A ver, que yo os ponga en situación, porque si os lo cuento así de sopetón vais a pensar que me he vuelto loca o que me he pasado con el agua de Valencia, y os juro por lo más sagrado que aquel martes de marzo yo no había probado ni una triste gota de alcohol. Estábamos en plenas Fallas. Si alguna vez habéis pisado Valencia en marzo, sabréis que la ciudad se convierte en un manicomio al aire libre. Es un caos maravilloso para el que viene de fuera con ganas de fiesta, pero para los que vivimos aquí y tenemos que seguir con nuestra vida, ir a trabajar, hacer la compra o simplemente existir, es como intentar hacer vida normal en medio de la Tercera Guerra Mundial, pero con olor a buñuelos de calabaza y pólvora.
Las calles estaban cortadas, las carpas de los casales falleros ocupaban media carretera, y el sonido constante de los petardos te taladraba el cerebro desde las ocho de la mañana con la dichosa despertà. Yo estaba al borde de un ataque de nervios, para variar. Mi marido, Paco, llevaba toda la semana diciendo que tenía “cierres trimestrales importantísimos” en la gestoría y que iba a llegar tarde todos los días. Paco es, o mejor dicho, yo creía que era, el hombre más aburrido, predecible y monótono de toda la Península Ibérica. Un hombre que se pone la misma corbata azul los martes y la granate los jueves. Un hombre que se altera si en el supermercado cambian de pasillo su marca de cereales. Llevábamos diez años casados y nuestra mayor aventura en la última década había sido cambiar el sofá del salón por uno con chaise longue.
Ese martes, mi hermana Elena me llamó casi llorando. Se le había reventado una tubería en casa, tenía el comedor que parecía la Albufera, el fontanero no llegaba y me suplicó que fuera yo a recoger a su hija, mi sobrina Lucía, al colegio. El colegio de Lucía está en el barrio de Ruzafa. Para los que no conozcáis Valencia, Ruzafa en Fallas es el epicentro del apocalipsis lumínico y peatonal. Es imposible aparcar, es imposible caminar sin llevarte un codazo y, sobre todo, es imposible mantener la cordura. Así que me puse los botines más cómodos que tenía, me armé de paciencia y salí de casa dispuesta a cruzar media ciudad andando.
Mientras caminaba, esquivando a turistas con churros chorreando chocolate y a niños tirando bombetas que te daban unos sustos de infarto, mi mente, como siempre, empezó a darle vueltas a mi suegra. Doña Amparo. La matriarca. La mujer que inventó el concepto de “agresión pasiva” mucho antes de que los psicólogos le pusieran nombre. Amparo es de esas mujeres valencianas de toda la vida, de peluquería semanal, laca que desafía la gravedad, collar de perlas para ir a comprar el pan y una lengua que corta más que un cuchillo jamonero recién afilado. Desde el día que Paco me presentó en su casa, supe que yo nunca sería suficiente para su “niño”. Que si no planchaba bien las camisas, que si el arroz al horno me quedaba un poco seco, que si para cuándo le íbamos a dar un nieto porque a ella se le estaba pasando el arroz biológico de ser abuela.
La obsesión de Amparo con ser abuela era de traca. En cada cena de Navidad, en cada cumpleaños, el tema salía a relucir. Yo le decía: “Amparo, todo llegará, Paco y yo estamos centrados en nuestras carreras”. Y ella me miraba por encima de sus gafas de ver de cerca, bufaba con ese ruidito tan suyo que hace con la nariz, y murmuraba algo sobre que “en sus tiempos las mujeres sabían cuáles eran sus prioridades”. En fin, un encanto de señora.
Llegué al colegio de Lucía sudando, con el pelo alborotado por la humedad de Valencia y con ganas de matar a alguien. Eran las cinco menos cuarto de la tarde. El colegio es un edificio de ladrillo caravista inmenso, con una verja de hierro verde oscuro y una acera estrechísima que a esas horas se convierte en una lata de sardinas llena de padres, madres, abuelos y cuidadoras. Me abrí paso a codazos, pidiendo perdón a diestro y siniestro, hasta que conseguí hacerme un huequito cerca de la puerta principal. Empecé a mirar el reloj del móvil. Las cinco menos diez. El sol de marzo pegaba fuerte, y el olor a churrería de la esquina se mezclaba con el humo de los tubos de escape de los coches que estaban atrapados en el atasco monumental de la calle de al lado.
Mientras esperaba, me puse a observar a la fauna escolar. Las madres estupendas de la asociación de padres, que parecían recién salidas de una revista de moda; los abuelos abnegados que cargaban con mochilas de Spiderman que pesaban más que ellos; los adolescentes que salían de las clases de la ESO fumando a escondidas en la esquina… Todo era de lo más normal y cotidiano. Estaba yo ahí, en mi mundo, pensando en qué íbamos a cenar esa noche y si Paco llegaría a una hora decente, cuando mi mirada se cruzó, como a unos veinte metros a mi derecha, con un abrigo color beige.
No era un abrigo cualquiera. Era un trench coat clásico, impecable, atado a la cintura con un nudo perfecto. Y encima del abrigo, un peinado rubio ceniza inconfundible, inamovible, que brillaba bajo el sol valenciano como un casco de acero. Mi cerebro tardó unos tres segundos en procesar la información. Aquella postura recta, aquel bolso de piel colgando del antebrazo con una rigidez monárquica… Era Amparo. Mi suegra. Doña Amparo estaba en la puerta de un colegio en Ruzafa.
Mi primera reacción fue la pura y absoluta confusión. ¿Qué demonios hacía Amparo allí? Amparo vive en la otra punta de la ciudad, por la zona de Avenida de Francia. Odia el barrio de Ruzafa porque dice que hay demasiada gente, que no se puede caminar tranquila y que las Fallas de esa zona son un nido de “maleantes y borrachos”, palabras textuales. Además, Amparo no tiene a nadie a quien recoger en ese colegio. Sus amigas de toda la vida, las del club de la canasta de los jueves, ya tienen a los nietos criados o van a colegios privados a las afueras, no a un centro concertado en el centro del caos.
Me quedé quieta, pegada a la pared de la fachada de una panadería que hay justo enfrente de la puerta del colegio, usando a un señor muy alto con un blusón fallero como escudo humano para que no me viera. La curiosidad me estaba comiendo viva. Entrecerré los ojos, afinando la vista, como si fuera una francotiradora de los GEO. Amparo no estaba sola. Estaba plantada frente a un pequeño kiosco de golosinas que hay al lado de la puerta de hierro verde. Y no estaba con sus amigas, ni con Paco. Estaba con dos niños.
