Aquella mañana de sábado en Madrid no prometía grandes gestas. El calor de julio empezaba a filtrarse por las rendijas de las persianas de aluminio con ese zumbido silencioso que precede a las siestas de tres horas y al asfalto derretido. Paco, envuelto en un batín de seda que le quedaba ligeramente corto y que él consideraba el colmo de la sofisticación europea, se peleaba con la cafetera italiana. La cafetera, fiel a su naturaleza terca, emitía un estertor agónico, pero no soltaba ni una gota de cafeína.
— ¡Venga, hija mía, que no tengo todo el día! —rezongó Paco, dándole un golpecito al metal—. Que parece que te han jubilado antes de tiempo.
En el salón, el silencio era absoluto, lo cual, tras quince años de matrimonio con Merche, no solía ser una señal de paz espiritual, sino más bien el preludio de una tormenta de categoría cinco en la escala de Richter. Merche no era una mujer de gritos inmediatos; ella era una estratega del silencio, una coleccionista de pruebas que prefería esperar a tener el “póker de ases” antes de cantar el órdago.
Paco finalmente logró que el café brotara y, con una taza humeante en la mano y una tostada con aceite que goteaba peligrosamente sobre la alfombra, entró en el salón. Allí estaba ella. Sentada en el sofá de cuero sintético, con las gafas de leer en la punta de la nariz y una montaña de papeles que Paco reconoció al instante con un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. Eran los extractos bancarios. Los de la cuenta “B”. Esa que él juraba haber camuflado bajo el epígrafe de “Gastos de mantenimiento de la comunidad de vecinos de la tía abuela Segunda”. El problema era que la tía Segunda llevaba muerta desde el Mundial de Naranjito.
Merche levantó la vista. No había furia en sus ojos, solo una curiosidad científica, como la de un entomólogo que observa a un escarabajo pelotero tratando de esconder una bola especialmente grande.
— Paco, acércate —dijo ella con una suavidad que ponía los pelos de punta—. Deja la tostada en el plato, que vas a poner la alfombra que va a parecer un churrería de feria.
Paco obedeció mecánicamente. Se sentó en el sillón de orejas, sintiendo que el batín de seda era ahora una túnica de condenado a muerte.
— Dime una cosa, Paco, que yo sé que tú eres un hombre de mundo. ¿Desde cuándo las comunidades de vecinos en Madrid cobran trescientos euros al mes por el concepto de “IBI Benalmádena”? —preguntó Merche, deslizando un papel sobre la mesa baja con la elegancia de un crupier de casino.
Paco tragó saliva. El café le supo a ceniza. Intentó poner esa cara de “no sé de qué me hablas” que tan malos resultados le había dado en el pasado, como aquella vez que negó haberse comido el jamón de bellota que Merche guardaba para la cena de Navidad a pesar de tener un trozo de grasa colgando de la comisura.
— ¿Benalmádena? —repitió Paco, alargando la última vocal como si estuviera buscando el nombre en un mapa mental de Mongolia—. Ah, Benalmádena. Sí. Pues… debe de ser un error del banco, Merche. Ya sabes cómo está el BBVA desde la fusión, que te cobran una comisión por respirar y te ponen los recibos de un señor de Cuenca en tu cuenta como quien no quiere la cosa.
— No es un error del banco, Paco —replicó ella, cruzando las piernas y apoyando el mentón en la mano—. Porque resulta que, llevada por una curiosidad casi mística, llamé al Registro de la Propiedad. Y mira tú por dónde, existe un inmueble. Un “piso de recreo”, lo llaman. Sesenta metros cuadrados, vistas al mar, terraza acristalada y piscina comunitaria que, según las fotos de idealista, es una maravilla.
El silencio volvió a caer sobre el salón, roto solo por el lejano sonido de un vecino haciendo taladros, porque en España siempre hay un vecino haciendo taladros en sábado. Paco sintió que el sudor empezaba a empaparle el batín.
— Nunca me dijiste que teníamos un piso en la playa —soltó Merche finalmente, con una puntería quirúrgica.
