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Rubén “Púas” Olivares CONFESÓ por qué VENDIÓ su Último Cinturón… y es MUY TRISTE

Aquella noche, el Púa Solivares hizo lo que mejor sabía hacer, subió al cuadrilátero con la frente en alto, miró a los ojos de su rival y le hizo entender que ahí no había un retador, sino un huracán. En el primer asalto, antes de que pasara un minuto, el australiano ya estaba en la lona. En el segundo volvió a caer y en el quinto todo terminó.

Juan Rubén Púas Olivares se convirtió en el primer mexicano en la historia en ganar un título del Consejo Mundial de Boxeo. Un instante que cambió no solo su vida, sino la historia entera del boxeo mexicano. México estalló de alegría. Las calles se llenaron de gente coreando su nombre. Las cantinas brindaron por él hasta el amanecer.

Y por primera vez un niño de Bondojito se sintió rey. Pero lo que el púas no sabía, lo que nadie le advirtió, era que la corona que acababa de ganar venía con un precio y ese precio se iría cobrando poco a poco durante las siguientes décadas hasta llevarlo a esa tarde gris en la lagunilla. Después de aquella primera coronación vinieron las defensas, las trilogías inolvidables contra su archirrival, Jesús Chucho Castillo, en las peleas, que llenaban estadios y que mantenían a millones de mexicanos pegados a sus radios y a sus televisores. El Púas era más que un

boxeador, era un fenómeno social, era el muchacho del barrio que se había convertido en estrella mundial. Y eso para un país acostumbrado a soñar despierto era oro puro. Pero junto con la fama llegaron también las primeras tentaciones. Y aquí es donde la historia comienza a tomar un camino que ya nadie podría enderezar.

Verás, Rubén Olivares nunca fue el típico deportista de manual. No era de los que se acostaban temprano, ni de los que cuidaban cada bocado, ni de los que se escondían del mundo para entrenar en silencio. Al contrario, el púas era de los que vivían la vida con los puños cerrados, pero con el corazón abierto. A pues de los que después de una pelea se iban directo a la fiesta, de los que confundían la disciplina del ring con la libertad de la calle, sin entender que esas dos cosas, tarde o temprano, terminan chocando. Las cantinas lo llamaban. Las

luces del espectáculo lo deslumbraban. Los amigos, esos amigos que aparecen cuando uno tiene dinero y desaparecen cuando ya no queda nada, lo rodeaban por todos lados. Y el púas, que en el cuadrilátero era invencible, fuera de él era apenas un muchacho de barrio que no sabía decir que no. Hubo una época, a principios de los 70 en la que el púas se convirtió también en estrella de cine.

Sí, así como lo escuchas, el boxeador del barrio Bravo de Tepito comenzó a aparecer en películas mexicanas, sobre todo en aquel género tan popular, en su tiempo conocido como cine de ficheras. Películas como La pulquería o Las Glorias del gran Púas lo mostraban a él haciendo de él mismo, viviendo en la pantalla esa vida desbordada que también vivía fuera de ella y al público le encantaba.

El púas no actuaba. El púas simplemente era y esa autenticidad, esa forma cruda y honesta de pararse frente a la cámara lo hizo todavía más querido, pero las películas, las peleas, los contratos, las giras, todo eso generaba dinero, mucho dinero. que dice que en los años 80 la fortuna acumulada por Rubén Olivares superaba los millones de dólares.

Una cantidad que en aquel entonces era una verdadera locura, una cifra que pondría cualquier hombre en la cima del mundo y le permitiría vivir tranquilo el resto de sus días. Pero el Púas no era cualquier hombre y la tranquilidad nunca fue lo suyo. En un momento te voy a contar cómo fue exactamente que esos millones de dólares se evaporaron como el humo de un cigarro al viento.

