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OCULTÉ las CRUELES BURLAS de mis compañeros en Barcelona durante años y el TERRIBLE IMPACTO en mi mente sigue ARRUINANDO mi presente

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OCULTÉ las CRUELES BURLAS de mis compañeros en Barcelona durante años y el TERRIBLE IMPACTO en mi mente sigue ARRUINANDO mi presente

PARTE 1: La guerra secreta de las tostadas con tomate

El sol de octubre en Barcelona tiene una textura diferente. No es el calor pegajoso y criminal de agosto que te hace sudar por lugares que no sabías que tenían glándulas, ni el frío húmedo de enero que se te mete en los huesos y te hace arrepentirte de no haber comprado ese abrigo carísimo en El Corte Inglés. Es una luz dorada, casi cinematográfica, que se cuela por los ventanales de mi piso en el Eixample. Un piso que me cuesta un ojo de la cara, por cierto, con sus techos altos, sus molduras originales y ese suelo de baldosas hidráulicas que queda de puta madre en Instagram pero que es un dolor de huevos para limpiar.

Es domingo. Las diez y media de la mañana. En la mesa del comedor, de madera maciza (porque Clara, mi mujer, leyó en una revista de decoración que el estilo nórdico ya está pasado y ahora se lleva lo “rústico chic”), descansa el bodegón perfecto de la familia perfecta. Hay zumo de naranja natural, cruasanes comprados en la pastelería del barrio —esa donde el panadero te cobra tres euros por un bollo pero te llama “jefe” y parece que eso lo compensa todo—, y, por supuesto, pan con tomate.

Clara está sentada frente a mí. Lleva su pijama de seda que parece ropa de calle, el pelo recogido en un moño deshecho que le ha costado veinte minutos perfeccionar frente al espejo, y está untando un ajo en la tostada con la precisión de un cirujano cardiovascular.

—Te digo una cosa, Marc —empieza, señalándome con el cuchillo untador como si fuera la batuta de un director de orquesta—. Lo de la cena del viernes con los de su oficina va a ser una movida. Me ha dicho Laura que viene el nuevo director de marketing. Un pavo que acaba de llegar de Madrid. Se llama Borja.

El cuchillo se detiene en el aire. La palabra Borja flota sobre la mesa, levitando entre la mermelada de melocotón y la mantequilla, y de repente, el puto sol de octubre desaparece. Mi cerebro, esa máquina defectuosa y traicionera que llevo alojada en el cráneo, entra en un estado de defcon 2.

—¿Borja? —pregunto. Mi voz suena casual, relajada. Años de entrenamiento. Décadas. Podrían estar amputándome una pierna sin anestesia y yo seguiría preguntando por el tiempo con esta misma entonación.

—Sí, Borja. Borja no-sé-qué. Un estirado, por lo visto. Y me ha preguntado Laura si vamos a hacer la tortilla de patatas con cebolla o sin cebolla. Porque resulta que el tal Borja es un talibán de la tortilla sin cebolla. —Clara pone los ojos en blanco, da un bocado a su tostada y mastica con indignación—. Joder, Marc, estamos en 2026. Quien come tortilla sin cebolla es porque no tiene alma, te lo digo yo. Son psicópatas.

Yo sonrío. Es mi mejor sonrisa. La número tres, concretamente. La “sonrisa de marido comprensivo que escucha atentamente los dramas domésticos mientras proyecta una imagen de estabilidad emocional absoluta”. Ensanchamiento ligero de comisuras, contacto visual mantenido, un leve asentimiento de cabeza.

—Claro, cariño —digo, cogiendo mi taza de café—. Haremos dos. Una con, y una pequeña sin, para el madrileño. No queremos que nos acuse de terrorismo gastronómico en su primera semana.

Clara se ríe. Funciona. Siempre funciona. La broma costumbrista, el tono ligero. Ella vuelve a su móvil a teclear furiosamente, probablemente contándole a Laura mi magnánima decisión salomónica sobre la puta tortilla. Y mientras ella sonríe a la pantalla, yo me hundo.

Borja.

No es mi Borja, por supuesto. Mi Borja, el de mis años en el colegio de Sarrià, probablemente ahora sea un empresario de éxito o esté en la cárcel por evasión fiscal, o ambas cosas. Pero el nombre es suficiente. Es un gatillo.

Mi corazón empieza a bombear sangre como si estuviera a punto de correr la maratón de Barcelona. Noto el sudor frío en la base del cuello. Miro a mi alrededor. La casa perfecta. La mujer perfecta, inteligente, preciosa, que me adora. Mis dos hijos, Hugo y Martina, que ahora mismo están en el salón peleándose por el mando de la Play con esa violencia inofensiva de los niños felices. Todo es de mentira. Todo es un castillo de naipes y el tal Borja de marketing es el viento que viene a tirarlo.

—¿Estás bien, amor? —Clara levanta la vista, notando quizá que llevo dos minutos mirando fijamente el azucarero sin parpadear.

—Sí, claro. Pensando en el curro. Cosas de la reunión del lunes —miento. Miento con la fluidez de un político en campaña.

—Desconecta, anda. Que es domingo. Hoy toca relax. Luego bajamos a dar un paseo por el Paseo de San Juan, nos tomamos un vermut y dejamos a los niños en los columpios. Planazo, ¿eh?

—Planazo.

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