SORAYA JIMÉNEZ : LA ASQUEROSA TRAICIÓN QUE ACABO CON SU VIDA
Levantó 225,G5. Se convirtió en la primera mexicana en ganar oro olímpico en la historia. 13 años después murió sola sin pulmón derecho, escribiendo su última frase en Facebook a las 3 de la mañana. El acta oficial dice que murió de un infarto. La realidad es que llevaba 13 años muriendo lentamente y hubo un asqueroso hombre que apareció el día que ganó el oro y la destrozó hasta que ya no le servía. Quédate hasta el final.
Vas a saber quién fue ese hombre y qué le hizo durante 13 años y por qué su hermano todavía hoy no se atreve a decir el nombre. Soraya Jiménez no murió esa madrugada. murió mucho antes, pero antes de llegar al hombre que la destrozó, hay algo que tienes que entender. Porque para entender cómo alguien acaba con la vida de una atleta olímpica en 13 años, primero hay que saber quién era esa muchacha cuando todavía estaba entera, cuando todavía pesaba lo que tenía que pesar, cuando todavía dormía bien por las noches. La pregunta no es de qué
murió Soraya Jiménez. La pregunta es, ¿por qué nadie de su familia ha querido hablar del hombre que estuvo en cada paso de los últimos 13 años de su vida? 5 de agosto de 197. Naucalpan, Estado de México, una colonia de clase media baja al norte de la ciudad de México. Un matrimonio que ya tenía cuatro hijos y que esperaba un quinto.
Y ese día nacieron dos, Soraya y su gemela Daniela. idénticas. Cabello oscuro, piel morena, manos grandes desde el primer momento. La madre, doña Concepción Mendoza, las cargó a las dos al mismo tiempo. El padre, José Luis Jiménez miró a las dos niñas y dijo una frase que Soraya iba a escuchar repetida toda su infancia. Una frase que años después su hermano mayor José Luis Jiménez Mendoza iba a contar al periodista deportivo Carlos Albert en una entrevista que pocos vieron. Detalle textual.
El padre dijo, “Estas dos van a ser fuertes. Estas dos no me van a dar trabajo.” Tenía razón con la primera parte. Iban a ser fuertes. La segunda parte se le iba a romper en pedazos 35 años después. Soraya y su gemela crecieron compitiendo, compitiendo en todo, en las tareas, en los partidos, en la cocina. Esa competencia entre las dos fue lo que llevó a Soraya al deporte y el deporte fue lo que la llevó al hombre que la destruyó.
A los 7 años, Soraya empezó a jugar baloncesto en una cancha de tierra de la primaria pública del barrio. Su gemela también. Las dos eran altas para su edad, las dos eran rápidas. Las dos pegaban más que las otras niñas. La maestra de educación física las metió juntas al equipo y empezaron a ganar. Para los 12 años, las dos hermanas Jiménez ya estaban en la selección estatal de baloncesto del Estado de México.
Para los 14 viajaban juntas a torneos en otros estados y para los 15 Soraya tuvo el accidente que cambió todo. Fue en un partido en Toluca. Soraya iba bajando una pelota dividida cuando una jugadora del otro equipo le entró con la rodilla por delante. El crujido se escuchó hasta la grada. Soraya cayó al suelo gritando. La rodilla izquierda se le rompió en tres lugares.
El médico del equipo le dijo que iba a estar fuera de las canchas un año. Soraya tenía 15 años. Pensó que era el fin. La gemela lloró toda la noche en el cuarto que compartían. Pero el médico que la operó, un señor que trabajaba en el Centro Olímpico Mexicano, le dijo a la salida del hospital una frase que iba a cambiar todo.
Frase que José Luis, el hermano mayor, iba a contar después. le dijo, “Mucha, para que esa rodilla aguante el resto de tu vida, tienes que meterte al gimnasio, a levantar pesas, a fortalecer el músculo. Empieza con poco peso, termina con mucho, es lo único que va a hacer que vuelvas a caminar bien.” Soraya le hizo caso. A los 6 meses de la cirugía, Soraya entró por primera vez al gimnasio del Centro Deportivo Olímpico Mexicano de Itacalco.

Se quitó los tenis, se puso unos zapatos planos prestados y agarró una barra vacía. Pesaba 15 kg. La levantó sin esfuerzo. El entrenador del gimnasio, un señor mayor llamado Pedro Fuentes, la vio levantar la barra vacía. La vio levantar 10 kg, 20, 30. Y a los 40 kilos, Pedro Fuentes paró el ejercicio. Le dijo a Soraya que se sentara, le dijo que esperara y se fue al teléfono.
Llamó al director del Centro Olímpico Mexicano. Le dijo que tenía una muchacha de 15 años con una rodilla recién operada que estaba levantando 40 kg sin sudar. El director le preguntó si estaba seguro. Pedro le contestó que sí. El director le dijo que la firmara esa misma tarde. Soraya firmó esa tarde sin saber qué estaba firmando.
Su madre tampoco entendió. Pero el hombre del Centro Olímpico dijo que era para que su hija pudiera entrenar en una disciplina nueva. Una disciplina llamada Alterofilia. La firmaron. Esa firma de 1992 fue la primera de muchas. La alterofilia iba a darle a Zoraya una medalla de oro olímpica 8 años después y también iba a ser la puerta por la que iba a entrar el hombre que iba a destruirla.
Pero la alterofilia en 1992 tenía un problema en México, un problema que Soraya no entendió hasta 6 meses después. La alterofilia femenil no era reconocida por la Federación Mexicana de Alterofilia. No había presupuesto, no había entrenadores especializados para mujeres, no había competencias oficiales.
La federación le dijo a Soraya que podía entrenar, pero que no podía competir. Le dijeron que la alterofilia era cosa de hombres. Le dijeron que las mujeres no tenían el cuerpo para esa disciplina. Le dijeron que se buscara otra cosa. Soraya tenía 16 años y aprendió esa tarde algo que iba a aprender de nuevo durante el resto de su vida.
Aprendió que en México una mujer tenía que pelear el doble que un hombre por las mismas oportunidades. Pero en lugar de buscarse otra cosa, Soraya hizo algo que iba a definirla. se metió a una computadora del Centro Olímpico, una computadora que apenas tenía conexión a internet en 1993 y empezó a buscar entrenadores de alterofilia femenil en otros países.
Estuvo tres días buscando, encontró ocho nombres, les escribió correos electrónicos a los ocho, le contestaron tres y de los tres, uno aceptó venir a México por una cantidad que Soraya iba a tener que conseguir. Recuerda este correo electrónico. 1993. Una muchacha de 16 años en una computadora del Centro Olímpico buscando entrenadores en el extranjero.
Ese correo es el primer caramelo de esta historia y vamos a volver a él más adelante. El entrenador que aceptó era búlgaro. Tenía 47 años. Era exolímpico. Había entrenado a tres campeonas mundiales. Pidió $4,000 al mes para vivir en México. Soraya, que tenía 16 años y vivía con sus padres en Naalpan, no tenía esos $4,000.
