Mi familia PERDIÓ SU CASA en Bilbao y mi “hermano” de toda la vida COMPRÓ LA PROPIEDAD en secreto para lucrarse
PARTE 1: El naufragio en la ría y las lágrimas de cocodrilo con sabor a tortilla
Si alguna vez has estado en Bilbao en pleno noviembre, sabes que la lluvia no cae, sino que te envuelve. Es un sirimiri constante, una niebla húmeda que se te mete en los huesos y te cala hasta el alma. Pues bien, el día que perdimos la casa, el cielo de Bilbao decidió que el sirimiri no era suficiente y nos regaló un diluvio universal. Parecía que hasta el botxo estaba llorando la puta ruina de mi familia.
La casa. Mi casa. Un piso inmenso de techos altos en pleno barrio de Indautxu, con molduras de escayola que mi abuelo había repasado a mano, suelos de pino de tea que crujían con la melodía exacta de mi infancia y unos ventanales desde donde, si te asomabas con cuidado y te partías un poco el cuello, podías intuir la plaza Campuzano. Esa casa no era solo un montón de ladrillos caros; era el museo de la familia Etxebarria. Allí había muerto mi abuela, allí había celebrado mi padre las victorias del Athletic hasta quedarse afónico, y allí me había roto yo la crisma contra el radiador del pasillo cuando tenía seis años.
Pero los negocios son los negocios, y la ferretería de mi padre, “Ferretería Industrial Etxebarria”, no pudo sobrevivir a la crisis, a las grandes superficies y a la cabezonería de un hombre de sesenta años que se negaba a vender tornillos por internet porque “eso del Amazon es una estafa para vagos”. Las deudas empezaron a asomar la patita por debajo de la puerta, luego entraron hasta la cocina, se sentaron en el sofá y, finalmente, invitaron al banco a pasar. Kutxabank no tiene sentimientos, chaval. Kutxabank solo ve números rojos. Y los nuestros sangraban a borbotones.
El proceso de ejecución hipotecaria es una tortura lenta, como que te vayan arrancando las muelas sin anestesia, una a una, mientras un tipo de traje te lee el BOE. Y durante todo ese calvario, ¿quién estuvo a mi lado? Julen.
Julen no era mi amigo; era mi hermano. Literalmente, nos habíamos criado juntos. Su madre y la mía eran de la misma cuadrilla desde los tiempos de Maricastaña. Julen y yo habíamos compartido bocadillos de Nocilla, las primeras borracheras con kalimotxo peleón en las fiestas de Aste Nagusia, y hasta los primeros desengaños amorosos llorando en las escaleras de Begoña. Julen era de la familia. Entraba en mi casa sin llamar, abría la nevera, se comía las sobras del marmitako de mi madre y se tumbaba en mi cama a leer mis cómics.
El día del desahucio oficial, el día que teníamos que entregar las llaves y sacar las últimas cajas de cartón, Julen apareció a las ocho de la mañana. Llevaba el pelo empapado por la lluvia, una cara de funeral que ni en un velatorio de pueblo, y una tortilla de patatas gigante del Bar Txiriboga bajo el brazo.
—Joder, Aitor, qué putada, macho. Qué puta barbaridad —me dijo nada más entrar, dándome un abrazo de esos que te crujen las costillas. Olía a tabaco rubio y a colonia cara. Julen siempre iba hecho un pincel, siempre metido en “proyectos” y “startups” que nadie entendía muy bien, pero que le daban para pagarse sus caprichos.
Mi madre, Amaia, estaba en el salón, envuelta en un chal, llorando a moco tendido mientras envolvía una sopera de porcelana espantosa que le había regalado su tía Pili. Al ver a Julen, mi madre se derrumbó por completo.
—¡Ay, mi Julen, mi niño! —gimoteó mi madre, soltando el papel de burbujas y abrazándose a él—. ¡Que nos echan a la calle, Julen! ¡Que nos quitan la casa de los abuelos! ¿Tú te crees que hay derecho a esto? Toda la vida trabajando como mulas en la ferretería para que ahora vengan unos encorbatados y nos tiren como a perros.
—Amaia, por Dios, no diga eso, que me rompe el corazón, se lo juro —decía Julen, y juro por mi vida que le vi los ojos cristalizados. Le acariciaba la espalda a mi madre con una ternura que me puso un nudo en la garganta—. Esto es una injusticia monumental. Los bancos son unos buitres, unos hijos de la gran puta. Pero ustedes no se preocupen, que de esta salimos. Aitor y yo somos jóvenes, vamos a tirar del carro. Lo que necesiten, Amaia, lo que sea. Mi casa es su casa.
Mi padre, un hombre de pocas palabras y menos lágrimas, estaba desmontando la lámpara del comedor con una llave inglesa, fingiendo que no escuchaba nada, pero yo veía cómo le temblaba el pulso. Julen se acercó a él, le puso una mano en el hombro y soltó un suspiro profundo.
—Iñaki, jefe, mucho ánimo. El ladrillo va y viene, pero la familia es lo que queda —sentenció Julen, con voz de poeta trágico.
Ese día, Julen cargó cajas hasta destrozarse la espalda. Sudó la gota gorda bajando el sofá de cuero por las escaleras porque no cabía en el ascensor. Se manchó su camisa de marca con el polvo de cincuenta años que se escondía detrás de la librería de caoba. Y cuando por fin cerramos la puerta por última vez, cuando el cerrajero del banco cambió el bombín con un sonido seco y definitivo que me partió el alma en dos, Julen me agarró por el cuello, me pegó a su frente y me dijo:
—Hermano, me cago en la leche, te juro que esto no se queda así. El mundo es de los fuertes, y nosotros vamos a resurgir. Llora lo que tengas que llorar hoy, pero mañana a comerse el mundo. Yo no te voy a dejar caer, Aitor. Te lo juro por lo más sagrado.
Yo asentí, tragándome las lágrimas, sintiendo una gratitud inmensa. Pensé: “He perdido mi casa, mi patrimonio, mi historia… pero joder, qué suerte tengo de tener un amigo como este”. Qué ciego, qué gilipollas y qué ingenuo fui. Si hubiera sabido lo que se estaba cociendo detrás de esa fachada de solidaridad inquebrantable, en lugar de abrazarle, le habría tirado por el hueco del ascensor.
PARTE 2: El zulo con olor a coliflor y el fantasma de los negocios turbios
Nos mudamos a Txurdinaga. Para los que no conozcan Bilbao, pasar de un piso señorial en Indautxu a un bloque de los años setenta en Txurdinaga es como pasar de cenar en el Arzak a lamer la tapa de un yogur caducado. El piso era un bajo oscuro, estrecho, con gotelé en las paredes hasta en el baño, y un vecino en el primero que, por lo visto, hervía coliflor todos los putos días de la semana a las ocho de la mañana. Mi padre se pasaba los días sentado en una butaca de escay que habíamos logrado rescatar, mirando la televisión apagada. Mi madre intentaba darle calor de hogar al zulo poniendo tapetes de ganchillo sobre radiadores oxidados, pero la tristeza flotaba en el ambiente como el polvo en suspensión.
Fueron meses durísimos. Yo enganché un curro de media jornada en un almacén de logística en Trapagaran, cargando palés de sol a sol para poder ayudar en casa y pagar la miseria de alquiler que nos ahogaba. El cansancio físico me ayudaba a no pensar, a no recordar la textura del suelo de pino de mi antigua habitación, ni la luz que entraba por el ventanal a las cuatro de la tarde.