De repente, sentí un zumbido en los oídos que no tenía nada que ver con los petardos de la calle. Amparo, la mujer de hielo, la señora que me saludaba con dos besos al aire para no estropearse el maquillaje, estaba agachada. Se había puesto en cuclillas. ¡Amparo en cuclillas en medio de la calle! Estaba a la altura de una niña de unos cinco años y un niño que tendría unos siete. Y no solo estaba a su altura, sino que estaba sonriendo. Pero no esa sonrisa tensa y protocolaria que nos dedica a los demás, no. Era una sonrisa enorme, genuina, que le marcaba unas arrugas de expresión en los ojos que yo no le había visto en la vida.
La niña llevaba dos coletas rubias que rebotaban en su espalda, y el niño llevaba una mochila de dinosaurios que le quedaba enorme. Amparo les estaba hablando con una ternura que me puso los pelos de punta. Parecía otra persona. Le estaba acariciando el flequillo al niño con una delicadeza extrema, apartándole el pelo de los ojos, mientras con la otra mano sostenía dos enormes piruletas de corazón que acababa de comprar en el kiosco.
Mi mente empezó a ir a mil por hora, repasando todas las posibilidades lógicas. Opción A: Amparo se ha apuntado a algún tipo de voluntariado de Cáritas para apadrinar niños después del colegio para sumar puntos y ganarse el cielo. Descartado, a Amparo no le gusta la gente en general, y los niños ajenos le molestan horrores porque hacen ruido y ensucian. Opción B: Son hijos de alguna vecina suya que ha tenido una emergencia, igual que mi hermana, y le ha pedido el favor. Imposible, Amparo se negaría alegando que tiene lumbago o que tiene cita en la peluquería. Opción C: Me he equivocado de señora y es simplemente una señora idéntica, con el mismo abrigo, el mismo bolso y el mismo peinado de casco.
Pero no. Cuando la señora se levantó un poco y se giró hacia el kiosquero para darle una moneda, le vi el perfil. La nariz aguileña, el pendiente de perla, el rictus de la boca. Era ella. No había margen de error. Era mi suegra ejerciendo de abuela coraje, de abuelita de anuncio de galletas navideñas, en medio de la calle Cuba en plenas fiestas josefinas.
La niña dio un saltito, cogió la piruleta y abrazó a Amparo por la cintura, hundiendo la cara en el carísimo abrigo beige. Y Amparo, lejos de apartarla y quejarse de que le iba a dejar los dedos pegajosos, le devolvió el abrazo, cerrando los ojos y besándole la coronilla. El niño, por su parte, tiraba de la manga de Amparo señalando unos sobres de cromos de fútbol que había en el escaparate del kiosco.
Yo no me lo podía creer. Estaba fascinada y aterrorizada a partes iguales. Decidí que no me podía quedar ahí escondida. Tenía que acercarme. El cotilleo era demasiado jugoso, la situación demasiado bizarra. A lo mejor me presentaba, ella me explicaba que eran los sobrinos nietos de su amiga Concha, y nos reíamos de la coincidencia. Bueno, reírnos no, porque con Amparo yo no me reía, pero al menos resolvería el misterio.
Me separé de la pared de la panadería, me ajusté el bolso en el hombro y empecé a caminar hacia ella, esquivando carritos de bebé y adolescentes con litros de refresco. Quería hacerlo natural, como si fuera un encuentro casual. Fui trazando una diagonal por la acera, acercándome sigilosamente por su lado izquierdo. Ya estaba a solo un par de metros. Escuché su voz.
—Claro que sí, cariño, ahora te compro los cromos, pero esta noche os tenéis que comer toda la cena, que mamá se enfada si os hincho a chucherías antes de tiempo —decía Amparo, con una voz tan melosa, tan sumamente azucarada, que pensé que me iba a dar una subida de insulina allí mismo.
¿Mamá? ¿Qué mamá? ¿A quién se refería?
Respiré hondo, compuse mi mejor cara de sorpresa amistosa, y di el último paso.
—¡Hombre, Amparo! —exclamé, con voz clara y un tono lo suficientemente alto como para hacerme oír por encima del ruido de la calle—. ¡Pero qué sorpresa! ¿Qué haces tú por aquí en Ruzafa con la que está cayendo?
PARTE 3
Si me llegan a decir que iba a presenciar en directo cómo a mi suegra se le salía el alma del cuerpo, habría pagado entrada. Fue un espectáculo digno de verse a cámara lenta. Al escuchar mi voz, Amparo se quedó congelada. Total y absolutamente petrificada. Los hombros se le tensaron hasta llegarle a la altura de las orejas. El monedero que tenía en la mano, en el que estaba rebuscando calderilla para los cromos del niño, se le resbaló de los dedos y cayó al suelo con un ruido metálico ensordecedor. Las monedas de euro, de cincuenta céntimos, los céntimos de cobre, salieron rodando por la acera de baldosas en todas direcciones.
Tardó unos tres segundos que parecieron tres siglos en girarse hacia mí. Cuando lo hizo, su cara era un poema. Había perdido todo el color. Estaba blanca como la cera, más pálida que el fondo de un plato de arroz blanco. Los ojos se le habían dilatado, y la boca la tenía ligeramente abierta, intentando articular una palabra que no salía. La sonrisa de abuela entrañable había desaparecido por completo, sustituida por una máscara de auténtico terror. Nunca, en los diez años que llevaba tratándola, había visto a Doña Amparo perder el control de aquella manera. Ella, la mujer que tenía respuesta para todo, que jamás se despeinaba física ni emocionalmente, parecía a punto de sufrir un síncope en plena calle.
—C-Carmen… —tartamudeó, y juro por Dios que fue la primera vez en mi vida que la escuché tartamudear—. ¿T-tú qué… qué haces aquí?
—He venido a recoger a mi sobrina Lucía, que a mi hermana se le ha inundado la casa —le expliqué, intentando mantener un tono casual, aunque la actitud de Amparo estaba haciendo que se me encendieran todas las alarmas del cuerpo—. Pero, madre mía, menuda casualidad encontrarte a ti aquí. Con lo poco que te gusta a ti este barrio. Y veo que estás… muy bien acompañada.
Señalé con la barbilla a los dos niños, que estaban agachados en el suelo, recogiendo inocentemente las monedas que se le habían caído a su… lo que fuera que Amparo era para ellos.
