese cubículo de madera que olía a desinfectante barato y a la coliflor que la vecina del tercero insistía en cocinar cada bendito día del año, y se miró en el espejo rayado.

— Tienes cara de buen tipo, Manolo. Un poco cansado, pero buen tipo —se mintió a sí mismo mientras intentaba peinarse con los dedos los cuatro pelos que todavía se resistían a abandonar su coronilla.

Al abrir la puerta de casa, lo primero que le golpeó no fue el aire acondicionado —que Marisa siempre ponía a una temperatura que rozaba la criogenización para ahorrar, según ella, aunque él sospechaba que era para conservar su propia paciencia—, sino un silencio sepulcral. Un silencio de esos que en una casa española con quince años de matrimonio a las espaldas no vaticina nada bueno. No se oía la televisión con el concurso de turno, ni el tintineo de los platos, ni siquiera el zumbido del robot aspirador que solía chocar contra los muebles con la torpeza de un borracho un sábado noche.

Marisa estaba sentada en el sofá de escay, ese que compraron en las rebajas de El Corte Inglés y que ahora parecía un trono de juicio final. Tenía las piernas cruzadas, una copa de vino blanco a medio terminar sobre la mesa de centro y el teléfono móvil descansando sobre sus rodillas con una solemnidad inquietante.

— Hombre, el trabajador del mes. El estajanovista de la calle Goya —dijo ella sin levantar la vista del aparato. Su tono tenía esa sorna madrileña que corta más que un cuchillo de Albacete—. Pasa, pasa, no te quedes ahí en el pasillo que parece que vienes de robar un banco en lugar de estar levantando el país con el sudor de tu frente.

Manolo dejó el maletín en el suelo con un golpe seco y forzó una sonrisa que le salió más bien como una mueca de dolor de muelas.

— Qué graciosa estás hoy, Marisa. Qué humor, de verdad. Vengo muerto, tía. Una reunión tras otra. Que si el cliente de los suministros industriales no quiere pagar el IVA, que si el jefe quiere que le cuadre las cuentas de la delegación de Albacete… No me han dejado ni respirar. He tenido que comer un sándwich de máquina que sabía a cartón piedra mientras repasaba los balances.

Se acercó a ella con la intención de darle un beso en la mejilla, un gesto mecánico, casi administrativo, pero Marisa se apartó con una agilidad que no le conocía desde que hacían gimnasia de mantenimiento en el polideportivo municipal.

— No te acerques mucho, Manolo, que traes un olor a “reunión” que tira para atrás. Aunque fíjate tú, no es olor a oficina. Es más bien un aroma a pino, a ese ambientador de coche que tanto te gusta, el de “Bosque Tropical”, que siempre he dicho yo que huele más a producto de limpieza de baño de gasolinera que a selva amazónica.

Manolo sintió un sudor frío recorriéndole la espalda, bajando vértebra a vértebra. Se aflojó un botón más de la camisa, sintiendo que el cuello se le estrechaba.

— Es que… he tenido que ir a ver a un proveedor a las afueras, ya sabes cómo es la M-30 a las seis de la tarde, un embotellamiento tras otro. Al final uno pasa más tiempo en el coche que en la silla de la oficina. Es agotador, Marisa. De verdad te lo digo, hay días que me gustaría mandarlo todo a paseo y hacerme ermitaño en la sierra.

Marisa finalmente levantó la vista. Sus ojos, habitualmente dulces y algo cansados por las horas frente al ordenador en la biblioteca, ahora brillaban con una lucidez gélida. Dio un sorbo a su vino, saboreando el momento con una parsimonia que a Manolo le pareció sadismo puro.

— Pobre Manolo. Siempre tan sacrificado por el bienestar del hogar. Siempre velando por que no nos falte de nada. ¿Quieres cenar? He hecho tortilla de patatas. Pero de las tuyas, de las de cebolla muy picadita y el huevo poco hecho, para que no digas que no te cuido.

— Pues sí, un trozo de tortilla me vendría de perlas. Me voy a duchar primero, que me siento como si me hubiera rebozado en ceniza.

— No, no. Siéntate un momento —ordenó ella, señalando el sillón de orejas—. La ducha puede esperar. La tortilla también. Lo que no puede esperar es que escuchemos una cosita. Una especie de… podcast local, muy interesante, que he descubierto hoy por casualidad.

Manolo se sentó, porque las piernas le empezaron a temblar como si fueran de gelatina. Intentó poner cara de curiosidad inocente, la misma cara que ponía cuando le preguntaban por qué faltaba dinero del bote de las vacaciones y él decía que se lo había gastado en arreglar la caldera, aunque en realidad se lo había pulido en una mariscada con los de la peña del Real Madrid.

— ¿Un podcast? ¿Ahora te ha dado por eso? —preguntó él con voz quebrada—. ¿De qué va? ¿De crímenes sin resolver? ¿De historia de España?

Marisa esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Era la sonrisa de quien tiene un as bajo la manga y el resto de la baraja en el bolsillo.

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