Y de repente, Julen desapareció.
No fue algo abrupto, de un día para otro. Fue un desvanecimiento gradual, como el humo de un cigarro malo. Al principio, me decía que estaba “hasta arriba de curro”. Luego, cuando le proponía tomar unos pintxos el viernes por Ledesma, me ponía excusas rarísimas: que si tenía una reunión con unos inversores de Madrid, que si estaba cerrando una ronda de financiación para una aplicación de móviles que nadie entendía…
—Macho, estás desaparecido en combate —le dije un día por teléfono, apoyado en la pared desconchada de la cocina mientras mi madre freía unas croquetas congeladas que sabían a cartón.
—Ya lo sé, hermano, joder, perdóname de verdad. Es que estoy metido en un lío monumental. Un proyecto gordo, muy gordo. Si sale bien, Aitor, si sale bien, te prometo que nos forramos. Te saco de ese agujero de Txurdinaga, te lo juro.
—Que no necesito que me saques de ningún lado, cabezón, solo quiero tomarme una puta cerveza con mi mejor amigo, que hace un mes que no te veo el pelo.
—La semana que viene, sin falta. Invito yo a chuletón. Tengo que colgar, que me entra una llamada del abogado. ¡Un abrazo fuerte a tus aitas!
Y colgó. Me quedé mirando el móvil con cara de idiota. Había algo en su tono, una urgencia artificial, una euforia nerviosa que no me cuadraba.
La semilla de la mosca detrás de la oreja me la plantó Iñaki, “El Bocas”. Iñaki es de esos tipos que hay en todas las cuadrillas: un chismoso profesional, el Ministerio del Interior del barrio, el tío que sabe quién se acuesta con quién, quién debe dinero y quién se ha puesto pelo en Turquía antes incluso de que compren el billete de avión.
Me lo crucé un sábado lluvioso en la Plaza Nueva. Yo estaba intentando ahogar mis penas en un marianito con aceituna, y él apareció de la nada, con su paraguas enorme y su gabardina de inspector Gadget.
—¡Hombre, Aitor! ¿Qué pasa, fiera? ¿Cómo van las cosas por el nuevo barrio? —me espetó, dándome palmadas en la espalda que casi me tiran el vaso.
—Tirando, Iñaki, tirando. No nos podemos quejar, porque si nos quejamos nos deprimimos más.
—Ya, ya… Oye, menuda jugada la de la casa, ¿eh? Una pena, de verdad. Pero bueno, parece que al menos se queda en buenas manos, ¿no?
Dejé el vaso en la barra de golpe. El marianito salpicó un poco. Le miré fijamente, frunciendo el ceño.
—¿En buenas manos? ¿De qué me hablas, Iñaki? El piso se lo quedó Kutxabank. Supongo que lo sacarán a subasta o se lo venderán a algún fondo buitre para hacer oficinas. No tengo ni idea, ni quiero saberlo, la verdad. Suficiente tortura es haberlo perdido.
Iñaki puso cara de póker, luego miró a los lados, como si estuviera a punto de revelarme un secreto de Estado, y se bajó el cuello de la gabardina.
—Hostia, Aitor… yo creía que lo sabías. Como sois uña y carne…
—¿Saber el qué, Iñaki? Habla en cristiano que no estoy para acertijos.
—Pues que Julen lleva semanas por ahí. Le vi el otro día con Borja, el de Inmobiliaria Galdakao. Ese tío es un tiburón, un cómplice de los bancos de la peor especie, un comisionista que se lleva los chollos antes de que salgan al público. Estaban los dos en el portal de tu antigua casa, en Indautxu. Julen estaba señalando la fachada, riéndose a carcajadas, dándole palmadas en la espalda al buitre ese de Borja. Parecía el puto amo del cortijo, Aitor. Yo pensé que, como le va tan bien, a lo mejor te estaba ayudando a recuperarla o algo así… ¿No te ha dicho nada?
El estómago se me encogió de golpe. Fue como si me hubieran metido un bloque de hielo en las tripas. Una cosa es que el banco te quite la casa. Eso es frío, es el sistema, es el capitalismo salvaje triturando a una familia. Pero que tu “hermano”, el tío que lloró con tu madre, el que te prometió lealtad eterna, esté rondando el cadáver de tu familia con un carroñero profesional… eso es otra liga.
—No. No me ha dicho nada —murmuré, sintiendo cómo la sangre me empezaba a hervir en las sienes.
—Bueno, oye, igual no es nada… igual le ha salido un cliente y solo estaba tasando, ya sabes cómo es Julen, siempre metido en fregaos… —Iñaki, dándose cuenta de que había soltado una bomba nuclear, intentó recoger carrete, pero ya era tarde.
—Sí. Ya sé cómo es Julen. Me voy, Iñaki. Tengo cosas que hacer.
Salí de la Plaza Nueva lloviendo a mares y no abrí ni el paraguas. De repente, todas las ausencias, las excusas, el “proyecto monumental”, la euforia telefónica… todo empezó a encajar en mi cabeza como un puzzle macabro. Necesitaba pruebas. Necesitaba saber hasta qué punto mi mejor amigo era, en realidad, el mayor hijo de puta que había pisado la margen izquierda del Nervión.
PARTE 3: La pillada monumental y el “pelotazo” del siglo
La obsesión es una enfermedad que te consume despacio. Durante los siguientes tres días, no dormí, no comí bien, y en el curro del almacén casi me cae un palé de cajas de sidra encima por estar en la inopia. Decidí que no iba a preguntarle nada a Julen. Si lo hacía, se inventaría alguna película digna de Hollywood, me daría una palmadita en la espalda y me tomaría por loco. No, yo necesitaba cazarle con las manos en la masa.
Pedí un martes libre en el trabajo. Me levanté a las seis de la mañana, me puse una gorra vieja del Athletic que no solía usar para taparme un poco la cara, un anorak grueso, y cogí el metro hasta Indautxu. El corazón me latía tan fuerte que pensaba que los demás pasajeros podían escucharlo.
Me aposté en el “Café Iruña” de la esquina, el mismo donde mi padre solía tomar su cortado leyendo El Correo todos los santos días. Desde la mesa junto al ventanal tenía una vista perfecta del portal de mi antigua casa. Pedí un café. Luego otro. Luego una tostada que se quedó fría y dura como una piedra. Las horas pasaban. Las viejecitas del barrio iban a comprar el pan, los chavales iban al instituto, los repartidores dejaban paquetes. La normalidad de la vida seguía su curso, ignorando por completo el drama shakesperiano que se estaba cociendo en mi cabeza.
A las once y media de la mañana, bingo.
Un Audi Q5 negro, reluciente, aparcó en doble fila, con esa impunidad que da tener dinero o creer que lo tienes. De la puerta del conductor bajó Julen. Llevaba unos chinos impecables, unos mocasines sin calcetines (en Bilbao, en noviembre, hay que ser gilipollas o muy pijo para ir así) y un chaquetón azul marino que costaba lo que mi familia ganaba en tres meses. Del asiento del copiloto bajó Borja, el agente inmobiliario. Iñaki no exageraba: el tipo parecía un cruce entre un mafioso de película de serie B y un vendedor de crecepelo, con el pelo engominado echado hacia atrás y un traje gris brillante que ofendía a la vista.
Salí del café como un resorte, dejando un billete de cinco euros sobre la mesa. Crucé la calle esquivando un autobús de Bilbobus que casi me hace puré, y me pegué a la pared del edificio contiguo, oculto en el hueco de un portal, viendo cómo los dos se acercaban a mi antigua puerta.