Paco cerró los ojos un segundo. Era el momento. Podía intentar huir por la ventana, pero vivían en un cuarto y sus rodillas no estaban para parkour. Podía fingir un desmayo, pero Merche ya conocía ese truco desde la final de la Champions de 2014. Así que optó por la verdad, o al menos por una de sus versiones más peligrosas.
— No es nuestro —soltó él, tratando de sonar firme, aunque la voz le salió en un falsete impropio de un hombre de cincuenta años.
Merche arqueó una ceja. Una sola. Ese era el gesto que precedía al apocalipsis.
— ¿Que no es nuestro? —repitió ella con una calma gélida—. Explícate, Paco. Porque aquí pone que el dinero salió de nuestra cuenta común. Esa cuenta donde yo meto las horas extras del hospital y tú metes… bueno, lo que sea que ganes en esa oficina de suministros industriales donde te pasas el día mirando ofertas de Amazon.
— A ver, Merche, escúchame, que todo tiene una explicación lógica si me dejas terminar la frase —dijo Paco, gesticulando con las manos como si estuviera dirigiendo una orquesta invisible—. Es un tema de inversión. Un tema de… de logística familiar.
— ¿Logística familiar? —Merche se levantó y empezó a caminar por el salón. Cuando Merche caminaba, el suelo temblaba—. Paco, lo he comprobado todo. El piso está a nombre de tu madre. De “la suegra”. De esa mujer que me dice que el arroz me sale pasado y que mi madre no sabía coser botones.
— ¡Es que mi madre no tiene nada a su nombre, Merche! —exclamó Paco, buscando una salida desesperada—. La pobre mujer vive de una pensión que no le da ni para comprarse los yogures esos para el tránsito intestinal. Pensé que sería un bonito detalle que tuviera un sitio donde pasar el verano, aire puro, el mar…
— Exacto —le interrumpió Merche, plantándose frente a él con los brazos en jarras—. Lo pusiste a nombre de ella. Pero lo pagaste con mi dinero. Porque, que yo sepa, los ahorros de la reforma de la cocina, esos que tú decías que se habían “volatilizado” en la bolsa por culpa de la inestabilidad de los mercados, han acabado convertidos en un apartamento en la Costa del Sol con suelo de gres y toldos azules.
Paco se hundió un poco más en el sillón. La imagen de su madre, Doña Virtudes, tomando el sol en una tumbona que él mismo había pagado con el dinero del nuevo horno pirolítico de Merche, le pareció en ese momento la peor decisión de su vida, superando incluso a aquella vez que intentó teñirse las canas él solo y acabó pareciendo un pitufo con ictericia.
— No fue con mala intención, de verdad —balbuceó Paco—. Es que mi madre siempre decía que su sueño era ver el amanecer desde su propio balcón. Y yo, que soy un hijo devoto…
— Tú lo que eres es un caradura de dimensiones astronómicas —sentenció Merche—. Has montado una inmobiliaria paralela a mis espaldas. ¿Y qué pensabas hacer? ¿Llevarme allí de vacaciones y decirme que lo habíamos alquilado por Airbnb? ¿O pensabas que nunca me daría cuenta de que faltan cuarenta mil euros de la cuenta naranja?
— Pensaba devolvértelo poco a poco… —mentió Paco, sin mucha convicción—. Como un préstamo personal sin intereses. Una especie de… de crédito emocional.
Merche soltó una carcajada que no tenía nada de gracia. Era una risa seca, como de madera crujiendo en un incendio.
— ¿Crédito emocional? Paco, tú de lo único que tienes crédito es de tontería acumulada. Ahora mismo te vas a quitar ese batín de playboy de barrio, te vas a poner los pantalones y nos vamos a ir al coche.
— ¿A dónde? —preguntó él, temiendo lo peor.
— ¿A dónde va a ser? A Benalmádena. Quiero ver mi piso. Quiero ver dónde están mis azulejos nuevos de la cocina. Y sobre todo, quiero ver la cara que pone tu madre cuando le diga que su “balcón del amanecer” acaba de cambiar de dueña.
