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El extracto de la discordia

Parte 1: El extracto de la discordia

Aquella mañana de sábado en Madrid no prometía grandes gestas. El calor de julio empezaba a filtrarse por las rendijas de las persianas de aluminio con ese zumbido silencioso que precede a las siestas de tres horas y al asfalto derretido. Paco, envuelto en un batín de seda que le quedaba ligeramente corto y que él consideraba el colmo de la sofisticación europea, se peleaba con la cafetera italiana. La cafetera, fiel a su naturaleza terca, emitía un estertor agónico, pero no soltaba ni una gota de cafeína.

— ¡Venga, hija mía, que no tengo todo el día! —rezongó Paco, dándole un golpecito al metal—. Que parece que te han jubilado antes de tiempo.

En el salón, el silencio era absoluto, lo cual, tras quince años de matrimonio con Merche, no solía ser una señal de paz espiritual, sino más bien el preludio de una tormenta de categoría cinco en la escala de Richter. Merche no era una mujer de gritos inmediatos; ella era una estratega del silencio, una coleccionista de pruebas que prefería esperar a tener el “póker de ases” antes de cantar el órdago.

Paco finalmente logró que el café brotara y, con una taza humeante en la mano y una tostada con aceite que goteaba peligrosamente sobre la alfombra, entró en el salón. Allí estaba ella. Sentada en el sofá de cuero sintético, con las gafas de leer en la punta de la nariz y una montaña de papeles que Paco reconoció al instante con un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. Eran los extractos bancarios. Los de la cuenta “B”. Esa que él juraba haber camuflado bajo el epígrafe de “Gastos de mantenimiento de la comunidad de vecinos de la tía abuela Segunda”. El problema era que la tía Segunda llevaba muerta desde el Mundial de Naranjito.

Merche levantó la vista. No había furia en sus ojos, solo una curiosidad científica, como la de un entomólogo que observa a un escarabajo pelotero tratando de esconder una bola especialmente grande.

— Paco, acércate —dijo ella con una suavidad que ponía los pelos de punta—. Deja la tostada en el plato, que vas a poner la alfombra que va a parecer un churrería de feria.

Paco obedeció mecánicamente. Se sentó en el sillón de orejas, sintiendo que el batín de seda era ahora una túnica de condenado a muerte.

— Dime una cosa, Paco, que yo sé que tú eres un hombre de mundo. ¿Desde cuándo las comunidades de vecinos en Madrid cobran trescientos euros al mes por el concepto de “IBI Benalmádena”? —preguntó Merche, deslizando un papel sobre la mesa baja con la elegancia de un crupier de casino.

Paco tragó saliva. El café le supo a ceniza. Intentó poner esa cara de “no sé de qué me hablas” que tan malos resultados le había dado en el pasado, como aquella vez que negó haberse comido el jamón de bellota que Merche guardaba para la cena de Navidad a pesar de tener un trozo de grasa colgando de la comisura.

— ¿Benalmádena? —repitió Paco, alargando la última vocal como si estuviera buscando el nombre en un mapa mental de Mongolia—. Ah, Benalmádena. Sí. Pues… debe de ser un error del banco, Merche. Ya sabes cómo está el BBVA desde la fusión, que te cobran una comisión por respirar y te ponen los recibos de un señor de Cuenca en tu cuenta como quien no quiere la cosa.

— No es un error del banco, Paco —replicó ella, cruzando las piernas y apoyando el mentón en la mano—. Porque resulta que, llevada por una curiosidad casi mística, llamé al Registro de la Propiedad. Y mira tú por dónde, existe un inmueble. Un “piso de recreo”, lo llaman. Sesenta metros cuadrados, vistas al mar, terraza acristalada y piscina comunitaria que, según las fotos de idealista, es una maravilla.

El silencio volvió a caer sobre el salón, roto solo por el lejano sonido de un vecino haciendo taladros, porque en España siempre hay un vecino haciendo taladros en sábado. Paco sintió que el sudor empezaba a empaparle el batín.

— Nunca me dijiste que teníamos un piso en la playa —soltó Merche finalmente, con una puntería quirúrgica.

Paco cerró los ojos un segundo. Era el momento. Podía intentar huir por la ventana, pero vivían en un cuarto y sus rodillas no estaban para parkour. Podía fingir un desmayo, pero Merche ya conocía ese truco desde la final de la Champions de 2014. Así que optó por la verdad, o al menos por una de sus versiones más peligrosas.

— No es nuestro —soltó él, tratando de sonar firme, aunque la voz le salió en un falsete impropio de un hombre de cincuenta años.

Merche arqueó una ceja. Una sola. Ese era el gesto que precedía al apocalipsis.

— ¿Que no es nuestro? —repitió ella con una calma gélida—. Explícate, Paco. Porque aquí pone que el dinero salió de nuestra cuenta común. Esa cuenta donde yo meto las horas extras del hospital y tú metes… bueno, lo que sea que ganes en esa oficina de suministros industriales donde te pasas el día mirando ofertas de Amazon.

— A ver, Merche, escúchame, que todo tiene una explicación lógica si me dejas terminar la frase —dijo Paco, gesticulando con las manos como si estuviera dirigiendo una orquesta invisible—. Es un tema de inversión. Un tema de… de logística familiar.

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