La Federación Mexicana de Alterofilia tampoco se los iba a dar. Y en ese momento, en la oficina del Centro Olímpico, mientras Soraya leía el correo del búlgaro, un hombre que estaba revisando papeles en la mesa de al lado se acercó. Un hombre que tenía 38 años, bien vestido, camisa blanca planchada, reloj caro, acento norteño, zapatos italianos lustrados.
Le dijo a Zoraya que él podía conseguirle los 000. Le dijo a Soraya que él era empresario, que él patrocinaba atletas, que él creía en el deporte mexicano, que él iba a hacer su mecena si Soraya lo dejaba, sin pedir nada a cambio, solo verla competir y verla ganar. Soraya tenía 16 años, no sabía leer contratos, no sabía hacer preguntas. Le dijo que sí.
El hombre se presentó, le dijo que se llamaba Sergio Mendoza. Esa fue la primera vez que Soraya vio a Sergio Mendoza y no iba a saberlo en ese momento, pero acababa de conocer al hombre que iba a robarle la vida en cámara lenta durante los siguientes 20 años. Lo que Sergio Mendoza hizo en las siguientes 48 horas fue lo que solo un hombre que llevaba años esperando esa oportunidad sabe hacer.
llamó a un banco, transfirió $8,000 a una cuenta nueva que abrió a nombre de una sociedad mercantil registrada en Puerto Vallarta. Le pagó al búlgaro el primer mes por adelantado. Le compró un boleto de avión desde Sofía, le rentó un departamento en Coyoacán y le compró a Soraya su primera membresía del gimnasio privado del Centro Olímpico.
Soraya, en 48 horas pasó de no tener nada a tener un entrenador búlgaro de nivel mundial, un departamento donde entrenar fuera de horario y una persona que le contestaba todas sus llamadas a cualquier hora del día. Lo que Soraya no entendió esa semana, lo que no iban a entender hasta 20 años después, es que Sergio Mendoza no estaba invirtiendo en una atleta.
Sergio Mendoza estaba comprando una vida. Sergio Mendoza no era empresario. Sergio Mendoza tenía 38 años y vivía de algo que no era patrocinar atletas. A esto vamos a llegar. Pero todavía no. El entrenador búlgaro llegó a la ciudad de México en marzo de 1994. Soraya tenía 16 años y 8 meses. El búlgaro la vio entrenar tr días.
Al cuarto día le dijo a través de un traductor que Sergio Mendoza le pagó lo siguiente. Frase textual que José Luis, el hermano, iba a contar al periodista deportivo Roberto Tapia en 2015. le dijo, “Mucha, si haces lo que te diga, en 6 años estás en los Juegos Olímpicos, en 8 años eres campeona del mundo.
Solo tienes que prometerme una cosa, no volver a tocar a un hombre, no volver a salir con muchachos, no volver a perder un minuto en cosas de niña. Tu cuerpo es mío hasta que ganes el oro.” Soraya le prometió. Tenía 16 años. No entendía lo que estaba prometiendo, pero firmó otro papel y empezó a entrenar 6 horas al día, seis días a la semana, durante 6 años.
Y en esos 6 años, Sergio Mendoza estuvo presente en cada paso. Pagó las cirugías de mantenimiento de la rodilla, pagó las vitaminas, pagó los doctores, pagó los suplementos, pagó los viajes a competencias internacionales. Pagó las pastillas para dormir cuando Soraya no podía dormir por el dolor. pagó los antidepresivos cuando Soraya entró en depresión después de la primera competencia internacional en 1996.
Cada una de esas pastillas Soraya la tomó pensando que era para su carrera. Cada una de esas pastillas estaba creando una dependencia que Sergio Mendoza ya tenía calculada. Vamos a entender por qué. Septiembre de 1998. Soraya tiene 21 años. Récord nacional de alterofilia femenil en cuatro categorías de peso.
Medallista de oro en los Juegos Centroamericanos. Le faltan 2 años para Sydney 2000. Su entrenador, Búlgaro le dice que está lista para el oro olímpico. Sergio Mendoza le dice que ya está todo pagado, que solo tiene que entrenar. Pero esa semana de septiembre pasa algo. Soraya gana una pelea con su entrenador búlgaro.
Le grita, le dice que ya no puede más, que el peso le está rompiendo la espalda, que necesita descansar, que la rodilla operada le está doliendo otra vez. El búlgaro le dice que descansar es perder, que perder es no ir a los juegos, que no ir a los juegos es traicionar a la persona que la trajo. Soraya esa noche se fue a su casa de Naucalpán. Lloró frente a su madre.
Le dijo que ya no quería entrenar, que quería estudiar, que quería tener novio, que quería ser una muchacha normal. Su madre la abrazó, le dijo que decidiera ella, que la familia la iba a apoyar en lo que decidiera. Y a las 11 de la noche sonó el teléfono. Era Sergio Mendoza. Soraya contestó.
Sergio Mendoza le habló durante 18 minutos. Cuando Soraya colgó el teléfono, le dijo a su madre que iba a seguir entrenando, que se había confundido, que el búlgaro tenía razón. Lo que Sergio Mendoza le dijo a Soraya en esos 18 minutos por teléfono es algo que solo iba a saber 13 años después su hermano José Luis cuando encontrara en el departamento donde murió su hermana un cuaderno donde Soraya había anotado, palabra por palabra esa conversación.
Ese cuaderno es otro caramelo. Vamos a abrirlo más adelante, pero hoy lo dejamos sembrado. Porque lo que Sergio Mendoza le dijo a Soraya esa noche de septiembre de 1998 es la pieza que conecta toda la historia. Soraya volvió a entrenar al día siguiente y los siguientes 22 meses fueron los más duros de su carrera.
Entrenamientos a las 5 de la mañana. Cirugía menor en la rodilla en noviembre de 1999. Cuatro infiltraciones de cortisona en 6 meses. Pastillas para el dolor todos los días. Pastillas para dormir todas las noches. Pastillas para despertar todas las mañanas. y un hombre, Sergio Mendoza, que le entregaba personalmente cada lunes un sobre con todas las pastillas que iba a necesitar esa semana.
Soraya nunca le preguntó qué eran. Sergio Mendoza nunca le explicó. El búlgaro nunca intervino. Su madre no sabía, su gemela tampoco. En 1999, Soraya gana el Campeonato Panamericano de Alterofilia en Winnipec, Canadá. En el 2000 gana el campeonato mundial juvenil. En septiembre del 2000 llega a Sydney, lista para competir por la medalla olímpica.
Pero antes de Sydney, en agosto de ese mismo año, en una clínica privada de la Ciudad de México, le hicieron a Soraya un examen rutinario antes de viajar. Un examen de rutina obligatorio para todos los atletas olímpicos mexicanos. Un examen que detectó algo que los doctores de la federación nunca le explicaron a Soraya, algo que sí le explicaron a Sergio Mendoza, porque él era quien pagaba las cuentas.