Julen sacó un manojo de llaves. Llaves. Mi casa. Abrió el portal de caoba con la naturalidad de quien lleva viviendo allí toda la vida. Entraron y la puerta pesada se cerró con su clásico chirrido y un clic sonoro.
Esperé diez segundos, contando mentalmente. Uno, dos, tres… Joder, la rabia era un fuego ácido en el pecho. Me acerqué al portal. Obviamente estaba cerrado. Pero entonces recordé el truco. El puto truco que le enseñé a Julen cuando teníamos doce años: si metías una tarjeta rígida por la ranura del resbalón antiguo y empujabas con la cadera, la puerta cedía. Saqué mi tarjeta del Eroski, la deslicé temblando, empujé con fuerza y, ¡zas!, la puerta se abrió.
El portal olía a cera y a humedad, el mismo olor de toda mi vida. Subí las escaleras de mármol de puntillas, saltándome el tercer escalón porque sabía que crujía. Llegué al primer piso. La puerta del “Primero Izquierda”, mi antigua puerta, estaba entreabierta. La habían dejado así, seguramente porque esperaban a los obreros o a los pintores.
Me pegué al quicio de la puerta, conteniendo la respiración hasta marearme. Podía oír sus pasos resonando en el pasillo, sobre la madera que mi abuelo había cuidado con tanto mimo. El piso estaba vacío de muebles, lo que hacía que sus voces resonaran con un eco espantoso y claro.
Estaban en lo que solía ser el salón, justo al otro lado del tabique donde yo estaba apoyado.
—…y aquí, Borja, aquí tiramos este tabique entero —era la voz de Julen, sonaba emocionada, prepotente, como un dictador rediseñando su nuevo palacio—. Unimos el salón con la cocina. Concepto abierto, tipo loft americano. A los guiris que vengan de Airbnb esto les vuelve locos. Suelo radiante, una isla de mármol en el medio, y a tomar por saco las molduras estas rancias de escayola. Las quitamos todas.
—Tranquilo, máquina, que esto va a quedar de revista —respondió Borja, con una risa grasienta—. Oye, hay que reconocer que la jugada te ha salido redonda. Magistral, Julen, magistral.
—Ya te digo. —Julen chasqueó la lengua, con esa suficiencia que me daba ganas de vomitar—. Ha sido el pelotazo de mi vida, Borja. Llevaba meses detrás de esto.
—Pero confiesa, cabrón… tú sabías que esta gente se iba a la ruina, ¿eh? Porque apretaste al del banco en el momento exacto, justo cuando estaban tramitando el desahucio. Si esperas a que salga en la cartera pública de inmuebles del banco, esto vuela y nos pisan la puja.
El silencio que siguió a esa pregunta fue el más largo de mi vida. Esperé, casi rezando a un Dios en el que no creo, para que Julen dijera algo que lo salvara. Que dijera que fue una casualidad, que fue una oportunidad de última hora.
Pero entonces, Julen soltó una carcajada. Una carcajada sincera, relajada.
—A ver, Borja, no nos chupemos el dedo. Yo soy como de la familia, macho. Yo sabía los números de la ferretería del viejo mejor que ellos mismos. Llevaban ahogados dos años. Yo veía cómo el padre pedía créditos para pagar otros créditos. Era la crónica de una muerte anunciada.
—Hostia, ¿y no les dijiste nada? ¿No les intentaste ayudar? —hasta el tiburón inmobiliario parecía sorprendido.
—¿Ayudar? ¿Con qué? ¿Dándoles limosna? ¡Por favor! Esa familia estaba condenada por la mala gestión de un boomer testarudo. Los negocios no son una ONG, Borja. Yo vi la oportunidad. Sabía que el banco les iba a ejecutar, así que hablé con mi contacto en Kutxabank por debajo de la mesa. Les ofrecí comprárselo asumiendo la deuda y un poquito más, quitándoles a ellos el marrón de la subasta y el papeleo. Lo he sacado por un cuarenta por ciento menos de su valor de mercado. ¡Un puto chollo! Un piso de doscientos metros en Indautxu por cuatro duros. Le meto una reforma de sesenta mil pavos, lo divido en dos apartamentos turísticos de lujo, y el retorno de inversión es brutal. Me forro, Borja. Me jubilo antes de los cuarenta.
—Eres un zorro, Julen. Un zorro muy cabrón, pero un lince para los negocios. ¿Y el chaval? ¿El Aitor ese? ¿No se ha coscado de nada?
—¿Aitor? —Julen volvió a reírse, pero esta vez con un tono despectivo, paternalista, que me clavó un puñal ardiente en la espalda—. Aitor es un buen chaval, pero es un panoli. Es más simple que el mecanismo de un chupete. Se cree que sigo buscando inversores para una app. Le compré una tortilla de patatas el día del desahucio, lloré un poquito con su madre, y se creen que soy San Francisco de Asís. Están en un piso patera en Txurdinaga, lamiéndose las heridas. Pobres diablos. Pero bueno, la vida es así, ¿no? Si no me lo quedaba yo para sacar tajada, se lo iba a quedar algún fondo buitre de Madrid. Mejor que el dinero se quede en casa, digo yo.
Me miré las manos. Estaban temblando de tal manera que parecía que tenía Parkinson. La sangre me latía en los oídos como un tambor de guerra. “Panoli”, “Pobres diablos”, “Lloré un poquito con su madre”. Las imágenes pasaron por mi cabeza a la velocidad de la luz: mi madre abrazándole llorando, mi padre recibiendo sus ánimos condescendientes, yo mismo dándole las gracias por no dejarnos solos en nuestro peor momento. Y él, mientras cargaba las cajas con mis recuerdos, ya tenía la escritura de propiedad en su maletín, calculando cuántos euros le iba a sacar a mi tragedia.
Empujé la puerta. No lo hice despacio. Le di una patada monumental que hizo que la madera golpeara contra la pared del pasillo con un estruendo que pareció un disparo.
PARTE 4: El estallido, la bilis y el fin de la falsa hermandad
Aparecí en el umbral del salón. El ambiente estaba cargado del polvo del abandono y de la peste a colonia de Borja. Los dos pegaron un brinco. Borja se llevó la mano al pecho, blanco como el papel. Julen se giró rápidamente, con una sonrisa de tiburón a medio formar en los labios que se le congeló instantáneamente al verme.
Sus ojos se abrieron como platos. El color de su cara pasó del bronceado de solarium a un tono grisáceo mortecino. Dio un paso atrás, tropezando torpemente con el zócalo desprendido de la pared.
—¡Aitor! —exclamó Julen, con la voz quebrada en un agudo ridículo—. ¿Qué… qué haces tú aquí, macho? Joder, me has dado un susto de muerte…
Caminé lentamente hacia él. Mis pisadas resonaban secas en la madera. No miré a Borja; mi visión periférica se había anulado. Solo veía la cara de Julen. Ese rostro que conocía desde que teníamos cinco años, esa sonrisa que yo creía leal, y que ahora se me antojaba la máscara de un psicópata.
—Qué bonita te va a quedar la isla de mármol, Julen —dije. Mi voz no sonó gritona, ni histérica. Sonó gélida, profunda, como si saliera de las mismísimas entrañas del infierno—. Eso sí, yo no quitaría las molduras de escayola. Le dan un toque clásico al apartamento turístico de lujo, ¿no crees? A los guiris les flipa la decadencia familiar bilbaína.