Paco sintió que el mundo se detenía. La idea de meter en el mismo coche a Merche, con el humor que traía, y llevarla directos hacia Doña Virtudes, era lo más parecido a mezclar mentos con Coca-Cola en un espacio cerrado. Pero no tenía opción. El “piso de la playa” acababa de convertirse en el escenario de la batalla definitiva de la Guerra de Sucesión de la familia García.
Parte 2: La ruta de la seda y el rencor
El viaje de Madrid a Málaga en pleno julio es, para cualquier ciudadano medio, un trámite caluroso y pesado. Para Paco, era el corredor de la muerte con paradas en las áreas de servicio de la Autovía del Sur. El Citroën C4 de la familia, que ya tenía sus años y un aire acondicionado que enfriaba lo justo para no morir de un síncope, crujía bajo el peso del silencio sepulcral de Merche.
Merche no había dicho ni una palabra desde que salieron de Despeñaperros. Se limitaba a mirar por la ventanilla los campos de olivos de Jaén con una intensidad que, si Paco hubiera sido un olivo, se habría secado ipso facto. Paco, por su parte, intentaba rebajar la tensión con la estrategia más antigua del mundo: la música y los comentarios irrelevantes sobre el paisaje.
— Fíjate, Merche, qué verde está todo por aquí con la que está cayendo —comentó Paco, forzando una sonrisa que parecía una mueca de dolor—. Y dicen que hay sequía. Pues yo veo las ramas muy lozanas, ¿no crees?
Merche no respondió. Ni un músculo se movió en su cara. Solo se ajustó un poco más el cinturón de seguridad, como si se estuviera preparando para un impacto inminente.
— ¿Quieres que paremos en Valdepeñas a por unos quesos? —insistió Paco—. Sabes que allí tienen esos que te gustan a ti, los que huelen un poco a pies pero saben a gloria bendita. Unas cuñitas para el camino, un poco de picos… ¿eh?
— Paco —dijo ella finalmente, sin apartar la vista de la carretera—. Si vuelves a abrir la boca para hablar de quesos, de olivos o de la temperatura exterior, juro por lo más sagrado que abro la puerta y me tiro en marcha. Y lo peor para ti no será que me muera, sino que sobreviviría para perseguirte por la vía judicial hasta que acabes viviendo en una tienda de campaña en la Casa de Campo.
Paco cerró la boca con tanta fuerza que le castañetearon los dientes. El mensaje había quedado claro. No había tregua. No había queso que pudiera sellar la brecha abierta por un apartamento de sesenta metros cuadrados comprado con alevosía y nocturnidad.
El GPS, con esa voz metálica y despreocupada que tanto irritaba a Paco en los momentos de crisis, anunció: “En quinientos metros, tome la salida hacia Benalmádena Costa”. Paco sintió que el corazón le daba un vuelco. Estaban llegando al epicentro del conflicto.
— Escucha, Merche —se atrevió a decir Paco mientras maniobraba para salir de la autopista—, antes de que lleguemos y se líe la de Dios es Cristo… mi madre no tiene la culpa. Ella cree que… bueno, que yo gané un sorteo.
Merche giró la cabeza lentamente hacia él. Sus ojos eran dos puñales de acero toledano.
— ¿Un sorteo? —preguntó ella, silabeando cada letra—. ¿Me estás diciendo que le has dicho a tu madre que te ha tocado un piso en la playa en una rifa? ¿En qué rifa, Paco? ¿En la del Euromillón de los tontos del haba?
— Pues… le dije que era una promoción de la marca de suministros industriales —balbuceó él—. “Un piso por cada diez mil tuercas vendidas”. Ella se lo creyó, Merche. Sabes que la pobre confía ciegamente en mí.
— Confía ciegamente en ti porque nunca ha tenido que compartir una cuenta corriente contigo —replicó Merche, apretando el bolso contra su regazo—. “Diez mil tuercas”. Eres un genio, Paco. Un genio del mal con el cerebro de un mosquito. ¿Y cómo pensabas justificar que yo no fuera nunca a ese piso?