Amparo tragó saliva con mucha dificultad. Miró a los niños, me miró a mí, miró a su alrededor buscando desesperadamente una vía de escape. Se agachó apresuradamente, apartando al niño de un empujón nada cariñoso, intentando taparle la cara con su cuerpo, en un movimiento torpe y desarticulado.
—Sí… sí, fíjate qué cosas —empezó a balbucear, con una voz aguda y nerviosa que no se parecía en nada a su tono imperioso habitual—. Son… son unos niños… unos niños de una vecina. Sí, de mi vecina del quinto. Maricarmen. Que la pobre está enferma, muy enferma, fíjate, algo del pulmón, creo, y me ha pedido el favor porque… claro, las amigas estamos para eso, y yo he venido en un taxi…
Mientras soltaba esa diarrea verbal sin sentido, la niña de las coletas, ajena a la crisis nerviosa de la adulta, se levantó con tres euros en la mano y se los tendió a Amparo.
—Toma, Yaya. Se te ha caído el dinero.
El mundo entero se detuvo. Los petardos de Ruzafa desaparecieron. El bullicio de los padres, el olor a churros, todo se borró de mi existencia. En mi cabeza solo resonaba esa palabra, flotando en el aire denso de la tarde valenciana.
Yaya. Amparo cerró los ojos un instante, como asumiendo la derrota inminente.
—Qué cosas tienen los niños, ¿verdad, Carmen? —dijo Amparo con una risa histérica y forzada, sudando a mares—. Le llaman yaya a cualquier persona mayor, son muy cariñosos, los pobrecitos, no tienen abuelas vivas, fíjate qué tragedia…
Pero la verdadera tragedia, el apocalipsis absoluto, estaba a punto de ocurrir. Porque en ese momento, el niño que llevaba la mochila de dinosaurios, que hasta ahora había estado de espaldas a mí persiguiendo una moneda de veinte céntimos que se había metido debajo de un coche aparcado, se levantó. Se limpió las rodillas del pantalón del chándal, se giró hacia nosotras, levantó la cabeza y me miró directamente a los ojos.
Sentí como si alguien me hubiera metido un bloque de hielo por el cuello de la camisa. Se me cortó la respiración. Mis rodillas amenazaron con ceder bajo mi peso. Tuve que dar un paso atrás y apoyarme en la marquesina del kiosco para no caer redonda al suelo.
Ese niño… Ese niño no era un niño cualquiera.
Yo conocía esa cara. La conocía a la perfección. La había visto cientos, miles de veces. La veía todos los santos días de mi vida. La veía encima del mueble del salón de Amparo, enmarcada en un espantoso marco de plata de ley repujada. La veía en los álbumes familiares que me sacaban todos los domingos después de la paella.
El niño tenía exactamente siete años, los mismos que tenía Paco en la foto de su primera comunión. Tenía exactamente los mismos ojos grandes, oscuros y caídos en los extremos. Tenía exactamente la misma nariz, un poco chata pero recta. Tenía exactamente las mismas orejas, ligerísimamente despegadas. Y, por si el universo quisiera reírse de mí con mayor crueldad, el crío tenía exactamente el mismo remolino rebelde en el lado derecho del flequillo. Un remolino idéntico al que tiene mi marido Paco, el hombre predecible de las corbatas aburridas y los cierres trimestrales interminables.
No era un aire. No era una ligera semejanza familiar. Era un clon. Era Francisco en miniatura. Era como si hubieran metido a mi marido en una máquina del tiempo, lo hubieran encogido y le hubieran plantado una mochila del T-Rex.
El niño me miró con curiosidad, luego miró a Amparo y preguntó con su vocecita inocente:
—Yaya, ¿esta señora quién es? ¿Es amiga de papá?
PARTE 4
El silencio que se hizo entre Amparo y yo en ese microsegundo podría haber cortado diamantes. Mi cerebro estaba sufriendo un colapso masivo intentando procesar las piezas del puzzle que acababan de caer sobre mi cabeza. Un puzzle asqueroso, humillante y devastador. Yaya. Amiga de papá. Las reuniones hasta tarde en la gestoría. Los “cierres trimestrales importantísimos”. Los viajes repentinos de fin de semana para “auditorías urgentes en Alicante”. La obsesión de Amparo de que yo le diera un nieto, que misteriosamente había disminuido en los últimos años sin que yo me diera cuenta hasta ese preciso instante.
De repente, la película entera de mi matrimonio de diez años se rebobinó y se reprodujo delante de mis ojos con una claridad dolorosa y cristalina. Paco, mi Paco, el ser más soso y gris que pisaba la faz de la tierra, no era soso. Era un maestro del engaño. Un artista de la doble vida. Tenía otra familia. Tenía dos hijos. Y su madre, la intachable, la moralista, la católica apostólica y romana de Doña Amparo, no solo lo sabía, sino que era cómplice. Estaba recogiendo a los bastardos en el colegio mientras a mí me despellejaba viva por no saber hacer un buen sofrito.
Sentí cómo la sangre me empezaba a hervir, subiendo desde los pies hasta la cabeza. La tristeza ni siquiera hizo acto de presencia; fue aniquilada al instante por una furia tan inmensa, tan monstruosa, que sentí que podría levantar un coche con mis propias manos.
Miré a Amparo. La mujer estaba temblando. Literalmente, su bolso carísimo vibraba contra su abrigo. Se había quedado sin argumentos, sin mentiras, sin salidas de emergencia. Su máscara de respetabilidad se había hecho añicos en medio de la acera.
—Carmen… —susurró Amparo, con la voz quebrada—. Carmen, por favor, no montes un escándalo aquí. La gente nos mira. Vámonos a una cafetería, te lo suplico. Te lo puedo explicar. Todo tiene una explicación.
—¿Una explicación? —dije. Mi voz no sonó a grito. Sonó grave, fría, peligrosamente calmada. Casi ronca. Una voz que ni yo misma reconocí—. ¿Qué me vas a explicar, Amparo? ¿Que la cigüeña se confundió de dirección? ¿Que a Paco le ha dado por la mitosis espontánea?
—Por favor, por Dios te lo pido, por los niños… —rogaba ella, intentando poner su cuerpo delante del niño clonado, como si yo fuera a atacarlo.
