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El preludio del gazpacho y la humedad

Parte 1: El preludio del gazpacho y la humedad

El calor en aquel salón de Carabanchel no era un calor cualquiera; era una entidad física, una manta de lana mojada que se te pegaba a las pestañas y te hacía cuestionar cada decisión vital que te había llevado a no instalar el aire acondicionado en marzo, cuando todavía no costaba un riñón y medio pulmón. Paco, sentado en la cabecera de la mesa con una camiseta de tirantes que en algún momento de la década pasada fue blanca, se pasaba una servilleta de papel por la nuca, dejando una estela de bolitas de celulosa pegadas al vello.

La cena de los sábados era una institución sagrada, o más bien una condena de tercer grado. Allí estaban todos, apretujados entre la vitrina de los platos “de ver pero no tocar” y el aparador de madera de pino que crujía con cada cambio de presión atmosférica. Estaba su cuñado, Matías, un hombre cuya única función en la vida parecía ser saber el precio exacto de cualquier objeto en tres gasolineras distintas; su hermana, Sole, que llevaba toda la noche quejándose de una fascitis plantar que nadie le había preguntado; y, por supuesto, la suegra, Doña Enriqueta, que observaba el plato de croquetas con la desconfianza de un artificiero ante un paquete sospechoso.

— Estas croquetas, Conchi, ¿las has comprado en el rincón del gourmet ese o son de las de bolsa que saben a cartón mojado? —soltó Doña Enriqueta, pinchando una con el tenedor como si fuera a salir huyendo.

Conchi, la esposa de Paco, no respondió de inmediato. Estaba de pie junto a la encimera, terminando de servir el gazpacho en unos cuencos que no pegaban ni con cola entre sí. Conchi era una mujer de silencios largos y miradas que te podían pelar una naranja a cinco metros de distancia. Aquella noche, sin embargo, su silencio tenía una textura diferente. No era el silencio de la resignación, sino el de una mecha que se consume lentamente hacia un barril de pólvora de dimensiones industriales.

— Son caseras, mamá. Con jamón del bueno y leche entera, como a ti te gusta para que luego te dé acidez y nos des la noche —respondió Conchi con una voz tan plana que daba miedo.

— ¡Venga ya, mujer! —intervino Matías, metiéndose media croqueta en la boca—. Si esto es gloria bendita. Paco, te digo yo que en la gasolinera de la salida 14 las venden congeladas a tres euros el kilo y no le llegan a esta ni a la suela del zapato. Por cierto, ¿has visto cómo ha subido el diésel? Es un atraco a mano armada, te lo digo yo que de esto entiendo.

Paco asintió mecánicamente, más preocupado por el reguero de sudor que le bajaba por la columna vertebral que por la geopolítica del petróleo. Miró a su mujer. Conchi estaba extrañamente guapa, pensó. Se había puesto unos pendientes de aro grandes y se había recogido el pelo con una pulcritud casi militar. Llevaba todo el día sin decirle más de tres palabras seguidas, lo cual, viniendo de Conchi, solía significar que Paco se había olvidado de algún aniversario, de bajar la basura o de la existencia misma de su propia dignidad. Pero Paco, en su infinita capacidad para el autoengaño, pensó que simplemente era el calor. El calor volvía a la gente loca, o al menos muy antipática.

— ¡Paco, hijo, que te estás quedando traspuesto! —le gritó Sole desde el otro extremo de la mesa—. ¡Que te estoy diciendo que la niña se quiere ir de Erasmus a Varsovia! ¿Tú te crees? Con lo bien que se está en España. Allí solo comen patatas y hace un frío que se te quedan las ideas congeladas. Dile algo a tu sobrina, que a ti te hace caso porque eres el “tío moderno”.

Paco carraspeó, intentando recuperar el hilo de una conversación que nunca quiso tener.

— Pues… Varsovia tiene que estar bien, Sole. Mucha historia. Y la cerveza es barata, que eso para un estudiante es fundamental. Además, hoy en día con el Google Maps no se pierde nadie.

— ¡Historia! —bufó Doña Enriqueta—. Lo que tiene es mucho vicio, que lo sé yo por los documentales de la Dos. Conchi, ponme un poco más de gazpacho, pero no me eches mucho pepino, que luego repito y parece que me he comido un huerto entero.

Conchi se acercó a la mesa con la jarra de cristal. Sus pasos eran lentos, deliberados. El ruido de sus sandalias sobre el suelo de gres era lo único que se oía en los breves instantes en que Matías no hablaba de precios de neumáticos. Sirvió a su madre, luego a su cuñado, luego a Sole. Cuando llegó a la altura de Paco, se detuvo. El chorro de gazpacho cayó en el cuenco con un sonido rítmico, casi hipnótico. Paco levantó la vista y le dedicó una sonrisa de medio lado, una de esas sonrisas que él creía encantadoras pero que a los ojos de cualquier observador externo eran un grito de auxilio de un hombre que no sabe dónde se ha metido.

— Gracias, cari —dijo Paco, alargando la mano para rozarle el antebrazo.

Conchi retiró el brazo como si la hubiera tocado un cable de alta tensión. No fue un gesto brusco, fue algo mucho peor: fue una retirada gélida. Se volvió al centro de la mesa, donde la ensalada de tomate con ventresca presidía el jaleo familiar.

— ¿Sabéis una cosa? —dijo Conchi, captando de repente la atención de todos. Incluso Doña Enriqueta dejó de diseccionar la croqueta—. Llevo todo el día pensando en lo afortunados que somos. Aquí, todos juntos, en familia. Soportando el calor, las quejas de mamá, los precios de Matías y las enfermedades de Sole. Es… idílico.

Matías soltó una carcajada, con un trozo de pan en la mano.

— ¡Idílico dice! Esto es la guerra, Conchi. Pero con buena comida. Paco, pásame el vino, que este tinto de verano está más solo que la una.

Paco fue a coger la botella, pero Conchi fue más rápida. La agarró por el cuello con una firmeza que hizo que los nudillos se le pusieran blancos. El ambiente en la habitación cambió de golpe. La humedad ya no era el problema principal. Había algo en el aire, un cambio de presión, como cuando el cielo se pone de un color verde sospechoso antes de que caiga la granizada del siglo.

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