— Pues… le dije que tenías alergia al yodo —soltó Paco, y en cuanto las palabras salieron de su boca, supo que acababa de cavar su propia tumba un poco más hondo.
— ¿Alergia al yodo? —Merche empezó a reírse, pero era una risa que daba miedo, una risa de villano de película de James Bond—. ¡Si me bebo el agua de mar con pajita si hace falta! ¡Si nací en Alicante, pedazo de animal! ¡Tengo más yodo en la sangre que un anuncio de sal de mesa!
— Ya, ya lo sé… pero ella es de interior, Merche, no entiende de esas cosas. Se lo creyó. Me dijo: “Pobre muchacha, qué desgracia, con lo que me gustaría a mí tomar el café con ella en la terraza”.
— ¡No me extraña! —gritó Merche—. ¡Estará encantada de la vida en su terraza pagada con mi sudor! Aparca, Paco. Aparca antes de que te arrolle con el coche.
Llegaron a la urbanización “Brisa Marina III”. Era un bloque de edificios blancos con toldos azules, tal como Merche había visto en las fotos. Había niños con manguitos corriendo por el portal y un olor intenso a crema solar y espetos de sardinas que venía del chiringuito cercano. Un paraíso para cualquiera, menos para Paco, que sentía que entraba en las Termópilas.
Subieron en el ascensor en un silencio cargado de electricidad estática. Paco buscó las llaves en su bolsillo. Le temblaban tanto las manos que las llaves tintineaban como campanillas de iglesia.
— Abre —ordenó Merche.
Paco giró la llave. Al abrir la puerta, lo primero que les golpeó fue el chorro de aire frío del aire acondicionado puesto a dieciocho grados (otra factura que pagaba Merche, pensó ella con amargura) y el sonido de una copla de Rafael Farina que sonaba a todo volumen.
Allí, en el centro de un salón decorado con una cantidad alarmante de figuritas de flamencos y redes de pesca decorativas, estaba Doña Virtudes. Llevaba un caftán de flores que parecía una selva amazónica y sostenía un abanico con el que se daba aire con un ritmo frenético.
— ¡Ay, mi Paquito! —exclamó la mujer al verlos entrar, aunque su cara cambió ligeramente al ver a Merche detrás—. ¡Y la alérgica! ¡Qué sorpresa más grande!
Doña Virtudes se levantó del sofá con una agilidad sorprendente para su edad y se lanzó a abrazar a su hijo. Merche se quedó en el umbral, observando la escena con los ojos entrecerrados, analizando cada detalle del mobiliario: el sofá nuevo, la televisión de cincuenta pulgadas, el cuadro de un faro que era, sin duda, el colmo del mal gusto.
— Hola, suegra —dijo Merche con una voz que podría congelar el magma—. Qué piso más apañado le ha tocado a Paco en la rifa de las tuercas, ¿verdad?
Doña Virtudes se puso tensa. Miró a Paco, luego a Merche, y volvió a agitar el abanico con más fuerza.
— Pues sí, hija, sí… —dijo la anciana, intentando mantener el tipo—. La suerte, que a veces llama a la puerta de quien menos lo espera. Pero pasa, pasa, no te quedes ahí fuera, que te va a dar un parraque con el calor que hace. ¿Quieres una horchata? La he hecho yo misma, con chufas que me trajo el vecino, un hombre encantador que dice que también le tocaron las tuercas.
Merche entró en el salón y se sentó en el sofá, probando la firmeza de los cojines.
— No, gracias, Virtudes. La horchata me da gases. Y con el gas que tengo acumulado ahora mismo, podría poner en órbita un satélite de la NASA —dijo Merche, mirando fijamente a Paco—. Paco, ¿por qué no le enseñas a tu madre el otro papel que traemos? Ese que no es de la rifa.
Paco sintió que se le aflojaban las esfínteres.
— ¿Qué papel, hijo? —preguntó Doña Virtudes, sentándose en una silla de mimbre que crujió bajo su peso—. ¿Es otro premio? ¿Nos han tocado los tornillos a juego con las tuercas?
