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Buscó a su esposa durante dos años… pero lo que pasó puede ayudarte a entender el momento de soltar

 Julia entró al auto, encendió el motor y salió de la entrada sin mirar atrás. Guillermo volvió a la estufa, revolvió los huevos y llamó a Anita para que bajara a desayunar. La niña apareció en pijama con el cabello despeinado y los ojos todavía pequeños de sueño. Ya se fue, mami, preguntó mientras se sentaba en la silla. Sí, mi amor, ya se fue.

 ¿Va a volver temprano? No sé, Anita, depende del trabajo. La niña asintió y comenzó a comer despacio con esa manera distraída que tienen los niños de 3 años cuando todavía están despertando. Guillermo le sirvió jugo, le limpió la boca con una servilleta y revisó el reloj. Tenía que salir en 20 minutos. dejó a Anita con su madre como todos los días y se fue a trabajar sin pensar en nada fuera de lo común, porque no había nada fuera de lo común. Todavía no.

 La rutina de ese día fue exactamente como cualquier otro. Guillermo llegó al taller a las 8:30, revisó las órdenes de trabajo, reparó una bomba hidráulica, ajustó un motor que llevaba días dando problemas. A mediodía comió solo en la cafetería de la esquina un sándwich de jamón, un refresco, nada memorable.

 No llamó a Julia. Ella tampoco lo llamó. No era necesario. Se verían en la noche. Regresó al taller, terminó dos trabajos más y salió a las 5:30. Pasó por su madre para recoger a Anita y la niña subió al auto con una sonrisa cargando un dibujo que había hecho esa tarde. Un sol amarillo, una casa, tres personas tomadas de la mano.

 ¿Te gustó el día con la abuela? Preguntó Guillermo mientras manejaba. Sí, hicimos galletas. ¿Guardaste una para mami? Sí, está en mi mochila. Guillermo sonrió. condujo despacio por las calles del pueblo, viendo cómo la tarde se iba apagando detrás de las montañas. Cuando llegaron a la casa, el auto de Julia no estaba en la entrada.

 No le pareció extraño. A veces ella salía tarde, a veces había tráfico, a veces se quedaba terminando algo en la oficina. Entraron a la casa. Guillermo encendió las luces, dejó las llaves sobre la mesa y puso música baja mientras preparaba la cena. Anita se sentó en el suelo de la sala con sus crayones y comenzó a dibujar de nuevo.

 Todo estaba en su lugar, todo estaba tranquilo. Guillermo cocinó pasta, puso la mesa, sirvió dos platos, uno para él, otro para Anita, dejó el tercer plato cubierto para cuando Julia llegara. Cenaron juntos frente a la televisión. Anita comió despacio, preguntando de vez en cuando por su madre y Guillermo respondía con calma, sin preocupación real.

 Después de cenar, bañó a la niña, le puso el pijama y la llevó a su cuarto. Le leyó un cuento corto. Anita se quedó dormida antes de que terminara. Guillermo salió del cuarto, cerró la puerta con cuidado y regresó a la sala. El reloj marcaba las 9:30. Julia no había llegado, tampoco había llamado. Guillermo tomó su teléfono, le marcó.

 El tono sonó una vez, dos veces, tres, cuatro. Buzón de voz, dejó el teléfono sobre la mesa y esperó. Tal vez estaba manejando. Tal vez la batería se había descargado. Tal vez hubo una reunión de último momento. Encendió la televisión, cambió de canal sin ver realmente nada y esperó. 10 de la noche, 10:30 11 Volvió a marcar buzón de voz otra vez. Esta vez dejó un mensaje.

 Julia, soy yo. ¿Dónde estás? Llámame cuando escuches esto. Su voz sonaba tranquila, pero algo en su pecho había comenzado a moverse,  algo pequeño, algo que todavía no tenía forma. Se levantó del sofá y caminó hacia la ventana. La calle estaba vacía. Las luces de las casas vecinas ya se habían apagado.

 Todo el pueblo  dormía. Guillermo miró hacia la entrada esperando ver los faros del auto de Julia apareciendo en cualquier momento. No aparecieron. Regresó al sofá, tomó el teléfono de nuevo, marcó al trabajo de Julia. Nadie contestó. Era tarde. La oficina estaba cerrada. Marcó a su suegra. Doña Beatriz. Soy Guillermo. Disculpe la hora.

 Julia está  con usted, Julia. No, hijo. ¿Por qué no ha llegado a casa? Pensé que tal vez no ha llegado. ¿A qué hora salió del trabajo? No lo sé. No he hablado con ella desde esta mañana. Hubo un silencio del otro lado. Un silencio que duró demasiado. Debe estar en camino, Guillermo. Tal vez hubo tráfico. Sí, tal vez.

Llámame si no llegas. Sí, sí, gracias. Colgó. La casa estaba en silencio.  El plato de Julia seguía cubierto en la mesa. Las luces del pasillo seguían encendidas. Anita dormía tranquila en su cuarto y Guillermo seguía sentado en el sofá con el teléfono en la mano esperando. Medianoche, una de la madrugada, dos, ya no era espera, era algo más.

 Se levantó, caminó hacia el cuarto de Anita, abrió la puerta con cuidado y la miró dormir. Su hija respiraba suave, ajena a todo, con el dibujo del sol amarillo todavía en su mesita de noche. Guillermo cerró la puerta y regresó a la sala. Tomó las llaves del auto, salió de  la casa, condujo por las calles vacías del pueblo buscando algo que no sabía que era.

 Pasó por la ruta que Julia tomaba para ir al trabajo. Revisó las esquinas, las gasolineras, el estacionamiento de su oficina. Nada. regresó a casa a las 3 de la madrugada,  entró, cerró la puerta, se sentó en el sofá y por primera vez en todo el día algo dentro de él se rompió. No lloró, no gritó, simplemente se quedó ahí en la oscuridad mirando la puerta, esperando que se abriera, esperando que Julia entrara con una explicación, con una disculpa, con una sonrisa cansada, pero la puerta no se abrió.

 Y cuando el sol comenzó a salir por la ventana, Guillermo supo que algo  terrible había pasado, algo que no tenía nombre todavía, algo que apenas estaba comenzando. Se levantó del sofá, caminó hacia el teléfono  y marcó un número que nunca pensó que tendría que marcar. Policía municipal, ¿en qué podemos ayudarle? Guillermo respiró hondo. Quiero reportar una desaparición.

La voz del otro lado hizo una pausa. Nombre de la persona desaparecida, Julia Mendoza de Salazar. Mi esposa salió ayer por la mañana y no ha vuelto. ¿Cuántas horas han pasado? Casi  24. Entendido. Vamos a necesitar que venga a la estación para llenar un reporte. Voy para allá. Colgó.

 Subió al cuarto de Anita.  La niña seguía dormida. Guillermo se quedó en la puerta mirándola, sabiendo que cuando despertara  tendría que decirle algo, pero todavía no sabía qué, porque todavía no entendía lo que estaba pasando. Solo sabía que Julia había salido y que no había vuelto y que el mundo, de alguna manera que no podía explicar, ya no era el mismo.

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