El niño y la niña nos miraban asustados. La niña se había agarrado a la pierna de Amparo y empezaba a sollozar. Me dio pena de ellos, la verdad. Ellos no tenían la culpa de que su padre fuera un sinvergüenza cobarde y su abuela una encubridora profesional. Respiré profundamente, cerré los ojos un segundo y me obligué a mantener la compostura. No iba a dar el espectáculo en medio de las Fallas. No les iba a dar esa satisfacción a las cotillas del colegio que ya empezaban a girar el cuello hacia nosotras como búhos.
En ese momento, de entre la multitud, salió una mujer. Era una chica joven, bastante mona, con el pelo castaño recogido en una pinza, vaqueros apretados y una blusa de flores. Venía caminando rápido, mirando el móvil y resoplando.
—¡Amparo, perdona el retraso! —dijo la mujer, acercándose a los niños—. Había un tráfico horrible por culpa de la carpa de la falla de Almirante Cadarso. ¿Se han portado bien mis chicos?
La mujer se agachó para darles un beso a los críos, y luego se levantó, sonriéndole a Amparo. Luego posó su vista en mí. Su sonrisa se congeló un poco al ver el ambiente de funeral de tercera que teníamos montado.
—Hola —dijo la mujer, con simpatía—. Soy Silvia.
Silvia. Así que esa era la otra. La titular en la sombra. La madre de los niños. La mujer a la que Paco le dedicaba sus “cierres trimestrales”.
Amparo no fue capaz de articular palabra. Parecía que le iba a dar un infarto al miocardio allí mismo. Tenía la mano en el pecho y la respiración entrecortada.
Yo miré a Silvia de arriba abajo. Aparentemente, ella tampoco sabía quién era yo. Paco, ese genio del mal, nos había mantenido en compartimentos estancos perfectos, apoyado por su madre, la jefa logística de la operación “Doble Vida”.
—Hola, Silvia —respondí, con una sonrisa que me debió salir parecida a la de un tiburón blanco a punto de morder—. Encantada. Yo soy Carmen.
Silvia frunció el ceño ligeramente, sin terminar de ubicarme en el ecosistema familiar de los niños.
—Ah… ¿del colegio? ¿Eres mamá de algún compañero de Hugo? —preguntó, señalando al niño-clon.
—No —contesté suavemente, clavando mis ojos en una Amparo que sudaba a mares, viendo cómo su imperio de mentiras se venía abajo segundo a segundo—. No soy mamá del colegio. Soy la esposa de Paco.
Silvia soltó una carcajada rápida y nerviosa, de esas que sueltas cuando crees que no has entendido bien un chiste.
—¿Cómo? Perdona, creo que te has confundido… Paco es mi… mi marido. Bueno, mi pareja. Llevamos ocho años juntos.
Ocho años. Mis diez años de matrimonio se superponían con ocho de los de Silvia. Paco no había perdido el tiempo, desde luego. Me giré hacia Amparo, que ahora estaba apoyada en la verja verde del colegio, cerrando los ojos y murmurando padrenuestros por lo bajo.
—Amparo —dije, elevando la voz lo justo para que Silvia también escuchara cada sílaba, cortante y letal—. Dile a Silvia quién soy yo.
Amparo abrió los ojos. Eran dos pozos de pánico absoluto. Miró a Silvia, luego a los niños que nos observaban con los ojos como platos, y finalmente a mí. Negó con la cabeza, incapaz de hablar, humillada hasta lo más profundo de su ser estirado y clasista.
—Amparo. Que se lo digas —ordené.
—Es… es… —balbuceó Amparo, con un hilo de voz—. Es Carmen. La… la mujer de Paco. La mujer legítima, quiero decir.
El silencio que siguió a esa frase fue astronómico. Silvia retrocedió un paso, llevándose las manos a la boca. La bolsa del pan que llevaba cayó al suelo, esparciendo las barras por la acera. Me miró con una mezcla de horror y confusión, asimilando de golpe que su “pareja” de los últimos ocho años y padre de sus hijos estaba casado con otra. Yo no sentí odio hacia ella. Sentí una extraña camaradería en la tragedia. Ambas éramos las idiotas engañadas por el contable más aburrido y aparentemente inofensivo de Valencia.
En ese preciso instante, como si el universo tuviera un sentido del humor macabro y teatral, a menos de quinientos metros, en la plaza del Ayuntamiento, dieron las dos de la tarde. Y como manda la tradición, comenzó la mascletà.
El primer trueno retumbó en el suelo, subiendo por mis piernas y haciéndome vibrar el pecho. Un estruendo brutal que ahogó los gritos ahogados de Silvia, los sollozos de los niños asustados por la tensión y los lloros lastimeros de Doña Amparo, que se tapaba la cara con las manos arruinando todo su maquillaje de El Corte Inglés.
La pólvora empezó a oler más fuerte. El ruido era ensordecedor. Un caos absoluto. Exactamente como mi vida en ese momento.
Miré a mi suegra, derrotada en el suelo de Ruzafa, y a la pobre Silvia, que estaba al borde de un ataque de ansiedad. Me ajusté el bolso en el hombro, con la dignidad que solo te da saber que tú eres la única víctima inocente en ese circo de tres pistas, y me incliné hacia Amparo, gritando para que me oyera por encima de las explosiones de la mascletà:
—¡Amparo! ¡Dile a tu adorado hijo que ni se moleste en volver a casa esta noche! ¡Ah, y que sus camisas a partir de ahora se las planche su madre!
Me di la vuelta y empecé a caminar en dirección opuesta, hacia el colegio de mi sobrina Lucía. El humo de los petardos nublaba la calle, la gente aplaudía el espectáculo pirotécnico, y yo, en medio de aquel estrépito infernal que hacía temblar los cristales de los edificios, sonreí por primera vez en toda la semana.
Iba a divorciarme. Iba a vaciar las cuentas bancarias compartidas. Iba a dejar a Paco en la ruina absoluta. Pero sobre todo, iba a disfrutar cada segundo sabiendo que Doña Amparo, la perfecta Doña Amparo, tendría que vivir el resto de sus días sabiendo que yo le había destrozado su teatrito de mentiras en plena calle, rodeada de churros y buñuelos. Y esa, amigos míos, iba a ser mi mejor venganza.
PARTE 5
Con la vibración de la mascletà aún resonándome en el esternón, me abrí paso entre la multitud de padres y carritos de bebé como si fuera Moisés separando las aguas del Mar Rojo. Mi mente operaba ahora en una frecuencia completamente distinta. Había pasado de ser Carmen, la esposa abnegada del contable aburrido, a ser Carmen, la diosa de la venganza fallera. Ya no sentía las piernas flojas ni el estómago encogido. Al contrario, caminaba con una ligereza que no experimentaba desde mis veinte años. Me sentía invencible. Estaba levitando sobre el asfalto pegajoso de Ruzafa.