Julen tragó saliva de forma muy visible. El pomo de su nuez subió y bajó. Intentó recomponer su postura, forzando esa actitud de eterno ganador que siempre llevaba puesta como una armadura. Abrió los brazos en un gesto de falso recibimiento.
—Aitor, tío, escúchame. No es lo que parece… Te lo juro. Déjame que te lo explique. Era una sorpresa… Yo… ¡yo lo he comprado para vosotros! Sí, joder, para salvarla. Quería reformarla y… y alquilárosla barata para que pudierais volver.
La carcajada que me salió del pecho asustó hasta al palomo que estaba en la cornisa de la ventana. Fue una risa seca, desquiciada.
—¡Vete a tomar por el puto culo, Julen! —rují, y el eco de mi grito rebotó en las paredes peladas del salón—. ¡No me insultes! ¡No me tomes por subnormal en mi propia puta casa! Os he escuchado todo. Desde el pasillo. Todo, cabrón. El chollo, la deuda de mi padre, la información por debajo de la mesa al banco… “Mejor que el dinero se quede en casa”, ¿verdad?
Borja, viendo el percal, decidió que era un momento excelente para evaporarse. Cogió su carpeta de piel sintética, carraspeó y bordeó la pared como una lagartija.
—Bueno, señores, yo… eh… yo tengo otra tasación en Deusto. Ya hablamos, Julen. Un placer, muchacho —murmuró, y salió cagando leches por la puerta. Escuchamos sus pasitos de cobarde bajando por la escalera a toda hostia.
Nos quedamos solos. Julen y yo en medio del desastre. La careta de buen amigo se le había caído al suelo y se había hecho pedazos. Al verse acorralado, sin público para su actuación de chico bueno, su expresión cambió. La vergüenza dio paso a una arrogancia defensiva, fría y calculadora. Se alisó las solapas del chaquetón azul marino y me miró desde arriba, encogiéndose de hombros.
—Vale. De acuerdo. Me has pillado. ¿Y qué, Aitor? ¿Eh? ¿Qué querías que hiciera? —Su tono ahora era desafiante, sin una gota de empatía—. Tú mismo lo has dicho: es negocio. Si no lo compraba yo, ¿quién te crees que lo iba a comprar? ¡Kutxabank os iba a crujir igual! Os iban a echar a patadas de todas formas. Al menos yo he sacado algo de provecho de esta ruina.
No me lo podía creer. El cinismo absoluto.
—¿Que qué quería que hicieras? —Me acerqué hasta quedar a un palmo de su cara. Podía oler su aliento a café caro—. ¡Que me lo dijeras, hijo de la gran puta! Que vinieras de frente. Que me dijeras: “Oye, Aitor, tu casa se va a pique, tengo dinero, la voy a comprar yo como inversión”. Me habría dolido, me habría jodido el orgullo, ¡pero lo habría entendido! Son negocios. Pero no… tú tenías que hacer la pantomima. Tenías que venir con tu puta tortilla del Txiriboga a llorar con mi madre, haciéndote pasar por el puto mesías de las amistades mientras ya tenías firmado el chollo de tu vida sobre nuestras miserias. Te has reído de nosotros en nuestra puta cara.
—Aitor, tío, madura —me soltó, cruzándose de brazos, mirándome como si yo fuera un niño pequeño montando un berrinche en un supermercado—. El mundo real funciona así. O comes o te comen. Tu padre fue un inútil con la ferretería, no supo adaptarse, y se hundió. Yo vi la oportunidad en el mercado inmobiliario y la cogí. ¿Por qué tengo que pagar yo los platos rotos de la mediocridad de tu familia? Te he tratado bien, os he dado ánimos…
La mano se me cerró en un puño tan fuerte que las uñas se me clavaron en la palma hasta hacer sangre. Un impulso animal me pedía destrozarle la cara, partirle la nariz burguesa que tenía, borrarle esa sonrisa de tiburón a hostias ahí mismo, sobre el suelo de pino que mi abuelo enceraba. Pero no lo hice. Le miré a los ojos y vi exactamente lo que era: un cascarón vacío. Un tipo sin alma, sin moral, que mediría el valor de su vida por el tamaño de su cuenta corriente y los metros cuadrados de sus propiedades, pero que en el fondo era un ser miserable y solitario.
Respiré hondo. Solté el puño. Sentí una liberación extraña, una claridad asombrosa en medio de la rabia.
—Tienes razón, Julen. O comes o te comen —dije, bajando el tono, hablando con una calma letal que le desconcertó mucho más que mis gritos—. Y tú eres un buitre de manual. Disfruta de la casa. Disfruta de la isla de mármol y de los guiris potando kalimotxo en el salón. Pero escúchame bien, pedazo de mierda: mi madre lloró en tu hombro porque creía que eras su segundo hijo. Cuando yo le cuente esto a ella, y al barrio entero, a toda la cuadrilla, a cada persona con la que te tomas un marianito en la Plaza Nueva… vas a tener que irte a vender pisos de mierda a Santander, porque en Bilbao, en cuanto la gente sepa lo que le has hecho a tu “hermano” para forrarte con su desgracia, no vas a tener dónde caerte muerto. Aquí nos conocemos todos, cabrón.
Me di la media vuelta.
—¡Aitor! ¡No jodas, Aitor, no saques las cosas de quicio! —empezó a gritar detrás de mí, perdiendo por fin los papeles, el pánico real asomando en su voz al darse cuenta de la condena social que se le venía encima en una ciudad donde el boca a boca lo es todo—. ¡Te doy una parte! ¡Te doy el diez por ciento de los beneficios, joder! ¡Aitor, hablemos como hombres de negocios!
No me giré. Seguí caminando por el pasillo, arrastrando mis zapatillas gastadas sobre la madera noble.
—Métete el diez por ciento por donde te quepa la especulación inmobiliaria, Julen —dije en voz alta, sin mirar atrás.
Llegué al portal. Abrí la pesada puerta de caoba, salí a la calle y dejé que se cerrara detrás de mí con ese clic metálico que, esta vez, no me dolió. Afuera, en Bilbao, seguía lloviendo a mares. El sirimiri había vuelto a convertirse en chaparrón. Me subí el cuello del anorak, me calé la gorra del Athletic y empecé a caminar hacia la boca del metro de Indautxu.
Tenía que volver al zulo de Txurdinaga, a la coliflor del vecino y a los problemas de siempre. El dinero seguía sin dar. La ruina seguía ahí. Pero mientras bajaba las escaleras del metro, sintiendo el frío húmedo en la cara, me di cuenta de una cosa: nosotros habíamos perdido la casa, los ladrillos y las molduras. Pero Julen… Julen acababa de perder algo que no iba a poder comprar ni con todos los pelotazos inmobiliarios del puto universo.
Y, sinceramente, joder, qué bien respiraba.
PARTE 5: El apocalipsis con sabor a coliflor y el despertar de la matriarca
El trayecto en metro desde Indautxu hasta Txurdinaga fue una mezcla de adrenalina y terror. La adrenalina me bombeaba por las venas porque, por primera vez en meses, no me sentía como un perdedor aplastado por el sistema. Le había cantado las cuarenta al mayor Judas de Bizkaia. Pero el terror… ay, el terror venía de pensar en cómo se lo iba a soltar a mis aitas.
