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¿Qué pasó con el legendario Maromero Páez en esta crisis a sus 60 años?

Hizo una voltereta, una maroma perfecta en medio del ring. La gente enloqueció. El árbitro no sabía qué hacer. Su rival lo miraba como si hubiera perdido el juicio y su tío Eriiberto desde la esquina con esa mezcla de orgullo y desesperación que solo conocen los que aman a alguien que no puede ser domesticado, le preguntó después, “¿Por qué hiciste eso?” “Porque soy del circo, dijo Jorge.

Yo no solo gano, yo entretengo” y allí nació el maromero. 6 de noviembre de 1984, San Luis, Río, Colorado, Sonora. Debut profesional, 19 años, contra Efrentineo. Ganó por Knakau técnico en el tercer road. Cuando terminó la pelea hizo su maroma. La gente aplaudió de pie. Lo que ocurrió después no fue casualidad, nunca lo es.

Los siguientes 3 años fueron un huracán. Pelea tras pelea, knockout tras knockout, pero no por la técnica sola, sino por el show que venía con ella. Maromero empezó a entrar al ring bailando break dance. Se rapaba el pelo con diseños imposibles, palabras escritas en la nuca, símbolos, dibujos que ningún otro boxeador se habría atrevido a llevar.

Una vez entró vestido de Superman, otra de payaso, otra con un traje de luces como torero de domingo. Los promotores lo odiaban. Este tipo no se toma en serio el boxeo, decían en los pasillos, en los contratos, en los artículos que la prensa especializada escribía con ese tono condescendiente que reservaban para quien no encajaba en su molde.

Los fanáticos lo amaban porque este tipo entendía algo que los promotores nunca quisieron admitir. El boxeo es entretenimiento y Jorge seguía ganando porque detrás del show había un boxeador de verdad con reflejos de acróbata, con un timín construido no en un gimnasio, sino en el aire de una carpa, esquivando cuerpos en movimiento desde que tenía 5 años, con la habilidad de doblar su cuerpo, de escurrirse entre los golpes, como si sus huesos fueran de otro material.

Su técnica favorita era el Bolo Pums, un gancho en espiral que nadie más sabía tirar. Lo aprendió viendo a viejos boxeadores mexicanos en vídeos borrosos. Lo perfeccionó solo en el circo, contra el aire, contra la sombra de su propio cuerpo proyectada en la lona. Sinceramente, cuando veo como la prensa de aquella época trató a Jorge Páez, cuando leo los artículos que lo describían como un bufón, como un talento malgastado, siento algo muy parecido a la vergüenza ajena, porque esos mismos periodistas, esos mismos promotores, llenaban sus arenas gracias

a él, cobraban gracias a él y luego lo señalaban con el dedo. Eso también es una forma de traición. ¿Cuántas veces en la vida hemos visto eso? ¿Cuántas veces hemos visto a alguien diferente, a alguien que nos sigue las reglas del juego, ser usado y luego descartado por los mismos que se beneficiaron de su diferencia? Espera, porque lo peor todavía no ha llegado.

De noche, cuando nadie lo veía, Jorge Páez se quedaba solo en el gimnasio. No para golpear el saco, no para correr. Se quedaba para moverse, para sentir la lona bajo sus pies como si fuera la carpa del circo donde aprendió a existir. Había algo en ese silencio nocturno, en esa soledad elegida, que decía más sobre el que cualquier entrevista que cualquier portada de revista.

Porque Maromero no entrenaba. Maromero habitaba el boxeo como si fuera un idioma que su cuerpo ya conocía desde antes de nacer. Sus entrenadores lo notaron desde el principio y no sabían si alegrarse o desesperarse. Mientras otros boxeadores salían a correr 20 km en la oscuridad del amanecer, Jorge corría cinco y luego se ponía a practicar acrobacias en el patio del gimnasio.

Mientras otros golpeaban el saco durante 6 horas seguidas, él golpeaba dos y luego bailaba solo con una música que solo él escuchaba. Los entrenadores lo miraban desde la puerta y no sabían si estaban viendo a un genio o a un hombre que estaba desperdiciando el don más grande que el boxeo mexicano había visto en una generación.

“Tienes que entrenar más”, le decían. “Si quieres ser campeón mundial, tienes que sacrificarte.” Y él respondía con esa sonrisa que desarmaba a cualquiera. “No quiero ser campeón mundial, quiero divertirme.” Mentea, claro que mentía. Si quería el título, lo quería con una intensidad que muy pocos entendieron, pero no a cualquier precio.

Y ese precio tenía un nombre exacto, libertad. Porque Maromero entendió algo a los 20 años que la mayoría de los seres humanos nunca llega a entender. El éxito que te roba la libertad no es éxito, es una prisión con trofeos. Y él no iba a vivir en una prisión. Sus entrenadores no lo entendían. Su familia tampoco podría ser como Julio César Chávez decían con esa mezcla de admiración y reproche que usan quienes creen que el sacrificio absoluto es la única forma de grandeza.

Pero Maromero conocía el costo de ser Chávez. Lo había visto de cerca. Chávez entrenaba como un soldado en tiempo de guerra. Las 6 de la mañana sin excepción. Dieta perfecta. Cero alcohol, cero fiestas. Disciplina de hierro, de esa que no dobla ni cuando el cuerpo suplica descanso. Si aún no te has suscrito al canal Secretos Oscuros de la Fama, este es el momento.

Cada semana traemos historias como esta que no encontrarás en otro lugar. Y sí, Chávez ganó 107 peleas. se convirtió en leyenda, en héroe nacional, en el nombre que los niños mexicanos aprendían antes que el de sus propios presidentes. Pero Maromero lo miraba y veía algo más. Veía a un hombre sin vida fuera del ring. “¿Qué haces cuando no peleas?”, le preguntó una vez.

“Entreno, respondió Chávez. ¿Y cuando no entrenas? Pienso en entrenar.” Maromero salió de esa conversación con la certeza grabada en el pecho. Ese camino no era para él. Para ser el mejor en el sentido que el mundo exige, tienes que convertirte en el boxeo. Tienes que dejar de ser persona y volverse oficio. Y Jorge Páez nunca quiso ser el boxeo.

Quería ser Jorge, el niño del circo que hacía maromas, el hijo de una familia que vivía en el aire entre redes y aplausos y la magia frágil de lo efímero. Esa decisión lo acompañó toda su carrera. ¿Cuánto vale un sueño que se cumple a costa de dejar de ser quien eres? En cada entrenamiento que acortó, en cada fiesta a la que fue cuando debía descansar, en cada vez que eligió bailar en lugar de correr, los críticos lo crucificaron con la misma hazaña con que la industria siempre crucifica a quienes no obedecen. Desperdicia su talento, no

se toma en serio el deporte, podría ser grande, pero no quiere. y tenían razón en algo. Maromero no quería ser grande en el sentido tradicional, quería ser libre y grande al mismo tiempo. El problema es que esas dos cosas raramente van juntas. Raramente el mundo te deja tener las dos, pero hay un detalle que lo cambia todo.

El 4 de agosto de 1988, en la plaza de Toros Calafia de Mexicali, Jorge Páez tenía 22 años y 35 peleas encima. Frente a él estaba Calvin Grove, campeón mundial pluma de la FIB, estadounidense, 32 años. Una experiencia brutal acumulada pelea a pelea, golpe a golpe. El favorito absoluto de todos los que sabían de boxeo y de todos los que no sabían, pero apostaban igual.

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