Llegué a la puerta principal del colegio justo cuando la estampida de niños salía por la verja verde. Encontré a mi sobrina Lucía casi al instante. Estaba sentada en un banco de piedra, con el babi del colegio manchado de pintura de dedos azul y una cara de aburrimiento supina. Al verme, dio un salto.
—¡Tita Carmen! —gritó, corriendo hacia mí con la mochila de Peppa Pig rebotándole en la espalda—. ¿Dónde estabas? ¡Llevo aquí esperando horas!
—Exagerada, como tu madre —le contesté, dándole un beso sonoro en la mejilla—. He tenido… un pequeño contratiempo logístico con una señora mayor en la calle. Cosas de las Fallas, cariño. ¿Nos vamos?
Lucía me agarró de la mano y empezamos a caminar. Mi teléfono móvil empezó a vibrar en el fondo de mi bolso con la insistencia de un martillo neumático. Lo saqué. En la pantalla brillaba el nombre “Amparo Suegra”. Pulsé el botón rojo de rechazar con una satisfacción casi erótica. Dos segundos después, otra llamada. “Paco”.
Paco. Mi marido. El padre del año en dos códigos postales diferentes.
Dejé que sonara. Quería escuchar la melodía predeterminada del móvil hasta el final. Quería imaginar el pánico en su despacho de la gestoría. Probablemente Amparo le había llamado hiperventilando desde una farmacia, pidiendo tilas a gritos y balbuceando que el apocalipsis había llegado en forma de su nuera legítima. Dejé que saltara el buzón de voz y, mientras le compraba a Lucía una docena de churros en el mismo kiosco donde hacía diez minutos se había derrumbado mi matrimonio, me puse los auriculares para escuchar el mensaje.
—Carmen… eh… hola, cariño —la voz de Paco sonaba aguda, temblorosa, como la de un adolescente al que acaban de pillar fumando en el baño del instituto—. Oye, me ha llamado mi madre. Dice que… que os habéis visto. Que ha habido un malentendido. Un malentendido enorme, Carmen. Por favor, no hagas locuras. Voy para casa ahora mismo. Cancelo las reuniones. Hablamos en casa, ¿vale? Te lo puedo explicar. No es lo que parece.
Me quité los auriculares y solté una carcajada tan fuerte, tan sincera y tan histérica, que el señor de los churros me miró de reojo mientras me daba el cartucho de papel de estraza pringado de aceite.
—¿”No es lo que parece”? —murmuré para mí misma, masticando un churro con una furia caníbal—. Tienes dos hijos idénticos a ti que te llaman papá y una novia a la que mi suegra llama nuera, pedazo de imbécil. A ver cómo me explicas tú que no es lo que parece. ¿Qué son, actores contratados por el Ayuntamiento para animar las fiestas? ¿Un experimento de clonación de la Universidad Politécnica que salió mal?
—¿Qué dices, tita? —preguntó Lucía, con el morro lleno de azúcar.
—Nada, cielo. Que tu tío Paco es un ilusionista. Un mago de primera categoría. David Copperfield a su lado es un aficionado. Venga, vamos a ver a tu madre, que debe estar nadando en el comedor.
PARTE 6
Llegar a casa de mi hermana Elena fue como entrar en otra dimensión del caos. Si mi vida matrimonial acababa de explotar por los aires, el piso de Elena en Benimaclet literalmente se había ido a pique. Al abrir la puerta, me recibió un olor a humedad y a tubería vieja que tiraba para atrás. Elena estaba en medio del pasillo, descalza, con los pantalones del chándal remangados hasta las rodillas, empuñando una fregona como si fuera la espada de William Wallace en Braveheart. El suelo era una fina capa de agua sucia que reflejaba la luz mortecina de las bombillas del techo.
—¡Por fin! —gritó Elena al vernos, apoyándose en el palo de la fregona, sudando a mares—. ¡El fontanero dice que hasta mañana no puede venir porque tiene todo el barrio colapsado por las Fallas! ¡Tengo el parqué que parece una pista de patinaje sobre hielo! Lucía, vete a tu cuarto y no salgas, que te vas a resbalar.
Lucía, encantada de librarse de cualquier responsabilidad, se fue dando saltitos, salpicando agua a cada paso. Yo me quedé en la puerta, dejando el bolso en la consola de la entrada, mirando a mi hermana mayor. Elena es todo lo que yo no soy: impulsiva, gritona, pasional y con un instinto protector que da miedo.
—Elena —dije, con una voz tan neutra que sonó aterradora en medio de aquel desastre acuático—. Deja la fregona.
—¿Que deje la fregona? ¿Tú te crees que estoy aquí jugando al waterpolo? ¡Se me está levantando la madera, Carmen!
—Elena. Deja la puta fregona.
Mi hermana se detuvo en seco. Conocía ese tono de voz. Era el tono que yo usaba cuando, de pequeñas, decidía que ya no aguantaba más una injusticia y estaba a punto de liarme a golpes en el patio del colegio. Dejó caer el palo de la fregona al agua con un chof sordo y me miró fijamente, con los ojos entrecerrados.
—¿Qué ha pasado? Estás blanca. Tienes una cara de asesina en serie que no puedes con ella. ¿Ha pasado algo con mamá?
—No. Ha pasado con Paco.
Me adentré en el pasillo, sin importarme mojarme los botines, y me senté en una silla del comedor que milagrosamente había sobrevivido al tsunami. Elena se sentó frente a mí, apoyando los codos en la mesa de cristal. Y entonces, sin filtros, sin adornos y sin anestesia, se lo solté todo. Le conté lo de Amparo en el colegio. Lo de los pirulís. Lo de la niña rubia. Lo del niño idéntico a Paco con el remolino en el flequillo. Lo de la tal Silvia de la pinza en el pelo y los ocho años de “relación sólida”. Lo de la espantada de Amparo y la mascletà de fondo.
Elena no pestañeó durante los diez minutos que duró mi monólogo. Su cara pasó por todas las fases del luto valenciano: sorpresa, negación, confusión y, finalmente, una rabia asesina y volcánica que habría puesto celoso al mismísimo Vesubio.
Cuando terminé de hablar, el silencio en el piso inundado era absoluto, solo roto por el goteo rítmico de la tubería rota en el baño. Elena se levantó despacio. Fue a la cocina, chapoteando en el agua. Oí cómo abría la nevera. Volvió al comedor con dos latas de cerveza turia y me plantó una delante.