Cuando salí a la calle, el vecino del primero ya había puesto a hervir la coliflor de la tarde. El tufo me dio la bienvenida en el portal como una bofetada. Abrí la puerta de nuestro zulo con la llave que siempre se atascaba, haciendo ese ruido a chatarra vieja que mi padre prometía arreglar cada domingo sin éxito.
El panorama en el salón era desolador. Mi padre, Iñaki, estaba en su butaca, con las gafas de cerca en la punta de la nariz, rellenando un crucigrama de El Correo con un bolígrafo Bic mordido. Mi madre, Amaia, estaba planchando unas camisas que mi padre ya no se ponía para ir a ninguna parte, porque no había ferretería a la que ir. El vapor de la plancha se mezclaba con el olor a humedad y a repollo. Era la estampa de la derrota absoluta.
—Aitor, hijo, estás empapado —dijo mi madre, dejando la plancha en vertical y secándose las manos en el delantal—. ¿No llevabas paraguas? Pareces un txepetx, madre mía. Quítate esas zapatillas antes de ponerme el sintasol perdido de barro.
Me quedé en el pasillo, sin quitarme ni el anorak ni las zapatillas. Me goteaba el pelo sobre la frente. Les miré a los dos. Mi padre levantó la vista del crucigrama, notando la tensión en el ambiente. Cuando un vasco se queda callado en la puerta de su casa sin quitarse el calzado mojado, es que ha muerto alguien o el Athletic ha bajado a Segunda.
—Aitas. Tenemos que hablar —solté. La voz me salió más grave de lo normal.
Mi madre se llevó la mano al pecho, ese gesto tan suyo que precedía a la tragedia.
—Ay, la virgen de Begoña. ¿Te han despedido del almacén? ¡Iñaki, que a este chico lo han echado, ya te lo dije, que trabajar con esos fríos en Trapagaran no podía traer nada bueno!
—No, ama. No me han echado. Me he pedido el día libre. Sentaos, por favor.
Mi padre dejó el periódico con parsimonia, se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz.
—Déjate de misterios, Aitor. Suéltalo ya, que a estas alturas de la película ya no nos asusta ni el hombre del saco. ¿Qué ha pasado?
Me acerqué a la mesa camilla, me apoyé en el borde y cogí aire. Tenía que decirlo rápido, como cuando te arrancas una tirita llena de pelos.
—He estado en la casa de Indautxu. He ido esta mañana.
El silencio cayó en el salón como una losa de granito. A mi madre se le humedecieron los ojos al instante por el simple hecho de mencionar “la casa”.
—¿A qué has ido allí, hijo? A torturarte. Si ya no es nuestra… El banco habrá puesto una puerta anti-okupas de esas horribles de chapa —murmuró Amaia, sacando un pañuelo de papel del bolsillo del delantal.
—No, ama. No hay puerta anti-okupas. Hay obras. Alguien la ha comprado.
—Pues fíjate qué bien —bufó mi padre, con una amargura que le rasgó la garganta—. Algún fondo de inversión de esos de Madrid que no saben ni poner Bilbao en el mapa. Que la disfruten. A mí ya me da igual.
—No la ha comprado ningún fondo, aita. La ha comprado Julen.
Si en ese momento hubiera caído un meteorito en el bloque de pisos, la onda expansiva habría sido menos impactante que mis palabras. Mi madre se quedó con el pañuelo a medio camino de la nariz, petrificada. Mi padre parpadeó dos veces, lentamente, asimilando la información a la velocidad de un módem de los años noventa.
—¿Qué dices, Aitor? —Mi padre frunció el ceño, como si le estuviera hablando en euskera batua nivel C2 y él solo supiera decir “Agur”.
—Lo que oyes. Julen. Nuestro Julen. El de los proyectos y las inversiones. Ha comprado nuestra casa por un cuarenta por ciento menos de lo que vale. Negoció con el banco por detrás, aprovechando que sabía exactamente cuánta deuda teníamos en la ferretería y cuándo nos iban a ejecutar la hipoteca. Se ha quedado con nuestro piso para hacer dos apartamentos turísticos de lujo. Le he pillado allí mismo, con el buitre de Borja, el de Inmobiliaria Galdakao. Estaban decidiendo qué tabiques tirar mientras se reían de nosotros.
El proceso de transformación de mi madre fue algo digno de un documental de National Geographic. Durante los primeros diez segundos, fue la negación.
—No, no, no… Te has equivocado, Aitor. Habrás entendido mal. Mi Julen no. Mi Julen, que trajo la tortilla el día del desahucio. Que lloró conmigo en el sofá viejo. Que me dijo que éramos como su familia… No puede ser. Será un error del banco. A lo mejor la ha comprado para nosotros, ¡para devolvérnosla!
—Eso es exactamente lo que intentó decirme cuando le pillé in fraganti, ama —respondí, con una sonrisa sin alegría—. Pero no. Antes de que supiera que yo estaba escuchando, se jactó de que éramos unos pringados, que aita era un mal gestor y que el pelotazo inmobiliario le iba a solucionar la vida. Nos llamó “pobres diablos”, ama.
Entonces, ocurrió. La tristeza infinita de mi madre, esa pena de viuda en vida que arrastraba desde el desahucio, se evaporó. Se secó las lágrimas con un manotazo brusco. Su espalda, encorvada por el peso de los disgustos, se enderezó de golpe. Los ojos, antes enrojecidos por el llanto, ahora brillaban con una furia primitiva, ancestral, puramente bilbaína.
—¿Pobres diablos? —La voz de mi madre sonó como un trueno sordo—. ¿Ese mocoso engreído que venía a merendar aquí Nocilla todos los martes porque su madre no sabía ni freír un huevo? ¿Ese soplapollas al que le curé las anginas con paños de vinagre cuando tú tenías diez años? ¿Ha comprado la casa de mi madre por detrás?
Mi padre no dijo nada. Se levantó de la butaca despacio, con esa lentitud de los hombres que están a punto de cometer una locura. Caminó hacia el pequeño recibidor y empezó a rebuscar en la caja de herramientas que habíamos traído a duras penas.
—Aita, ¿qué buscas? —le pregunté, alarmado.
—La llave grifa —respondió mi padre, sin inmutarse, sacando una llave inglesa oxidada del tamaño de un antebrazo—. Y el martillo pilón. Voy a Indautxu. A ese chulo de mierda le voy a hacer yo la reforma en la dentadura. A concepto abierto se la voy a dejar.
Me tiré encima de él y le agarré el brazo. Mi padre, a sus sesenta años, tenía la fuerza de un estibador del puerto. Tuvimos un forcejeo absurdo en el que casi tiramos el perchero de pie.
—¡Aita, para, hostia! ¡Suelta eso! —grité, intentando arrancarle la herramienta de las manos—. ¿Tú te crees que merece la pena ir a la cárcel por ese pedazo de mierda? ¡Te denuncian, te meten en Basauri y a ver cómo pagamos los abogados!
Mi madre se acercó, le puso una mano en el pecho a mi padre y, con una calma aterradora, le quitó la llave grifa de las manos.
—Iñaki, deja eso. El niño tiene razón. La violencia es de bárbaros y de cobardes. —Amaia dejó la herramienta sobre la mesa camilla con un golpe seco—. En Bilbao, a las ratas no se les pega. A las ratas se las ahoga.
La miré, acojonado. Mi madre parecía la Pasionaria a punto de liderar una revolución.