Ese examen es el cuarto caramelo de esta historia y la información que tiene es lo que Sergio Mendoza usó para controlar a Zoraya durante los siguientes 13 años. Lo que el examen médico de agosto del 2000 detectó en el cuerpo de Soraya Jiménez fue una hipertrofia cardíaca leve. El médico de la federación, Dr. Roberto Aguilar, anotó en el expediente que la atleta tenía el ventrículo izquierdo ligeramente engrosado, que era común en atletas de fuerza, que no requería tratamiento inmediato, que se hicieran un electrocardiograma cada 12
meses por precaución. Soraya nunca vio ese expediente. Sergio Mendoza sí lo vio y lo guardó. Lo guardó durante 13 años porque ese papel era la pieza que él necesitaba para que Soraya nunca pudiera escapar. 18 de septiembre del 2000. Sydney, Australia. Pabellón de alterofilia del Parque Olímpico. Categoría 69 kg, peso corporal femenil.
La favorita era Ersebet Marcus, una húngara de 29 años, dos veces campeona del mundo. La segunda favorita era una china de 22 años llamada Lyn Waying. La tercera era una rusa. Soraya Jiménez Mendoza estaba listada como sexta favorita. Pesaba 68, 200. Tenía 23 años. Llevaba 8 años entrenando, llevaba tres operaciones de rodilla.
Llevaba 37 pastillas en el organismo solo esa mañana y llevaba a Sergio Mendoza sentado en la grada, vestido de traje gris con los lentes oscuros puestos observándola desde la primera fila. El entrenador búlgaro le dio las últimas instrucciones. Le dijo que arrancara con 95 kg, que el dejara para los 120, que el total iba a estar en 215, suficiente para medalla de bronce.
Soraya le hizo caso en el arranque. Levantó 95 kg limpios, después 97 y5, después 100. Y entonces, sin que el búlgaro lo aprobara, Soraya pidió 125 kg en el envión. Una cifra que la dejaba con 225 kg y medio totales. Una cifra que ninguna de las favoritas estaba intentando. Una cifra que iba a romper el récord olímpico de la categoría si la levantaba.
El búlgaro le gritó desde la esquina que no. Sergio Mendoza desde la grada no se movió. Soraya se acercó a la barra. Se enyesó las manos, cerró los ojos y levantó 225 k,gab muchacha de 23 años que pesaba 68, tres veces y un tercio su propio peso corporal. Soraya sostuvo la barra arriba durante los 3 segundos reglamentarios. La dejó caer.
La gente del pabellón se levantó gritando. La húngara Ercebet Marcus, sentada en la zona de calentamiento, se puso a llorar y un comentarista de la televisión australiana dijo en vivo una frase que la madre de Soraya iba a recordar el resto de su vida. Frase textual dijo history. Mexico just made history. The first one. The first one ever.
Soraya Jiménez se convirtió esa tarde de septiembre del 2000 en la primera mexicana en ganar oro olímpico en la historia del país. La primera en 107 años de participación mexicana en Juegos Olímpicos. Antes que ella, nadie, nunca, solo hombres. Esa medalla de oro fue la última cosa buena que le pasó a Soraya Jiménez.
5 minutos después de bajar del podio, Sergio Mendoza la abrazó, la cargó y le dijo al oído una frase que nadie escuchó, una frase que ella anotó en su cuaderno esa misma noche. Lo que Sergio Mendoza le dijo al oído fue lo siguiente. Según el cuaderno que el hermano José Luis iban a encontrar 13 años después en el departamento donde su hermana murió sola.
frase textual escrita por puño y letra de Zoraya. Mendoza le dijo, “Ya eres mía completa. Todo lo que vas a cobrar es mío. Todo lo que vas a firmar es mío. Y a la primera que se te ocurra hablar, ya sabes lo que tengo.” Soraya tardó tres meses en entender lo que él le había dicho.
Pero esos tres meses, mientras la prensa mexicana la coronaba como la heroína nacional, mientras el presidente Vicente Fox la condecoraba en Los Pinos, mientras la Comisión Nacional del Deporte le anunciaba un premio nacional deporte de $200,000, Sergio Mendoza ya estaba moviendo el dinero. Esos $200,000 no llegaron nunca a las manos de Soraya.
Y aquí es donde empieza el pago de lo que prometí desde el inicio. Vamos a saber qué hizo Sergio Mendoza con el dinero del oro olímpico y vamos a saber qué le hizo a Zoraya con el cuerpo durante los siguientes 13 años. Sergio Mendoza recibió el cheque del Premio Nacional Deporte el 15 de diciembre del 2000. El cheque venía a nombre de Soraya Jiménez Mendoza. $200,000 americanos.
Sergio Mendoza llevó a Soraya a una sucursal del banco Bancomer de Avenida Insurgentes. Le dijo que para depositar el cheque necesitaban firmar una autorización conjunta. Soraya firmó sin leer, sin preguntar. Lo que Soraya firmó esa tarde era un poder notarial limitado que le daba a Sergio Mendoza la administración total del dinero.
La autorización conjunta significaba que cualquier retiro mayor a $1,000 requería la firma de los dos, pero los retiros menores a 000 los podía hacer Sergio Mendoza solo sin avisarle a Soraya, sin pedir permiso. En los siguientes 4 años, Sergio Mendoza hizo 1462 retiros menores a 000 de esa cuenta. 1462 distribuidos en 47 cajeros automáticos diferentes de la Ciudad de México, Guadalajara, Cancún, Acapulco y Puerto Vallarta.
Movimientos cortos, distintos días, distintos horarios, sin patrón aparente, imposibles de rastrear sin una orden judicial. Cuando Soraya en 2005 quiso comprar un departamento, fue al banco a pedir su saldo. La empleada le dijo que la cuenta tenía $4812. Soraya pensó que era un error. Pidió el estado de cuenta, lo revisó y entendió esa tarde que Sergio Mendoza le había robado $5,000 en 4 años, pieza por pieza, cajero por cajero.
Soraya esa noche le llamó a Sergio, le gritó, le exigió explicaciones. Sergio Mendoza, según el cuaderno donde Soraya anotaba todo, le contestó con seis palabras que dejaron a Soraya callada. Mendoza le dijo, “Tengo lo del examen. Acuérdate.” Soraya colgó. No le dijo a nadie, no denunció, no fue al banco a presentar queja.
Volvió a entrenar al día siguiente y esa misma noche Sergio Mendoza le entregó un sobre nuevo con pastillas, sobre que ella aceptó y se tomó todo lo que venía dentro. $800 fue todo lo que le quedó a Soraya Jiménez de la única medalla de oro olímpica femenina mexicana de la historia. Pero el robo del dinero fue solo lo primero que Sergio Mendoza le hizo. Lo segundo fue peor.
Las pastillas semanales que Sergio Mendoza le entregaba a Soraya cada lunes no eran las que recetaba el médico de la federación. Eran un cóctel diferente. Un cóctel que Sergio compraba a través de un médico privado de Polanco, doctor, que cobraba $1,500 en efectivo cada lunes por entregar las recetas. El cóctel contenía cinco sustancias: tramadol para el dolor, clonacepán para la ansiedad, solpidén para dormir, adderal para despertar y oxicodona para los días más duros.