Abrió la suya con un golpe seco, le dio un trago largo, me miró a los ojos y dijo exactamente lo que yo necesitaba oír:
—A ese hijo de la gran puta lo vamos a enterrar en cal viva.
Sonreí. Una sonrisa genuina, afilada y peligrosa.
—Ese es el espíritu, hermana —dije, abriendo mi lata—. Pero la cal viva deja mucho rastro. Tengo un plan mejor. Y necesito que me cubras esta noche.
—Lo que haga falta. ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a ir a su casa y le vas a cortar los huevos con las tijeras de podar los rosales? Porque si es eso, yo conduzco y te espero con el motor en marcha.
—No, no, no. La violencia física es de gente sin imaginación. Además, ir a la cárcel no entra en mis planes a corto plazo. Lo voy a arruinar, Elena. Lo voy a destrozar psicológicamente. Y voy a empezar por su adorado piso. Su templo de la rutina.
Miré el reloj del móvil. Las tres y cuarto de la tarde. Paco, en su mensaje de pánico, había dicho que iba para casa. Probablemente ya estaría allí, hiperventilando, buscando sus pastillas para el estrés y ensayando un discurso patético delante del espejo.
—Me voy para casa —anuncié, levantándome de la silla.
—¿Vas sola? Ni hablar. Voy contigo. Si se pone tonto, le pego un palazo con la fregona que lo mando a la otra orilla del río Turia.
—No, Elena. Tú te quedas aquí achicando agua y cuidando de Lucía. Esto es algo que tengo que hacer sola. Necesito verle la cara cuando intente explicarme cómo es posible que su esperma haya estado empadronado en dos domicilios distintos durante los últimos ocho años.
Le di un abrazo a mi hermana, sintiendo la humedad de su chándal contra mi ropa. Ella me apretó fuerte.
—No le dejes ni respirar, Carmen. A la yugular. Y a la vieja de su madre, si te la cruzas, le escupes de mi parte.
PARTE 7
Salí a la calle y paré el primer taxi que vi. Le di al conductor la dirección de mi casa, o de lo que hasta hace dos horas consideraba mi casa. Un piso estupendo en el barrio del Pla del Real, pagado religiosamente a medias entre los dos, decorado a mi gusto y mantenido impecablemente por mi obsesión por la limpieza y la manía de Paco de que cada cosa tuviera su sitio exacto.
Durante el trayecto, mi cabeza era un hervidero de ideas tácticas. No iba a ser la típica mujer llorosa que le tira la ropa por el balcón. Eso es un cliché barato de película de antena tres los domingos por la tarde. Yo iba a ejecutar una demolición controlada. Una cirugía de precisión sobre su vida perfectamente ordenada.
Llegué al portal. Subí en el ascensor mirando fijamente los números de la pantalla digital. Piso cinco. Metí la llave en la cerradura y abrí la puerta con sigilo. El piso estaba en silencio. Un silencio pesado, denso. El olor a ambientador de vainilla y canela que siempre compraba me dio de repente unas náuseas espantosas.
Dejé las llaves en el cuenco de la entrada y avancé por el pasillo. La puerta del salón estaba entreabierta. Me asomé despacio. Y allí estaba él.
Paco. El gran estratega.
Estaba sentado en el borde del sofá de piel blanca —nuestra mayor inversión del último lustro—, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos. Tenía la corbata azul marino desabrochada y colgando torcida. La chaqueta del traje tirada de cualquier manera sobre el sillón a juego. A su lado, en la mesita de centro, había un vaso de tubo con dos dedos de whisky y su teléfono móvil, que no paraba de iluminarse intermitentemente.
Me apoyé en el marco de la puerta, crucé los brazos sobre el pecho y me quedé mirándolo. Lo observé como un entomólogo observa a un escarabajo pelotero intentando mover una bola de estiércol demasiado grande. No sentí absolutamente nada. Ni pena, ni amor, ni lástima. Solo un desprecio frío, calculador y profundo.
Tardó casi un minuto en darse cuenta de que yo estaba allí. Levantó la cabeza despacio, con los ojos inyectados en sangre y unas ojeras que le llegaban hasta las mejillas. Al verme, dio un respingo en el sofá, como si le hubieran aplicado una descarga eléctrica. Se puso de pie de un salto, tirando casi el vaso de whisky al suelo.
—¡Carmen! —exclamó, con la voz rota. Dio un paso hacia mí, con las manos extendidas en un gesto de súplica que me pareció patético—. Mi amor… gracias a Dios. Llevo horas llamándote. Estaba desesperado. Yo… yo te lo puedo explicar. Te lo juro. Siéntate, por favor. Déjame hablar.
Mantuve mi posición en el marco de la puerta. No moví ni un músculo de la cara.
—No quiero sentarme, Paco —dije con una calma helada—. Y la verdad es que no hay mucho que explicar. Las matemáticas son ciencias exactas. Siete años tiene el niño, según tengo entendido. Nosotros llevamos diez casados. Silvia lleva ocho contigo. Supongo que hubo un año de solapamiento donde te sentiste un auténtico campeón gestionando agendas, ¿verdad?
Paco tragó saliva ruidosamente. Se pasó una mano temblorosa por el pelo ralo que le quedaba, despeinando justo ese remolino estúpido que había heredado su hijo clon.
—Fue… fue un error, Carmen. Te lo juro por mi vida. Fue una racha mala que pasamos, ¿te acuerdas? Cuando me ascendieron en la gestoría, yo tenía mucho estrés, tú estabas siempre de viaje con la empresa… Nos distanciamos. Y conocí a Silvia en un curso de formación continua del colegio de economistas. Fue un desliz. Una noche de debilidad.
Levanté una ceja, maravillada ante la capacidad del ser humano para mentir de forma tan cutre.
—Paco, cariño… Un desliz es liarte con la secretaria en la cena de Navidad de la empresa, arrepentirte al día siguiente y pedirle a Dios que no te haya pegado clamidia. Un desliz NO es alquilar un piso en Ruzafa, comprar un monovolumen, empadronarse, tener dos hijos con nombres compuestos, llevarlos al colegio y mandar a tu santa madre a recogerlos comprándoles pirulís en el kiosco. Eso, Paco de mi vida, no es un desliz. Eso es una franquicia familiar. Has abierto una sucursal de tu vida sin avisar a los socios fundadores.