— No, mamá… —empezó Paco, buscando aire—. Es un… un tema administrativo. Una nimiedad.
— Una nimiedad —repitió Merche—. Como que el piso está a nombre de una persona que no ha puesto un duro y que el dinero ha salido de los ahorros para la jubilación de esta que está aquí presente. Vamos, lo que en mi pueblo llaman “un feo de los grandes”, Virtudes.
Doña Virtudes cerró el abanico de golpe. El sonido fue como un disparo en la habitación. Miró a su hijo con una expresión que Paco no supo descifrar: ¿era culpa, era sorpresa o era que se le había olvidado apagar el fuego de la cocina?
— Paquito… —dijo la madre con voz queda—. ¿Tú no me dijiste que esto era un regalo de la empresa por tus años de servicio y por aguantar al jefe ese que tienes, que es un tirano?
— Bueno, mamá… en cierto modo… la familia es como una empresa… —intentó explicar Paco, pero la mirada de Merche le cortó la respiración.
— La familia no es una empresa, Paco —sentenció Merche—. Porque en las empresas, cuando alguien roba la caja, acaba en la calle. Y aquí, de momento, lo único que va a acabar en la calle son estas figuritas de flamencos, porque pienso redecorar este sitio de arriba abajo en cuanto tú y tu madre me expliquéis por qué hay un recibo de una cena para dos en “El Campero” de ochenta euros con fecha del jueves pasado en este mismo cajón.
Merche señaló un cajón del mueble de la entrada que estaba ligeramente abierto. Paco miró el techo, deseando que una viga se desprendiera y le dejara inconsciente. La situación en Benalmádena acababa de pasar de “tensa” a “zona de exclusión nuclear”.
Parte 3: El asedio de la suegra
La atmósfera en el salón del apartamento era tan densa que se podría haber cortado con un cuchillo de sierra. Doña Virtudes, que siempre había tenido un talento innato para el drama, se llevó una mano al pecho y empezó a emitir unos gemidos sordos, como si el miocardio estuviera a punto de pedir la jubilación anticipada.
— ¡Ay, la presión! —gimió la anciana—. Que me sube la presión por momentos. Paquito, tráeme el aparato de la tensión, que me da el síncope aquí mismo, en mi salón… bueno, en “su” salón, parece ser.
Merche, que no se dejaba amedrentar por los trucos clásicos del repertorio de su suegra, permaneció impertérrita en el sofá.
— Deje el teatro para la función de Navidad del centro de mayores, Virtudes —dijo Merche, cruzando los brazos—. Que yo soy enfermera y sé perfectamente cuándo alguien tiene un amago de infarto y cuándo alguien está intentando escaquearse de una explicación. Tiene usted un color estupendo, más morena que Julio Iglesias en agosto. Lo que tiene usted es el morro muy largo y la cara muy dura.
— ¡Pero qué me estás contando, mujer de Dios! —saltó Doña Virtudes, recuperando la salud milagrosamente al sentirse atacada—. ¿Que yo tengo la cara dura? ¡Si yo solo he hecho lo que mi hijo me dijo! “Madre, que te he comprao un piso”, me dijo. Y yo, que soy una madre agradecida, ¿qué iba a hacer? ¿Decirle que no? ¿Hacerle un feo a mi único hijo varón?
— ¡Pues podrías haberle preguntado de dónde salía el dinero! —exclamó Merche, levantándose del sofá—. Que Paco gana lo justo para no tener que pedir en la puerta de la iglesia, y de repente aparece con un piso de dos dormitorios y plaza de garaje. ¿Qué pensaba usted? ¿Que lo había ahorrado dejando de fumar? ¡Si no ha fumado en su vida!
Paco, que se sentía como un espectador en un partido de tenis de alta intensidad donde las pelotas eran granadas de mano, intentó intervenir.
— A ver, haya paz… Merche, no le hables así a mi madre. Mamá, no te pongas así con Merche. Al final, lo importante es que estamos todos juntos en la costa, disfrutando del… del microclima.
— ¡Qué microclima ni qué niño muerto! —gritaron las dos mujeres al unísono.