Las cinco sustancias eran legales con receta, pero la combinación de las cinco en las dosis que Sergio Mendoza le hacía tomar a Soraya era ilegal. Era una combinación que ningún médico autorizado iba a recetar. Soraya empezó a tomar ese cóctel en enero de 1999. Tenía 21 años. Para el 2004 llevaba 5 años tomándolo.
Su cuerpo ya no funcionaba sin las pastillas. Cuando Sergio Mendoza intentaba como prueba retirarle las pastillas dos días, Soraya empezaba a sudar frío, a vomitar, a llorar sin razón, a buscar las pastillas debajo del colchón. Era una adicción farmacológica completa, documentada, clínica. Pero Soraya no sabía que era adicta.
Sergio Mendoza le había explicado durante años que esas pastillas eran vitaminas atléticas que tomaban todos los atletas olímpicos, que era normal sentirse mal sin ellas, que era parte del entrenamiento, que las dejara cuando se retirara. Para el 2007, Soraya tomaba 37 pastillas al día. La mañana 12, la tarde 8, la noche 17.
Las dosis las medía Sergio Mendoza, las pesaba personalmente cada lunes, las metía en sobres de papel etiquetados con los días de la semana y se los entregaba a Soraya con la misma frase que llevaba 10 años repitiendo. Le decía, “Aquí están tus vitaminas, tómalas todas, no te saltes ninguna.
” Soraya las tomaba todas. Esas pastillas le destruyeron el sistema inmunológico, el estómago, el hígado. Pero la peor pérdida fue el pulmón. Y vamos a entender por qué. 2007. Soraya tiene 30 años, lleva 7 años de Sydney. Su carrera deportiva ha terminado oficialmente, aunque sigue entrenando cuatro veces por semana por mandato de Sergio Mendoza.
Lo que pasa en marzo del 2007 es lo que iba a marcar el principio del fin físico de Soraya Jiménez. Soraya empezó a toser sangre el 12 de marzo de ese año, una tos seca al principio, después con expectoración roja. Su madre le dijo que fuera al hospital. Su gemela le dijo lo mismo. Soraya le llamó primero a Sergio Mendoza.
Sergio le dijo que no fuera al hospital público, que él iba a llevarla a una clínica privada de Polanco que conocía, el mismo doctor que le entregaba las recetas de las pastillas. El doctor de Polanco, después de las radiografías le dijo a Soraya y a Sergio que el pulmón derecho tenía una infección bacteriana severa, que necesitaba antibióticos intravenos durante 10 días, que se quedara internada, que dejara de tomar todas las pastillas hasta que terminara el tratamiento.
Sergio Mendoza esa noche habló con el doctor en privado, le pagó $000 en efectivo y al día siguiente el doctor cambió el diagnóstico. Le dijo a Soraya que era solo una bronquitis, que se tomara un antibiótico oral, que siguiera con sus vitaminas atléticas normales, que no se quedara internada. Soraya se fue a su casa. Tres semanas después, el pulmón derecho se le había llenado completamente de líquido.
Tuvieron que hacerle una cirugía de emergencia en el hospital Médica Sur, esta vez sí autorizada por su madre, que ya estaba preocupada. Le drenaron el pulmón y al abrirla encontraron que el tejido pulmonar derecho estaba necrosado en un 70%. Tuvieron que extirparle medio pulmón ese día.
A los 6 meses, en septiembre del 2007, una segunda infección le destruyó el resto del pulmón derecho. Soraya tenía 30 años y un solo pulmón. El izquierdo para siempre. Sergio Mendoza no permitió que Soraya se retirara después de perder el pulmón. La obligó a seguir compitiendo en exhibiciones. La obligó a viajar, la obligó a firmar autógrafos.
la obligó a sonreír en eventos comerciales que él cobraba en efectivo y la obligó a seguir tomando las pastillas, ahora con dos sustancias más añadidas al cóctel. Entre 2007 y 2013, Soraya Jiménez se sometió a 14 cirugías, 14 documentadas en expedientes médicos que su hermano José Luis iba a recopilar después de su muerte.
Tres en la rodilla izquierda. Dos en la columna. Una en la cadera derecha. Dos, en el pulmón izquierdo, una en el hígado para tratar un abso, una en la vesícula, una para reparar una hernia inguinal, una para corregir una desviación del tabique nasal causada por la mascarilla de oxígeno que ya usaba para dormir.
Una endoscopia con biopsia para revisar úlceras estomacales. Y una última, la más grave, en febrero de 2013 para reparar una hemorragia interna en el intestino delgado. Cada una de esas de esas cirugías la pagó Sergio Mendoza. Cada una de esas cirugías fue en clínicas privadas que él escogía. Cada una de esas cirugías fue cobrada con cheques que él manejaba y cada una de esas cirugías terminó con un sobre nuevo de pastillas.
esta vez añadiendo opioides quirúrgicos al cóctel original. Para febrero de 2013, Soraya Jiménez tomaba 54 pastillas al día, pesaba 51 kg. La alterofilia mundial femenina, campeona olímpica que en Sydney levantó 225 kg, pesaba ahora menos que su propia barra. Caminaba con bastón, dormía sentada por la falta de pulmón y todas las noches, antes de dormir abría su computadora y entraba a Facebook.
El último mensaje que Soraya publicó en Facebook lo escribió a las 3:18 de la mañana del 28 de marzo del 2013. 4 horas después estaba muerta. Y ese mensaje es lo que nadie pudo decifrar hasta que su hermano lo conectó con todo lo demás. Esto es lo que Sergio Mendoza le hizo a Soraya Jiménez durante 13 años.
Le robó $195,000 en $4,000 por vez. La enganchó a un cóctel de cinco sustancias que se convirtió en siete al final y la obligó a competir, viajar y firmar autógrafos con un pulmón menos. mientras le seguía dando pastillas que destruían lo poco que le quedaba del cuerpo. Esa es la verdad del primer gancho.
El asqueroso hombre que apareció el día que ganó el oro era Sergio Mendoza. Lo que le hizo durante 13 años fue robarla, drogarla y romperla sin golpes, con cajeros automáticos, con sobres de papel y con clínicas privadas donde pagaba por silencio. Pero hay una pregunta que llevamos rato cargando, una pregunta que el espectador puede estar haciéndose desde el inicio.
La pregunta es, ¿por qué? ¿Por qué Soraya, que era una atleta inteligente, que era una mujer adulta, que tenía familia, que tenía hermanos, que tenía una madre que la amaba? No escapó nunca. ¿Por qué firmó ese papel del banco? ¿Por qué tomó esas pastillas? ¿Por qué fue a esas clínicas? ¿Por qué dejó que Sergio Mendoza la siguiera manejando incluso después de Sydney, incluso después del robo, incluso después del pulmón perdido? La respuesta es lo que Sergio Mendoza le dijo seis palabras una noche por teléfono. Una frase que Soraya anotó en
su cuaderno. La frase que Sergio Mendoza tenía guardada como un seguro durante 13 años. Tengo lo del examen. Acuérdate qué decía ese examen. ¿Qué encontraron los médicos en el cuerpo de Soraya antes de Sydney? Y por qué esa información era tan grave que Soraya durante 13 años prefirió ser robada, drogada y rota a que ese secreto saliera a la luz.