Paco se acercó un poco más, con lágrimas resbalando por sus mejillas. Lloraba como un niño pequeño al que han pillado robando en el supermercado.
—¡Pero yo te quiero a ti! —sollozó, intentando agarrarme de las manos. Di un paso rápido hacia atrás, como si estuviera a punto de contagiarme la lepra—. ¡Tú eres mi mujer! Silvia… Silvia fue un error que se hizo grande. Ella se quedó embarazada del mayor, de Hugo, a los tres meses de conocernos. Yo quise dejarlo, te lo juro. Quise confesar. Pero me amenazó con arruinarme la carrera, con venir a buscarte. Tuve miedo, Carmen. Fui un cobarde. Y mi madre… mi madre se enteró por casualidad hace cinco años, y me obligó a hacerme cargo. Me dijo que un hijo es un hijo, y que tenía que cumplir.
—¡No metas a tu madre en esto! —le interrumpí, alzando la voz por primera vez—. Tu madre es otra miserable cómplice. Durante cinco años se ha sentado en mi mesa en Nochebuena. Se ha comido mi pavo relleno. Me ha mirado a la cara y me ha reprochado que mi reloj biológico se estaba secando mientras ella sabía perfectamente que tú estabas diseminando tu genética por media Valencia. ¡Sois unos monstruos!
—¡Estaba atrapado! —gritó Paco, cayendo de rodillas frente a mí. Una escena dantesca y melodramática que me dio más vergüenza ajena que otra cosa—. No sabía cómo salir. Mantenía a las dos familias. Me mataba a trabajar para que a ti no te faltara de nada y para pagar la manutención de los críos. Por favor, Carmen, perdóname. Podemos empezar de cero. Podemos irnos lejos. A Madrid. A otra ciudad. Dejo a Silvia, le paso una pensión, y empezamos nosotros. Tú y yo.
Lo miré arrodillado en la alfombra persa que compramos en aquel viaje a Estambul en nuestra luna de miel. Un viaje pagado a medias. Un matrimonio pagado a medias. Una farsa pagada con mis años de lealtad.
Respiré profundamente. Me agaché hasta quedar a la altura de sus ojos llorosos.
—Paco, escúchame bien porque solo lo voy a decir una vez —susurré, con un tono cortante y definitivo—. No vamos a ir a Madrid. No vamos a empezar de cero. No hay un “tú y yo”. Lo único que hay ahora mismo es un proceso de divorcio que va a hacer temblar los cimientos de tu querida gestoría. Voy a llamar al mejor abogado de Valencia. Al más caro, al más despiadado. A ese que todos los ricos contratan cuando quieren despellejar a su cónyuge. Y voy a pedir hasta la última cucharilla de postre de este puto piso.
Paco me miró aterrado. El llanto se le cortó de golpe al oír la palabra “abogado”. Ahí estaba el verdadero Paco. El contable. Al que le importaba más el Excel de sus cuentas bancarias que los sentimientos humanos.
—Carmen… no hagas esto. Sabes que mis ahorros están invertidos en el fondo mutuo… Si lo tocamos ahora hay penalizaciones enormes…
No pude evitarlo. Me eché a reír a carcajadas. Era tan predecible, tan absurdamente materialista.
—Me importan un carajo las penalizaciones del fondo, Paco. Como si lo tenemos que sacar en billetes de cinco euros y prenderle fuego en la falla de la Plaza del Ayuntamiento. Te voy a hundir. Financieramente. Socialmente. Tu jefecito de la gestoría es muy católico y muy de la vieja guardia, ¿verdad? No creo que le haga mucha gracia saber que su empleado estrella es un bígamo de manual.
Paco palideció de forma alarmante. Si antes estaba blanco, ahora parecía translúcido.
—No… no serás capaz. Me vas a arruinar la vida.
—Tú me la has arruinado a mí, imbécil. Ahora solo estoy igualando el marcador. —Me levanté, alisándome los pantalones con un gesto elegante—. Tienes exactamente diez minutos para meter en una maleta lo indispensable: tus calzoncillos tristes, tus camisas aburridas y el neceser. Luego vas a coger tus llaves de este piso y las vas a dejar encima de la mesa. Y te vas a ir. Y te juro por la memoria de mi padre que, si no estás fuera de aquí en diez minutos, llamo a la policía y digo que te has atrincherado en mi casa y temo por mi vida.
PARTE 8
Durante esos diez minutos gloriosos, me dediqué a pasear por la casa con una copa del mejor vino tinto que teníamos en la bodega, un Rioja Gran Reserva que Paco guardaba “para una ocasión especial”. Creí que celebrar que me había librado de un sociópata encubierto era la ocasión más especial del mundo.
Paco corría de la habitación al baño, sollozando en voz baja, metiendo cosas al buen tuntún en una maleta de cabina. Lo veía pasar de reojo por el pasillo. Tropezó un par de veces. Se le cayó una pila de camisas planchadas al suelo. Yo daba pequeños sorbos a mi copa de vino, observando la desintegración de un hombre gris.
Cuando pasaron exactamente nueve minutos y cincuenta segundos, Paco apareció en la puerta del salón arrastrando la pequeña maleta de ruedas. Tenía los hombros hundidos, la mirada gacha y el aspecto de un perro al que acaban de echar a escobazos a la calle en medio de una tormenta.
—Ya estoy —dijo, con voz derrotada. Sacó el manojo de llaves de su bolsillo y, con un movimiento lento y agónico, lo dejó sobre el cristal de la mesa de centro. El sonido metálico de las llaves chocar contra el cristal fue música celestial para mis oídos.
—Muy bien —dije, apurando el último trago de vino y dejando la copa vacía junto a sus llaves—. Ahora te vas. Puedes irte a casa de tu madre. Seguro que doña Amparo te hace un hueco en la cama de invitados y te cuenta el cuento de las buenas noches. O puedes irte al pisito de Ruzafa con la titular. Aunque, francamente, después del espectáculo de hoy en el colegio, dudo mucho que Silvia te reciba con los brazos abiertos. Debe estar afilando los cuchillos de la cocina.
Paco me lanzó una última mirada de cordero degollado.
—Algún día te darás cuenta de que te quería, Carmen. De que fuiste el amor de mi vida.
—Y tú algún día te darás cuenta de que eres un cantamañanas sin remedio. Cierra al salir, que entra corriente.
Paco dio media vuelta. Escuché sus pasos pesados arrastrarse por el pasillo. El sonido de la puerta principal al abrirse. Y finalmente, el clic metálico y definitivo de la puerta cerrándose a sus espaldas.
