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La Más Bella Historia de Amor Entre Un Duque Que Creía en la Razón… Y Una Mujer Que Vivía Por Su Fe

—Dilo otra vez —ordenó Adrián, sin levantar la voz.

Inés tembló.

—Es mi hijo.

El silencio cayó tan pesado que hasta las velas parecieron inclinarse.

La tía Beatriz dejó escapar un gemido teatral.

—¡Vergüenza! ¡En esta casa! ¡En la sangre de los Valcárcel!

Adrián no la miró. Sus ojos grises, fríos y calculadores, estaban clavados en la joven que hasta esa mañana había sido la niña mimada de la familia. La misma niña a la que él había protegido desde que su madre murió. La misma por la que había rechazado viajes, fiestas, amistades y hasta la posibilidad de amar.

—¿Quién es el padre? —preguntó.

Inés bajó la mirada.

—No puedo decirlo.

El conde Esteban apretó la copa hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

—Entonces no hay honor que salvar —dijo la tía—. Adrián, por el bien del ducado, debes actuar ahora.

El bebé empezó a llorar. No fue un llanto fuerte, sino débil, casi agotado, como si también supiera que había nacido en medio de una condena.

Adrián se levantó lentamente. Era un hombre educado para no mostrar dolor, pero esa noche algo se quebró dentro de él. No por la deshonra. No por los rumores. No por el apellido.

Sino porque Inés había confiado en alguien más antes que en él.

—Tenías todo —dijo—. Un hogar. Protección. Mi nombre. Mi fortuna. ¿Y aun así preferiste ocultarte como una fugitiva?

—No entiendes…

—Entiendo perfectamente —la interrumpió—. Entiendo los hechos. No las lágrimas.

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