Paco se encogió en su sitio. En ese momento, el timbre de la puerta sonó con una insistencia alegre que contrastaba violentamente con el drama que se vivía en el interior. Doña Virtudes aprovechó la distracción para escaparse hacia la puerta.
— ¡Debe de ser Don Anselmo! —dijo la mujer, intentando sonar natural—. El vecino del 4º B. Me dijo que pasaría a traerme unos higos de su huerta.
Abrió la puerta y entró un hombre de unos setenta años, vestido con una guayabera impecable y unos pantalones de lino que gritaban “tengo una pensión de jubilado de banca”. Llevaba una cesta de higos y una sonrisa de oreja a oreja que se le congeló en cuanto vio la cara de Merche.
— Ah… Virtudes… no sabía que tenías visita —dijo Don Anselmo, retrocediendo un paso—. Pensé que estarías sola, como me dijiste que tu hijo estaba muy ocupado en Madrid con “sus negocios internacionales”.
Merche soltó una risotada sarcástica.
— ¿Negocios internacionales? —preguntó ella, acercándose al recién llegado—. ¿Eso le ha dicho? No, si Paco aquí es el Rockefeller de la ferretería. Pase, Don Anselmo, pase. No se corte. Estamos aquí discutiendo sobre los títulos de propiedad y las rifas de tuercas. ¿A usted también le tocó el piso en una tómbola?
Don Anselmo miró a Doña Virtudes, que le hacía señas desesperadas detrás de la espalda de Merche para que se callara.
— Pues… yo… —balbuceó el hombre—. Virtudes me dijo que el piso era suyo de toda la vida, una herencia de un tío de Cuba…
Paco se tapó la cara con las manos. Las mentiras se estaban apilando como los platos sucios en un piso de estudiantes. Ya no era solo una mentira a su mujer, era una red de falsedades que abarcaba toda la Costa del Sol y parte del Caribe.
— ¿Un tío de Cuba? —Merche se giró hacia Paco—. ¡Pero si el único tío que tienes es el tío Jenaro, que no ha salido de Albacete en su vida y lo más internacional que ha hecho es comerse un kebab en la feria!
— ¡Bueno, Merche, es una forma de hablar! —exclamó Paco, ya desesperado—. Quería que mi madre tuviera un poco de prestigio ante la comunidad. ¿Qué querías que dijera? ¿Que su hijo es un pringado que le ha quitado el dinero a su mujer para ponerle un piso? Pues suena fatal, Merche. Hay que cuidar las formas.
— ¡Lo que hay que cuidar es la cuenta bancaria! —rugió Merche—. Don Anselmo, perdone que le arruine el aperitivo, pero este piso se va a poner en venta mañana mismo. Así que si quiere despedirse de las vistas, este es el momento.
Doña Virtudes soltó un grito de agonía digno de una tragedia griega.
— ¡Venderlo! ¡Mi balcón! ¡Mis atardeceres con Anselmo! —chilló la anciana—. ¡Paquito, no lo permitas! ¡Que me muero de la pena! ¡Que me da el aire y me quedo pajarito!
Don Anselmo, viendo que la situación se tornaba peligrosa para su integridad física y mental, dejó la cesta de higos sobre el mueble y se batió en retirada.
— Yo… creo que me he dejado el gas encendido —dijo el hombre, desapareciendo por el pasillo a una velocidad impropia de su edad.
Merche se plantó en medio del salón, como un general que acaba de tomar una ciudad enemiga.
— Muy bien —dijo con voz calmada, que era mucho más aterradora que sus gritos—. El vecino de los higos se ha ido. El aire acondicionado está a dieciocho grados y yo tengo mucha hambre. Paco, vas a bajar ahora mismo al chiringuito y vas a traer comida para tres. Y mientras tú vas, Virtudes y yo vamos a tener una charla de mujer a mujer. Sin rifas, sin tíos de Cuba y sin tonterías.
Paco miró a su madre, que lo miraba con ojos de “no me dejes sola con esta fiera”. Luego miró a Merche, que señalaba la puerta con un dedo acusador.