—Aitor —me dijo, clavándome la mirada—. Te vas a duchar. Te vas a poner la camisa buena, la que te planché ayer. Vas a bajar al Casco Viejo y vas a quedar con la cuadrilla. Con Iñaki el Bocas, con Mikel, con Gorka, con todos. Y se lo vas a contar. Todo. Con pelos y señales. Quiero que para mañana por la mañana no haya ni un solo camarero, carnicero o panadero desde San Mamés hasta el teatro Arriaga que no sepa que Julen es un ladrón, un traidor y un hijo de puta. Yo me encargo de las mujeres de mi quinta. Esa madre suya, la Mari Carmen, no va a poder salir a comprar el pan sin que le escupan en los zapatos. A mi familia no la humilla un niñato con ínfulas de tiburón de Wall Street.
Mi padre asintió lentamente, una sonrisa lúgubre dibujándose bajo su bigote canoso.
—Haz caso a tu madre, Aitor. Radio Macuto es más destructiva que cualquier llave grifa.
PARTE 6: El “boca a boca” es el peor enemigo del pijo
El viernes por la tarde, Bilbao estaba en su apogeo. Las calles del Casco Viejo olían a fritos, a humedad y a ese perfume inconfundible de fin de semana que mezcla lejía de los bares y desodorante barato de las cuadrillas jóvenes. Quedé con mis amigos en el Bar Motrikes, en Somera, el templo de los champiñones a la plancha.
Eran las ocho. Iñaki “El Bocas”, Gorka y Mikel ya estaban allí, apoyados en la barra metálica, rodeados de servilletas de papel arrugadas y palillos, con sus respectivos katxis de kalimotxo y cerveza.
—¡Hombre, el marqués de Txurdinaga! —bramó Gorka, levantando su vaso—. ¿Qué pasa, chaval? Te vemos menos que a un billete de quinientos.
Me acerqué a la barra. No tenía el cuerpo para bromas. Pedí un zurito de cerveza al camarero, di un trago largo que me raspó la garganta y los miré a los tres.
—Vengo a hablaros de Julen —dije, sin preámbulos.
La mención de Julen tuvo un efecto inmediato. Mikel arqueó una ceja y Iñaki “El Bocas” se relamió los labios. Él ya sabía que había algo raro por nuestro encuentro en la Plaza Nueva días atrás, y estaba desesperado por saber el desenlace.
—¿Qué pasa con el fantasma de las startups? —preguntó Mikel, encendiéndose un cigarro de liar de extranjis, mirando de reojo por si venía la Ertzaintza.
Les conté la historia. No me guardé nada. Les describí la lluvia, el desahucio, las cajas, la tortilla de patatas, las excusas telefónicas, el Audi Q5 aparcado en doble fila, la tarjeta del Eroski para abrir el portal, y la conversación que escuché detrás del tabique. Les hablé de los apartamentos de lujo, de la isla de mármol, y de cómo Julen nos había llamado “pringados” y “pobres diablos” riéndose a carcajadas con un buitre inmobiliario.
Mientras hablaba, el ruido del bar parecía desaparecer. La música pachanguera de fondo se ahogó. Los tres me miraban con la boca entreabierta, en un estado de shock absoluto. En una ciudad como Bilbao, donde la palabra dada y la lealtad a la cuadrilla son casi religiones, lo que Julen había hecho era alta traición. Era herejía.
Gorka, que es el tío más pacífico del mundo, un informático que se marea si ve sangre, aplastó el vaso de plástico de su cerveza con una fuerza brutal, derramando el líquido sobre la barra.
—Me cago en Dios… —susurró Gorka, con la cara roja de ira—. Pero ser hijo de la gran puta. ¡Pero si yo le ayudé a instalar el puto Windows la semana que nos echaron de la casa! Me dijo que estaba muy deprimido por lo vuestro… ¡El cabrón estaba llorando!
—¡Te lo dije! —saltó Iñaki el Bocas, señalándome con el dedo, eufórico por tener la primicia confirmada—. ¡Yo le vi con el Borja ese, os lo juro! El tío es un sociópata de manual. Un puto psicópata de las finanzas. Y pensar que nos fuimos de vacaciones a Benidorm con él hace tres años y le pagamos a medias una paella porque dijo que le habían bloqueado la tarjeta… ¡A saber cuánta pasta tenía ya el cabrón especulando por ahí!
Mikel se quedó pensativo. Era el más mayor, el más centrado de todos. Trabajaba en un taller de chapa y pintura en Basauri y tenía esa sabiduría de barrio que no se aprende en ninguna universidad.
—Escuchadme bien —dijo Mikel, apoyando ambos antebrazos en la barra—. Aitor. Este tío te ha metido una puñalada por la espalda, a ti y a tus aitas. Y ha ensuciado la cuadrilla. Ya no es de los nuestros. Está muerto.
—Ya lo sé —dije yo, sintiendo que el nudo del estómago empezaba a aflojarse al sentir el apoyo incondicional de mis colegas—. Le he dicho que el barrio entero se va a enterar.
Iñaki el Bocas sonrió. Era una sonrisa maliciosa, afilada como un cuchillo jamonero.
—De eso me encargo yo, Aitor. No te preocupes. Esta misma noche tengo cena con los de la Peña del Athletic de Santutxu. Mañana tengo comida con mi suegro, que es presidente de la asociación de comerciantes del Casco Viejo. Para el domingo por la tarde, este cabrón va a ser más odiado en Bilbao que un árbitro del Madrid.
Y vaya si lo fue.
La campaña de difamación (que en realidad era pura y dura información veraz) se propagó con una rapidez que dejaría en ridículo a cualquier agencia de marketing digital. En las peluquerías de señoras, mi madre relató el vía crucis de la familia Etxebarria con una intensidad dramática digna de García Lorca. La madre de Julen, doña Mari Carmen, tuvo que salir por patas de la panadería de su calle el martes por la mañana porque la dueña, una señora de Bermeo que no tenía pelos en la lengua, le soltó delante de toda la cola que no le vendía pan a las madres de “Judas Iscariotes y comisionistas de los bancos”.
El jueves de esa misma semana, Julen cometió el error de aparecer por Ledesma, la calle de los pinchos pijos, donde él creía que aún tenía estatus. Entró en un bar de moda, vestido con su típica chaqueta pija y sus náuticos. Se acercó a una mesa donde estaban unos conocidos comunes de su época de la universidad.
Según me contaron después, Julen levantó la mano, sonrió con su dentadura blanqueada y dijo: “¡Qué pasa, chavales! ¿Me hago un hueco?”.
Los chavales, que ya habían sido debidamente informados por la red de espionaje de Iñaki el Bocas, dejaron sus copas sobre la mesa. Le miraron de arriba abajo como si acabase de pisar una mierda de perro enorme y llevara el olor pegado al zapato. Uno de ellos, un tal Asier, se levantó.
—Mira, Julen. Aquí no hay sitio para buitres carroñeros. Vete a comerte tu tortilla del Txiriboga a Indautxu, a ver si le puedes robar la cartera a algún otro amigo tuyo que esté en la ruina.
Julen se quedó blanco. El bar entero, que había estado murmurando desde que él entró, se quedó en un silencio mortal. Todo el mundo miraba. Todo el mundo sabía. Julen intentó balbucear algo, intentó poner su sonrisa de suficiencia, pero le temblaba el labio inferior. Se dio media vuelta, empujó la puerta de cristal del bar y salió casi corriendo.
La condena social había comenzado. Pero lo que le esperaba en mi antigua casa iba a ser aún peor. Porque mi madre no bromeaba, y la señora que vivía en el segundo piso de Indautxu, Doña Begoña, era íntima amiga de mi difunta abuela. Y en Bilbao, las viejas no perdonan.