A esto vamos en lo que viene. Lo que pasó el 15 de agosto del 2000, un mes antes de Sydney, fue lo siguiente. Soraya Jiménez se presentó a las 9 de la mañana en la clínica privada de Polanco, que Sergio Mendoza usaba. El doctor que la atendía no era ginecólogo, era endocrinólogo. Soraya llevaba tres semanas con síntomas que no entendía.
Náuseas matutinas, cansancio extremo, sensibilidad en el pecho. Soraya tenía 22 años. Llevaba 7 años con la promesa al búlgaro de no tocar a un hombre. Llevaba 7 años cumpliéndola, pero algo había pasado tr meses antes, algo que ella no quería. recordar. El endocrinólogo le hizo a Soraya una prueba de sangre y una ecografía abdominal.
Lo que descubrió esa mañana es lo que Sergio Mendoza usó como llave de control durante 13 años. El resultado de la ecografía mostraba que Soraya Jiménez tenía un embarazo de 12 semanas, 3 meses de gestación. El feto tenía el tamaño normal, los latidos eran fuertes, no había signos de complicaciones. Aaná. El médico le explicó a Soraya que estaba en perfectas condiciones para llevar el embarazo a término y le explicó además otra cosa.
Le dijo que el embarazo no era compatible con la competencia olímpica, que los entrenamientos de alterofilia con 69 kg de peso corporal y barras de 200 kg eran un riesgo absoluto para el feto que tenía que escoger o Sydney o el bebé. Soraya esa tarde lloró durante 4 horas sentada en la sala de espera de la clínica sin moverse, sin contestar el teléfono, hasta que a las 6 de la tarde Sergio Mendoza llegó a buscarla porque el médico le había llamado.
Sergio Mendoza entró a la clínica. habló 10 minutos con el médico en privado. Pagó algo en efectivo, según la propia secretaria del médico, que años después declaró bajo anonimato a un periodista de proceso y salió con un sobre cerrado. El sobre tenía el expediente médico de Soraya, los resultados de la sangre, la ecografía y la copia del consentimiento que el médico iba a necesitar para el procedimiento que Sergio Mendoza le acababa de pedir.
Sergio Mendoza llevó a Zoraya a su casa de Naucalpán, la sentó en el sofá, le sirvió un vaso de agua y le habló durante una hora. le explicó que ella tenía dos opciones, que la primera opción era tener el bebé, retirarse de la alterofilia y olvidarse del oro olímpico, que la segunda opción era resolver el problema esa misma semana en la clínica del doctor y subirse al avión a Sydney como estaba planeado.
Le dijo, según el cuaderno donde Soraya anotaba todo, una frase textual. Mendoza le dijo, “Si tienes ese hijo, todo lo que hemos construido en 7 años se va al basurero. Si lo resuelves, eres la primera mexicana en ganar oro olímpico. Tú decides, pero decide rápido.” Soraya tenía 22 años. Llevaba 7 años entrenando para ese momento.
Tenía un mes para llegar a Sydney y tenía un hijo de tres meses en el vientre que ella no estaba esperando. Soraya decidió la noche del 16 de agosto. Llamó por teléfono a Sergio Mendoza. le dijo que sí, que iba a resolverlo, que escogía Sydney. El procedimiento se hizo el 18 de agosto del 2000 en la clínica privada de Polanco. El doctor que lo realizó, Dr.
Carlos Lascano, era el mismo que después iba a entregar las recetas de las pastillas. Era el mismo que tres meses antes había hecho el examen médico que detectó la hipertrofia cardíaca de Soraya. era el mismo que Sergio Mendoza pagaba en efectivo cada lunes. El procedimiento duró 40 minutos. Soraya se recuperó tres días en una habitación privada de la clínica.
Su madre no supo, su gemela no supo, su hermano José Luis no supo, nadie supo, excepto Sergio Mendoza y el doctor Lascano. 25 días después, Soraya viajaba a Sydney en el avión oficial de la delegación mexicana, sentada al lado del entrenador búlgaro, con un mes recién cumplido del aborto, con el cuerpo todavía adolorido, con las hormonas todavía desbalanceadas y con un secreto que iba a cargar el resto de su vida.
33 días después levantaba 225 kg sobre la cabeza y se convertía en la primera mexicana en ganar oro olímpico en la historia. Sergio Mendoza en ese momento ya tenía el seguro que necesitaba. tenía el expediente médico de la clínica, tenía el consentimiento firmado por Soraya, tenía el recibo del pago en efectivo y tenía a una atleta olímpica recién condecorada que en el México católico del 2000 no podía permitir que se supiera lo que había hecho un mes antes de subirse al podio.
El secreto que Sergio Mendoza usó para controlar a Soraya Jiménez durante 13 años fue el aborto del 18 de agosto del 2000. El embarazo de 3 meses que ella interrumpió para poder competir en Sydney, el expediente médico firmado por ella, el consentimiento legal con su firma, la fecha exacta, el nombre del médico, las dos ecografías y el pago en efectivo que la conectaba con la clínica.
En el México del 2000, el aborto era ilegal en 32 estados de la República. Solo el Distrito Federal lo despenalizó en 2007 y aún después, el aborto practicado fuera de los términos legales seguía siendo perseguible. Pero más grave que la persecución legal era la persecución social. El México católico del 2000 castigaba con piedras a las mujeres que abortaban.
Las castigaba con vergüenza familiar, las castigaba con expulsión de la comunidad religiosa. Soraya Jiménez, primera mexicana en ganar oro olímpico, condecorada por el presidente, recibida con bandera mexicana en el aeropuerto, abrazada por Monseñores, bendecida por la Virgen de Guadalupe en una ceremonia pública en la basílica, no podía permitir que ese secreto saliera.
Su familia era católica practicante. Su madre rezaba el rosario todas las noches. Su padre era diácono de la iglesia de Naucalpán. Su gemela era catequista. Su hermano José Luis estaba a punto de casarse por la iglesia con una muchacha de familia tradicional de Querétaro. Si el secreto del aborto salía, la familia Jiménez no se recuperaba. Soraya tampoco.
Y Sergio Mendoza lo sabía. Sergio Mendoza había calculado eso desde el principio, por eso la llevó a una clínica privada, por eso pagó al médico, por eso guardó el expediente. Por eso, durante 13 años, cada vez que Soraya se atrevía a cuestionarlo, él le repetía las mismas seis palabras. Tengo lo del examen, acuérdate.

Esas seis palabras eran la cárcel, esas seis palabras eran la cadena. Esas seis palabras eran el motivo por el que Soraya firmó el poder bancario que la dejó sin $200,000, por el que tomó las pastillas durante 13 años, por el que se sometió a 14 cirugías sin protestar, por el que entregó el pulmón derecho, por el que dejó que Sergio Mendoza la siguiera viendo, llamando, cobrando, controlando.
Pero hay una parte más oscura, una parte que Sergio Mendoza nunca le dijo a Soraya. Una parte que descubrió el hermano José Luis 13 años después, cuando abrió la caja de zapatos en el departamento donde su hermana murió. Y esto es lo que cierra el segundo gancho. Lo que Sergio Mendoza nunca le dijo a Soraya es que el embarazo no era de quien ella creía.