— Voy, voy… —dijo Paco, agarrando las llaves y saliendo del piso casi corriendo—. ¡Traeré espetos! ¡A todo el mundo le gustan los espetos!
En cuanto la puerta se cerró tras él, el silencio volvió al apartamento. Merche se sentó frente a su suegra. Doña Virtudes intentó recuperar su abanico, pero Merche se lo quitó de las manos con un movimiento rápido.
— Ahora, Virtudes —empezó Merche—. Cuénteme la verdad. ¿Cuánto dinero le ha pasado Paco aparte de lo del piso? Porque he visto una vajilla de Cartuja en el aparador que no se paga con una pensión de viudedad.
Doña Virtudes tragó saliva. Sabía que su hijo era un buen hombre, pero también sabía que, comparado con Merche, Paco tenía la capacidad de resistencia de un flan de huevo bajo el sol de agosto. La batalla por el apartamento de Benalmádena acababa de entrar en su fase de negociación más cruda.
Parte 4: El desenlace entre espetos y verdades
Paco tardó cuarenta y cinco minutos en volver del chiringuito. No porque hubiera mucha cola, sino porque se había quedado diez minutos apoyado en una palmera intentando hiperventilar de forma controlada. Sabía que al volver podía encontrarse cualquier cosa: desde un pacto de sangre entre las dos mujeres de su vida hasta un escenario de crimen pasional con restos de vajilla de la Cartuja por el suelo.
Cuando finalmente entró en el piso, cargado con bandejas de aluminio que olían a pescado frito y ensalada de pimientos, se quedó de piedra. El televisor estaba encendido en un canal de cotilleos, y Merche y Doña Virtudes estaban sentadas en la terraza, compartiendo una botella de vino blanco frío que él no sabía que existía.
— Ah, ya estás aquí, Paquito —dijo Doña Virtudes, con un tono de voz sospechosamente alegre—. Tarda más que el correo, este muchacho. Trae, trae eso aquí, que tengo una gazuza que me comería un caballo.
Paco dejó las bandejas sobre la mesa de la terraza. Miró a Merche, buscando una señal. Merche bebió un sorbo de vino y le dedicó una sonrisa enigmática.
— Siéntate, Paco —dijo Merche—. Tu madre y yo hemos estado hablando. Mucho.
Paco se sentó, sintiendo que la silla de mimbre era ahora un trono de espinas.
— ¿Ah sí? —balbuceó él—. ¿Y… habéis llegado a alguna conclusión sobre… el tema de las tuercas?
Merche dejó la copa sobre la mesa.
— Hemos llegado a la conclusión de que eres un mentiroso patológico, pero que tienes un corazón que no te cabe en el pecho, aunque sea un corazón un poco chapucero —sentenció ella—. Tu madre me ha contado que tú le dijiste que habías ahorrado ese dinero durante diez años haciendo trabajos extras los fines de semana. Que le dijiste que yo estaba “al tanto de todo” y que el piso era una sorpresa para las dos.
Paco miró a su madre. La anciana se concentraba en pelar un espeto con una intensidad sospechosa.
— ¡Es que era verdad, Merche! —saltó Paco—. Bueno, lo de los diez años fue una exageración lírica, pero sí que hice cosas extra… ¿te acuerdas de cuando dije que me iba a jugar al pádel los sábados? Pues me iba a arreglar calderas a domicilio.
Merche arqueó una ceja.
— ¿Arreglar calderas? Paco, tú no sabes cambiar ni la bombilla del extractor de la cocina sin llamar al seguro.
— Aprendí con tutoriales de YouTube, Merche —confesó él, hundiendo los hombros—. Ganaba unos dineros… pero no los suficientes. Así que sí, cogí el resto de la cuenta común. Pero pensaba reponerlo, te lo juro. En cuanto terminara de pagar la derrama del ascensor de mamá…
Merche suspiró. Se hizo un silencio largo, solo roto por el sonido de las olas rompiendo contra la orilla a lo lejos y el masticar de Doña Virtudes, que parecía ajena a todo lo que no fuera su sardina.
