Posted in

Fue Vendida A Un Hombre Sin Corazón… Hasta Que Un Duque La Salvó En Plena Noche

—No vuelvas a decir que no —gruñó él.

Sobre la mesa había un contrato, una pluma de oro y una copa de vino derramada que parecía sangre sobre el mantel blanco. La madre de Isabela, Dolores, miraba hacia otro lado. Su hermano menor, Mateo, apretaba los labios con los ojos llenos de lágrimas. En la cabecera, sentado como dueño de la casa aunque acababa de llegar, estaba Don Severino Alarcón, un hombre de manos pálidas, sonrisa muerta y ojos tan fríos que ni el fuego de la chimenea podía reflejarse en ellos.

—Tu familia debe treinta mil pesos —dijo Severino con voz tranquila—. Tu padre no puede pagar. Tu hermano robó de mis bodegas. Tu madre firmó como testigo. Y tú, señorita Montenegro, eres la garantía.

Isabela miró a su madre.

—¿Tú también lo sabías?

Dolores cerró los ojos. Una sola lágrima bajó por su mejilla, pero no dijo nada.

Ese silencio fue peor que la bofetada.

—No soy una vaca para ser vendida —susurró Isabela.

Severino sonrió apenas.

—No. Una vaca vale menos.

Mateo se levantó de golpe.

—¡No se la lleve! ¡Fui yo! ¡Yo tomé el dinero!

Tomás lo empujó contra la pared.

—¡Cállate, desgraciado! ¡Por tu culpa estamos así!

Isabela sintió que el mundo se inclinaba. Su familia, la misma que la había criado con sermones sobre honor, estaba dispuesta a entregarla para salvar una tienda en quiebra y un apellido podrido. Pero entonces Severino sacó un segundo papel del bolsillo interior de su abrigo.

—Hay otra cosa —dijo—. La boda será mañana al amanecer. Esta noche se viene conmigo.

Dolores por fin habló, con voz rota.

—Tomás… prometiste que tendría una semana.

Read More