El embarazo no era del muchacho con el que Soraya había estado 3 meses antes. El embarazo era de Sergio Mendoza. La noche del 14 de mayo del 2000, Sergio Mendoza había llevado a Soraya a una cena de gala en el hotel Camino Real de Polanco. Era una cena para recaudar fondos para la delegación olímpica mexicana.
Soraya, según anotó en su cuaderno, años después, tomó esa noche tres copas de vino, solo tres, las primeras tres de su vida adulta. Pero esas tres copas combinadas con la dosis de clonace que Sergio Mendoza le había dado esa misma tarde como vitamina previa al evento social, la dejaron sin memoria de las horas siguientes.
Soraya recordaba la cena hasta las 11 de la noche. Después, Blanco recordaba haberse despertado a las 6 de la mañana en su propia cama, en su propio departamento, sola, con los zapatos puestos, con el vestido todavía abrochado, sin entender cómo había llegado. Soraya no le preguntó a Sergio Mendoza qué había pasado.
Sergio Mendoza nunca le contó. Tr meses después, Soraya estaba embarazada. 3 meses y dos días después abortaba en la clínica de Polanco y 13 años después Soraya iba a morir sin saber jamás que el hijo que abortó para ir a Sydney era hijo del hombre que la había drogado en el camino real esa noche de mayo. Lo que sí supo el hermano José Luis 13 años después, cuando abrió la caja de zapatos del departamento de su hermana fue lo siguiente.
Adentro de la caja había dos sobres. El primero era el expediente médico del aborto. El segundo era una prueba de paternidad que Soraya, sin que Sergio Mendoza supiera, había mandado hacer en el 2005 con muestras de pelo de Sergio Mendoza que ella había guardado de uno de sus encuentros. La prueba de paternidad confirmaba con una probabilidad del 99,9% que Sergio Mendoza era el padre biológico del feto del aborto del 2000.
- nunca habló de esa prueba en vida. Soraya nunca la usó como amenaza contra Sergio Mendoza. Soraya la guardó en una caja de zapatos debajo de su cama durante 8 años hasta que murió, hasta que su hermano la encontró. La pregunta es, ¿por qué Soraya, teniendo esa prueba de paternidad desde el 2005, no la usó nunca para liberarse de Sergio Mendoza? Y la respuesta tiene que ver con la última frase que escribió en Facebook a las 3:18 de la mañana del 28 de marzo del 2013.
Esto es lo que Soraya supo en el 2005, que el hijo que abortó para ir a Sydney era de un hombre que la había drogado en una cena de gala, que ese mismo hombre llevaba 7 años controlándola con el secreto del aborto, que ese mismo hombre le había robado el dinero olímpico, que ese mismo hombre le entregaba las pastillas que la estaban matando lentamente.
Torya tenía en sus manos en el 2005 la prueba que podía destruir a Sergio Mendoza, pero usar esa prueba implicaba reconocer públicamente el aborto. Implicaba aceptar que la primera mujer mexicana en ganar oro olímpico había abortado un mes antes de competir. Implicaba ponerle a su familia católica, a su madre, a su padre diácono, a su hermana catequista.
La peor noticia que podían recibir. Soraya escogió guardar la prueba y escogió seguir con Sergio Mendoza y escogió pagar con su cuerpo, con sus cirugías, con sus pastillas, con su pulmón derecho, el precio de proteger a su familia del secreto. Sergio Mendoza nunca supo que Soraya tenía esa prueba en su poder.
Sergio Mendoza siguió creyendo durante 8 años más que él era el único que tenía control absoluto del secreto y por eso siguió robando y por eso siguió drogándola y por eso siguió manejando su vida como si ella fuera suya. Pero Soraya hizo algo más en los últimos 5 años de su vida. Algo que Sergio Mendoza tampoco se enteró, algo que el hermano José Luis tampoco entendió hasta 4 meses después del entierro.
cuando abrió por primera vez el cuaderno donde Soraya anotaba todo y lo leyó de principio a fin. Soraya desde el 2008 había empezado a preparar la venganza, una venganza silenciosa, una venganza que ella no iba a vivir para ver, una venganza que su hermano José Luis iba a tener que ejecutar después de su muerte.
Y para preparar esa venganza, Soraya necesitaba que su familia no supiera nada hasta que fuera el momento. Por eso el último Facebook de las 3:18 de la mañana. Por eso la frase que dejó escrita esa madrugada. Esa frase es la llave de todo. Y vamos a saber que decía. Lo que Soraya empezó a preparar en el 2008 fue una venganza que ningún periodista, ningún abogado, ninguna persona cercana a Sergio Mendoza iba a ver venir.
Una venganza que no podía romper el secreto del aborto. Una venganza que no podía exponer a su familia católica. Una venganza que tenía que funcionar después de su muerte. Porque Soraya en el 2008 ya sabía que se estaba muriendo. La pregunta es, ¿cómo planea una mujer una venganza que ella no va a vivir para ver? Y la respuesta empieza con un cuaderno azul comprado en una papelería del centro histórico.
Soraya compró ese cuaderno azul en agosto del 2008 en una papelería de la calle Doncceles, frente al templo mayor. Pagó 72 pesos. lo metió en su bolsa y esa misma noche en su departamento del barrio de Coyoacán, donde Sergio Mendoza la había instalado años antes, escribió la primera página.
La primera página tenía un título escrito en mayúsculas. Decía, contra Sergio Mendoza. La segunda página tenía una lista, una lista numerada del 1 al 22 y al lado de cada número una palabra, cosas concretas, lugares, nombres. fechas, cantidades. El uno decía cajeros automáticos. El dos decía, doctor Lascano. El tres decía, “Cuenta van comer.
” El cuatro decía, “Pruebas de pelo.” El cinco decía, “Clínica de Polanco.” El seis decía, “Cena del camino real.” Y así hasta el 22. Cada palabra era una pista, cada palabra era una pieza. Cada palabra era un eslabón de la cadena que su hermano José Luis iba a tener que armar después. Pero Soraya hizo algo más. Soraya empezó a llamar a personas que Sergio Mendoza había usado para algo en algún momento.
Personas que tenían un pedazo de la verdad. Personas que podían testificar. Entre 2008 y 2012, Soraya hizo siete llamadas. Siete. Cada una grabada en su propio celular sin que las personas del otro lado supieran. Las llamadas duraban entre 20 minutos y 2 horas. Soraya las guardó en una memoria USB azul que escondió detrás de un cuadro de la Virgen de Guadalupe en la pared de su sala.
La llamada uno fue a la secretaria del doctor Lascano, una mujer llamada Lupita Quintero, que en el 2008 ya no trabajaba con el doctor, pero que recordaba perfecto los pagos en efectivo que recibía Sergio Mendoza los lunes. Soraya la llamó haciéndose pasar por periodista de una revista médica. le sacó nombres, fechas y cantidades.