— Mira, Paco —dijo Merche finalmente—. El piso no se va a vender.
Paco levantó la cabeza de golpe. Sus ojos brillaron como si acabara de ganar la lotería (una de verdad, no la de las tuercas).
— ¿De verdad? ¡Merche, eres una santa! ¡Sabía que lo entenderías!
— ¡Cállate y déjame terminar! —le cortó ella—. No se va a vender porque me gusta. Me gustan las vistas, me gusta la piscina y me gusta tener un sitio donde escapar de ti cuando te pongas insoportable. Pero el piso va a cambiar de nombre. Mañana mismo vamos al notario y lo ponemos al cincuenta por ciento a nombre mío y tuyo. Y a tu madre le vamos a dar el derecho de usufructo mientras se comporte.
Doña Virtudes dejó la sardina en el plato.
— ¿Usufructo? ¿Eso qué es? ¿Suena a insulto? —preguntó la anciana con recelo.
— Significa, Virtudes —explicó Merche con paciencia de maestra—, que usted puede vivir aquí todo el tiempo que quiera, pero que la dueña del cotarro soy yo. Y eso significa que los flamencos de porcelana se van a la basura, que el aire acondicionado no se pone por debajo de los veinticuatro grados y que Don Anselmo no vuelve a pisar este salón si no trae una caja de gambas de las buenas en lugar de higos de su huerta.
Doña Virtudes miró a Merche, luego miró el apartamento, y finalmente miró a su hijo.
— Pues… me parece un trato justo —dijo la mujer, recuperando su abanico y dándose aire con parsimonia—. Al fin y al cabo, a Anselmo le sientan mal los higos, siempre dice que le repiten.
Paco soltó un suspiro de alivio tan grande que casi apaga las velas de la mesa de al lado.
— Gracias, Merche. De verdad. Te prometo que no volveré a ocultarte nada. Ni un céntimo, ni un piso, ni una tuerca.
— Más te vale, Paco —dijo Merche, cogiendo un espeto—. Porque como me entere de que tienes un garaje en Torrevieja o un cortijo en Sevilla, lo siguiente que vas a comprar es un ataúd de pino, y ese sí que lo vas a pagar íntegramente con tu dinero.
Paco rió, esta vez de verdad, y se sirvió una copa de vino. La tensión que se había acumulado desde Madrid se disolvió en el aire salado de la noche malagueña. Doña Virtudes empezó a contarle a Merche los chismes del bloque, sobre cómo la del tercero se había fugado con el socorrista y cómo el presidente de la comunidad quería prohibir las barbacoas en los balcones.
Merche escuchaba con una sonrisa, corrigiendo de vez en cuando a su suegra con datos médicos sobre la dieta de Don Anselmo. Paco las observaba, sintiéndose el hombre más afortunado del mundo. Había sobrevivido al apocalipsis doméstico más grande de su historia personal.
— Oye, Paco —dijo Merche de repente, mientras pelaba una gamba—. Ahora que lo pienso… si hacías trabajos extra arreglando calderas… ¿por qué la nuestra sigue goteando desde marzo?
Paco se quedó congelado con la copa a medio camino de la boca.
— Pues… verás, Merche… es que en casa del herrero, cuchillo de palo… es un tema de fatiga laboral…
— ¡Cómete el pescado y cállate, Paco! —exclamó Merche, dándole un golpecito cariñoso en el brazo—. Mañana mismo, después del notario, me arreglas la caldera. Y como me encuentre una tuerca de más, ya sabes lo que hay.
El sol terminó de ocultarse tras el horizonte, tiñendo el cielo de un color rosado que hacía que incluso los flamencos de porcelana de Doña Virtudes parecieran bonitos. En el “Piso de la Playa”, la paz había vuelto, aunque fuera bajo el régimen de una nueva y estricta administración. Y Paco, por primera vez en meses, durmió profundamente, soñando que el tío de Cuba existía de verdad y que le dejaba en herencia una gasolinera en Tenerife. Pero eso, mejor, no se lo diría a Merche. Por si las moscas.