Pero antes, déjame que te explique algo importante, algo que muy pocos comentan cuando hablan de la caída del púas. Rubén Olivares no perdió su fortuna por tonto, no la perdió por torpe, no la perdió porque no supiera contar, la perdió porque en el fondo nunca creyó merecerla. Porque cuando uno crece en la pobreza, cuando uno se acostumbra desde niño a no tener nada, el dinero se convierte en algo extraño, en algo ajeno, en algo que uno siente que tarde o temprano va a desaparecer y entonces sin darse cuenta, uno mismo empieza a hacer todo lo posible para que

desaparezca, como si quisiera regresar al lugar de donde vino, como si la riqueza fuera un traje prestado que no termina de quedarle bien. Eso fue lo que le pasó al Púas. No fue solo la indisciplina, no fue solo el alcohol, no fueron solo los amigos oportunistas ni las malas inversiones. Fue algo mucho más profundo, algo que él mismo no supo ponerle nombre hasta muchos años después, hasta esa tarde en la lagunilla.

Mientras tanto, en el cuadrilátero, las cosas también empezaban a cambiar. Después de su primera coronación, el PAS tuvo defensas exitosas, pero también tuvo derrotas duras. En marzo de 1972 perdió su título mundial peso gallo frente al también mexicano Rafael Herrera. Fue un golpe doloroso, no solo porque perdió el cinturón, sino porque lo perdió ante un compatriota, ante alguien que conocía sus mismos códigos, que venía del mismo mundo e que entendía perfectamente lo que significaba pelear con la bandera. tricolor en el corazón.

Pero el Púas no era de los que se quedaban abajo. Subió de categoría, cambió al peso pluma y comenzó una nueva campaña. En 1973 se enfrentó a Bobby Chacón en una pelea memorable y lo derrotó por knockout en el noveno asalto. Y en 1974 alcanzó otra cumbre, venció a Sensuke Utagwa y se proclamó campeón mundial peso pluma de la Asociación Mundial de Boxeo.

Más tarde derrotaría también a Bobby Chacón para ganar el título del Consejo Mundial de Boxeo en la misma categoría. Cuatro coronas mundiales en cuatro divisiones distintas, una haña que pocos pugilistas en la historia han logrado y todas ganadas con los puños del muchacho de Bondo Jito. Para entonces, Rubén Olivares ya no era solo un boxeador, era un mito viviente.

La gente lo paraba en la calle para tomarse fotos. Los niños imitaban sus poses, las mujeres suspiraban cuando lo veían pasar y los hombres mayores levantaban la copa cada vez que su nombre se mencionaba en una sobremesa. El púas era de todos y todos eran suyos. Era el orgullo de un país que necesitaba creer que sí se podía salir de abajo, que sí se podía llegar lejos, que sí se podía, aunque uno hubiera nacido en un barrio bravo, conquistar el mundo entero a punta de coraje y disciplina.

Y sin embargo, mientras todo eso pasaba, mientras el público lo aclamaba y los medios lo entrevistaban y los productores le ofrecían contratos millonarios dentro del Púas, algo ya empezaba a romperse, algo silencioso, algo que ni él mismo notaba al principio, una pequeña grieta en el alma o una sensación incómoda de que todo eso, todo ese éxito, todo ese cariño, en cualquier momento se le iba a escapar entre los dedos y para combatir esa sensación hizo lo que muchos hacen.

Llenar el vacío con ruido, llenar el silencio con fiestas, llenar la angustia con copas y así, sin que nadie se diera cuenta, el campeón del mundo empezó a perder en silencio la pelea más importante de su vida, la pelea contra sí mismo. A finales de los 70, los rumores comenzaron a circular. Decían que al púas lo iban a buscar a las cantinas para llevarlo a entrenar.

Decían que llegaba a las concentraciones con el aliento todavía dulce de la noche anterior. Decían que su entrenador suplicaba, le rogaba, le advertía que estaba tirando por la borda lo más grande que un boxeador mexicano había construido jamás. Pero el púas, con esa sonrisa pícara que lo caracterizaba, le respondía siempre lo mismo.

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