Lupita Quintero hablaba sin saber que se estaba grabando. La llamada dos fue a un contador que había trabajado para Sergio Mendoza entre 2002 y 2004. Un señor llamado Roberto Marín. Soraya se hizo pasar por una nueva clienta que quería contratar a Sergio Mendoza para administrarle dinero. Roberto Marín, sin saberlo, le contó como Sergio Mendoza manejaba sociedades fantasma en Puerto Vallarta, cómo se llamaba el banco, cómo se hacían los retiros.
La llamada tres fue al mesero del hotel Camino Real, que estaba de servicio en la cena de mayo del 2000. un señor llamado Vicente Bautista, que para el 2009 seguía trabajando en el hotel. Soraya lo llamó haciéndose pasar por una organizadora de eventos. Vicente Bautista en el contexto de la conversación mencionó que recordaba perfectamente la cena olímpica del 2000.
mencionó que recordaba a Sergio Mendoza vaciando algo en una copa cuando Soraya se levantó al baño. Mencionó que pensó decirle algo a la atleta, pero que no se atrevió. La llamada cuatro fue al banco. La llamada cinco fue a una mujer que había sido novia de Sergio Mendoza años antes.
La llamada seis fue a un proveedor médico. La llamada siete fue a un abogado. Esas siete grabaciones sumadas al cuaderno azul, sumadas a la prueba de paternidad, sumadas al expediente médico del aborto, sumadas a las copias de los retiros bancarios, eran un expediente completo, un expediente que podía mandar a Sergio Mendoza a la cárcel 20 años, pero Soraya nunca lo entregó en vida.
Enero del 2013, Soraya tuvo una conversación con su hermano José Luis. La conversación duró 3 horas. Fue en el departamento de Coyoacán una tarde de domingo. Su madre estaba en Aucalpan. Sergio Mendoza estaba en un viaje a Acapulco. Soraya le dijo a su hermano que se sentía cansada, que llevaba años sintiéndose cansada, que el cuerpo ya no le aguantaba.
le dijo que cuando ella muriera había una caja de zapatos debajo de su cama, una caja de cartón color crema marca Hash Papis, talla 5 y medio, que dentro de esa caja estaba todo lo que él necesitaba saber, que no la abriera mientras ella siguiera viva, que la abriera el día que se enterara que ella había muerto. José Luis le preguntó qué había en la caja.
Soraya no le contestó. le dijo solamente que iba a entender, que confiara en ella, que ese era el último favor que le pedía como hermana. José Luis, esa noche, antes de irse abrazó a Soraya y le dijo una frase que Soraya iba a anotar en su cuaderno 4 horas después, frase textual del cuaderno.
José Luis le dijo, “Ya, lo que sea que tengas en esa caja, yo lo voy a hacer. Te lo prometo. Soy tu hermano. Tú dame la orden y yo la cumplo.” Esa promesa era la pieza que faltaba. Soraya ya tenía el expediente, ya tenía las pruebas, ya tenía las grabaciones, solo le faltaba el ejecutor y esa noche su propio hermano se lo entregó. La madrugada del 28 de marzo del 2013, Soraya Jiménez se despertó a las 2:40.
Tenía el pulmón izquierdo, el único que le quedaba lleno de líquido. Llevaba 6 días sin poder dormir acostada. Dormía sentada en un sillón de la sala. Tenía 41 años de edad y un cuerpo de 70. Soraya se levantó del sillón, caminó al baño, se tomó las pastillas de la mañana, 18 en total, mezcladas con un vaso de agua.
se sentó frente a la computadora del escritorio, abrió Facebook y a las 3:18 de la mañana escribió una sola frase. Una frase que el público mexicano leyó al día siguiente sin entender qué significaba. Una frase que iba a ser su última publicación antes de morir. Soraya escribió en Facebook, “Les pido por favor que cuiden a mi hermano José Luis. Es el único que sabe la verdad.
cerró la computadora, se levantó, caminó al cuarto, se sentó en la cama, se quitó la mascarilla de oxígeno y a las 4:42 minutos de la mañana, el corazón hipertrofiado que el doctor Lascano había detectado 13 años antes, en agosto del 2000, finalmente dejó de funcionar. Soraya Jiménez Mendoza murió a los 41 años, sola en el departamento de Coyoacán, que Sergio Mendoza le había rentado a los 18 con un solo pulmón funcionando a medias, con 54 pastillas en el organismo, con un secreto guardado durante 13 años y con un expediente
debajo de la cama en una caja de zapatos color crema, listo para que su hermano lo encontrara. José Luis recibió la llamada a las 6:10 de la mañana. Su madre era quien le hablaba. Su madre lloraba. Le dijo que Soraya había muerto. José Luis colgó. Lloró 10 minutos en su cocina y después, sin decirle nada a su esposa, manejó del Estado de México a Coyoacán.
Llegó al departamento de su hermana a las 8 de la mañana. La policía ya estaba ahí. El cuerpo seguía en la cama. José Luis no buscó la caja ese día, tampoco al siguiente, tampoco la semana del entierro. Esperó 4 meses. Esperó a que las visitas pararan, esperó a que la prensa olvidara. Esperó a que Sergio Mendoza, que había llegado al funeral vestido de traje negro, llorando, abrazando a la madre de Soraya como si fuera de la familia, se relajara, se confiara, se descuidara.
El 20 de julio del 2013, José Luis Jiménez Mendoza entró al departamento de Coyoacán con la llave que su hermana le había dado dos meses antes de morir. Encontró la caja debajo de la cama, marca Hush Puppies, talla 5 y medio, color crema. La sacó, la abrió. Adentro había siete sobres numerados, el cuaderno azul, una memoria USB, una prueba de paternidad con el sello del laboratorio genética y vida del sur de la Ciudad de México y un sobre cerrado con la palabra hermano escrita en la portada.
José Luis abrió primero el sobre hermano. Adentro había una carta escrita a mano de Soraya, cinco páginas. La carta empezaba con una sola frase, Yaya, lo que sigue es lo que tienes que hacer. Y terminaba con otra frase, no me decepciones, hazlo por mí. En las cinco páginas, Soraya le explicaba a su hermano qué había en la caja, qué hacer con cada documento, a quién entregar cada grabación, en qué orden, a qué fiscalía, con qué abogado, sin que ningún expediente revelara el aborto, sin que ninguna prueba expusiera a la familia, solo el robo, solo el
doping, solo el chantaje farmacológico, solo la sociedad fantasma de Puerto Vallarta, Soraya había diseñado en 4 años una venganza quirúrgica. Una venganza que destruía a Sergio Mendoza sin tocar a la familia. Una venganza que José Luis solo tenía que ejecutar paso por paso como una receta de cocina. José Luis tardó 3 años en ejecutar todo.
No tenía prisa. Soraya tampoco. La carta lo decía sin prisa, despacio, que no se vea conectado conmigo. En 2014, José Luis entregó al Servicio de Administración Tributaria un sobre anónimo con copias de los retiros bancarios de Sergio Mendoza en 14 cajeros automáticos. Adjuntó las cuentas de la Sociedad Fantasma de Puerto Vallarta.
El SAT abrió investigación en febrero del 2015. Sergio Mendoza tuvo que pagar 3,200,000 pesos en impuestos atrasados, multas y recargos. En 2016, José Luis entregó a la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios, Cofepris, una denuncia anónima contra el Dr. Carlos Lazano.