Me quedé sola en el piso. El silencio ya no era denso; ahora era un silencio limpio, purificador. Solté un suspiro largo, un suspiro que llevaba acumulando diez años en los pulmones. Me tiré en el sofá blanco, me quité los botines, estiré las piernas y miré al techo.
Estaba agotada. El subidón de adrenalina estaba empezando a bajar, dejando paso a un cansancio físico brutal. Pero no tenía tiempo para hundirme en la miseria. Esto era una guerra relámpago, y mañana por la mañana empezaba la segunda fase: la ofensiva bancaria.
A la mañana siguiente, miércoles de Fallas, me levanté a las siete y media. No había dormido mucho, pero estaba fresca como una rosa. Tenía los ojos hinchados, sí, pero la determinación de hierro no se me había borrado de la cara. Me di una ducha de agua casi fría, me puse mi traje sastre negro más imponente —el de las reuniones importantes en mi empresa de logística—, unos tacones de aguja que hacían ruido al caminar y pintalabios rojo carmesí. Si iba a ir a la guerra financiera, iba a ir vestida de generala.
Llegué a la sucursal de nuestro banco en la Gran Vía Marqués del Turia a las ocho y veinticinco, cinco minutos antes de que abrieran las puertas. Hacía fresco, y el olor a pólvora quemada de la noche anterior todavía flotaba en el ambiente. Había un par de jubilados esperando para actualizar la cartilla y yo.
Cuando el director de la sucursal, un tal Ernesto que nos conocía de sobra a Paco y a mí, abrió la persiana de seguridad, me planté en su mesa antes de que le diera tiempo a encender el ordenador.
—Buenos días, Ernesto —dije, con una sonrisa deslumbrante y depredadora—. Vengo a hacer unos movimientos de capital. Urgentes.
Ernesto, un señor bajito y calvo con gafas de concha, parpadeó sorprendido.
—Hombre, Carmen, qué madrugadora. En plenas Fallas. ¿Qué pasa, que Paco y tú habéis encontrado por fin ese chalé en la Eliana que estabais buscando y vais a dar la entrada?
—No, Ernesto. Paco y yo nos divorciamos. Y vengo a vaciar la cuenta conjunta y a bloquear mi parte de los fondos de inversión antes de que ese desgraciado mueva un solo céntimo para pagarle los pañales a los dos bastardos que me lleva ocultando ocho años.
Ernesto se quedó con la boca abierta. El bolígrafo Bic que sostenía en la mano se le escurrió entre los dedos y cayó al suelo. Parecía que le iba a dar un ataque isquémico transitorio. Tragó saliva, asintió despacio y empezó a teclear en su ordenador a la velocidad de la luz.
—Enseguida… enseguida te tramito esto, Carmen. Faltaría más.
Salí del banco una hora después con un talón conformado a mi nombre por la mitad exacta de absolutamente todo lo que habíamos acumulado durante la última década. Paco tenía la otra mitad retenida, pero con las comisiones, los impuestos y los pagos inminentes que se le venían encima entre abogados y manutenciones, su mitad iba a desaparecer más rápido que un petardo chino en una hoguera.
Caminé por la Gran Vía, respirando el aire de Valencia. El sol brillaba con fuerza. Los turistas empezaban a llenar las calles. A lo lejos, se escuchaban las primeras bandas de música falleras tocando pasodobles desafinados.
Mi teléfono sonó. Era mi hermana Elena.
—¿Y bien, ejecutora? ¿Cómo ha ido? —preguntó Elena, con voz de conspiradora.
—Hecho. Estoy oficialmente desvinculada económicamente del parásito. Ahora solo queda que los abogados se peleen por las migajas. ¿Qué tal tu casa?
—El fontanero acaba de llegar. Me va a costar un riñón, pero bueno. Oye, me ha llamado Silvia. La de los pirulís.
Me detuve en seco en medio de la acera. Un grupo de adolescentes vestidos de falleros casi se choca conmigo.
—¿Qué dices? ¿Silvia te ha llamado a ti? ¿Cómo ha conseguido tu número?
—Se lo dio la vieja asquerosa de Amparo. Resulta que Silvia montó un pollo espectacular anoche en su casa. Al parecer, cuando Paco llegó con la maletita de ruedas, Silvia no le dejó pasar del felpudo. Le tiró un jarrón a la cabeza que casi le abre una brecha. Y a Amparo la echó a gritos a la escalera acusándola de ser la artífice del engaño.
—Madre mía… —murmuré, alucinando—. ¿Y para qué te llamaba?
—Quería tu número de teléfono. Dice que quiere hablar contigo. Que os tenéis que sentar a tomar un café como dos mujeres adultas a las que les han destrozado la vida. Que juntas podéis hundir a Paco del todo en los tribunales cruzando datos financieros. Dice que sospecha que él le ha estado robando dinero de su empresa también para mantener su estilo de vida contigo.
Me eché a reír en medio de la calle. Era poético. Era absolutamente perfecto. El cazador cazado por las dos leonas a las que intentó domesticar.
—Pásale mi número, Elena. Dile a Silvia que mañana la invito a comer una paella en la playa. Invito yo, que hoy soy un poco más rica que ayer.
Colgué el teléfono. Miré hacia el cielo azul, sin una sola nube. Mañana era diecinueve de marzo. San José. La noche de la Cremà. Todas las Fallas, todos los monumentos de cartón piedra que decoraban la ciudad, iban a arder hasta los cimientos. El fuego purificador lo iba a consumir todo.
Pensé en mi matrimonio. En Paco. En doña Amparo y su abrigo beige. En los diez años de rutina mentirosa. Todo eso era mi propia falla privada. Un monumento grotesco de falsedad y apariencias. Y mañana, igual que el resto de la ciudad, iba a disfrutar viéndolo arder hasta quedar convertido en un montón de cenizas barridas por el viento.
Me coloqué las gafas de sol, apreté el bolso contra mi costado y seguí caminando. Por primera vez en mucho tiempo, tenía ganas de fiesta. Tenía ganas de comprar unos buñuelos, de tomarme un agua de Valencia y de celebrar que, a mis casi cuarenta años, la vida me acababa de regalar el billete de salida de la jaula más aburrida y asquerosa del mundo. Y lo mejor de todo, es que yo tenía la llave del candado, el dinero en el banco, y a doña Amparo sufriendo de por vida en su infierno de vergüenza ajena. No se podía pedir más.