PARTE 7: La resistencia del segundo piso y la guerra de guerrillas de Doña Begoña
Julen tenía el piso, tenía el proyecto de arquitectura firmado y tenía a los albañiles listos para destripar la historia de mi familia a golpe de mazo. Lo que no tenía en cuenta es que el edificio de la Plaza Campuzano no era un puto coworking de Silicon Valley. Era una comunidad de propietarios vizcaína, y eso es una institución más temible que el Tribunal Supremo.
Doña Begoña, o “La Bego”, como la llamábamos cariñosamente de pequeños, era una viuda de setenta y ocho años que vivía justo encima de mi antigua casa. La Bego se teñía el pelo de un rubio platino radiactivo, iba a misa de doce todos los días y tenía un perrito rabioso llamado “Txiki” que se pasaba el día ladrando a las sombras. Begoña y mi abuela habían sido uña y carne. Habían ido juntas a merendar al Café Iruña durante cuarenta años.
Cuando mi madre, Amaia, la llamó por teléfono llorando a moco tendido para contarle la traición de Julen, la señora Begoña no dijo nada durante un minuto entero. Solo se escuchaba su respiración ronca al otro lado del auricular. Finalmente, con una voz rasposa por años de fumar Ducados, sentenció:
—Amaia, hija, no derrames ni una lágrima más por ese descastado. Yo me encargo de que ese piso de lujo se convierta en su mausoleo. Palabra de Begoña.
La guerra de guerrillas empezó el primer día de la reforma.
A las ocho en punto de la mañana, cuando los obreros de Julen llegaron para empezar a demoler los tabiques, se encontraron con que el ascensor del edificio, un armatoste de caoba y hierro forjado de 1930, estaba “fuera de servicio”. Tenía un cartel hecho a mano, con una caligrafía temblorosa, pegado con celo: “Avería grave en los contrapesos. Peligro de muerte. Avisado el servicio técnico. Firmado: La Presidenta de la Comunidad”.
Doña Begoña era la presidenta vitalicia de la comunidad desde 1995. Nadie le discutía el cargo porque nadie quería comerse el marrón de lidiar con las derramas, y ella lo ejercía con mano de hierro.
Los albañiles, maldiciendo en varios idiomas, tuvieron que subir los sacos de cemento, los martillos percutores y las herramientas por las escaleras hasta el primer piso. Sudaron la gota gorda. A media mañana, cuando por fin enchufaron el taladro percutor para empezar a reventar las molduras de mi abuelo, se fue la luz.
Solo en el primero.
Julen, histérico, llegó al edificio media hora después, avisado por el capataz. Encontró a sus obreros sentados en las escaleras, comiéndose el bocadillo a oscuras.
—¿Qué coño pasa aquí? —gritó Julen, con la cara descompuesta, su peinado impecable desbaratado por el estrés.
—Jefe, no hay corriente. Hemos mirado los plomos del piso y están bien. Tiene que ser cosa del cuadro de contadores general del edificio —dijo el capataz, un tipo corpulento que ya estaba harto de la situación.
Julen bajó al portal y buscó la llave del cuarto de contadores. Obviamente, el cuarto estaba cerrado con un candado nuevo, reluciente y enorme. Un candado del que solo Doña Begoña tenía la llave.
Julen subió corriendo al segundo piso, saltando los escalones de dos en dos, y aporreó la puerta de la Begoña.
—¡Begoña! ¡Doña Begoña, por favor, abra la puerta! —gritaba, golpeando la madera.
Desde dentro, solo se escuchaba el ladrido histérico de Txiki, el perro, rascando la puerta desde el otro lado. Tras varios minutos de aporrear la puerta, la mirilla se oscureció. La voz cascada de Doña Begoña sonó a través de la madera, pero no abrió ni la cadena.
—¿Quién hace ese escándalo en mi descansillo? ¿Son los del Círculo de Lectores? No quiero nada.
—Soy yo, Begoña, Julen. El hijo de Mari Carmen. ¡El que ha comprado el primero!
—¿Julen? Ah, sí. El ladrón de casas. El niñato carroñero —la voz de la anciana destilaba un veneno mortal—. Qué quieres.
—¡Begoña, por favor! ¡Se ha ido la luz en el piso y mis obreros están parados! ¡Los estoy pagando a treinta euros la hora, por el amor de Dios! Necesito la llave de contadores para dar la corriente.
—Uy, qué pena más grande, hijo. Es que fíjate tú, esta mañana ha habido un cortocircuito terrible en el edificio. Y claro, por seguridad de los vecinos, he tenido que cortar el suministro de la fase que va a los bajos y al primero. El electricista oficial del bloque, el Patxi, me ha dicho que no puede venir hasta… veamos… la semana que viene. El jueves, creo.
—¡Me estás jodiendo! —gritó Julen, perdiendo los papeles por completo—. ¡Esto es ilegal! ¡Tengo permiso de obra del Ayuntamiento, pedazo de bruja! ¡Llamo a la Ertzaintza ahora mismo!
—Llama, hijo, llama —respondió Begoña con una risa seca y malvada que heló la sangre a Julen—. Yo les enseñaré el informe de seguridad y el acta de la última junta de vecinos donde se estipula que las reformas de gran calado requieren una evaluación estructural previa que, casualmente, no nos has presentado. Ah, y dile a tus obreros que hagan el favor de no ensuciar la escalera con el polvo de esos sacos, que por cada mancha en el mármol, la comunidad te va a meter una multa de quinientos euros. Adiós, Judas.
Y se alejó de la puerta.
Julen estuvo cuatro días sin luz. Cuatro días de obreros cobrando por no hacer nada, de permisos que se caducaban y de retrasos que le costaban miles de euros en intereses al banco que le había financiado el “pelotazo”. Cuando por fin Begoña le devolvió la luz (el jueves, tal y como prometió, enviando a un electricista amigo de mi padre para que tardara lo máximo posible en dar al interruptor), empezó la segunda fase del plan de sabotaje.
El ruido.
La normativa municipal de Bilbao establece que no se puede hacer ruido de obras en determinadas horas de descanso. Begoña y el resto de vecinas jubiladas del edificio se organizaron en turnos de vigilancia. Si un martillo caía al suelo a las 14:01, hora de la siesta, Begoña llamaba a la Policía Municipal denunciando “ruidos estridentes y vibraciones que amenazaban con tirar su techo abajo”. Las patrullas venían día sí, día también, obligando a los obreros a parar y pidiendo papeles a destajo.
Luego vino el misterioso caso de las bajantes atascadas. Begoña, demostrando una imaginación perversa, empezó a tirar por su retrete restos de café prensado, arcilla y papel de periódico machacado a horas intempestivas, causando unos atascos monumentales en las tuberías generales que, por pura física, siempre reventaban en el primer piso, inundando las futuras “islas de mármol” de aguas fecales y barro asqueroso.
La obra, que Borja y Julen habían calculado que duraría dos meses y medio, llevaba estancada casi cuatro meses. Los presupuestos se disparaban. Los nervios de Julen estaban destrozados.
Yo no me enteraba de nada de esto de primera mano. Me lo contaba mi padre, que a su vez se lo contaba Begoña por teléfono todas las noches, echándose unas carcajadas que le devolvieron años de vida. Mi padre, que había estado a punto de cometer un crimen con una llave inglesa, ahora disfrutaba del hundimiento psicológico y financiero de Julen sentado en su butaca de Txurdinaga, bebiendo pacharán.