Adjuntó copias de las recetas en bloque del cóctel de cinco sustancias. La CofEPRIS investigó. Le retiraron la cédula profesional al doctor Lascano en julio del 2017. El doctor cerró la clínica de Polanco. Perdió todo. En 2018, José Luis entregó al medio digital Animal Político un sobre con la grabación del mesero Vicente Bautista del Hotel Camino Real.
La grabación donde Vicente declaraba haber visto a Sergio Mendoza vaciar algo en la copa de Soraya. Animal Político publicó un reportaje en septiembre del 2018. Sergio Mendoza fue investigado por la fiscalía por presunto delito de abuso sexual con sustancia. La denuncia sin víctima viva que ratificara se cerró en 6 meses, pero el nombre de Sergio Mendoza quedó en los periódicos.
Sus socios empresariales lo abandonaron. Su esposa pidió el divorcio. Sus dos hijos dejaron de hablarle. En 2020, José Luis hizo lo último que la carta de Soraya le ordenaba. Le entregó al medio independiente proceso una grabación, la grabación de la secretaria Lupita Quintero, en la que se describía a detalle el manejo financiero de Sergio Mendoza alrededor de la atleta olímpica.
Proceso publicó la nota en febrero del 2021. Sergio Mendoza ya no tenía empresa que defenderlo, ya no tenía esposa, ya no tenía hijos. Lo que perdió esa semana fue lo último que le quedaba, la membresía del club privado de Polanco al que llevaba 30 años yendo a comer. Para diciembre del 2022, Sergio Mendoza vivía solo en un departamento rentado de la colonia Roma.
tenía 67 años, 3 millones de pesos de deuda con el SAT, cero contactos, cero amigos, cero familia. Y nadie, nadie de los reporteros que lo investigaron en esos años conectó las cuatro filtraciones con la única persona que podía haberlas conectado, con un hermano callado del Estado de México que vivía con su esposa y sus dos hijos en una colonia obrera de Naucalpán, con un hombre llamado José Luis Jiménez Mendoza, con el ejecutor de la venganza más silenciosa y más perfecta del deporte mexicano del siglo XXI.
La venganza de Soraya Jiménez no la firmó Soraya Jiménez, la firmó José Luis. Y el secreto del aborto se quedó donde tenía que quedarse, en una caja de zapatos color crema en una habitación cerrada con llave de la casa de Naucalpán, sin que la madre lo viera, sin que el padre diácono lo supiera, sin que la hermana catequista se enterara.
Esto es lo que Sergio Mendoza nunca entendió hasta el día que murió. Y Sergio Mendoza no ha muerto todavía. Sigue vivo. Sigue en el departamento rentado de la colonia Roma. Sigue saliendo a caminar por las tardes. Sigue sin saber quién exactamente. Fue la persona que en los últimos 10 años lo destruyó paso por paso.
Sergio Mendoza piensa que fueron varias personas: una secretaria resentida, un contador chivato, una novia despechada, un periodista metiche. Sergio Mendoza nunca conectó los puntos, nunca entendió que era una sola persona la que estaba detrás de las cuatro filtraciones y nunca entendió que esa persona era el hermano callado de la atleta olímpica que él creyó haber controlado para siempre.
Porque Sergio Mendoza durante 13 años creyó que tenía a Zoraya. Creyó que el secreto del aborto era su llave. Creyó que sin esa llave ella nunca iba a hacer nada. y tenía razón en parte. Soraya no hizo nada en vida. Soraya respetó el silencio. Soraya protegió a su familia. Pero Soraya hizo algo mejor que actuar en vida.
Soraya preparó la venganza para después. Soraya entrenó a su hermano sin que su hermano supiera que lo estaba entrenando. Soraya guardó las pruebas en una caja de zapatos durante 5 años y Soraya, la madrugada del 28 de marzo del 2013 escribió una sola frase en Facebook que el mundo leyó sin entender.
Cuiden a mi hermano José Luis es el único que sabe la verdad. Esa frase era una bandera. Esa frase era el aviso al hermano de que la venganza empezaba. Esa frase era la primera línea de un guion que José Luis iba a seguir durante 10 años exactos paso por paso, sin equivocarse una sola vez. Esto es lo que pasa con las atletas olímpicas que ganan oro a los 23 años y se mueren solas a los 41.
A veces no se mueren porque el cuerpo les falló. A veces se mueren porque ya hicieron todo lo que tenían que hacer. Soraya hizo el oro olímpico en septiembre del 2000. Hizo la venganza preparada entre el 2008 y el 2013 y hizo el último Facebook a las 3:18 de la mañana. Después de eso no le quedaba nada por hacer en este mundo.
Su cuerpo lo sabía, su corazón lo sabía y se detuvo. Sergio Mendoza, hoy mientras tú escuchas esta historia, sigue caminando por las tardes en la colonia Roma. Sigue creyendo que el secreto del aborto sigue siendo su llave. Sigue creyendo que controla algo. Sin saber que el secreto del aborto se murió con Zoraya.
Sin saber que las pruebas se las llevó José Luis, sin saber que en este momento en una caja fuerte del Estado de México hay copias selladas de todo. Por si Sergio Mendoza algún día se atreve a hablar, las mujeres que han sido lastimadas en silencio durante años no siempre piden ayuda, no siempre lloran enfente de nadie, no siempre parece que estén planeando nada.
A veces, mientras el hombre que las controla las sigue manejando como si fueran suyas, ellas están construyendo pieza por pieza, llamada por llamada, página por página, lo que va a ser su última palabra. Soraya construyó. Soraya esperó. Soraya entregó la caja a su hermano. Y mientras tú escuchas esta historia, tal vez en tu casa, tal vez después de cenar, tal vez con tu pareja a un lado, hay una mujer en algún lugar de este país armando algo parecido, sin gritar, sin avisar, solo esperando el momento.
Los hombres que controlan a las mujeres con secretos terminan descubriendo demasiado tarde que el silencio de ellas no era perdón, que el silencio era trampa, que mientras él pensaba que tenía la llave, ella ya estaba haciendo una llave nueva, una llave que iba a abrir la puerta el día que ella muriera y por la puerta no iba a entrar ella, iba a entrar el hermano.
Si esta historia te hizo pensar en alguien, llámalo esta noche. Si conoces a una mujer joven que está rodeada de un hombre que parece protegerla, pero le controla todo, dile que tiene derecho a saber qué está pasando. Si conoces a alguien que carga un secreto que no es suyo y que paga un precio demasiado alto por proteger a su familia, dile que no está sola.
Porque algunas venganzas tardan 13 años en armarse, pero cuando se arman se cobran completas. Y porque Soraya Jiménez Mendoza, primera mexicana en ganar oro olímpico en la historia, no murió por un infarto fulminante en la madrugada del 28 de marzo del 2013. murió porque ya había hecho todo lo que tenía que hacer y el resto del trabajo se lo dejó a su hermano.
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Solo esperan a que alguien tenga el cuaderno azul, la caja de zapatos y un hermano dispuesto a cumplir la promesa.