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Mi familia PERDIÓ SU CASA en Bilbao y mi “hermano” de toda la vida COMPRÓ LA PROPIEDAD en secreto para lucrarse

Mi familia PERDIÓ SU CASA en Bilbao y mi “hermano” de toda la vida COMPRÓ LA PROPIEDAD en secreto para lucrarse

PARTE 1: El naufragio en la ría y las lágrimas de cocodrilo con sabor a tortilla

Si alguna vez has estado en Bilbao en pleno noviembre, sabes que la lluvia no cae, sino que te envuelve. Es un sirimiri constante, una niebla húmeda que se te mete en los huesos y te cala hasta el alma. Pues bien, el día que perdimos la casa, el cielo de Bilbao decidió que el sirimiri no era suficiente y nos regaló un diluvio universal. Parecía que hasta el botxo estaba llorando la puta ruina de mi familia.

La casa. Mi casa. Un piso inmenso de techos altos en pleno barrio de Indautxu, con molduras de escayola que mi abuelo había repasado a mano, suelos de pino de tea que crujían con la melodía exacta de mi infancia y unos ventanales desde donde, si te asomabas con cuidado y te partías un poco el cuello, podías intuir la plaza Campuzano. Esa casa no era solo un montón de ladrillos caros; era el museo de la familia Etxebarria. Allí había muerto mi abuela, allí había celebrado mi padre las victorias del Athletic hasta quedarse afónico, y allí me había roto yo la crisma contra el radiador del pasillo cuando tenía seis años.

Pero los negocios son los negocios, y la ferretería de mi padre, “Ferretería Industrial Etxebarria”, no pudo sobrevivir a la crisis, a las grandes superficies y a la cabezonería de un hombre de sesenta años que se negaba a vender tornillos por internet porque “eso del Amazon es una estafa para vagos”. Las deudas empezaron a asomar la patita por debajo de la puerta, luego entraron hasta la cocina, se sentaron en el sofá y, finalmente, invitaron al banco a pasar. Kutxabank no tiene sentimientos, chaval. Kutxabank solo ve números rojos. Y los nuestros sangraban a borbotones.

El proceso de ejecución hipotecaria es una tortura lenta, como que te vayan arrancando las muelas sin anestesia, una a una, mientras un tipo de traje te lee el BOE. Y durante todo ese calvario, ¿quién estuvo a mi lado? Julen.

Julen no era mi amigo; era mi hermano. Literalmente, nos habíamos criado juntos. Su madre y la mía eran de la misma cuadrilla desde los tiempos de Maricastaña. Julen y yo habíamos compartido bocadillos de Nocilla, las primeras borracheras con kalimotxo peleón en las fiestas de Aste Nagusia, y hasta los primeros desengaños amorosos llorando en las escaleras de Begoña. Julen era de la familia. Entraba en mi casa sin llamar, abría la nevera, se comía las sobras del marmitako de mi madre y se tumbaba en mi cama a leer mis cómics.

El día del desahucio oficial, el día que teníamos que entregar las llaves y sacar las últimas cajas de cartón, Julen apareció a las ocho de la mañana. Llevaba el pelo empapado por la lluvia, una cara de funeral que ni en un velatorio de pueblo, y una tortilla de patatas gigante del Bar Txiriboga bajo el brazo.

—Joder, Aitor, qué putada, macho. Qué puta barbaridad —me dijo nada más entrar, dándome un abrazo de esos que te crujen las costillas. Olía a tabaco rubio y a colonia cara. Julen siempre iba hecho un pincel, siempre metido en “proyectos” y “startups” que nadie entendía muy bien, pero que le daban para pagarse sus caprichos.

Mi madre, Amaia, estaba en el salón, envuelta en un chal, llorando a moco tendido mientras envolvía una sopera de porcelana espantosa que le había regalado su tía Pili. Al ver a Julen, mi madre se derrumbó por completo.

—¡Ay, mi Julen, mi niño! —gimoteó mi madre, soltando el papel de burbujas y abrazándose a él—. ¡Que nos echan a la calle, Julen! ¡Que nos quitan la casa de los abuelos! ¿Tú te crees que hay derecho a esto? Toda la vida trabajando como mulas en la ferretería para que ahora vengan unos encorbatados y nos tiren como a perros.

—Amaia, por Dios, no diga eso, que me rompe el corazón, se lo juro —decía Julen, y juro por mi vida que le vi los ojos cristalizados. Le acariciaba la espalda a mi madre con una ternura que me puso un nudo en la garganta—. Esto es una injusticia monumental. Los bancos son unos buitres, unos hijos de la gran puta. Pero ustedes no se preocupen, que de esta salimos. Aitor y yo somos jóvenes, vamos a tirar del carro. Lo que necesiten, Amaia, lo que sea. Mi casa es su casa.

Mi padre, un hombre de pocas palabras y menos lágrimas, estaba desmontando la lámpara del comedor con una llave inglesa, fingiendo que no escuchaba nada, pero yo veía cómo le temblaba el pulso. Julen se acercó a él, le puso una mano en el hombro y soltó un suspiro profundo.

—Iñaki, jefe, mucho ánimo. El ladrillo va y viene, pero la familia es lo que queda —sentenció Julen, con voz de poeta trágico.

Ese día, Julen cargó cajas hasta destrozarse la espalda. Sudó la gota gorda bajando el sofá de cuero por las escaleras porque no cabía en el ascensor. Se manchó su camisa de marca con el polvo de cincuenta años que se escondía detrás de la librería de caoba. Y cuando por fin cerramos la puerta por última vez, cuando el cerrajero del banco cambió el bombín con un sonido seco y definitivo que me partió el alma en dos, Julen me agarró por el cuello, me pegó a su frente y me dijo:

—Hermano, me cago en la leche, te juro que esto no se queda así. El mundo es de los fuertes, y nosotros vamos a resurgir. Llora lo que tengas que llorar hoy, pero mañana a comerse el mundo. Yo no te voy a dejar caer, Aitor. Te lo juro por lo más sagrado.

Yo asentí, tragándome las lágrimas, sintiendo una gratitud inmensa. Pensé: “He perdido mi casa, mi patrimonio, mi historia… pero joder, qué suerte tengo de tener un amigo como este”. Qué ciego, qué gilipollas y qué ingenuo fui. Si hubiera sabido lo que se estaba cociendo detrás de esa fachada de solidaridad inquebrantable, en lugar de abrazarle, le habría tirado por el hueco del ascensor.

PARTE 2: El zulo con olor a coliflor y el fantasma de los negocios turbios

Nos mudamos a Txurdinaga. Para los que no conozcan Bilbao, pasar de un piso señorial en Indautxu a un bloque de los años setenta en Txurdinaga es como pasar de cenar en el Arzak a lamer la tapa de un yogur caducado. El piso era un bajo oscuro, estrecho, con gotelé en las paredes hasta en el baño, y un vecino en el primero que, por lo visto, hervía coliflor todos los putos días de la semana a las ocho de la mañana. Mi padre se pasaba los días sentado en una butaca de escay que habíamos logrado rescatar, mirando la televisión apagada. Mi madre intentaba darle calor de hogar al zulo poniendo tapetes de ganchillo sobre radiadores oxidados, pero la tristeza flotaba en el ambiente como el polvo en suspensión.

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