—Le va a dar una úlcera a ese cabronazo, Aitor —me decía mi aita, llorando de la risa—. Ayer la Begoña les echó un cubo de agua sucia desde el balcón a los albañiles que estaban fumando en la puerta, diciendo que estaba regando los geranios. ¡Qué mujer más grande! Le voy a mandar un ramo de flores.
PARTE 8: El pijo caído y la confrontación final en el Arenal
Pasaron seis meses. Medio año desde el día que le pateé la puerta en la cara a Julen.
Nuestra situación en Txurdinaga no era un cuento de hadas, pero habíamos encontrado nuestro ritmo. Mi padre había conseguido, contra todo pronóstico, un curro de media jornada en una ferretería de barrio en Santutxu. El dueño, un viejo conocido suyo, le contrató como asesor de clientes. “Nadie sabe de métrica de tornillos como Iñaki”, decía el jefe. Mi padre volvía a casa cansado, pero con la cabeza alta. Mi madre dejó de llorar por los rincones y se apuntó a un coro de señoras en el centro cívico, donde se desahogaba cantando habaneras a pleno pulmón. Yo seguía en el almacén, pero me habían ascendido a jefe de turno, lo que significaba un poco más de sueldo y no tener que cargar palés dejándome la espalda. No éramos ricos, no teníamos los suelos de pino de Indautxu, pero teníamos paz.
Julen, en cambio, era un espectro de lo que fue.
Me lo encontré de bruces un domingo de primavera. Yo estaba dando un paseo por el Paseo del Arenal, comiéndome un cucurucho de helado de turrón y mirando los puestos de flores. Había un sol espléndido de esos que en Bilbao hacen que todo el mundo salga a la calle como si se acabara el mundo al día siguiente.
Estaba mirando unas hortensias cuando una voz áspera y cansada me llamó desde atrás.
—Aitor.
Me giré. Al principio casi no le reconozco.
No había rastro del tiburón de las finanzas. Julen estaba más delgado, demacrado. Llevaba una chaqueta que parecía grande para sus hombros caídos y tenía unas ojeras moradas que le llegaban casi hasta las mejillas. No iba peinado con su gomina habitual; tenía el pelo revuelto, sucio. Sus ojos, antes llenos de esa chispa arrogante, ahora eran dos pozos de pura desesperación y ansiedad.
Se me acercó, esquivando a una familia que paseaba con carritos de bebé.
—Julen —dije, en un tono completamente neutral. No sentí rabia. No sentí odio. Solo sentí una especie de lástima fría y distante. Como cuando ves a un bicho aplastado en la carretera.
—Tienes que decirles que paren, Aitor. Por favor te lo pido —suplicó. Su voz sonaba aguda, al borde del llanto histérico—. Diles que me dejen en paz. Dile a tu madre que pare. Dile a esa vieja del demonio, a Begoña, que deje de denunciarme.
Di un lametazo a mi helado, mirándole a los ojos con la misma calma que él había usado para explicarle a Borja cómo nos iba a robar el piso.
—No sé de qué me hablas, Julen. Yo vivo en Txurdinaga, ¿recuerdas? En el piso patera de los pobres diablos. No tengo relación con el selecto vecindario de Indautxu.
—¡No te hagas el tonto! —Levantó un poco la voz, pero al notar que unas señoras le miraban mal, se encogió y bajó el tono—. Me han destrozado, Aitor. Me han hundido la puta vida. La obra está parada por orden del Ayuntamiento por unas supuestas irregularidades estructurales que la Begoña ha denunciado. El banco me está ahogando con los intereses del préstamo puente porque los apartamentos ya deberían estar alquilados. Nadie me coge el teléfono en el Casco Viejo. He perdido a mis clientes, he perdido a mis contactos. Hasta mi puta novia, la pija de Las Arenas, me ha dejado porque dice que “soy un paria social y le da vergüenza ir conmigo por la calle”. ¡Estoy en la ruina, Aitor!
Me quedé mirándole un largo rato. El Paseo del Arenal seguía bullendo de vida a nuestro alrededor. Los músicos callejeros tocaban cerca del kiosko, los niños corrían persiguiendo palomas. Y en medio de todo eso, el gran triunfador del capitalismo bilbaíno se derrumbaba como un castillo de naipes.
—¿Sabes qué es lo más gracioso de todo esto, Julen? —le dije, terminándome el cucurucho y limpiándome las manos con una servilleta de papel que saqué del bolsillo.
Me miró con los ojos muy abiertos, esperando una tabla de salvación, esperando que yo, su antiguo “hermano”, tuviera un gramo de misericordia.
—Lo más gracioso es que, a pesar de todo lo que nos hiciste, si la vida hubiera dado unas cuantas vueltas más y la ferretería se hubiera salvado, yo nunca te habría deseado ningún mal. Si tus negocios hubieran ido bien de manera honesta, yo habría sido el primero en invitarte a txikitos para celebrarlo. Porque yo sí creía que eras mi hermano.
Julen bajó la mirada hacia las baldosas grises del paseo. Una lágrima solitaria, de pura impotencia y autopasión, le resbaló por la mejilla.
—Yo te avisé, Julen. Te lo dije en el pasillo de mi antigua casa. Te dije que el dinero se puede conseguir, que las casas se pueden comprar… pero que el respeto y la lealtad de la gente en Bilbao, una vez los pierdes, no los recuperas ni con todo el oro del mundo. Jugaste a ser el lobo de Wall Street en una ciudad que funciona como un pueblo grande. Te creíste más listo que nadie, que mi padre, que yo. Y resulta que la soberbia te ha comido a ti.
—Aitor, lo siento. Te juro que me arrepiento cada puto día. Si pudiera volver atrás… te devolvería la casa. Te la regalaba. Solo quiero que pare esta pesadilla. Por favor, Aitor. Soy yo. Tu colega de toda la vida.
Fue el momento de la verdad. El momento en el que, en las películas, el protagonista perdona al villano derrotado y le tiende la mano, demostrando superioridad moral.
Pero yo no soy un héroe de película de Hollywood. Yo soy un tipo de Bilbao al que le quisieron joder la vida.
Di un paso hacia él, invadiendo su espacio personal, obligándole a mirarme a los ojos de nuevo.
—No, Julen. Tú no te arrepientes de lo que me hiciste. Te arrepientes de que te pillara. Te arrepientes de que las viejas de Indautxu te hayan reventado el chollo. Lloras porque te duele el bolsillo, no porque te duela mi familia. Así que, no voy a llamar a mi madre, ni voy a llamar a Begoña. Esto te lo has buscado tú solito.
Me di media vuelta, dejándole plantado en medio del paseo.
—¡Aitor! —volvió a gritar, ya sin importarle que la gente le mirase—. ¡Por favor! ¡No me dejes así!
Seguí caminando. El sol del mediodía me daba en la cara. A lo lejos, se escuchaba la campana de la basílica de Begoña dando la una y media.
—Oye, Julen —dije en voz alta, sin girar la cabeza, levantando una mano a modo de despedida—. Mucho ánimo. Ya sabes lo que dicen: el ladrillo va y viene, pero las deudas con el banco… esas te acompañan hasta la tumba. Un saludo a los guiris.
Y me perdí entre la multitud del Arenal, silbando una canción antigua que mi padre solía cantar en la ferretería, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, las cosas volvían a estar exactamente en el lugar que les correspondía.